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martes, 5 de junio de 2012

Revisión texto "CONTACTO"

Este es el último texto realizado para el taller de Relatos Cortos, impartido por Ginés Vera en la Biblioteca Carles Ros. Trabajaré en él atendiendo a las sugerencias y correcciones que el mismo Ginés ha hecho sobre el texto. La idea de subirlo así, sin terminar, es para que se pueda apreciar el trabajo de chinos que ha hecho mi pobre amigo, no ya solo con este texto, con otros muchos en los que se ha esforzado para que puedan ser pulidos y brillen en la medida en que se pueda. Como veréis lo hace con respeto y con un alto valor de sincerocidio (sinceridad hasta la muerte o el autosuicidio por sinceridad).  Me siento doblemente afortunada de tenerlo como amigo y como maestro.
Y nada, me voy a currar en el relato con las correcciones. Gracias, Gin.


Contacto
Sucedió en el verano del noventa y ocho. No hacía mucho que nos habíamos mudado a la nueva casa, en la playa. Todo era novedad y nos tenía deslumbrados tener el mar en todo[i] momento a nuestro alcance. La Patacona no era tan popular como lo es ahora. Ni la extensión de la arena se presentaba como ahora. Los dos kilómetros de playa se llenaban de pequeñas dunas, manchas de hierba resistente, alambres como trampas escondidas, botellas rotas, frutas hinchadas arrastradas por la acequia y montones de algas secándose en la orilla presentaban un paisaje único, diferente y solitario.
En aquel entonces[ii] las cosas entre mi ex marido y yo no marchaban del todo mal y a veces cedía a pequeños caprichos míos. Aquella noche, un sábado de principios de junio, conseguí convencerlo para dar un corto paseo por la orilla del mar. Caminábamos casi en silencio en dirección a Port Saplaya,[iii] el mar a nuestra derecha y en el cielo, oscuro e inmenso una perfecta luna llena.

Estábamos llegando a la desembocadura de una acequia, punto elegido para dar la vuelta, cuando procedentes del mar[iv] aparecieron las luces. Siete esferas luminosas que de pronto y sin saber como estaban sobre nosotros. Las miré asombrada. No distinguí ningún objeto[v], era luz pura. Blanca, sin destellos y sin embargo, cálida y viva[vi]. Parecían seguir en línea recta el mismo camino que nosotros, dirigiéndose al Norte bordeando la playa. Di dos pasos más, antes de quedarme clavada en el sitio, una de ellas retrocedió ligeramente situándose sobre mí. Él[vii] tiró de mí, tratando de que retrocediéramos, pero yo era incapaz de moverme. La luz se movía inquieta, casi diría que curiosa como un niño ante un objeto extraño.  La esfera fue ¿Descendiendo? ¿Aproximándose? A mí[viii], mientras las otras parecían aguardar, estáticas y pacientes a que mi Luz retornara a la formación. Fueron segundos en los que nos miramos ¡Nos miramos! La una a la otra. Lentamente alcé mis brazos, estiré las manos como si pudiera acariciarla o como pidiéndole que se acercara, no sé, no pensaba solo sentía un deseo intenso de saber. La Luz, cada vez más próxima, emitió un largo hilo luminoso que fue ensanchándose hasta cubrirme entera. La piel de mis manos, de mis brazos se extendía ante mis ojos dilatados hasta mostrarme un paisaje exótico, nocturno de pequeñas nubes palpitantes llenas de puntos aislados, sometidos a uniones invisibles: rojos, azules, dorados. Cada uno de ellos un mundo en si mismo. Y allá donde mirara, mi propia ropa, la arena a mis pies, el agua del mar, estaban formados por las mismas partículas repitiéndose una y otra vez. Y la Luz que me atravesaba, que se unía y amalgamaba conmigo, que jugaba con las nubes y los puntos, volviéndolos más dorados, más rojos, más azules, se fragmento también en pequeños mundos nubosos que repetían la combinación de colores. Después, todo se desvaneció. La luz se replegó en si misma, de nuevo una esfera sobre mí.  Sentí su despedida como un nudo en la garganta. En el cielo, más allá, el resto de esferas formaban un círculo en el que esperaba un hueco para mi Luz[ix] (desde entonces siempre es mi luz). Ella, hizo un par de lentos movimientos[x] antes de salir disparada hacía arriba y girar en el aire para colocarse en su posición cerrando el círculo. Una vez llegó, con un súbito movimiento formaron una línea recta y se perdieron en el horizonte.
Nunca he hablado de esto, con nadie. Ni siquiera con él[xi].

