Mostrando entradas con la etiqueta EJERCICIOS DE MUSCULACIÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EJERCICIOS DE MUSCULACIÓN. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de septiembre de 2011

Extraño despertar

Soñaba con la chica que me había servido gran parte de los cubatas la noche anterior: una morenita de enormes pechos envueltos en un suéter azul, tan fino y pegado a su esbelta figura que dejaba poco a la imaginación. Ella, la de verdad, que protegida tras la barra repartía sonrisas tentadoras junto con las bebidas no había respondido para nada a mis intentos más repetidos y más insistentes cuantos más cubatas, de ligármela estaba justo en esos momentos sentada sobre mí acercando su boquita pintada de rosa a la mía. Cierto que yo trataba de ignorar un doloroso pinchazo que atravesaba con furia mi cabeza a intervalos más o menos regulares y frecuentes. La nena separaba los labios apetecibles y su lengua inusualmente larga y goteante se acercaba a la mía que la esperaba seca y áspera para beber de ella. Se inclinó y sentí el peso de esos pechos admirados en el tórax. Un peso contundente que me oprimía los pulmones. La lengua, juguetona me lamía las mejillas, la barbilla, el cuello… hasta que acercándose a mi oído emitió con la boca bien abierta un sonido agudo, cada vez más insistente. Traté de decirle que callara o bien silenciarla con mi boca, ambas cosas sin resultado. Bueno, resultados si hubo: empezó a combinar ese sonido con ladridos perrunos histéricos. Sus tetas saltaban sobre mi pecho, duras como pezuñas, clavándose con fuerza en mi estómago y en mis costillas. Joder con la nena y sus saltos, van a despertarme pensé. Y lo hicieron para mi desolación a un mundo de sonidos caóticos. Mi perro ladraba histérico y me babeaba la cara. Una alarma antiaérea berreante, dolorosa, inundaba la casa. Mi pobre cabeza y hasta mi estómago daban fe de ello. Me levanté de la cama como pude empujando al cabrón del perro, que en un alarde de entusiasmo al ver conseguido su objetivo de arrancarme del sueño se desgañitaba junto a mi oído.
Me quedé de pie, balanceándome inestable. Una vez en esa posición mi vejiga decidió despertarse también, exigiendo además que la condujera al lugar más próximo donde aliviarse. Traté de correr para encontrarme inmediatamente en el suelo. Una bala canina me había golpeado en las piernas, las dos, sí, en cuanto me puse en movimiento. Desde el suelo escuché sus uñas en el pasillo, los ladridos convertidos ya en aullidos que acompañaban alegremente al agudo sonido que reconocí como el timbre de la puerta. Con la vejiga y la cabeza a punto de estallar, el corazón de camino a mi boca con el contenido de mi estómago haciéndole compañía, gateé hasta la cómoda donde me sujete para recuperar una vacilante verticalidad.
Mi cerebro torturado decidió que debía hacer callar al perro y al timbre. Actúo en consecuencia arrastrando mis pies descalzos tras él. El suelo del pasillo se convirtió en una amenaza ondulante. Tuve la sensación de que si no me andaba con ojo pronto se levantaría para golpearme en la cara. Extendí ambos brazos como un equilibrista de circo y apoyé las manos en la pared, sintiendo como una tortura el áspero gotelé de piso viejo, arañándolas.
−Joder, Bepo −dije− ¡Calla ya!

Mi voz me asustó. Tenía a Sabina en la garganta después de cantar eso de las quinientas noches…quinientas veces seguidas.
Los timbrazos seguían insistiendo para cuando llegué a la puerta. Alcancé a Bepo con una patada en el lomo que le hizo ir a esconderse en un rincón y a mirarme con mala leche. Ya me ocuparía de él más tarde, lo primero era lo primero.
Abrí la puerta, más bien me sostuve en ella y di dos pasos hacia atrás antes de levantar la vista y quedarme boquiabierto, horrorizado, espeluznado.

Un tío en pantalón corto, con el pelo negro disparado en todas las direcciones, sin afeitar, amarillo y con los ojos rojos abiertos de par en par, hasta el punto de parecer que iban a caérsele de la cara me miraba desde el otro lado del umbral. Le enmarcaba una luz remota, espectral que de ningún modo correspondía a mi siempre oscuro rellano. Una voz cavernosa pareció salir de un punto indeterminado, que no de la boca del hombre que permanecía inmóvil y abierta.
−Oíga, amigo…

En ese momento me di cuenta de que algo iba mal, muy mal. La voz que correspondía con el tipo no podía ser la que había escuchado, no. Debería ser la de Sabina, pues el tipo era… era… Yo. El hombre pareció saltar hacia delante. No caminar. Saltar hacia mí. ¡Yo mismo me abalanzaba contra mí!

Asustado como nunca en mi vida cerré la puerta de golpe. Al portazo le siguió un espectacular sonido de cristales rotos y gritos. Muchos gritos.
−¡Hijo p…! ¡Será cabrón el tío! ¡Me cago en sus muertos! Mira que joder el espejo con la puerta. ¿Estás loco? Pa’haberme matao. Abre, cabrón, que te mato.

Mierda ¿Qué día era hoy? ¿Lunes? Joder, pensé, sintiendo una humedad caliente extendiéndose por mi entrepierna. El espejo de cuerpo entero que había encargado para el baño…

viernes, 29 de julio de 2011

AHORA

Se recuesta en la pared frente al espejo. Observa su cara. Los ojos profundos, perdidos en las sombras bajo ellos. El brillo mojado, una arruga de más y en la noche, sola con la luz de la luna, el color de la piel palidece. Los labios se mueven, murmurando un nombre. Hoy ha sabido de él. Su nombre le ha hecho pararse, guardar silencio cuando estaba a punto de salir de la librería. Un amigo, que fue común, de los dos y ya no es nada ha pronunciado su nombre y casi contra su voluntad se ha hecho pequeña y silenciosa, ha vuelto sobre sus pasos y ha fingido ordenar los libros en un estante bajo. Él ha regresado. La misma ciudad… que pocas veces han coincidido en ella. Lo siente en el aire, presionándole el pecho. Él.

Se olvida del amigo que ya no lo es en su prisa por refugiarse en casa. En su nido de paloma herida, de halcón sin garras.

A oscuras se sirve un whisky, en vaso alto y sin hielo. Le quema la garganta mezclado con las lágrimas que no quiere derramar. Busca la vieja canción que le hace sentirse en carne viva.

La voz, madura, llena de la cantante rompe el silencio. Ahondando en la fisura que recorre su ser.

Se va la noche y no me duermo, no te me iras del pensamiento, a veces hablo a los espejos, por eso saben mis secretos…

El espejo le devuelve la imagen llena de recuerdos que esconde en su interior. El vaso tocado por la luna, brilla como sus ojos cuando la miraban.

Viví en la cara oculta de la luna, equivocadamente hasta encontrarte, y cuando más te quiero siento que te pierdo…

Antes de él, el mundo era un páramo. Cercado, cerrado, sin luz. Las mismas cosas, las mismas gentes. Días eternos, repitiéndose a sí mismos. La aceptación callada de una vida sin escape. El matrimonio como cárcel. El deber ciego. Aguantar pese a quién pese y sobre todo si le pesaba a ella. Y él la sacó a la luz y le hizo bailar. La risa. La pasión… la llevó de la mano a la tortura de existir entre la felicidad y el dolor. El amor, una obsidiana clavada en su interior irradiando un fuego que consume el oxígeno de su vida vacía hasta matarla.

… Y cuando más te quiero siento que te pierdo…

Incluso ahora cuando el tiempo ha pasado, sigue amándolo en la rotura de su alma de cristal. Su nombre en el aliento de otro, ese nombre en el que no se atrevía a pensar, ha quebrado el tenso equilibrio, la paz forzada que le permite levantarse cada mañana como si de verdad estuviera viva.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti

Un último sorbo de whisky, el líquido cálido en su boca, deslizándose por su interior. Las manos de él sobre sus pechos, dejando paso a sus labios y a su lengua. Besando, lamiendo las puntas oscuras que se fruncen y endurecen bañadas en su saliva. El dolor dulce y apremiante allí, entre sus piernas, que se abrían, provocativas, anhelantes. El juego de los dedos sobre el vientre, fingiendo dudar de su camino. La curvatura tierna del cuello cuando su boca se abría buscando el aire que él devoraba. El sonido áspero de la respiración en el pecho, sus dientes cerrándose contra las puntas delicadas, deseosas, doloridas. Y él, hundiéndose por fin en el centro mojado…

Se va la noche y no me duermo, y los segundos son tan lentos, entre los celos y el deseo, hago mil cosas que no debo, tiro una piedra contra tu ventana, dejo un mensaje por no dar la cara, le prendo fuego a lo que era nuestra cama…

La noche, la suya se hace eterna. Abandona el vaso en la mesilla, la ropa en el suelo al lado de la cama, desliza en ella su cuerpo desnudo. La casa llena de los acordes de la música, la arropa. La voz de la cantante la conduce al centro de su recuerdos, la letra de la canción corta la armadura que protege su razón y las imágenes le asaltan. La voz aún dormida en la madrugada susurrando no te vayas, estrechando el abrazo cuando ella siempre inquieta, en movimiento, trataba de acercarse a la ventana, encender un cigarrillo o solo contemplarle, maravillada de tenerlo a su lado.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti.

Las palabras cortan la armadura que esconde sus pensamientos. Rompen el dique de los recuerdos: su risa, el olor de su piel, el peso de su cuerpo, la dulzura de su abrazo, de esos besos pequeños cayendo a miles sobre sus labios…alarga la mano y sujeta entre los dedos el teléfono, testigo y cuerda de sus encuentros y desencuentros. Marca un número al que no tiene el valor de llamar. En sus oídos resuenan de nuevo las palabras airadas. Hirientes como soldados en una guerra sucia. Luchando cuerpo a cuerpo con la ternura y el deseo. De él aprendió que amar con locura no siempre es suficiente.

Aunque me encontrara un ángel, dudaré, si me hará volar tan alto como tú.

Desde que ambos se fueron, desde que rompieron su vínculo contra las rocas de la desconfianza y el dolor, no ha encontrado a nadie que le haga subir tan alto, cruzar el cielo, mirar las nubes, amar los amaneceres. No ha sentido el vértigo de abandonarse por completo a esa montaña rusa, vertiginosa, con el alma desnuda, y el deseo puro, ardiente, calentándole el cuerpo.


Se va la noche y no me duermo, y los segundos son tan lentos, entre los celos y el deseo, hago mil cosas que no debo, tiro una piedra contra tu ventana, dejo un mensaje por no dar la cara, le prendo fuego a lo que era nuestra cama.

Una luz gris empieza a iluminar la ventana, los ojos secos y arenosos contemplan como la noche termina, escucha los latidos de su corazón enlazados con la música. Siente el peso del teléfono en su mano. Con cuidado borra el número que ha marcado. Lo deja en la mesita. No, no volverá a llamar, a dejar mensajes que lo atraigan. No se entregará de nuevo.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti.

Ahora, ahora, ahora...

Ahora, ahora, ahora...

Aunque me encontrara un ángel, dudare, si me hará volar tan alto como tú

Al otro lado del cristal ha empezado a llover. Comienza un nuevo día −piensa, mientras escucha los últimos acordes de la canción− Uno más, sin él.

viernes, 15 de octubre de 2010

EL FIN

Después del caos se creó el silencio.
En el principio del fin, los sonidos fueron los dueños del todo. La dulce melodía de la lluvia suave cayendo sobre la hierba, las flores, los árboles. En la tierra oscura y fértil. Sobre los animales, en la inocencia salvaje de su paraíso, las patas dobladas bajo su cuerpo, las cabezas bajas, la piel lustrosa y brillante. Caían sobre el pequeño pájaro cantor que momentos antes elevaba sus trinos alegres a la mañana gris y que ahora se refugiaba, bajo las hojas verdes del árbol que le sostenía, escuchando con la cabeza ladeada el repiqueteo suave de las gotas, casi como si quisiera aprender el ritmo para incorporarlo a sus cantos. La casi imperceptible nota del color rompiendo en el mundo: rojos, verdes, azules, marrones, blancos fulgurando a través de la humedad de las gotas, la esperanza en el mañana. La confianza en que el sol de nuevo saldría, cantaba en el tranquilo latido de los corazones que aguardaban embebiéndose de las ligeras gotas de agua.
Más tarde apareció el viento, lleno de ira, asustando al mundo y los seres que lo habitaban con su fragor. Las nubes corrieron por el cielo, persiguiéndose. Colisionando. Los truenos marcaron el ritmo cada vez más rápido, más fuerte. Las nubes se partieron y el agua mansa se convirtió en torrente que vino a sumarse al ruido seco de las ramas partiéndose más abajo, desgajándose de árboles, al de hojas arrojadas a los prados, a hierba arrancada, a flores muriendo. Pezuñas, patas golpeando la tierra, que temblaba ante la furia de su terror. Gritos de agonía. Huesos rotos. Lamentos desesperados de seres ahogándose, Las respiraciones acalladas abruptamente por una rama, una roca… armas del viento cercenando vidas.

