domingo, 12 de junio de 2011

DOÑA LUISA

Levantarse por la mañana ya no era un asunto sencillo. No podía hacerlo sola. La distancia entre el borde de la cama y el suelo había crecido tanto como los años que estaba a punto de cumplir. Noventa. Todos sonríen cuando lo dicen: El cumpleaños de mama, de la abuela… noventa, abuela y estás como una rosa. Ella sonríe de puro compromiso. A ella noventa le suena a muerte, le pesan, le duelen. Noventa… uno tras otro como lápidas en un cementerio viejo. Cree recordar que leyó esa frase en algún libro, pero no está segura. Nunca está ya segura de nada. Ni de quienes son esos que le sonríen, ni de esa mujer que a veces es su hija y otras una desconocida en la que no sabe leer los rasgos de la niña que crió. La mayor parte de las ocasiones siente miedo. Miedo a estar sola, miedo a no estarlo, miedo a vivir y miedo a morirse. Pero sobre todo siente dolor. En la rodilla, en las piernas, en los brazos, dentro de ella. Este último es indefinible, difuso y la llena de arriba abajo. Debe ser el dolor de las células que se arrugan y se marchitan.

Hoy tampoco es sencillo levantarse. Llega una persona nueva, distinta. Aparece en el marco de la puerta y avanza como una sombra en la semioscuridad de la habitación. Despacio se acerca a la cama. ¿Quién será? Fuerza los ojos para reconocerla. Ojos que ya no son lo que eran, necesitan gafas que no llevan en ese momento. La voz también es distinta, aunque mantiene ese mismo tono de falsa jovialidad o más bien, ese tono de hablar a los niños pequeños que se les pone a todos cuando se dirigen a ella. La persona la besa y la desconcierta aún más. La coge entre sus brazos. Un remedo de abrazo para ayudarla a incorporarse. Su mundo se estrecha de nuevo en rutinas definidas: al servicio a mear, a la cocina a desayunar, al sillón junto a la ventana, en la sala. Conoce la vista. Es una constante desde hace años.
La nueva persona trastea por su casa. Se mete en las habitaciones, entra y sale como si le asistiera derecho a ello. Así que ella se mantiene anclada a su sillón y a su vista: el edificio antiguo de la iglesia, enorme y clásica justo bajo la ventana, al otro lado de la carretera y al jardín cerrado por unas bonitas rejas negras, que ya solo se abren en las horas de misa. Un poco más allá, se alza la torre de un falso palacio construido para una Exposición ocurrida hace tantos años, que ni siquiera ella había nacido, pero que la lleva directamente a una soleada mañana de su niñez, cogida de la mano de su padre; ¿Llevaba tirabuzones, un lazo en el pelo y un vestido blanco? Sí, ese recuerdo está nítido en su mente, junto con el brillo de la medalla de la virgen, regalo de la primera comunión. Sobre los edificios el cielo, hoy azul, que llena el horizonte.

Acaricia el brazo del sillón y se pregunta que sucederá a continuación. La persona se sienta a su lado. Le habla y no acaba de entender. Algunas palabras sueltas atraviesan la nube espesa que envuelve esta mañana su cabeza. Viernes, hermana, hijo, Luis… empieza a recordar. Es cierto. Que cabeza la suya o más bien que poca cabeza le queda ya. La conoce. El viernes vino con la otra, aquella a la que tomó tanto cariño. Se ha ido y le ha dejado a esta de repuesto. Así es la vida de los viejos. Palmea la mano de la desconocida, se arrulla con el sonido de su voz. Se pierde en las brumas de su cabeza, se adormece para despertar con un sobresalto: ¡hace mucho que no oye a sus niños! ¿Qué estarán haciendo? Aguza el oído ¿No son esas sus risas? Suenan lejanas y como amortiguadas. Se levanta despacio hasta quedar erguida, tambaleante delante del sillón. Cogiéndose a los muebles trata de superar la repentina debilidad de sus piernas ¿Habrá estado enferma? Aparta ese pensamiento de su cabeza, necesita ver a sus niños, saber que están haciendo, tiene la sensación −horrible− de que hace mucho que no los ve. Se asoma a las habitaciones, no puede encontrarlos. Una fuerte opresión en el pecho, le duele la rodilla, cuando se inclina a mirar bajo las camas. “A veces se esconden ahí” tendrá que decírselo a su marido cuando vuelva a casa para que los regañe seriamente, a ella le toman el pelo. ¿Por qué le dolerán tanto las piernas? Una mano amable se posa en su brazo. “¿Qué le ocurre Doña Luisa? ¿Me buscaba?”. Doña Luisa es ella, lo sabe pero ¿Quién es esa mujer? La busca en su mente y no puede encontrarla. Aún así un nudo dentro de ella se afloja, no está sola. Trata de explicarle que no encuentra a sus hijos, pero las palabras se pierden en el camino desde su cabeza a su boca. Dice: “Los niños, los niños…” Odia ese balbuceo débil que sale de su boca, quiere gritar hasta que los niños salgan de su escondite y ella pueda reñirlos y abrazarlos… como antes.

…Como antes. Deja caer la cabeza sobre el pecho. Algo no va bien y lo sabe. El antes se ha ido, ¿O no? Se siente reconfortada por el brazo cálido que la sujeta y se apoya contra él, las piernas empiezan a cansarse. Se deja guiar por esa mujer desconocida y vuelve a reconocer en su voz ese tono especial que todos parecen utilizar con ella desde hace algún tiempo, como si quisieran tranquilizar a un niño o un animal asustadizo. De nuevo en el sillón, junto a la ventana, la vista tranquilizadora de la iglesia, las copas de los árboles, el cielo azul brillante a medias cubierto de nubes blancas. ¿Cuántos años ha cumplido ya? ¿Noventa? Siente una caricia lenta y repetida sobre la mano que descansa en el reposabrazos. ¿Quién es esta desconocida? Habla y habla mientras cierra la mano sobre la suya. Al menos no está sola. Siempre es de agradecer cuando se es tan mayor. La bruma vuelve a cubrir su mente, se sumerge en el ligero limbo que no es sueño, ni recuerdo, ni consciencia… Al cabo de un tiempo, los ecos de unos pasos infantiles fantasmales corriendo por la casa resuenan en su cerebro: “mis niños, mis bebes… ¿Dónde están?

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