[xii]Aquella noche, cuando las luces desaparecieron lo descubrí acurrucado en la arena, con la cara enterrada entre los brazos. Le ayudé a levantarse, mirándolo con pena sintiendo que los diminutos mundos que me formaban entraban en contacto con los suyos, estremeciéndolos, al darle la mano. Volvimos a casa en silencio.

Tampoco suelo pensar en la Luz[xiii], aunque a veces cuando estoy sola, puedo sentir la vibración de las partículas de mi cuerpo, idénticas a las del aire que me rodea, a las del mar o la arena, idénticas a las tuyas[xiv].


1.       [i] 2 repeticiones en misma frase.
2.       [ii] No le pega nada este inicio de párrafo.
3.       [iii] Aquí mejor puno y coma.
4.       [iv] Esto puede matizarse en el sentido que pareces afirmar de este modo su procedencia, el fondo del mar, además. Tratándose de luces no subacuáticas, y el aura del argumento, es mejor que creyeses verlas emerger de la línea difusa entre el cielo y el mar…o algo así.

5.       [v] En sí, una esfera es un objeto, aunque puedo hacer un esfuerzo por comprender lo que pretendes decir, el lector medio no va a hacer este esfuerzo.
6.       [vi] Llámame purista pero ya me dirás como vas a hacer creer que siendo blanca, pura y sin destellos era cálida. El blanco no es uno de los colores denominados cálidos, y si la calidez no era visual, debes indicarlo.
7.       [vii] Este él es tu ex marido, mejor expresarlo así, con o sin nombre propio.
8.       [viii] Estas dos cuestiones rompen la frase porque luego se refieren al “a mi”, mejor no lo hagas así, di que no estabas segura de si se acercaron o se alejaron de ti.
9.       [ix] En lugar de Luz en mayúscula, ponle el matiz al mí, ya con letra cursiva, entrecomillada o como veas.
10.    [x] Cambia el sustantivo o el adjetivo para evitar la cacofonía.
11.    [xi] Lo mismo que en la nota 7
12.    [xii] Te he puesto un punto y aparte.
13.    [xiii] A esto me refería en la nota 9.
14.    [xiv] En una primera lectura no asocié el “tuyas” a las mías como lector. Tal vez debieras, si así lo quieres enfocar, dar más referencias durante el texto entre el narrador y el receptor del texto.

lunes, 2 de abril de 2012

Soledad en Matrimonio

Llegaron juntos se instalaron en la primera mesa desocupada. El lienzo de papel que la cubría, antes blanco, mostraba manchas de comida reciente, vino derramado, platos sucios y copas con restos de licor. Ella se contemplaba las manos, jugando con el fino anillo de oro. Él mantuvo los ojos en el camarero que se acercó a recoger la mesa, antes de pedirle dos cafés.
─Siempre terminamos hablamos de dinero ──dijo ella.
─No siempre.
─ ¿No? Salimos a tomarnos un café, solo para charlar un rato de nosotros, de nuestras cosas sin la presencia constante de los niños y de la tele y antes incluso de llegar ya estamos hablando del recibo de la luz.
─Bueno, es que hay que pagarlo.
─Ya lo sé. No necesitamos salir de casa para eso.
─Tampoco para discutir…
─ ¿Qué dices? Si hablas tan bajo no puedo oírte.
─Nada ¿De qué quieres que hablemos?
─No sé. Cuéntame que has hecho hoy, por ejemplo.
─Trabajar, como siempre.
─Ya, pero ¿No te ha pasado nada en todo el día que puedas contarme?
─ ¿Cómo qué?
─Es igual. Mejor nos vamos ya. Ha sido una idea tonta esto de salir.
─No, no, espera.  Estoy cansado. Paso todo el día hablando con gente y…
─Cuando llegas a casa no tienes ganas de seguir. Ya lo entiendo. Ni de hablar ni de escuchar más parloteos.
─No, de verdad. Mira hoy ha venido una clienta. Dice que le vendí una pieza de tela y no le dije que podía deformarse. Traía el vestido que se había hecho con ella en una bolsa. La pieza sí que era de la tienda, claro. Era de seda salvaje. Cualquiera sabe que hay que llevarla a la tintorería. Me ha gritado como una loca, hasta que ha venido el encargado y le ha devuelto el dinero de la pieza. Me lo van a descontar del sueldo.
─¡Joder! ¿Cuánto es?
─Bastante, así que este mes, entre que han bajado las ventas, el ajuste del sueldo base que ha hecho el jefe y el descuento…se va a notar mucho.
─Pues ha subido la luz un montón.
─Ya.
Un camarero sube el volumen del televisor, las voces de los comentaristas deportivos desgranando los resultados de la jornada de fútbol llena el local. El hombre observa la pantalla.  La mujer pierde la mirada en la ventana del bar.
─ ¿Han terminado?
─Sí, cóbrese ─dice él sacando la cartera.
─ ¿Nos vamos, cariño? Mañana hay que madrugar.
Sin contestar ella se levanta y se pone el abrigo. Salen a la calle y caminan hasta su casa, sin hablar, sin rozarse. Cuando llegan, él pone la tele, se tira en el sofá y busca el programa deportivo. Ella plancha una camisa para él antes de acostarse. Sola. 