El cuerpo frágil del pájaro arrastrado cientos de kilómetros por el aire. Su último canto: los violentos acordes del viento en sus plumas muertas, el imperceptible sonido de su cuerpo al caer contra el suelo. Sinfonía de muerte y dolor. Majestuosa y bella en su desolación.
Y cerca del final la música cambió: sonidos profundos, hervores lentos, explosiones salvajes actuaron de contrapunto sincopado cuando la corteza del planeta no resistió las fuerzas que empujaban desde su interior. Una profunda violencia se desató. La fuerza poderosa del núcleo escapándose, corriendo tumultuosa por las vías abiertas hasta la superficie. Lentas y enfebrecidas en el momento de abrirse camino donde nunca los hubo La ira al rojo vivo, surgiendo al exterior, siseando, estallando en miles de lenguas luminosas, convirtiéndose en ríos de fuego compitiendo con la embravecida tormenta. Devorando a su paso los restos destrozados de un mundo que ya no existiría más.

Las voces animales acalladas, los millones de latidos detenidos apenas varió el volumen de la marcha salvaje entre el cielo y la tierra entregándose a la destrucción. El “tempo” se hizo eterno, en un creccendo enervante quebrando por un fragmento de eternidad, el compás silencioso del universo.

Para cuando el último estertor nació desde el rincón más oculto de la tierra, el viento había amainado, la lluvia volvía a caer en leves chispas de agua, que no llegaban a tocar el suelo, enormes nubes de vapor se alzaban a su encuentro absorbiendo su caída entre siseos y estallidos. El vertiginoso avance de la marea de magma ardiente, consumía voraz los azules, los ocres, los verdes… el crepitar angustioso de las últimas ramas convertidas en humo negro intentando escapar del desastre. Elevándose suplicante hacia el cielo, atrapado sin misericordia en las enormes masas de agua gaseosa enfebrecidas, furiosas, arrojadas a la atmósfera.
El tácito, preciso y frágil equilibrio entre las fuerzas externas e internas se rompió. Un vibrato profundo hizo temblar la tierra en un largo estremecimiento. Miles de explosiones se encadenaron rápidamente unas a otras en el núcleo líquido. El tono grave subió hasta convertirse en un grito agudo, inaudible que corrió libre, desenfrenado desde el centro a la superficie, de ahí a la atmósfera hasta extenderse por el universo, que pareció contener el aliento, a la espera del movimiento último. Cuando este se produjo y la tierra se partió en millones de fragmentos lanzados al espacio, el eco silencioso se propagó perturbando la música de las esferas durante eones.

Y al fin, cesó también esa perturbación de las estrellas. Hasta que de la tierra solo quedó el silencio de la no existencia. En su lugar, una nube de minúsculas partículas de polvo brillante suspendida en el vacío negro. Y el silencio se adueñó de todo. Oscuro, frío, pacífico silencio sin recuerdos convulsos, ni angustias ni dolor. No quedaba nada para recordar, ni para amar. Los patéticos restos fueron consumidos atraídos como polvo por otras gravedades, otros planetas. Se posaron lentamente como arenas de desiertos, como fondo de mares nacientes. Y la nada, la infinita, grácil y perfecta nada ocupó el límite del ser.

lunes, 12 de abril de 2010

LA ESTACIÓN

La estación se nos abre a la mirada. Miles de momentos vividos, sufridos y soñados. Los bancos, ahora helados y solitarios, en este anochecer de invierno han escuchado las confidencias, los adioses, las últimas recomendaciones de cientos de pasajeros, de almas en despedida, de almas en espera: “Escríbeme cuando llegues” “No me olvides” “Piensa en mí”. “Cuídate”. Seres impacientes por partir, desgarrados por alejarse.
En el andén vacío vibran historias de encuentros y despedidas. La madre asustada, un segundo parto más doloroso y triste que el primero ve nacer a su hijo a un nuevo mundo en el que ella solo será un recuerdo y una llamada de teléfono.
La enamorada llora en brazos de su amante, que retorna a su vida y su trabajo lejos de ella. Recuerda su taconeo nervioso hace solo unas horas, su cuerpo inclinado hacía la vía, su mente empujando el tren. La obsesiva melodía repitiéndose: “ven, ven, ven”.
Se llama Ana y él, Miguel. Hace tiempo que marchó a la capital desde la pequeña ciudad que rodea la estación. Ha tenido suerte, piensa él, al aprobar las oposiciones. No volvería si no fuera por Ana, su amor de siempre. La ciudad se le ha quedado pequeña. Sus silencios, el lento transcurrir del tiempo, las habladurías mezquinas de gente que se conoce demasiado y no se perdona, excepto con la sonrisa hipócrita que marca sus días. Abraza a la mujer con fuerza, respondiendo a la estrecha atadura de sus brazos. Por dentro, la ansiedad al escuchar su tren que se acerca. El júbilo intenso que gana a la tristeza por las lágrimas femeninas que no cesan. Sus ideas giran ya entorno a su pequeño apartamento. Al trabajo frenético que le espera y con una punzada culpable a la imagen de unos brazos diferentes, una mirada tentadora, una piel con otra textura, otro olor…
Ana ve llegar al tren. Distorsionado por el llanto le parece un enorme monstruo cíclope. Cierra los ojos. Siente la vibración del andén bajo sus pies. El corazón de Miguel latiendo acelerado contra su cuerpo. Sueña con el momento en que él no tenga que marcharse. Se aferra a los sueños que tejieron juntos de adolescentes. La casita tranquila en el viejo barrio de siempre. Entre los amigos de toda la vida y la familia de ambos. Sus manos se aferran a la espalda de él, intentando meterlo bajo su piel. Como si quisiera mantenerlo a salvo, arrebatárselo al monstruo que dentro de unos minutos se lo tragará para alejarlo de ella.
Miguel da un paso atrás, separándose de Ana. Se inclina a recoger su bolsa de viaje, le esconde los ojos, que impacientes ya miran a un futuro distinto.
―Te quiero, Miguel ―le dice―Te echo de menos y aún estas conmigo. ¡Desearía tanto que no te marcharas!

Miguel besa la cara de Ana, sus labios. Siente una opresión en el pecho. Una punzada en el estómago. Su Ana. Por un momento la ve de nuevo casi una niña, abrazada a su cintura, ruborizada por el primer beso. También fue el primero para él… La ternura le invade. Pronto, quiere contestar. Pero el tren anuncia su salida, el largo pitido estridente ahoga sus pensamientos. Solo queda la urgencia por partir. Sube al tren de un salto, la ternura perdida en el andén de la estación. Un adiós se dibuja silencioso en su boca.
Ana tiembla, despojada su alma y su piel del calor de Miguel. Mucho más tarde, cuando ya esta en casa, recuerda inquieta que él, esta vez no le ha dicho que la quiere.
Nos parece que la estación ha retenido el aliento durante la despedida de los amantes. Intuimos que exhala un suspiro de tristeza al quedarse sola en la oscuridad de la noche. Ella sabe que no volverá a verlos.
Serena espera la mañana. Nuevos pasajeros descenderán de los trenes que llegan a su andén. De nuevo las sonrisas brillaran en las caras de los que esperan. Las lágrimas correrán por las mejillas del que se queda. Las almas se cruzarán, se encontrarán y volverán a perderse. La estación seguirá allí. Con sus paredes, su mismo aire impregnado de ese sentimiento de melancolía expectante que nos invade al visitarla.

miércoles, 7 de abril de 2010

EL MERCADO

La plaza del mercado del Cabañal se llenaba de sombras y la humedad del otoño se pegaba a su falda azul marino, discreta y limpia. Adela tembló: la blusa blanca, demasiado ceñida a sus pechos era insuficiente para protegerla del relente de la tarde. Los continuos lavados habían adelgazado el algodón hasta convertirlo en una fina tela apergaminada. Los zapatos, anchos y planos, eran los únicos que sus pies soportaban y a su edad, en su profesión, era mejor olvidar las medias. Se rompían demasiado.

Hoy no había tenido suerte. No había aparecido ninguno de sus habituales. El día veinte del mes, a cinco días de que se pagaran las pensiones, resultaba difícil encontrarlos. Pero en casa le quedaba poco más que una caja de leche y dos manzanas; el recibo de la luz estaba por llegar y siempre le gustaba tener unos dulces para la niña de la puerta vecina: Luisa, una niña morena, de ojos negros, con un sonrisa que calentaba su corazón, cuando la madre se la dejaba para ir a trabajar limpiando culos ajenos. ¡Qué cosas tiene la vida! Venir de tan lejos, para acabar de sirviente de ancianos. Si ella tuviera sus años y ese cuerpo... Aunque bien pensado… Sus labios, en los que quedaba el rastro de un rojo fuerte, se estiraron en una sonrisa triste. Adela, también lo había hecho. Solo que a ella, le habían dejado la mugre sobre el cuerpo.
“Oscurece tan pronto ahora”―Pensó. Repasó con la mirada los escasos comercios que abrían por la tarde en el exterior del mercado. Encendían las luces uno a uno arrojando a la calle sombras oscilantes. Adela suspiró y empezó a caminar despacio hasta la esquina, pasó por el puesto de ropa interior: camisetas blancas, fajas color carne, bragas sin gracia; colgando de una fina cuerda. La vendedora arrebujada en un mantón negro mantenía baja la cabeza y los pies cerca de un brasero. Más adelante, el de los cacharros de barro dormitaba. Las cazuelas de todo tipo alineadas al fondo, por tamaños. Marrones con sus bordes brillantes que le recordaban al caramelo. Después un frutero, el único que tenía la persiana levantada a esas horas, servía a una anciana una pequeña bolsa de mandarinas. Al pasar, ambos la miraron inexpresivos. Adela se sintió transparente ante sus ojos. Unos años antes, él la habría mirado con deseo y podía recordar muy bien los gestos de desprecio de las viejas como esa. Ella habría erguido aún más su cuerpo joven y caminado con paso orgulloso, levantando la cabeza como una reina. Reina mora; así la llamaba más de uno, allá en el pueblo donde nació, antes de venirse a la ciudad y convertirse en La Adela. Sacudió la cabeza, algunos recuerdos era mejor dejarlos en paz.
―Adela, Adelita guapa. ―la voz temblorosa llegó desde la oscuridad creciente del final de la calle.
― ¡Don Roberto! ¡Cuánto bueno por aquí! Hacía mucho que no le veía. Pensaba…
―Sí, hija, sí. Que me había muerto. No, la que murió fue Leonor, mi mujer…
― ¿La fiera? Pues habrá descansao. Lo siento, Don Roberto, pero es que su mujer era de las del puño apretao..
― Calla, calla. No sabes lo que echo de menos sus riñas y sus cosas, hasta que me contará las vueltas cada vez que me mandaba a un recado a la calle. ¡Me ha dejado tan solo! Hoy mismo he estado en casa todo el día, sin salir ni a por el pan. Desde que enluté no necesito casi nada...
― ¿Vamos al banco de siempre? ―Adela le interrumpió, pensando en la caja de leche, en Luisa. En este oficio hijo de puta, la lástima se dejaba para después de cobrar. Sobre todo cuando se llega a una edad en la que los hombres solo quieren desahogar sus penas.
El viejo le lanzó una mirada resignada de perro viejo. Él también conocía las reglas del juego y se dejó conducir hasta el banco medio oculto, a la sombra de la iglesia del Santo Cristo. La mano experta de Adela se introdujo tras la abertura de la cremallera.
― ¡Qué manos tienes, Adelita, siempre he dicho que eres la mejor!
―La experiencia, Don Roberto, la experiencia. ¿Y sus hijos? Tenía uste dos ¿No?
―Y cinco nietos; dos del mayor y tres del pequeño. Los hijos no tienen tiempo para venir ocupados con sus trabajos, sus mujeres y los nietos solo vienen a pedirme dinero. La juventud de hoy siempre tiene prisa, no quieren escuchar… Yo aún recuerdo a mi abuelo…
La mano rítmica de Adela hacía su trabajo. Escuchando a medias la voz del viejo, pensando en que al menos esos diez euros que se estaba ganando le servirían para comprar un poco de pollo, pan y algunos dulces de esos que le gustaban a Luisa.