martes, 1 de septiembre de 2009

Ausencia. (El primer intento durante el taller sobre el realismo sucio).

No llego a ser relato de realismo sucio porque se me desmandó. Pero bueno. El otro día le di un repasito y aqui está.


Nada fue posible. A pesar del intento de hacerlo funcionar. La noche estaba
definitivamente muerta. Cerró los ojos y le dejó hacer. El sexo torpe y alcoholizado con el hombre que había conocido esa noche no le haría olvidar. Se resignó a que un peso más cayera sobre ella. Las lágrimas se presentaron sin advertencia, presionando sus párpados fuertemente cerrados. Negras gotas de rimel resbalando por sus mejillas. Deseó que todo terminara, que el hombre cesara sus bruscos manoseos. El olor a sudor agrio, a sexo triste y sucio le golpeo el olfato. Tuvo la sensación de que nunca terminaría, que esa noche sería infinita. Y estaría eternamente atrapada bajo el peso de ese desconocido. Oyendo su respiración agitada, aplastada bajo su peso, envuelta en vaharadas de aliento alcohólico. ¿No acabaría nunca? El alcohol convertía el falo en un instrumento de tortura golpeando su sexo, una y otra vez y el hombre era lo suficientemente joven para no rendirse al cansancio. Eva le miró. Los ojos de él estaban entreabiertos, perdidos en algún punto de la almohada, la boca fruncida dejaba ver el brillo de los dientes, que por un momento se le antojaron peligrosos, toda su cara se arrugaba en una mueca feroz de concentración. No había placer en su rostro. Por un momento deseo saber que había en la mente de ese ser, tan ajeno a ella. La curiosidad murió apenas sentida y el hastío la inundó de nuevo. Le ardían los muslos por el eterno rozamiento de sus caderas. Suspiró y deseo terminar con aquello. Ya mismo, en ese momento. Y fingió como lo había hecho antes, aceleró la respiración, gimió suavemente, meneo sus caderas con más fuerza, susurro en su oído obscenas palabras de aliento…imprimió con esfuerzo energía a sus brazos, a sus piernas, tensó los músculos de su sexo entorno al falo invasor, aprisionándolo voluntariamente contra si. Él percibió el cambio y jadeante redobló la fuerza de su penetración. Le gritó sucias palabras al ritmo enervante de sus embates: Puta, cerda… te gusta así, duro, fuerte…como a todas, zorra… la letanía continuo cada vez más humillante, más sucia. Y a su pesar, las palabras hicieron eco en algún rincón de su cuerpo, la alzaron, la penetraron y excitaron como no podía hacerlo el cuerpo de ese hombre. No hubo tiempo para la vergüenza y el temor. Tan solo para sentir como su sexo se humedecía, como los estremecimientos, esta vez verdaderos, la recorrían. Como el abandono a las sensaciones llegaba a su cuerpo cuando los dientes de él se clavaron en su garganta, sus manos se cerraron violentas en sus nalgas, abriéndola aún más para él. Corrió desesperada hacia el resplandor blanco del olvido. Se arqueó salvaje contra él. Incrustó sus pechos, sus caderas contra el cálido cuerpo masculino. Toda ella sexo pulsante, ciego, anhelante y voraz. Su propia respiración resonando en sus oídos, entrecortada, febril… deteniéndose un segundo, dos en su pecho. Y al fin, la implosión radiante, fragmentando su interior. El lento aquietamiento de su sangre, de sus músculos, la vuelta del no ser encontrado y perdido una vez más. Y de nuevo la realidad. Al hombre que aún se esforzaba en alcanzar su propia liberación, ajeno a ella. Al asco de si misma, empapada en el sudor y la saliva de ese desconocido. Las ansias de apartarlo de un empujón, de liberarse de su peso, de su contacto. Y aún así permanecer pasiva, resignada, esperando a que él terminara con ella. Permitiéndole las últimas penetraciones, violentas, dolorosas, el gruñido obsceno que acompañó su orgasmo. Sintió el peso muerto de su cuerpo, cuando el cansancio venció la tensión de sus brazos. Percibió en su boca, su nariz, sus mejillas, la vaharada alcohólica y maloliente de su respiración cuando se derrumbó sobre ella, ya dormido.
Con un tremendo esfuerzo, salió de la cárcel de esos brazos extraños y se deslizó fuera de la cama. La suya. El olor pesado y agrio del desconocido llenaba la pequeña habitación. Con un estremecimiento abrió la ventana. El aire frío de la madrugada le golpeo la cara, la atravesó y recorrió los rincones de la habitación limpiándola. El hombre murmuró desde la cama y se revolvió inquieto. Eva mantuvo un instante más la ventana abierta, permitiendo que el aire y la noche la envolvieran. Después cerró, se acercó a la cama y lo miró. El sueño había suavizado sus rasgos, la ancha mandíbula se había relajado, los parpados cerrados parecían delicados y casi trasparentes, la barba empezaba a nacer, dura y negra dándole un aspecto peligroso, Eva pasó la yema de los dedos por su cara sintiendo la textura de la piel gruesa y basta. El pelo oscuro, revuelto, tan largo que se enredaba en sus hombros le confería una especie de inocencia salvaje. Se sentó en la cama, junto a él y apoyó su cuerpo desnudo contra el cabecero. Ni siquiera sabía su nombre. Hubiera deseado echarlo. Necesitaba estar sola de nuevo.
Cerró los ojos cansada. Y los recuerdos volvieron de nuevo. Se había ido para siempre. Hacía más de tres años desde la última vez que se habían tocado. Desde que se habían separado con la promesa de volver. De estar juntos para siempre. Ya nunca más vería sus ojos castaños, no sentiría sus manos en su cuerpo, ya nunca le sonreiría. Y nunca más una mirada, un roce, una palabra, una sonrisa bastarían para que su piel se erizara, para que su sexo se mojará, para que su corazón latiera. Rompió su promesa y le quebró el alma.

domingo, 2 de agosto de 2009

LA FERIA.

Ejercicio: Tiempo.

El niño corre colina abajo. La vista clavada en la pequeña multitud del llano. Luces, sonidos, olores llegan hasta él. “La feria, la feria”, piensa para si. Se gira solo una vez. Saluda a su hermano Manuel, que lo mira desde la cima de la colina junto con su novia. El niño siente tintinear en su bolsillo las fichas que le ha regalado su hermano por su cumpleaños. Va por primera vez sólo a la feria. Media hora, le ha dicho Manuel poniéndole su propio reloj en la muñeca.