jueves, 12 de noviembre de 2009

ANDRÉS

El pequeño fantasma se aburría y eso que después de mucho, mucho tiempo en la mansión moraban seres vivos. Eran cinco; dos de ellos no le interesaban… casi, él jamás había llegado a su edad. Por experiencia sabía que eran seres chillones, sin imaginación y aburridos… no aceptaban una broma. Y él siempre había sido un bromista y estar muerto no había cambiado eso. El bebe estaba bien para jugar un rato. Le gustaba hacerle cosquillas, soplando despacito en su cuello y sus mejillas y hacerle reír. Siempre le seguía con esos enormes ojos oscuros y tendía sus manitas intentando cogerlo. Pero no iba a pasarse las horas muertas, que eran todas las suyas entre risitas y soplidos, necesitaba más. Otro de los seres era la niñita, Elena. Suponía que no estaba mal, aunque pareciera extraña con el pelo tan corto y rubio que al principio la había confundido con un pequeño sometido a encantamiento. Se pasaba el día parloteando sin cesar sobre duendes y hadas. ¡Puaj! ¡Cómo si esos no estuvieran siempre dando problemas! Dos veces ¡dos! Se había dirigido a él. Mirándolo y preguntándole si quería jugar con ella a los disfraces. ¡Disfraces de niña! Mientras la escuchaba distraído sentado a los pies de su cama contarse historias de elfos, princesas embrujadas (esas le gustaban especialmente) y de esos seres extraños, planos y pequeños que aparecían en las cajitas que habían colocado con reverencia en casi todas las habitaciones de la casa.

Debían ser muy importantes, aunque él no alcanzara a entenderlas, las ubicaron en sitios de honor. En la sala, una enorme justo en el lugar donde se sentaban antes los señores. En los dormitorios, sobre cómodas e incluso donde cocinaban había una pequeñita sobre un alto estante… Siempre parecían estar en movimiento, emitiendo luz, formas extrañas, voces y sonidos que acababan espantándolo apenas llevaba un tiempo intentando comprender que era aquello.

¡Ah! Pero quién de verdad le atraía era el muchacho, Roberto. ¡Un muchacho como él! Se parecía a Simón. Con las piernas tan largas que podía ya a sus catorce años montar un caballo de un salto, cuando él aún necesitaba subirse al viejo tronco situado al lado del establo. Con esos pelos rubios y escasos asomando a su barbilla y que él le mostraba con orgullo a cualquiera que se pusiera a tiro, el pelo largo recogido con una cinta de cuero cuando entrenaba, las espaldas casi tan anchas como su padre. No recordaba ningún momento en que no hubieran estado juntos. Aunque Simón fuera hijo del caballerizo y él, del señor.
A Simón siempre se le ocurrían las mejores bromas, donde esconderse para asustar a las criadas y a las niñas de la casa. En una ocasión cuando ambos eran muy pequeños se escondieron en el armario de la ropa blanca. Este estaba situado donde el pasillo de la servidumbre daba paso a la amplia galería de los dormitorios de los señores, justo al lado de las piezas de su madre. Era de madera negra, con estantes recios y sobrecargados de ropa blanca, profundo como una pequeña cueva. Allí se escondieron durante horas, envueltos en camisones de dama, blancos y delicados. Recordaba el olor a lienzo limpio, al espliego que su propia madre recogía del pequeño jardín de hierbas para colocar entre la ropa. Aguardaban silenciosos como ratones hasta escuchar los pasos pesados de Edwina, el ama de llaves, o los ligeros de las criaditas Emma y Liz, solo un poco mayores que ellos, en ese momento emitían lamentos lúgubres, golpecitos tenues, arañaban el suelo con la daga decorativa que su padre le regaló en su último cumpleaños. El último, sí. Y reían como locos, tapándose la boca con las manos, entre resoplidos y ahogándose cuando estas salían corriendo y gritando.
Podía recordar el enfado de su madre cuando Tomás, el mayordomo los descubrió. Entre los dos habían conseguido ensuciar más camisones y sábanas, manteles y servilletas en unas horas que todos los habitantes de la mansión en una semana.

El muchacho que habitaba de nuevo en la casa, era como él. Muy rubio, muy alto, tanto como Simón, pero sus ojos… sus ojos estaban muertos y sin vida, con unos enormes cristales que en su momento, cuando estaba vivo solo usaban el notario y el párroco. Y lo que era peor, no le veía. Ya podía él colocarse a su lado, rozarle con sus manos fantasmales, soplarle en el cuello, traspasarle de lado a lado que nada, como mucho algún escalofrío y un encogimiento de hombros.

Le observó durante días y noches. Roberto no salía al exterior, eso le gustaba al fantasma, porque le permitía estudiarlo, aunque no le entendiera, recordaba demasiado bien el viento en la cara, el calor del sol sobre la piel, la hierba mojada bajo su cuerpo, cuando se tendía por las tardes junto a Simón en los jardines de la casa, para conversar mientras miraban como el cielo se iba oscureciendo.
Roberto no jugaba con sus hermanos. Bueno, eso sí podía comprenderlo. El bebe era demasiado pequeño para ser entretenido, aunque él se pasará las horas muertas o más bien parte de sus horas, contemplando como jugaba incansable con sus manos, sus pies… La niña ¡Puajj! Era una niña. Y las niñas no sabían hacer nada divertido.
Roberto solo hacía dos cosas: dormir y el fantasma había probado a meterse en sus sueños, sin demasiado éxito o pasarse las horas muertas delante de una de esas cosas raras parecida pero no igual al resto de las que había repartidas por la casa. Le costó un tiempo darse cuenta de las diferencias. Lo primero que notó es que esta caja, extraña y más bien plana, algo más ancha que los cuadros de sus antepasados, que colgaban de la galería, estaba situada sobre un escritorio con bandejas y cajones. Supo lo que era: él había tenido un pequeño escritorio en su habitación, que cerraba con llave cuando no usaba y que contenía pequeños compartimientos para el papel, los sobres, las plumas… y donde debería haber estudiado sus lecciones, aunque siempre había sido más divertido dibujar y jugar con el papel secante.

Roberto se sentaba con la cara muy cerca del cristal de la caja. Le llevo un tiempo caer en la cuenta de que no solo miraba, sino que además sus manos no paraban de moverse sobre un objeto grande y plano que tenía marcadas las letras (le costo algo reconocerlas, sus formas eran simples, como escritas por un niño) números y dibujitos de estrellas, barras, signos de interrogación… al lado un artilugio pequeño y brillante que Roberto acariciaba con la mano derecha como si se tratará de un amuleto. Bajo la mesa, cerca de los pies de Roberto, en un cajón gris, como un pequeño ataúd colocado en vertical, pequeñas luces amarillas y verdes parpadeaban. No reconocía el material con que estaban hechos esos objetos, parecían suaves brillantes, sin vetas como la madera, ni asperezas metálicas como el acero o el hierro.

Cansado de esperar la atención de Roberto un día hizo un intentó nuevo. Deseo colarse dentro de Roberto para ver que era lo que tanto le atraía de esa caja. Si tuviera ojos aún, los habría cerrado muy fuerte, si respirara, se hubiera llenado el pecho de aire, si tuviera músculos los hubiera contraído con fuerza. Y así preparado hubiera dado un salto hasta sentarse en el regazo de Roberto y lentamente fundirse con él… ¡Lo había logrado! su esencia se introducía entre los diminutos huecos invisible al ojo humano de la piel de Roberto. Estuvo a punto de echarlo todo a perder cuando sintió la solidez de la carne de este cerrándose en torno a su espíritu, el peso de sangre y músculos sobre él. Acumuló toda su energía y su valor y permaneció quieto en aquella prisión, demasiado caliente, demasiado oscura para su gusto. Se concentró en poder ver a través de los ojos de Roberto, y cuando al fin lo hizo, cuando puedo abrir unos ojos que no tenía, se encontró mirando con el muchacho el objeto que le robaba su atención. Se dio cuenta de golpe, que era una especie de ventana abierta a mundos extraños. Robando palabras aquí y allá de la mente de Roberto, descubrió que en la “pantalla” aparecían artefactos raros, formas irreconocibles, colores imposibles… y que saltaba rápidamente de un mundo a otro. Ahora lo que aparecía le era más familiar. Figuras de hombres corrían de acá para allá, armados de pesadas espadas, con enormes caballos, pendones con figuras mitológicas, banderines ondeando en un viento inexistente.
¡Ah! ―Se dijo― son como dibujos en movimiento. Como cuadros y esas figuritas que corren por el campo de batalla parecen vivos, pero no lo están. ¿Pero que hace con ellos? ¿Los controla? ¡Sí! Con el talismán de la derecha y con las letras de ese objeto raro donde posa las manos. ¿Será un invento del diablo?
El fantasma piensa un momento y decide que no, que eso es algo humano, ahora entiende mejor a Roberto. ¡A Simón y a él les hubiera encantado tener algo así! Aunque pensándolo bien, Roberto no se movía de la silla, no movía un músculo mientras que cuando Simón y él aprendían esgrima sentían a su cuerpo responder ante las órdenes de su mente. Los músculos flexibles y bien engrasados, el sudor corriendo libremente por la cara y la espalda, las piernas rápidas, el choque de los floretes repercutiendo en el brazo… perseguirse durante horas el uno al otro, hasta que el cansancio dulce y embriagador podía con ellos…
― ¡Dios Bendito! ¿Qué es lo que Roberto visualizaba ahora en la ventana? ―el pequeño fantasma se refugió escandalizado en la oscuridad de la cabeza de Roberto, para emerger poco después y contemplar incrédulo a través de los ojos de Roberto a… ¡Mujeres! ¡Mujeres desnudas! No es que él, cuando estaba vivo no hubiera empezado a interesarse por las mujeres, espiado sus escotes o entrevisto algún tobillo. Pero aquello… Esas mujeres se movían detrás del cristal, parecían vivas, criaturas del infierno. Una de ellas extendió la mano y pareció querer salir de la pantalla. El fantasma se asustó tanto, que en medio de una explosión de energía huyó del cuerpo de Roberto. Golpeando con su núcleo vital el tablón de las letras, borrando la imagen de la pantalla. Roberto, más sorprendido que asustado, se vio desparramado en el suelo. ¡Había notado la fuerza del fantasma al salir de su cuerpo! No solo eso, está había sido tan intensa, que lo había tirado al suelo desde la silla y ahora contemplaba boquiabierto como una pequeña forma de luz, intensa y radiante en el centro y difusa en el contorno se movía sobre su ordenador. Incrédulo parpadeo, pero la luz, como una pelota deformada seguía allí, moviéndose por el teclado, rebotando en la pantalla, golpeando la unidad del PC.

El pequeño fantasma ni siquiera se dio cuenta de que Roberto, por fin, lo veía. Acababa de descubrir que si concentraba su voluntad, él también podía jugar con ese objeto extraño que secuestraba la atención de Roberto. Sentía el pequeño fantasma como todo a su alrededor vibraba y lo alimentaba. Las luces de la habitación, la extraña ventana, la caja gris y su pequeña lucecita verde…

Roberto, gritó asustado sin poder moverse del suelo. En la puerta de la habitación apareció Elena. La niña miró la forma enloquecida del pequeño fantasma y rió. Se acercó a su hermano y le puso la mano en el hombro.

―No tengas miedo. Es el fantasma que vive aquí.
― ¿El fantas…? ¿Cómo que el fantasma que vive aquí? ¿Tú ya lo habías visto?
― ¡Aja! No quiere jugar conmigo, solo le gustan mis historias, no quiere disfrazarse ni jugar con mis hadas. Él es bueno, se sienta a los pies de mi cama y me escucha. Nunca le había visto así. Es divertido, tiene muchos colores.
De súbito la estancia se lleno de silencio. El zumbido incesante del ordenador había parado por primera vez desde que Roberto y su padre lo instalaran. El fantasma aún rodeo al objeto varias veces hasta convencerse de que la ventana había quedado oscura y silenciosa. Si hubiera tenido cuerpo, se hubiera detenido jadeante, observando el cambio. Así sintió como las ondas de energía iban calmándose poco a poco y que las condensadas partículas iban expandiéndose hasta recuperar su forma y tamaño habitual: la pálida y transparente forma de un niño que había muerto cuando estaba a punto de cumplir trece años. En vida fue un muchacho alto, desgarbado. De piernas demasiado largas y manos torpes. El pelo negro siempre revuelto y luminosos ojos grises. Ya muerto había conservado esa imagen tenue de si mismo, hasta el día de hoy…

―Fantasmita, fantasmita ¿Estás bien?
La voz de Elena flotó hasta él. Roberto estaba sentado en el suelo, en el extremo más alejado de la habitación y la niña tenía una mano sobre su hombro y lo más importante: ¡Ambos le miraban! ¿Roberto le veía? ¡Sí! ¡Por fin! Se deslizó por la habitación hacia ellos, ante la mirada espantada del niño vivo, que intentó retroceder. El fantasma se detuvo. Elena susurró a su hermano:
―No tengas miedo, no te hará nada. Él juega también con nuestro hermanito y nunca le ha hecho daño, a mí tampoco.
―Pero… ¿Has visto lo que ha hecho? ¡Me ha tirado de la silla! Y ha roto mi ordenador. Está… loco. ¿Y si me quiere hacer daño a mí? O quiere mi cuerpo para… para…

La voz de Roberto fue apagándose. El fantasma se quedo quieto, con la expresión más triste que hubiera visto antes. “¿Me tiene miedo? Lo he estropeado todo” Yo solo quiero que sea mi amigo”. Recordó la sensación de ser energía pura. Nunca antes se había sentido así, excepto quizá cuando estaba vivo. “¿Habría roto esa cosa que Roberto quería tanto?” No había sido su intención, solo que… sintió que podía “tocarla”. Contemplo sus manos pálidas, tan insustanciales que nunca, desde que murió, había podido sentir nada con ellas. Y lo había intentado; muchas, infinidad de veces. La primera de ellas, antes de entender que estaba muerto, trató de abrazar a su madre, que lloraba desconsolada, repitiendo su nombre una y otra vez: “Andrés, Andrés”. Él sabía que lloraba por su culpa. Sus manos atravesaron el pecho de su madre, sin lograr aprehenderla. Asustado se observó en el suelo, donde había caído, después de romper la barandilla del último piso. Ese verano se había sentido solo, abandonado. Simón, casi dos años mayor que él, había empezado a interesarse por las chicas, bueno, por una en concreto; una de las doncellas de su madre. Ya no salían como antes a montar a caballo, las clases de esgrima eran aburridas y Simón prefería encontrarse a escondidas con Maria que salir al prado a jugar con él. Y lo que era peor, dejó de interesarle planear bromas y juegos. Cuando él le buscaba para hacer juntos alguna de esas cosas, Simón le decía: “Ya es hora de que crezcas”. Y no, él no quería crecer. Quería que su vida se mantuviera siempre igual. Así que esa noche cuando vio a Maria subir al tercer piso, donde dormían los sirvientes, antes de que su padre decidiera cerrarlo, porque no era seguro, decidió seguirla y asustarla. Sería solo otra de sus bromas. Así que tomó del armario de la ropa blanca una enorme sábana y la caja de metal con la gran llave en la que su madre guardaba las monedas. Sigiloso, sin hacer ruido subió las escaleras hasta la estrecha galería, cerrada al vacío por la inestable barandilla, donde se abría la puerta deslucida y vieja del antiguo cuarto de los criados. Se echó la sábana por encima y agitó la caja, haciéndola sonar. Abrió lentamente la puerta y se quedó clavado en el umbral. En la tenue penumbra, iluminada tan solo por la llama inquieta de una vela, dos pieles brillaban. Andrés no acababa de entender lo que veía. Un ser extraño, desnudo, se movía sobre una vieja cama. Dio un paso atrás, la caja cayó de sus manos cuando empezaron los gritos: Agudos y finos los de ella, casi de hombre los de él.
― ¡Andrés! ¡Serás estúpido! ¡Fuera, vete de aquí!
Andrés se giró dispuesto a salir huyendo, la sábana se enredo entre sus pies, que se golpearon contra la caja. Extendió los brazos intentado agarrarse a la barandilla, que se quebró bajo su peso…

― ¿Fantasmita? ¿Estás llorando? ―la voz de la niña Elena interrumpió sus recuerdos―Mira, si no lo has roto, solo lo has desconectado. Ya va y Roberto no esta enfadado contigo.

Andrés miró a los niños vivos, Roberto se había levantado y lo miraba sin miedo, parecía apenado como si hubiera podido ver los recuerdos del fantasma. Elena estaba junto a la ventana de los mundos extraños, que volvía a estar iluminada.

Roberto se le acercó vacilante.
―Hola, yo… ¿Eres un fantasma? ¿Cómo te llamas? ¿Vivías aquí? ¿Era está tu casa? ¿Qué te pasó?

El fantasma miró asombrado a Roberto, desde que este habitaba en la mansión nunca le había visto tan “vivo”, le brillaban los ojos de curiosidad, expectante. Andrés movió lentamente la cabeza: ¿Cómo podía contestarle a esas preguntas? Ya no tenía voz.

― ¿No puedes hablar? ―dijo Roberto. El fantasma negó con la cabeza, lo había intentado antes, hacía mucho, cuando culparon a Simón de su muerte y él no pudo hacer nada para evitar que lo echaran de la casa para siempre.
―Pues… ¡Vaya! Yo quisiera saber tantas cosas de ti ―Se lamentó Roberto.
― ¡Sí que puede, sí que puede! ―gritó saltando sobre sus dos pies Elena.
El fantasma y Roberto se giraron para mirar a la niña que seguía en pie delante del ordenador; con la cara roja e iluminada como si estuviera a punto de estallar.
― ¿No dices que apagó el ordenador? ¿Y que golpeo las teclas? Ven fantasmita, ven, que te voy a enseñar. ¿Ves esos cuadraditos donde están dibujadas las letras? Yo aún no sé leerlas muy bien, pero Roberto sí sabe, si tú…

De pronto Andrés entendió. Con una explosión de alegría se transformo en una pequeña bola de energía pura. Todos los colores del arco iris, bailaban dentro de él. Violetas, rojos, azules… recorrió la habitación a toda velocidad, rodeando a los niños, una y otra vez antes de situarse frente al teclado y golpear las teclas. En la pantalla, esta vez blanca empezaron a marcarse letras: djotnxyz. Grupos de letras sin sentido empezaron a correr alegremente ante los ojos de los niños.
―Para, para ―rió Roberto― ¿Puedes escribir como te llamas?
Hubo un momento de quietud y después, lentamente, una por una, unas letras surgieron del papel.
A N D R É S.

Fin.

martes, 1 de septiembre de 2009

Ejercicio 31 REALISMO SUCIO

Crear un texto con las características del realismo sucio.

Es una forma de narrar historias sobre personajes "normales", grises, perdedores o a los que no les sucede nada extraordinario.

Es minimalista: utiliza los minímos recursos para contar historias cotidianas. No pretende crear moralejas, ni juzgar situaciones ni personajes, e incluso, deja las historias sin cerrar (cuenta retazos de vida, y la vida sigue fluyendo).
Su fórmula de escritura corriente ha influido en muchos escritores. Referentes del realismo sucio: John Cheever, Raymond Carver o Richard Ford.

No muestra grandes pasiones, sino la vida en sus peores momentos o pequeños incidentes cotidianos.
Basa su desarrollo en la empatía (relación lector/personaje-historia).
Son las cosas que vivimos normalmente y que reflejan con mayor exactitud las complejidades del alma humana, esta cercanía convierte a la obra en algo humano, real, intenso.
Puntos clave:
1.-Sus temas son la rutina, la ausencia de heroísmos, las desesperanzas diarias, los mundos grises que rodean a las personas.
2.- Debe tener naturalidad narrativa. Capta las conversaciones tal y como las realizamos.
El lenguaje es común y corriente. Los mínimos adjetivos posibles. No existen las figuras literarias. Apenas hay descripiciones: el bar es el bar, el dormitorio es el dormitorio, el viejo Ford es el viejo Ford.
3.- Los personajes no son ni buenos ni malos. Son torpes, débiles, en ocasiones algo menos cultos que el lector y sus recursos son más limitados. (desempleo, rotura matrimonial, alcoholismo, drogas, chantajes emocionales, amistad/enemistad)
4.- Aunque la historia parece cerrarse, deja más preguntas que respuestas. Puede que los personajes conduzcan la historia hacia un final prometedor, pero no termina de cerrarse. No siempre se resuelven los conflictos cotidianos.
5.- Se puede narrar desde la primera o desde la tercera persona, pero no se juzga, ni se analiza . El narrador debe ser invisible, pasar desapercibido y comportarse como una cámara de fotos. Es el lector el que debe sacar sus conclusiones y juicios de valor.

6.- [b][u] En las historias de realismo sucio cada pequeño detalle tiene valor simbólico. Se busca un efecto único para trasmitir la complejidad de la naturaleza humana. Son los detalles ambientales, los objetos que rodean a los personajes, sus gestos y las actitudes que presentan lo que nos dice que le sucede por dentro. Se debe hacer una cuidadosa selección de detalles aparentemente superficiales que sean reveladores.

Bueno y después de este pequeño rollo:
PLATOS SUCIOS.
Entró en el piso. Las diez de la noche. Dos horas más tarde de su horario habitual. Le dolían los pies. Soltó los zapatos en el estrecho recibidor. Escuchó el televisor. Caminó descalza hasta la sala. Vio su silueta a la luz mortecina del televisor.
―Hola. ¿Qué haces?
―Calla, Marisa. Estoy viendo el fútbol. Es la final.
―Mierda. No me acordaba. ¿Has sacado los filetes para la cena?
Antonio murmuró algo, mientras tomaba una cerveza de la pequeña mesa de cristal. Marisa suspiró mirando los cercos de humedad, dejados por la botella helada, brillando con la luz cambiante del televisor. La voz exaltada del comentarista anunció un gol que hizo que Antonio se hundiera más en el asiento.
Marisa salió de la sala, recorrió el estrecho pasillo a oscuras hasta la cocina, que iluminó con un pequeño golpe en el interruptor de la luz. El tubo fluorescente parpadeo hasta estabilizarse, la luz blanca resaltó los objetos sobre el banco y en el fregadero. Platos, vasos, cubiertos… abandonados desde el día anterior. Una bandeja de carne a medio descongelar en la pequeña mesa. Marisa empezó a cocinarlos mientras abría el grifo y llenaba la pila de agua. El dolor arrancando desde sus pies subía hasta las caderas y los riñones, cuando se inclinó a tomar el estropajo. La mirada fija en los azulejos manchados de grasa y agua.
― ¿Ya está la cena?―Antonio se apoyó en el marco de la puerta.
―En unos minutos. ¿Se terminó el fútbol?
―Está en el descanso. Estos imbéciles con los millones que ganan y no saben ni darle al balón. ¿Qué tal el día?
―Bueno… he tenido algunos problemas con el jefe…
―¡Ufff! No me hables de problemas. Hoy en la obra el encargado me ha amenazado con despedirme. No se puede hacer el trabajo de quince hombres siendo solo diez. El muy cabrón quería que hiciéramos horas extras sin cobrarlas. Le he dicho que no, que contraten más gente o que paguen las horas extras. Y los compañeros… los compañeros todos unos cerdos, tragando cualquier cosa… Venga, ponme la cena si está, que empieza el fútbol.
Marisa se secó las manos despacio. Sirvió las cortadas en un plato y se lo alargó.
― ¿Tú no cenas?
―No, me voy a dormir ya. Estoy muy cansada, ya acabaré esto mañana…
Antonio dirigió una mirada despistada a la cocina. Los platos a medio fregar, la encimera sucia, la pequeña mesa repleta de y bolsas para guardar. Se encogió de hombros y se marchó.