Corre sintiendo el aire en la cara, se precipita hacia el ruido, el color. Se hace uno con ellos. Jadeante se detiene. Mira a su alrededor. La montaña rusa, el pulpo, los coches, la casa del terror, la noria… tan alta. La gente pasa por su lado, siente su calor, escucha sus risas sin entender nada, sólo mira. Ve al hombre que de pie junto a la montaña rusa, anuncia el comienzo de un nuevo viaje. Corre con su ficha en la mano, y se la entrega mientras sube de un salto al carro. Lo mira y sonríe. Le late el corazón, cada vez más aprisa. Está solo. El hombre se inclina y le ajusta la barra de seguridad. Indiferente le pregunta si va solo. Va hasta el siguiente carro, sin esperar su respuesta. El hubiera querido gritarle que es la primera vez que sube solo, pero que eso que le muerde el estómago no es miedo, es la emoción de saber que pronto va a volar. Qué nadie le agarrará de la mano, que nadie le pedirá que se este quieto, que nadie sabrá excepto él si se asustó o no. Se sienta muy derecho, guarda las dos fichas que le quedan en el bolsillo, mira el reloj, la guja corre y ya han pasado más de diez minutos desde que se despidió de su hermano. Mira a su alrededor y ve como un niño le señala, y comenta algo a su madre que lo tiene sujeto por los hombros; ve a ese hombre que aguarda solo a que el feriante le busque un carro; le asalta el olor dulce del puesto de algodón de azúcar. Golpea el suelo con los pies, quiere partir ya. Delante de él los raíles suben vertiginosamente hacia el cielo, para luego descender. Intenta imaginar que sentirá. De pronto su carro vibra, él vibra y todo se pone en movimiento. Lento, como arrastrando el peso de un elefante se desliza el carro por su camino metálico: empieza a subir, se pone vertical y llega a la cumbre de la montaña artificial. Se detiene el tiempo mientras mira hacia abajo y ve perderse el carril en el vacío. Las manos sujetas con fuerza a la barra empiezan a sudar y su boca se abre en un grito silencioso. Y cae vertiginoso aproximándose al suelo, por un momento cierra los ojos, para volverlos a abrir enseguida. No quiere perderse nada. Y vuelve a subir esta vez más rápido, siente el viento en la cara. El carro parece despegarse de los raíles. Y por un instante vuela. Libre.
Fin.

Soledad

Escrito hace unos meses en el taller de escritura creativa.
Ejercicio sobre el espacio.


Magdalena estaba apoyada contra la ventana de la espaciosa habitación del hotel. Contemplaba la calle, qué cuatro pisos más abajo estaba llena de esa vida y luz, que a ella le faltaba. Daba la espalda a la puerta, los sofás, la cama. Elegantes funcionales incluso bellos objetos que no tenían vida aún. Hasta que él no llegara. Había dejado encendida una lámpara que reposaba sobre una de las mesillas al lado de esa cama, que los esperaba a ambos para hacerlos reales. Sus ojos vigilaban la entrada al Hotel y de vez en cuando se perdían en la gente que pasaba, algunos solos, apresurados, otros se sentaban en las terrazas de los cafés, parejas jóvenes caminaban abrazados, tomados de la mano, hablaban, reían, se besaban…Se fijó en una determinada: ella tendría su edad y avanzaban pegados hombro con hombro, en algunos momentos, él enfatizaba lo que estuviera diciéndole tomándole del brazo, y ella giraba la cara hacia él y le hacia algún comentario. Magdalena se abrazó así misma, con los puños apretados, esforzándose en mirarlos hasta que se perdieron al final de la calle.

La luz de la tarde iba muriendo. El anochecer bajaba por los edificios del otro lado de la calle. En la habitación las sombras crecían en las paredes y la lámpara iba cobrando protagonismo aún a sus espaldas, envolviéndolo todo en su luz fría y sucia. Y ella seguía aguardando la llegada de él para alejar las sombras de su cuerpo.

domingo, 15 de marzo de 2009

Ejercicio taller: Espacio subjetivo

Había vuelto. La fresca brisa de la mañana recorría sus brazos desnudos, el cielo sobre ella, infinito, casi blanco, aún más grande de lo que recordaba. Solitaria, en la inmensidad de las tierras que rodeaban su casa de siempre.
El dulzón olor del espliego llegó hasta ella. Su aroma le hizo ver por un momento las manos de Mario prendiéndole una flor recién arrancada en su blusa, antes de besarla. Buscó las flores, frescas y vivas, por el campo que se extendía a sus pies. Él ya no estaba. Tomó una rama entre sus dedos. El sol había quemado los pétalos de las flores. Minúsculos insectos la recorrían, devorándola. La tiró lejos de si, con asco y rabia. La flor estaba muerta. Como ella

miércoles, 25 de febrero de 2009

Ejercicio de taller: Prosopografía

Mi personaje se llama Melissa Salazar, tiene treinta y cinco años. Es prostituta, recién casada y madre de un hijo.