Marisa se metió en la cama, después de desnudarse, estirando sus miembros cansados como un gato. Y esperó el sueño, que llegó pesado e intranquilo.
Se despertó con los movimientos de Antonio. Abrió los ojos. Sentía la dureza del miembro en su interior. Como casi cada noche Antonio entraba en ella con eficiencia. A rápidos intervalos regulares. Les iluminaba el costado derecho la bombilla de la lámpara sin pantalla. Marisa se dejó hacer, con las piernas abiertas por él mientras dormía, recibiendo el peso sudoroso sobre su pecho y su estómago. Estaba cansada. Le dolían aún los pies de pasar el día en el supermercado, incluso las piernas que mantenía flexionadas le ardían. Dejó vagar la mirada por la habitación. “Ojalá termine pronto” pensó. Repasó brevemente su cara. Los ojos cerrados, la boca abierta, arrugas de concentración en la frente. Apartó la vista. No quería que la viera con los ojos abiertos. De pronto el ritmo del miembro cambió y la respiración de él se aceleró. Empujones irregulares, fuertes. Marisa suspiró y elevó un poco las caderas. Él se detuvo con el miembro completamente hundido en ella. Se sacudió un par de veces y con un chillido ahogado, se corrió. Antonio dejó caer la cabeza contra su hombro. Tomó aire un par de veces y le rozó la oreja con los labios antes de apartarse y dejarse caer en su lado de la cama.
―Apaga ya, Marisa.
Antonio puso el despertador, media hora antes que de costumbre. El sexo le ayudaba a dormir.
Fin

viernes, 31 de julio de 2009

EJERCICIO 30º "LA PARADA"

Ejercicio de estilo. Dos personas debatiendo sobre un tema, una forma de ver la vida... La dificultad: hacer a la vez un ejercicio de estilo, cada uno de los personajes ha de pertenecer a una esfera distinta de la sociedad y debe notarse claramente a través del diálogo, de su forma de hablar, de las descripciones...

—Jo, Goyo. Miraaa. Para, para. Jo, es superguay —Cuca gritó levantando las manos—. Mira essse chico. Jo, que fashion queda con su sombrero de paja y todo. ¿Y esos pantalones rotos de algodón?
— ¡Oh, sssí! Está super chulo ¿Qué hace? ¿Ess·nn labrador?
—Sí, será, pero mi papi los llama, o sea, dice que se llaman operarios del campo. Papa me lo dijo cuando estuvimos en la finca del padre de Borja ¿Sabess? En Andalucía. Es superchula, con tanta plantita y hierbas y unos animales muy grandes… torosss. ¿Me entiendes?
—Pero… ¿Qué haces, Cuca? ¿Vas a bajar?
Ssssssí, me gustaría hablar con ese operario tan super.

Hello… hola, buenos díasss —La voz de Cuca, un tanto nasal dejó resbalar las palabras cansinamente hasta el final de la frase.

—El muchacho que estaba inclinado sobre la tierra recién arada, se incorporó.
—Hola, buenos días.
La contestación correcta y educada dejó un momento sin ideas a Cuca.

—Esto… ¡Qué campo más super! ¿Es tuyo?
—Bueno… No, yo trabajo para…
— ¡Ah! ¡Qué mono! Mira, Goyo, es un empleado operario.

Goyo, cabeceó asintiendo sin salir del coche. Se arregló el Lacoste que llevaba en los hombros echando una ojeada al joven labrador. “Bah, pensó. Essta Cuca esta loca. Pararse a hablar con labradores muertos de hambre”
—O sea y tú, ¿Cómo te llamas? —Cuca se apartó el pelo de la cara, echándose la melena rubia y lisa hacía atrás.
—Andrés.
La voz del muchacho ocultaba una sonrisa mientras miraba a aquellos dos especimenes urbanos, no acababa de entender que quería esa niña con sus zapatitos de tacón, la falda blanca y negra y ese top ceñido al cuerpo en negro. Pero cualquier diversión que interrumpiera sus solitarios paseos por las tierras de su abuelo era bienvenida. Se había comprometido a pasar el verano en los campos antes de marcharse a Estados Unidos a completar sus estudios de Ingeniería agrónoma y hacer un estudio sobre el terreno de la mejor aplicación posible que darle a esas tierras. Hacía tiempo que el trabajo en el campo ya no resultaba rentable y tanto él como su abuelo pensaban que debían encontrar la forma de conservar y expandir el negocio familiar y dar una solución a sus empleados y a las familias que dependían de ello.
—Y ¿Trabajas aquí tú solo? No tenéis de esos… Inmigrantes —Se giró hacia Goyo que miraba impaciente el rolex de su muñeca—. Esos que dicen que vienen a hacer el trabajo que los de aquí no quieren… ¿Me entiendes? Esos de los que hablan en la tele y que papi dice que hay que tener mano dura.
—Verás, guapa. Sí, Tenemos inmigrantes trabajando con nosotros. Desde hace algunos años ya. Se han instalado en el pueblo y han traído a sus familias —Andrés pensó en Atu, el primer africano que contrató su abuelo. Ya hace más de veinte años. Y que ha hecho su vida entre el pequeño pueblo cercano y el trabajo en las tierras. A Atu, le siguieron Ebo, Foluke, Gamba, Hasani, Mogomu, Mbita, Nangila, Nikusubila, Nkosana, Ochieng, Olafemi, Olujimi, Osagboro, Suhuba, Wamukota… Tantos ya. Algunos siguen trabajando para el abuelo. Otros desaparecieron en busca de otras vidas que vivir. Pero todos tienen historias detrás que aquella niñata no entendería.
—Y te dejan a ti ssolo para trabajar? O sea que son todos unos vagos como dice papa…
— ¿Cómo dices? —El enfado empieza a despertarse en Andrés.
—Yo… O sea… Cómo estásss solo aquí… ¿Me entiendes?
—No sé si te has dado cuenta, Piluca, cuca, mamen o como coño te llames… Pero hoy es domingo y los domingos la gente descansa. Sean inmigrantes o no. Ahora que a la gente como tú debe darle igual que sea lunes o domingo… Para lo que hace…
—¿Holas? Pero tú ¿Qué te has creído? —La voz de Cuca se eleva y por un momento la languidez que acompaña a su persona se sacude— Yo también trabajo y estudio ¿Sabes?
—¿Sí? A ver si adivino en que trabajas. ¿Trabajas en un despacho con tu papi? que te da palmaditas de vez en cuando y te dice que lista es mi niña. O puede que con un amigo de papa, al que le hace un favor, porque hay que proteger a los cachorros de la realidad.
Cuca enrojece. Andrés ha acertado a la primera. Trabaja unas horas en el despacho de Marcos, el abogado de su padre que se ha ofrecido a “guiarla” en el mundo laboral, mientras termina la carrera.
—Eres mega desagradable, o sea, super antipático. Yooo no tengo la culpa de que seas un pobre ¿Sabessss? —el acento nasal en la voz de Cuca adquirió un tono desagradable. Las palabras parecían morir al caer de su boca, y las vocales, arrastrarse interminables en un sube y baja de la entonación, enfatizándolas― Si mi papa tiene razón… O sea que los pobress, nos envidiáis porque… porque…
―¿Envidiaros? ¿A vosotros? Dudo mucho que los “pobres” que dices tú piensen mucho en vosotros. Los pobres trabajan para llegar a fin de mes. En todo caso envidiarían vuestra tranquilidad económica, pero no vuestra estupidez. Al menos, no la tuya, bonita. Y si tuvieras algo de conciencia, te avergonzarías de vivir como vives mientras tanta gente se muere de hambre.

Andrés intenta dar por zanjado el tema y alejarse. La pija esta, a pesar de su carita de muñeca y sus ojos azules le esta amargando la mañana del domingo. Sin embargo ella, alarga la mano como si quisiera tomarle del brazo, antes de retirarla como si solo rozarle le diera asco.

Túuúuú no sabes de lo que hablasss. No eres más que un ignorante ¿me entiendes? O sea, supermega ignorante. Papa dice que somos ricos porque somos más hábiles y más inteligentes y nos lo merecemos. Los que no pueden hacer dinero, es porque son más tontos y torpes que nosotros y sobre todo, que no quieren trabajar duro. O sea, que es como eso de Darwin…. ¿Entiendes? Y que por eso…, vamos que ahora todos tienen la oportunidad de hacerse rico y que si no lo hacen es porque no saben o no quieren.
―¡Lo que me faltaba por oír! La teoría de que competimos en igualdad de condiciones de los imbéciles como tu padre y la gente de su clase ¿Eh? Mira niña, no sabes nada del mundo, al menos nada del mundo que hay fuera de tu “maravillosa” clase social.
―Pues es verdad ¿Sabesss? Ya no est’mos en la edad media y a ser pobre y a seguir así ¿Sabes? Así que el que es pobre es porque quiere o porque no es bastante listo…
―Así que según tú padre y tú ¿La hija de Atu estaba en igualdad de condiciones que tú? Esa niña murió con su madre, ahogada, cuando trataban de reunirse con Atu. Ni siquiera llegaron a ver estas tierras. Atu no pudo volver a verlas, ni enterrarlas según su tradición, porque cuando se enteró ya estaban en una fosa sin nombre, enterradas por las autoridades. ¿Quién te crees que eres? ¿Has pensado en el valor que se necesita para meterse en una patera? ¿Has visto alguna? Son tan frágiles y el fondo tan plano que te preguntas como nadie puede pensar en hacer una travesía desde ninguna parte. ¿Has pensado alguna vez en eso? ¿En las penalidades que tienen que soportar esas gentes solo para llegar hasta una de esas embarcaciones de mierda? ¿Por qué crees que lo hacen? ¿Porque han nacido como tú, en una clínica privada, con mama maquillada y un camisón de lujo y papa (si es que está) grabando el acontecimiento? ¿Por qué crecen entre el lujoso piso de Salamanca y el chalet en la sierra?
Andrés iba acercándose a Cuca. Hablaba con las manos, con el cuerpo. Su pensamiento recorría la larga lista de trabajadores africanos que había conocido toda su vida. Sus penalidades, su hambre, su tristeza lejos de su tierra, de su gente. Recordaba sus caras cuando seguían las noticias sobre la llegada de pateras a las costas españolas, casi siempre saldadas con muertos. Sus muertos.
Cuca, cada vez más asustada de ese hombre, había dejado de escucharle mientras retrocedía hasta el coche que le aguardaba, con los ojos clavados en Andrés. En ese momento Goyo, que había seguido aburrido la conversación salió del coche y tomó a Cuca del brazo.
Vamosss, Cuca, darling, Sube. Ya te dije que con estos campesinos no se puede hablar. Y llegaremos super tarde a la fiesta de Mamen.
―Jo… sssí, este palurdo da miedo. No le entiendo.
Andrés se dio cuenta de lo mucho que se había alterado. Respiró hondo. Se apartó de la muchacha un par de pasos, antes de volver a hablar.

―Sí, eso es, Cuca, “darling”. Sube al coche, que llegáis tarde. Tarde a todo. Y olvida lo que este “palurdo” te ha dicho. Sigue durmiendo tranquila por las noches. Sigue viviendo a costa de papa en tu mundo “ideal” y no vuelvas nunca más a pararte para hablar con un “pobre”. De todas formas seguirías sin entender nada.

Cuca subió al coche sin mirarlo seguida de Goyo que arrancó casi de inmediato. Durante unos kilómetros escuchó la charla insulsa de su compañero. Sentía el cerebro lleno de pensamientos extraños. Imágenes apenas entrevistas en televisión de mujeres de piel oscura aferradas a niños pequeños. De ahogados, hinchados, deformados por el tiempo pasado en el agua, tan solo un puñado de apretados rizos mojados con apariencia de vida… Miró sin ver el paisaje que recorría el coche antes de preguntar:
―Goyo, tu crees que lo que decía ese chico…
―Cuca, cariño ¿Aún piensas en ese? No se puede hablar con uno de esossss… Son pobres siempre encontrarán motivos para quejarse.
Fin.

domingo, 28 de junio de 2009

Diálogo (Ejercicio)

Mía le miró de reojo desde la cama. Repantigado en ese enorme sillón le sonreía burlón.

―Deja de mirarme así, Javier. Me pones nerviosa.
―Me gustas nerviosa ―susurró juguetón.
― ¡Joder! Te estoy hablando en serio. ¿Qué coño quieres de mí?
―Poca cosa, la verdad.

Esa frase, breve, le dolió. Él lo supo al instante. Se guardó la sonrisa en la voz.

―No te pongas sensible. Haces un drama de cualquier cosa. Sólo estaba pensando que me gusta verte así.
―Así… ¿Cómo? ¿Mosqueada?
―Bueno… si vas a enfadarte, también me gustaría verlo. Pero no, lo que me gusta es verte vulnerable, insegura, pendiente de mí.

Le miró sorprendida. ¡Qué cabrón! Ya ni siquiera pensó. Manoteó por la cama hasta encontrar la camiseta que se acababa de quitar. Avergonzada de estar desnuda mientras el continuaba vestido. Se la puso a tirones violentos. Oyó su risa suave. Él le lanzó sin fuerza una prenda a la cara. Las bragas.

―Te harán falta, si piensas salir de estampida. El rubor nació en su estómago y trepó vertiginoso a la cara.
―Mierda ―masqulló, girándose de espaldas a él. Lágrimas de furia y humillación ardían en sus mejillas. Apretó las bragas en la mano― ¿Por qué?

Escuchó su risa suave. El crujido del sillón, los pasos amortiguados por la alfombra. Tensa esperó inmóvil mientras el se aproximaba. Los botas sucias aparecieron ante sus ojos Las piernas enfundadas en los desgastados vaqueros. El bulto obsceno frente a la cara. Se negó a subir la mirada. A que viera las lágrimas.

—Me pone caliente ―la voz la mojó desde arriba. Densa, sucia― Chúpamela.
—No —Apartó la cara―. Me voy. Esta vez para siempre.

Javier dio un paso más, forzándola a abrir las piernas. Obligando a sus pies descalzos a apartarse ante la amenaza de las botas pesadas.
—Hazlo. Ahora ―El dedo índice deslizándose lento por la mandíbula hasta su boca.

Mía abrió los labios, mojando el dedo de Javier con su saliva. Lamiéndolo…Introduciéndolo en la humedad cálida tras la barrera de sus dientes.Javier gritó, arrancando bruscamente el dedo de su boca. Apartándose de Mía.

—¿Estás loca? Me has mordido.
―He dicho que no. Se acabó. Estoy cansada de tus juegos ―rodaron por su lengua manchada de sangre las palabras. Despacio, dejándolas caer una a una.

El corazón se le rompió mientras su espíritu se recomponía.

―Ahora sí que la has cagado, estúpida. Vete. Sal de mi vida. Para siempre.

Mía acabó de vestirse. Mirándolo. Por fin después de tanto tiempo, mirándolo de verdad. Con los ojos libres de él.

―Adios, Javier.

Se detuvo un momento antes de salir de la habitación de hotel. Una más, en sus casi cinco años de relación. Y abandonó allí, junto a él, su amor.

Fin

martes, 23 de junio de 2009

Ejercicio 29º: Tomás

TOMÁS
Tommy sorprendió su reflejo en el brillante escaparate de la boutique más lujosa, de esa enorme calle comercial de la que llaman la ciudad más importante del mundo. Se quedó parado, desconcertado, aturdido. La gente pasaba presurosa, sin mirarlo. Evitándolo con esa maestría de los ciudadanos de la gran urbe. Desviando sus pasos automáticamente, creando un ligero semicírculo de vacío a su alrededor. Tommy se acercó aún más a su imagen, tratando de decidir si era realmente él aquello que estaba allí metido en el cristal. Movió una mano, se quitó la gorra harapienta de la cabeza, sacudió el pelo, cuerdas de suciedad que se negaban a moverse. Se convenció de que sí, de que por algún extraño fenómeno eso era él. ¿Cómo había pasado todo? ¿Cómo había llegado a convertirse en ese… indigente que le saludaba con la mano? ¿Cuándo su cabello bien cortado, elegante, suelto en reflejos leoninos se había transformado en aquella escultura de grasa? Si creyera en los cuentos tendría que pensar que un hada malvada, a la que debía haber decepcionado mucho en alguna ocasión y le estaba sometiendo a pruebas innumerables que debía estar fallando miserablemente. Durante unos segundos o mil, su mente dispersa se recreo en la idea. Tal vez fuera una ancianita a la que no había ayudado a cruzar la calle o puede que la hubiera salpicado con el barro de los charcos de un día lluvioso, conduciendo su auto de lujo mientras cerraba acuerdos desde su móvil. O quizá el hada fuera aquella morena de ojos negros que una noche encontró en un bar de mala muerte al que entró a comprar cigarrillos y que le miró como si él pudiera ser en esa vida o en otra su príncipe azul. Aquella a la que llevó a una cena tardía en su restaurante favorito, donde le llamaban por su nombre de pila y siempre encontraba mesa. Aquella a la que después condujo al elegante hotel de suites lujosas y alfombras doradas y blancas para dejarla dormida al amanecer, eso sí, asegurándose al pagar en recepción de que le hicieran llegar por la mañana dos rosas rojas con una nota que decía: “lo siento, sólo creo en el amor a primera vista cuando bebo más de cuatro copas”. O quizás si fuera más supersticioso podría pensar que le habían lanzado un mal de ojo, que un tuerto le había mirado mal o más bien una bruja vestida de Prada, cuarentona y resentida al haberle jodido un negocio…

― ¡Eh, tú! Fuera, que espantas a la clientela ―dijo una voz potente cerca de él, rompiendo la dispersa cadena de pensamientos.

Tommy, Thomas Fernández miró a su alrededor desconcertado. ¿A quién hablaría ese energúmeno con traje de tres piezas y un bulto sospechosamente parecido a una porra en la cintura?

―Joder, tío… ¿Estás sordo? ―Una de las manazas del tipo se agitó ante su cara, mientras la otra se acercaba al bulto sospechoso de su cintura― Venga, cerdo, que te abras, que te largues, fuera de aquí. Vete al albergue a darte una ducha o ¡Qué coño, al parque a dormirla o a lo que sea que haga la gente como tú!

Tommy, al fin entendió con quien hablaba el armario trajeado y también la amenaza implícita en esa mano acercándose al bulto que parecía una porra. Ni siquiera intentó una explicación, ni una disculpa. En los últimos tiempos si bien no había aprendido gran cosa, una de las que había aprendido con toda seguridad era la siguiente: la gente trajeada, la gente corriente, la gente con “vida” puede tratarte de cualquier manera y si tú no eres nada de todas esas cosas más te vale no protestar, agachar la cabeza y pirarte lo más rápido, silencioso e inadvertido que puedas. Las consecuencias de no hacerlo pueden ser las siguientes: corrillo de gente que insulta, una paliza o incluso que aparezca la policía con lo que puede unirse el insulto, la paliza y además una visita a comisaría donde alguien muy poco amable puede hacerte sentir muy mal. Así que él, Tommy, es decir Thomas Fernández hizo justamente eso, agachó la cabeza y se piró. Al parque, claro. Del albergue ya le habían echado esta mañana. Después del desayuno: café aguado y galletas blandas.

Caminó despacio calle abajo, no había prisa, nunca tenía prisa ahora. Mirando al suelo, evitando cruzar sus ojos con cualquier otro par de ojos que por casualidad estuvieran mirando en su dirección. De nuevo sus pensamientos viajaron al pasado como hacían varias veces cada día, repasando cada detalle de su caída en picado. Buscando dónde, cómo y por qué su vida se había esfumado. Hacía tan sólo dieciocho meses era uno de los llamados jóvenes promesas o emprendedores o triunfadores o… más comúnmente uno de esos jóvenes hijos de la gran puta que lo tenían todo en la vida. Un puesto relevante en una gran empresa, un sueldo acorde, un piso pequeño, “de soltero” justo en el centro de la ciudad con los alquileres más caros del mundo… ¿Qué había fallado? Sí echa la vista atrás le parece que todo comenzó con la muerte repentina de su mejor cliente cuando estaban a punto de cerrar el mejor trato de su historia. Su viuda, una vieja necesitada, que confundió (allá en sus ambiciosos comienzos cuando Tommy entendió que con los negocios pasaba lo mismo que con la guerra y el amor: todo vale) negocios con amor, cuando tuvo que emplear un camino alternativo para llegar hasta su marido, se recreo sádica y cruel con él, con Tommy. Renegoció el contrato de publicidad mejor pagado hasta el momento, habló con sus jefes, le sonrió, le hizo creer que la tentaba, le tuvo a sus pies y una vez allí, le pisoteó. Ya había lamido unos cuantos culos antes, pero esto fue una bajeza, lo peor de lo peor. Esperó hasta que Tommy se sintió seguro de conquistar la cima del mundo y entonces… se fue con otro. Rompió el contrato, destrozó sus esperanzas… y las que sus jefes habían puesto en él y de nada sirvió que suplicará y se arrastrará ante todo el mundo. Cayó en desgracia, ya se sabe. A partir de ese momento todo aquello que tocaba le salía mal. Y aquí en esta ciudad, en este negocio hay que ser rápido, listo y buscar la primera oportunidad, porque no hay segundas. En año y medio perdió trabajo, apartamento, coche y se comió sus escasos ahorros, engañándose, aún creyendo que podía recuperar lo que fue. Sus amigos siempre habían sido de esos que puteas en cuanto se dan la vuelta, de esos que ocupan puestos interesantes y que creen que el tuyo les será útil algún día. Así que se complacieron tanto de que fuera él y no ellos los que perdieran el tren, que lo ofrecieron como víctima de sacrificio. Si le toca a él, no me toca a mí, debieron pensar y ayudaron a hundirlo más rápidamente.

Tommy sacudió la cabeza. El parque se extendía delante de él. El césped brillaba al sol de la mañana. Madres con sus bebes, disfrutaban de las primeras horas de la mañana. Los corredores habituales sudaban y resoplaban por las sendas, aislados del mundo, conectados a aparatos de todos los colores y tamaños. Solos en su esfuerzo por ser más. Más guapos, más sanos, más ágiles. Cómo si eso les protegiera de los golpes de la vida o se entrenaran para correr más que la muerte. Tommy había aprendido por la vía rápida que nada te preparaba para ganar a la vida. Esa gran cabrona que siempre vencía.