Melissa Salazar es una mujer alta y rotunda. El pelo largo teñido de un negro rabioso. La cara delgada con profundas ojeras bajo los ojos castaños, párpados mal pintados en un llamativo azul. La nariz algo ganchuda sin ser excesiva. Pómulos marcados por dos brochazos de colorete. Viste totalmente de un negro algo desteñido: la falda estrecha, ceñida a las caderas. Una blusa sin mangas, con unos botones de más desabrochados, dejando ver en el cuello fino y aún joven una medalla de la virgen niña. Calza botas altas de tacón fino. Las piernas desnudas, morenas.

domingo, 22 de febrero de 2009

VISITA AL MUSEO

― ¡Señores, señoras! Detengámonos aquí. A mi espalda, en esa pequeña hornacina y protegida por un panel blindado, verán la famosa Gioconda. Un icono para la cultura del mundo moderno y contemporáneo…
A la espalda del guía no se podía ver nada más que una nube de turistas, que se concentraban alrededor de un espacio no más grande que la despensa de casa de mi abuela, disparando sin cesar sus cámaras de fotos.

A mi lado, Pepe, no hacía más que saltar y moverse de un lado a otro, con el brazo que sostenía su móvil bien estirado sobre la cabeza.

―Joder, tío, si es que no se ve nada. A ver si así pillo algo.

El guía continúo con la mirada clavada en el brazo de Pepe.

―Bien, es una de las pinturas más visitadas del mundo. Como pueden ustedes comprobar. En ella se encuentran todas las características de la pintura de Leonardo, la técnica del sfumato, que difumina los rasgos… observen el paisaje del fondo…

Pepe me dio un codazo y en un susurro tan alto que debieron oírlo todos los presentes exclamó:

― ¡Mira! Ahí, por ese hueco, que se ha despejao, ahí se ve el cuadro. ¡Coño, si es pequeñísimo y que tía más fea! ―mientras yo me iba poniendo cada vez más rojo y escuchaba risitas a mi alrededor, Pepe, que es así y no se entera de nada, continuó―Esta muy oscura pa hacerle una foto… eso tienen que hacerlo para que compremos postales de esas del museo, que ahora se hace negocio con todo…

domingo, 1 de febrero de 2009

Una de piratas

― ¡Os advierto! Rendíos o moriréis _ Grita “Caballero John”.
― ¡Nunca! Jamás me rendiré a un sucio pirata ―Le respondió el joven Marqués.
Los dos hombres danzaban en medio de la cubierta del mercante, esquivando los cuerpos que luchaban a su alrededor. La sangre resbaladiza corría bajo sus pies. Resonaban los golpes de las espadas a su alrededor, los gritos de los heridos y los salvajes alaridos de los piratas llenaban el aire. La visibilidad era escasa, el humo de los pequeños incendios provocados aquí y allá por las balas de los cañones, que permitieron el abordaje del barco pirata “el temerario” al mercante holandés, les hacía escocer los ojos.
Poco a poco, Alexander fue conduciendo al pirata, a un rincón de cubierta, hasta que con una finta súbita, le desarmo. Y con el grito de: ¡Muerte! puso la espada en el cuello.

“Caballero John” echó hacia atrás la cabeza mirando al joven con unos vivísimos y serenos ojos azules:
―Adelante pues, acabemos con esto.
― ¡Yo os conozco!―exclamó Alexander sorprendido― ¿Maese Roberts? ¿John Roberts?

El pirata escruto el rostro del muchacho:
― ¿Quién sois vos? ¿Dónde habéis oído ese apellido?―El pirata escrutó el rostro del muchacho y dijo asombrado―. ¿Alex? ¿El pequeño Alex Maynard?

― ¡Estáis vivo! Nos llego la noticia de vuestra muerte hace muchos años. ¡Pero vos aquí! y siendo un pirata.
Alexander bajó lentamente la espada cuando un grito estentóreo resonó a sus espaldas.

― ¿Necesitáis ayuda, escritor? ¿Os libero del mocoso?