Esquivó a toda esa gente. Hoy no le apetecía que volvieran a recordarle que no era nada. Que ya no importaba a nadie. Tratando de esconder dentro de si mismo la imagen que le había devuelto el escaparate de la boutique.
Llegó al corazón del parque, dónde una pequeña parte del bosque antiguo que antes era dueño de todo aquel terreno aún supervivía. Sabía que era peligroso, las bandas solían reunirse allí o eso decían. Ocultos por los árboles, los estrechos caminos y sobre todo por el miedo de los demás, que jamás se alejaban tanto del césped cuidado de la periferia del parque, de las sendas abiertas, de la proximidad palpitante con las calles de la ciudad donde sentían una falsa seguridad. Un pequeño edificio abierto le llamó la atención. Las piedras de la fachada brillaban con la luz verdosa del sol a través de las ramas de los árboles. La puerta de madera antigua y sólida estaba entreabierta, dejando ver una oscura calma interior. Tommy no creía en los cuentos de hadas, ni en la magia, ni en la brujería, así que tomó la atracción hipnótica que le producía esa oscuridad como un deseo intenso de soledad. De no ver su condición reflejada en la mirada de repulsión de los otros. De permitirse olvidar por un instante en lo que se había convertido. Así que no se resistió y caminó hacia la oscuridad tentadora colándose por la apertura de la puerta. No le extraño (o mejor, ni siquiera lo pensó) que las paredes interiores también fueran de piedra, que en el techo las vigas de madera estuvieran a la vista, que el propio techo tuviera forma de cúpula, y que una pequeña abertura redonda, casi como el ojo de buey de un barco, presidiera una de las paredes. Le resultó algo más raro que los cristales que la cubrían fueran de colores, como la vidriera de una iglesia y que la luz al pasar por ella proyectara en el suelo una figura que le recordaba algo conocido. La observó durante un largo momento, incluso andó alrededor de ella, mirándola desde distintos puntos hasta que la figura se hizo más nítida ante sus ojos y le trajo un recuerdo de su niñez en casa de sus abuelos ―justo antes de que sus padres le dejarán allí para partir en un viaje del que no volvieron jamás, víctimas inmoladas al voraz dios de la velocidad, en una carretera de mala muerte, como lo eran todas, porque esa muerte siempre es mala y repentina y deja a los heridos de los muertos indefensos, en casas extrañas, con gente que ya no tiene ganas ni fuerzas para criar a un niño cuando su propia hija les ha abandonado―. Vio la mano de su abuelo, oscura y llena de manchas desplazarse por un tablero, acariciando casi las figuritas que vivían en los cuadros blancos y negros. Vio la mano de su madre, también oscura, pero tierna, suave y flexible cogiendo entre sus dedos una figurita blanca y desplazándola en diagonal. Recuerda la cabeza redonda de la figura, con una ranura alzándose sobre una columna fina y una base redonda. Un alfil, eso es. A eso le recuerda la imagen proyectada en el suelo. El color del cristal central de la vidriera lo convierte en un alfil de amatista. O en un charco de vino morado oscuro en el suelo. De pronto siente la necesidad de tenderse allí. Justo en ese punto, de sentir el charco de luz en su cara. De sentir el sabor de ese vino-luz-joya derramándose por sus labios. Cierra los ojos y deja que el color le bañe. El frío del suelo traspasa su abrigo y llega a su espalda. Los rayos morados del sol calientan su rostro. Abre los ojos, miles de motas moradas danzan entre él y el ojo de buey. Caen sobre él, lo rodean, trazan el perfil de su cuerpo en el suelo, lo tantean y lo prueban. Se introducen en cada poro de su cuerpo; las respira por la nariz, entran a borbotones en su boca abierta, las siente meterse entre cada molécula de su cuerpo, rodeando sus átomos, ocupando cada resquicio libre en su interior y en su piel. Ahora Tommy sí se asusta. Intenta ponerse de pie, manotea, quiere correr, pero ya es tarde. De pronto lo arrastran con ellas. Se siente flotar en el aire, nota como se contraen y contraen su cuerpo convirtiéndolo en un punto de luz morada que se eleva hasta la vidriera. Esta atrapado en un túnel radiante. Un punto de luz morada que es succionado hacia otro punto, dorado, brillante situado al final del túnel. Se mueve cada vez más aprisa y el punto final le espera haciéndose más y más grande a cada momento. Cerraría los ojos si supiese donde están. Pero no lo sabe y ve que corre hacia un círculo dorado, que se convierte en un pozo luminoso y ya cuando casi puede tocarlo en un rosetón de iglesia, contra el cual teme estrellarse. Pero no, porque aún es un punto de luz y lo cruza junto con el sol, que se cuela a chorros por los vidrios de colores, que lo transforman a él y a los rayos que le acompañan en colores que atraviesan el aire de una iglesia desconocida, hasta depositarlo suavemente en la piedra del altar. Allí las motas moradas abandonan su cuerpo, poco a poco al principio para acabar elevándose a miles, refugiándose en la extraña figura que se esconde junto al rostro de un Jesús crucificado y una virgen doliente. Desde su posición, abandonado boca arriba en el altar, descubre que la figura que el creyó un alfil no era tal, más bien la representación de un ser con una cabeza enorme sobre un cuerpo escuálido. No piensa, no reflexiona. Solo ve lo que ve antes de que un murmullo llegue a sus oídos. Un murmullo que va subiendo de tono y reclama su atención. Gira la cabeza y ve a una anciana, porque eso es lo que es, que se inclina hacia él. Ve sus ojillos brillantes, negros y las arrugas trazando mapas en su piel. Se acerca tanto que ya siente su respiración rozando su cara. Con un respingo se incorpora hasta quedar sentado y trata de alejarse de la mujer. Un coro de exclamaciones acompaña su movimiento.
Tommy, Thomas Fernández mira por primera vez a su alrededor. Un círculo de mujeres, tan ancianas o más como la primera le rodea. Hablan entre ellas rápidamente, en voz alta, casi gritándose unas a las otras. Le confunden las voces, tantas a la vez. Finas, roncas, dulces, graves, duras… Casi entiende lo que dicen y por un momento piensa que si hablaran una a una podría saber que está pasando. Se encoge sobre si mismo mientras el círculo de ancianas se acerca más y más a él. Todas fruncen de golpe la nariz. Como si hubieran olido algo repugnante. Le recuerdan a su abuela aquella vez que se coló una mofeta en la cocina. Tommy se siente ofendido. Esta claro que piensan que huele mal. Bueno, él no sabía que iban a secuestrarlo. No sabía como lo habían hecho, pero estaba claro que eran ellas la que lo habían traído hasta este lugar. Aún así no pudo evitar avergonzarse, hacía días que no se duchaba. Ni siquiera cuando en el albergue se lo habían sugerido con tacto quiso hacerlo ¿Para qué? Se sorprendió pensando que ojalá lo hubiera hecho, cuando la primera anciana se acercó de nuevo a él y lo tomó por la manga del abrigo. Tirando de su brazo para soltarlo casi de inmediato conteniendo la respiración, antes de quitarse el pañuelo que llevaba al cuello y cubrirse con el la boca y la nariz.

―Tampoco es para tanto, vieja ―le soltó sin poder evitarlo― tú pareces un fantoche con esos trapos negros que te gastas y yo aún no te lo he dicho.

La mujer le miró con dureza sin responder y decidida volvió a tomarlo del brazo para hacerlo bajar del altar. Tommy trató de resistirse. No quería ir a ninguna parte hasta que no le explicaran que estaba sucediendo o se despertará, lo que antes sucediera. Nada, no pudo ser porque a la mano de la mujer que le estiraba de la manga se unieron muchas más que empujaban, tiraban y arrastraban. También hubo alguna mano malvada que pellizcó con fuerza, cuando él trató de defenderse a codazos del acoso de aquellas mujeres, lo que hizo que a Tommy se le desvaneciera la ilusión de estar soñando. Agotado, acabó por rendirse a la voluntad, más que poderosa de las ancianas y se dejó conducir como res al matadero a donde estás quisieran llevarlo. La mujer con el pañuelo atado a la boca y la nariz, le tomó la cara con la mano. Le miró a los ojos con dulzura y asintió satisfecha. Tal vez tratara de tranquilizarlo, tal vez no. Pero él se sintió mejor y tuvo ánimos de mirar sobre las cabezas de las ancianas. Estaba en una iglesia, como ya sabía, iluminada por velones enormes situados cerca de los bancos y en las paredes. Hasta donde alcanzaba a ver estaba todo limpio, limpísimo, la madera de los bancos estaba frotada hasta resplandecer. Las raras figuras que adornaban las paredes, recreando escenas del nuevo testamento (otro recuerdo fugaz de su niñez: las estaciones que presentan el vía crucis del cristo en las paredes de una iglesia aséptica y blanca, muy diferente a esta) estaban pintadas por capas y capas de negro brillante. Del suelo de piedra ascendía un olor fresco a hierba y a luz de sol. Y sin embargo los signos del tiempo eran evidentes. Bancos rotos sin reparar apoyados de cualquier manera en las paredes, piedras desprendidas colocadas con cuidado cerca de donde cayeron, una ventana pequeña y oscura tapiada con maderas… todo parecía necesitar una urgente reparación.

Las mujeres seguían parloteando a su alrededor. Tres o cuatro de ellas, se desgajaron del grupo y avanzaron deprisa hasta la puerta, abriéndola de par en par y saliendo presurosas por ella, dejando entrar la luz y el calor del sol junto con una ligera brisa llena de aromas, densos y resbaladizos que se colaron por su nariz como un dulce extraño. Olió más intensamente. A pino, a flores, a campo, incluso a nieve fría y lejana. Olores puros, sin contaminar, sin rastro de gasolinas, de contaminación, de amontonamiento humano. Limpios. Se embriagó con ellos y perdonó en parte los gestos de la anciana ante su olor.

Ahora impaciente aceleró el paso, arrastrando con él a las ancianas, que empezaron a sonreír, incluso a reír suavemente. Atravesó las puertas de la iglesia y se topo con un mundo exterior diferente a todo lo que conocía. Un pequeño racimo de casas se amontonaba a los pies de un camino que arrancaba desde la misma puerta de la iglesia. Sobre él, en la lejanía las montañas cubrían el horizonte. Sus laderas llenas de parches verdes. Oscuros, claros, verdes sin nombre en una infinita variedad. Aún en la distancia se podían ver los hilillos de agua atravesándolos como puntadas. Sobre su cabeza un cielo enorme, azul clarísimo, despejado de nubes. Suspiró. Absorbió el aire y los colores hasta que le llenaron los pulmones de vida.

Caminó con las ancianas hasta las casitas que le esperaban allá abajo, junto con un barreño de agua caliente y jabonosa, unas toallas de hilo bordadas con delicadeza, manos hábiles y paciencia, mucha, muchísima paciencia. Que habla de mujeres solas. De tardes eternas esperando, cosiendo sin saber que aguardaban. Puntadas minuciosas de manos que no han conocido hombre, de manos que han perdido a su hombre. De brazos que mueren poco a poco ya vacíos, sin niños, ni jóvenes, ni maridos a quienes abrazar. Finas toallas, blancas sábanas, manteles de altar, ropa de santos. Dos piezas, tres, cientos de cada clase y en cada aguja una oración, en cada punto un rezo, en cada alma la espera del milagro. Las cabezas inclinadas, grises, blancas sueñan y piden, ruegan. A la iglesia. A la imagen que ya saben que no es de un santo, oculta y venerada desde hace tanto tiempo ya que nadie supo nunca en el pueblo como llegó a refugiarse entre el Cristo y la virgen.


Han pasado los años y Tommy ya no es Thomas Fernández. Ahora es Tomás; Tomás el que se ocupa de reparar la iglesia, Tomás el que cuida de las pequeñas huertas de sus ancianas, Tomás el que lleva a pastar a los animales. Tomás el que arregla los tejados, rellena las grietas de las paredes, evita que el frío llegue a los huesos de sus abuelas. Tomás el que les hace el ataúd, el que cava las sepulturas en el campo santo, donde reposarán para siempre. En el cementerio de la iglesia donde irán todos juntos a rezarles los domingos, para que sepan que no se les olvida. Es Tomás. El Tomás de ellas, de las mujeres del pueblo que moría abandonado. De las mujeres que pidieron el milagro. Es Tomás que estará con ellas hasta que la última muera. Es Tomás: el milagro. El hijo, el nieto, el alma joven a la que se abrazan sus brazos marchitos, arrugados y tiernos. Que ya no mueren vacíos, que ya no temen al olvido.

Fin.

martes, 2 de junio de 2009

Ejercicio 28º: La palabra del día: Regañar

Lilith y la bruja.

—Niña, ven aquí ―la voz cascada de la anciana resonó en la cabaña escasamente iluminada por las llamas del hogar― ¿Qué has hecho?

―Lo que usted me dijo, Señora, como siempre ―Lilith se levantó del rincón donde había estado observando a la vieja bruja, inclinada sobre el gran caldero que burbujeaba en el hogar.

―No, no, no y no ―farfullaba la bruja, moviendo la cabeza, las greñas grises cayendo sobre su cara arrugada― Algo has hecho mal. Este hechizo no me falla nunca. ¿Has cogido el agua bien arriba en el arroyo, como yo te dije?

—Si, Señora. Caminé durante dos horas al amanecer hasta llegar donde el agua del arroyo fluía limpia, tan arriba no sube nadie del pueblo.

—Pues entonces… La madera ¿es de fresno? Seguro que fuiste tan perezosa, como para no bajar a buscarla al bosquecillo al pie de la montaña…

—Bajé, después de dejar los cubos con el agua del arroyo, que había arreado hasta aquí, dentro de la cabaña, en el caldero. Anduve más de una hora ladera abajo, hasta el bosque de fresnos. La tormenta de la semana pasada había desgajado ramas grandes de los árboles. Partí varias de ellas con mi hacha, las até en un haz y volví a subir montaña arriba, hasta la cabaña, y las apilé con cuidado en el hogar —dijo Lilith, mientras se acercaba paso a paso a la anciana.

— ¡Niña, que vengas aquí te he dicho! La pócima no huele como siempre, no tiene el color de siempre… Algo le falta y tú tienes la culpa Eres una niña tonta y descuidada —le regañó la bruja alzando la voz— ¿Quién me mandaría recogerte cuando tu madre murió? Si ella era tonta, tu eres tonta y media… Ya está, las piedras del hogar. ¿Te has acordado de cambiarlas? No funcionan más que para tres hechizos y este, es el cuarto de esta semana.

—Mi madre no era tonta, sólo se enamoró de un mortal ―La voz de Lilith tembló indignada, ya junto a la anciana inclinada sobre el caldero― Sí, lo recordé. Después de dejar la leña, caminé hasta el cementerio y recogí las piedras.