Ambos contemplaron al recién llegado. Un hombre corpulento de casi dos metros de altura. Su elegante casaca roja impecablemente cortada y sus calzones blancos rezumaban sangre y en la cara sorprendentemente limpia mostraba una mueca feroz.

―No, Capitán Teach, el joven es un antiguo pupilo mío, del que guardo un agradable recuerdo y con el que me gustaría charlar más extensamente.
―Adelante pues, llevadlo a nuestra nave. “Esto” ya está liquidado―dijó el Capitán, señalando la cubierta, dónde los piratas se afanaban sobre los muertos y heridos, palpándoles la ropa, antes de tirarlos al mar.

Horas más tarde, un aturdido Alexander Maynard paseaba nervioso por el camarote del capitán. John Roberts, repantigado en una pesada silla ante una mesa cargada de viandas robadas al mercante holandés, lo contemplaba con una copa de vino en la mano.

―No lo entiendo, maese Roberts, vos me enseñasteis a comportarme con el honor de un caballero y os encuentro en esta situación. Rodeado de bergantes sanguinarios. Con ese rufián del Capitán Teach, cuya fama de sanguinario se ha extendido por todo el Caribe e Inglaterra.
―Sentaos, mi buen Alex, y tomaos una copa de este buen vino español en nombre de nuestra antigua relación. Y ahora disponeos a escuchar:

―Recordaréis que vuestro padre me despidió cuando vos partisteis para la escuela. En aquellos tiempos, y a pesar del pequeño estipendio con que vuestro padre me obsequió y las pequeñas remuneraciones que mis cuentos ganaban en los diarios, no tenía suficiente para malvivir en una pésima pensión de la que estaban a punto de expulsarme cuando me encontré con el capitán de la marina Sir Edward Moore que me propuso que le acompañara en su siguiente viaje, para que relatara su vida y dejará constancia del honor de la vida en la marina. Así pues, decidí embarcar pensando en lo importante que sería una historia así, tomada como quien dice, de la vida y que al menos estaría mantenido y sin gastos durante el tiempo que durase la travesía. Así que una mañana despejada de primavera, partimos. Durante el viaje pude comprobar el poco honor que había en la vida marinera, llena de penurias y privaciones y el orgulloso sádico que era el Capitán Moore, capaz de ordenar el secuestro de jóvenes en la flor de la vida, para su uso en el navío y de condenar a cualquiera por la mínima infracción a unas variadas penas que iban desde un número excesivo de azotes hasta el ahorcamiento en el palo mayor, por una mala mirada que ofendiera su orgullo o el triste robo de un mendrugo de pan de algún pobre desgraciado.

―El Capitán Moore… ―murmuró Alexander―Eso es, llegaron noticias de la desaparición de su buque y de toda tripulación. Y de vuestra muerte maese, hará como unos cinco años. Se supuso que la piratería había acabado con ellos.

John Roberts se encogió de hombros y asintió:

―Sí, un medio día de horrible recuerdo avistamos un barco en la lejanía. Teníamos escasas las reservas de provisiones y agua por lo que el capitán decidió abordarlo con el objetivo de que por las buenas o por las malas nos prestaran algo de su avituallamiento. Perseguimos durante horas al navío que no tenía seña alguna, hasta que este viendo la escasa posibilidad de escapar, viró enfrentándose a nosotros y esperó, ahora sé que con los cañones preparados nuestra llegada. El capitán Moore, pidió parlamentar y exigió la entrega de los víveres. Teach, que no era otro nuestro enemigo, fingió aceptar y en una treta sin igual mandó tender una plancha entre los dos buques y empezó el trasiego de barriles y más barriles. Cuando estuvieron todos a bordo, el capitán exigió la rendición de Teach y lo acusó de piratería bajo la base de navegar sin bandera. Teach fingió entregarse pero a una orden suya, los barriles se abrieron y la cubierta se llenó de sanguinarios piratas. Podéis imaginar el resto, mi querido amigo.

―Pero vos, señor… ¿Cómo os salvasteis? ¿Traicionasteis a vuestro capitán y a vuestra patria?

―No me juzguéis tan precipitadamente, os ruego joven Alex, en aquellos días yo no era soldado, ni espadachín. Me refugié en el camarote del capitán sabiendo que iba a morir y decidido a poner por escrito antes de hacerlo, la última suerte de aquel que me había contratado y la mía misma. Ahí me encontró el Capitán Teach, escribiendo afanosamente. Le rogué que me permitiera poner el fin a mi escrito. El Capitán Teach rió y me ordenó que le leyera lo que estaba escribiendo. Tartamudeando procedí a la lectura de esta última batalla y a su treta de los barriles y como había visto morir al capitán Moore de un tajo de su espada. Me hizo preguntas y yo le explique, lo que ya sabéis, porque me hallaba en el buque. Él quedo largo tiempo pensativo y acabo diciéndome:
―Pues bien, Maese Roberts, acaba de salvar vuestra vida. Se convertirá en “mi” escritor y relatará mis aventuras para que quede constancia de ellas.

―Yo lo observé, aliviado al menos, del miedo de morir en ese instante. El Capitán Teach, presentaba un aspecto temible con su casa roja, dos pistolas en bandolera y el sable bien empuñado, apuntando hacia mí. Un hombre robusto y alto, perfectamente vestido, peinado y rasurado. ¡Ah! ¡Que admirable figura para un relato! Aún así pensé en mi honor británico. Prefiero morir— le dije―a la deshonra de servir a un pirata.

¿Deshonra decís? ¿Y hay más honra en servir a la marina británica, esos que secuestran a los hombres libres de sus casas, los matan de hambre y trabajos y los juzgan por tener hambre y rebelarse contra esa injusticia? Venid y ved lo que es para mí el honor.
Me hizo trasladar a su barco, allí me condujo a las bodegas. Allí pude contemplar baúles llenos de joyas, tejidos preciosos, pólvora y gran cantidad de diversas cosas costosas.

―Mirad―me dijo―Este es mi honor y el de mis hombres. Con él conseguimos ser libres. Y no servir a amo alguno. Así que decidme, ¿preferís el honor que yo os ofrezco o la muerte?

―Así que elegisteis la vida en deshonor, Maese Roberts―concluyó Alex con desprecio.

―Me juzgáis con la arrogancia de vuestros pocos años, Alexander. Si elegí vivir fue porque en gran parte el Capitán Teach tenía razón. El concepto de honor que yo tenía y os inculqué no se podía aplicar al capitán Moore ni a su forma de tratar a sus tripulantes, ni a los secuestros, ni al intento de robo de los víveres de la nave pirata…Y sí, deseaba seguir vivo. Así fue como me convertí en cronista de las aventuras del Capitán Teach.

―Y en algo más, maese Roberts, en el mercante no actúo de cronista…
―Sí, con el tiempo me convertí en algo más que cronista, pero eso es una larga historia y por hoy, ya tenéis bastante. Retirémonos a descansar.

martes, 25 de noviembre de 2008

Un adolescente quedó viudo.

Manuel aún no había cumplido los dieciséis y sus sueños estaban muertos. Dos años de amor. Debían durarle toda una vida.

Miró el cuerpo muerto de Alicia, su mujer. Sí, suya, aunque los hombres no lo hubieran aprobado, aun si los dioses no hubieran bendecido su unión. Ella era. Él lo sabía.

Lo supo desde el principio, cuando apenas eran dos niños que se cruzaban en las calles de su barrio. Las imágenes corrían, caleidoscópicas, en su cabeza. La primera vez que la siguió a su casa. La primera vez que le sonrió, entre tímida y descarada. La primera vez que la tomó de la mano, Alicia acababa de cumplir los doce.

El primer beso, tan inexperto como ellos, dulce y líquido, la determinación de ambos de amarse eternamente. El ritual en el que celebraron su unión. Sólo ellos testigos de sus promesas. Y su voz de mujer incipiente, grave, casi rota en el juramento. A partir de este momento, yo soy tu mujer y tú eres mi marido.

Las lágrimas de Manuel mojaron el cuerpo roto de Alicia, un accidente, dirían, cosas que pasan..Habían estado tan pendientes el uno del otro, que ni siquiera habían visto el coche que se acercaba… la sonrisa feliz de ella, el hasta mañana que murió en sus labios, la sensación de un viento voraz arrancándola de sus manos…la incredulidad... el sonido rompiéndose en sus oídos.