― ¡Ja! Que no era tonta, dices Se dejó preñar por un mortal y se alejó del Aquelarre para tenerte a ti, aún después de que nosotras nos encargáramos de su… enamorado, para hacerle entrar en razón ―dijo la anciana burlona, mientras alargaba la mano hacía los saquitos que colgaban de la repisa sobre el hogar, y empezaba a añadir a toda velocidad al agua hirviente diversos elementos: pelo de rata viva, excrementos de escarabajo, ojo desecado de búho, sangre en polvo de la primera menstruación de una doncella virgen sacrificada, ralladura de piel de ciervo recién nacido… ― Si lo has hecho bien… No entiendo porque no funciona. Necesito la pócima para esta noche… no tenemos tiempo de que repitas todo…La reunión es hoy y no puedo presentarme así ante mis compañeras. Esta noche es importante. Hoy es la elección para la Bruja Guía. Debo presentarme joven y hermosa. ¡Ah, ya casi…! Tal vez deba añadirle un poco de sangre fresca.

―Pensarán que has perdido tus poderes, y tal vez…―Lilith no miró a la anciana al hablar, ocultando sus pensamientos. Recordó el momento en que tomó la decisión: Las piedras eran del cementerio, sí, pero no de la tierra no consagrada de los suicidas. Las había recogido junto a la tumba de un pequeño ángel, que partió de este mundo entre los brazos dolientes y amorosos de su madre. La inocencia recién bautizada y sin mácula del niño, brillaba aún sobre las piedras.

― ¿Pero que dices niña? Mis poderes aumentan cada año que te tengo conmigo, como prometió tu madre antes de morir. Aún no he averiguado que hechizó utilizó. Ah, pero el sacrificio voluntario de una bruja es una magia muy poderosa. En realidad fue una suerte que os encontrará yo.


―Mi madre murió para salvarme. Si tú no hubieras intentado matarme…

— ¡Calla, niña! ¿Quién intentó matarte? Yo sólo os hubiera llevado ante el Aquelarre, ellas tenían la decisión. Eran sus hermanas, mis hermanas… pero no me quejo, no. Sus poderes junto con los míos son los que me han llevado al Consejo. Y el que tú no hayas manifestado poderes… ayuda. Es más fácil hacerte pasar por una torpe ayudante humana. Y ahora apresúrate. Tu sangre servirá. ―la bruja la miró codiciosa, era el momento de librarse de esa carga. Si el Consejo llegaba a enterarse de que la había mantenido con vida y oculta, alimentándose de la magia de la madre muerta, reservándola para si… No, no debía permitir que eso sucediera. Hoy sería su noche. La elegirían, por fin para dirigir el Consejo.

Lilith no la miró mientras sentía vibrar la magia en su sangre. Había conseguido ocultárselo a la vieja al igual que los sueños sobre su madre que le habían consolado toda su vida. Sueños que habían cambiado desde que cumplió catorce años, previniéndola contra mostrar los ligeros cambios que sentía en su interior. La capacidad de comprender los hechizos y sortilegios en el lenguaje antiguo. Los objetos que acudían a su mano en cuanto pensaba en ellos. El poder de provocar la lluvia cuando lo deseaba, el silencio contenido del bosque cuando ella caminaba por él. La energía de la tierra bajo sus pies desnudos, trepando por ella, llenándola hasta que la sentía desbordándose a través de su piel, de cada uno de sus cabellos volviéndolos más cobrizos, más rizados y brillantes. Había ido creciendo a lo largo del último año, junto con el resentimiento hacia la bruja. Hoy hacía quince años que su madre le había dado a luz, justo a media noche, oculta en una cueva, debilitada por el parto de su criatura medio humana hasta el extremo de no poder mantener sus hechizos de defensa, lo que hizo que la bruja las encontrara. Su madre…que le había protegido con su vida. Desapareciendo en remolinos de fuego y humo. Una muchacha frágil con su mismo pelo rojizo y unos enormes ojos verdes, que la miraban con amor.

Hoy Lilith sabía que podía vencer a la bruja. Los pasos estaban dados.

—Venga, niña. Ven, dame tu brazo. Sabes que no te haré daño. Sólo será un pequeño corte, una pequeña cantidad de sangre para tu Ama —Canturreó la bruja, sacando la daga que siempre llevaba con ella. Una sonrisa dulzona se dibujó en su boca sin llegar a sus ojos, que brillaban negros y voraces—Ven, Lilith, eso es, pon tu brazo sobre el caldero. Sólo será un minuto y no sentirás nada.

Lilith ya había contemplado esa mirada en la anciana. La había visto en sus sueños, mirando así a su madre cuando está, alzando una mano suplicante hacia la anciana de rostro duro, le apretaba a ella contra su pecho. Por mucho que dijera la anciana, sabía que había codiciado su suave piel de bebe, su sangre inocente, sus miembros como reliquia.

Lilith extendió el brazo sobre el caldero, dejando que la garra negra de la bruja lo sujetara, mantuvo la mirada baja concentrada en su propio cuerpo, en su sangre, en la energía que la recorría. El hechizo silencioso se formó en su cabeza, resonando en sus oídos, formándose en su boca, mientras la anciana levantaba la daga y la dejaba caer, cruel sobre la tierna piel de su antebrazo. La sangre llena de magia resbaló aún inocente goteando sobre el caldero, saltando entre las llamas, siseando en las piedras bañadas en el alma pura del bautizado. La bruja elevo una vez más la daga, murmurando conjuros sobre la cabeza de la niña. Lilith se irguió y dejó que sus ojos mostraran a la anciana todo su odio y su magia.

—Por la sangre inocente del neonato en el bautizo, por la sangre de la doncella sin mancha, por el dolor de la madre sufriente, por todas las víctimas de tus malignos fines —la voz de la niña surgió oscura, redonda, envolviendo a la bruja, apagando las voces del fuego, el borboteo del agua, creciendo hasta llenar la cabaña, expandida en el universo— pido a los dioses antiguos, ruego a la energía primigenia que crea y destruye que la fuerza de las aguas puras, que el poder del fuego te arrebate lo que posees, que el poder de la lluvia y de la tierra bajo mis pies tome aquello que da sustento a tu alma depravada…

La daga tembló en la mano de la anciana. Resbaló surcándole el brazo macilento arrancándole minúsculas fracciones de piel, haciendo caer sobre el caldero una lluvia fina de sangre polvorienta y reseca. Gritó tratando de apartarse de Lilith, de huir del vapor blanco, caliente que se elevó de súbito del caldero al caer su sangre junto a la de la niña. La muñeca de Lilith giró resbaladiza entre sus dedos y la mano joven y firme la apresó. El vapor se transformó en una neblina espesa, luminosa al contacto con su piel, envolviéndola, devorándola, pegándose a su cuerpo. Las llamas se avivaron buscándola, iluminando el rostro arrugado, la boca abierta en un grito silencioso, los ojos muertos y duros confusos. La magia encerrada en su cuerpo presionando brillante y diáfana todos los poros de su piel, dispuesta, acudiendo a la llamada de Lilith.

—Por el Sacrificio de mi madre muerta… Yo, Lilith, ordeno que la magia abandone tu cuerpo, que tus pecados recaigan sobre este, que tu perversidad se vuelva contra ti. Que tu crueldad y tu maldad se conviertan en las cadenas de tu alma en este mundo y en el otro.

La voz de Lilith se convirtió en una ráfaga poderosa de viento, alzando las llamas, volcando el caldero, disipando la niebla que envolvía a la bruja, entrando en su boca abierta. La piel de la anciana se abrió emitiendo finísimos rayos de luz, la magia abriéndose camino a través de su cuerpo…consumiéndolo hasta estallar en una potente oleada de poder, que corrió vertiginoso, crepitando en el aire hasta centrarse en Lilith, en el alma de Lilith, en su espíritu y la alzó, la zarandeo, la envolvió hasta penetrar en ella.

El silencio gradual fue retornando a la cabaña. El fuego del hogar, casi consumido apenas iluminaba el cuerpo de la joven tendido a su lado. Los párpados translucidos reposando sobre sus ojos. Su piel, su pelo emitiendo un ligero fulgor, la respiración lenta y acompasada. La luz del amanecer empezó a filtrarse por los tablones de la cabaña, cuando una presencia se acercó a ella. Una mano ligera, apenas visible acarició sus cabellos y su cara. La niña abrió los ojos. La figura delineada por la luz del amanecer de una joven de ojos verdes la miraba sonriendo.

—Has sido valiente, niña mía. Ahora, sal al mundo. No tengas miedo. Vive. Busca tu camino. Nunca estarás sola. Limpia tu corazón de odio —la voz dulcísima de sus sueños acariciaba su alma— Yo siempre estaré… cuando me necesites...

La figura se desvaneció. Lilith sintió las lágrimas resbalar por sus mejillas. Se levantó. La energía fluía por su interior. Durante un momento cerró los ojos intentando apresar aún la calidez de la presencia en ella. Después caminó hacia la puerta, abriéndola, dejando entrar la luz de un nuevo día. No miró atrás, a los despojos que ardían lentamente al lado del fuego, las ropas negras de la bruja, los mechones blancos consumiéndose…Avanzó un paso, cruzando el umbral. Emergiendo a la luz del sol.
Fin

Ejercicio 27º Cuento de terror.

LA CASA

Nunca la he visto a la luz del día, ni sé como los rayos del sol inciden en el color mostaza de su fachada. Desde que llegué a esta pequeña población huyendo de los lugares familiares donde todo me recordaba a ellos, la casa siempre está ahí, a la caída de la tarde, cuando mis pasos se dirigen sin pensar hacia ella. Siempre elijo el mismo camino y la misma hora. En ese momento, en el largo crepúsculo invernal, la calle se queda desierta, no se oyen ya las voces de los niños, ni se ven parejas abrazadas, ni me llegan los dolorosos efluvios de sus risas, que despiertan en mí los ecos de una vida que ya pasó. Cerca del mar en invierno, las tardes oscuras cubren mis cabellos, mis ropas de humedad y la casa, emana un olor a tierra mojada, oscura y secreta. Día tras día miro a través de las verjas que impiden el paso de cualquier curioso, las luces y las sombras juegan en los cristales polvorientos de las ventanas sin vida, tras ellas la casa oculta no sé que secretos. Intuyo la presencia de algo que a su vez me observa, atrayéndome hacia si, haciendo que mi corazón palpite acelerado en mi pecho. Cada día registro un detalle nuevo; una grieta en la pintura mostaza de la fachada; herrumbre en el único balcón, estrecho y desvencijado del primer piso; las sinuosas formas de un camino olvidado, marcado con piedras que un día una mano cuidadosa dejo allí, apenas visible cubierto de las hojas muertas de los árboles que lo bordean, oscuros y retorcidos. Obscenos en su casi desnudez, apenas cubiertas las ramas de enormes hojas amarillentas, muertas ya, aunque aún no lo saben. La fuente de piedra, mohosa y repleta de agua oscura y corrompida, en la que se alza una figura de mujer cercenada por el tiempo. Así soy yo también. Estoy rota, dañada irremisiblemente. La casa me repugna y aún así siento que lo que habita en ella me llama, me conoce, sabe de mi dolor secreto y profundo y la necesidad de tocar la verja, de alargar la mano y empujar la puerta de barrotes herrumbrosos, hace que la sensible piel de las yemas de mis dedos, de las palmas de mis manos se calienten y hormigueen de anhelo. Y cada tarde, antes de que la noche acabe de tragarnos a las dos, en su fría oscuridad sin estrellas, aprieto las manos en un puño y las encierro en los bolsillos de mi abrigo, dándole la espalda a la casa y me alejo paso a paso, luchando contra la necesidad que despierta en mí.

Acabo corriendo por las calles solitarias, bajo la luz amarillenta de las farolas hasta la pequeña habitación alquilada que ahora es mi casa. Me tiendo en la cama dejando encendida todas las luces, y tomo ese remedio que me permitirá escapar durante unas horas de mi misma, a un sueño sin sueños que se asemeja al de los muertos… Un sollozo escapa de mi garganta cuando el último pensamiento, el de siempre, escapa de las profundidades de mi misma… Ellos dos han muerto y me han dejado sola.

Despierto en la mañana, cansada… ¡tan cansada! Me acerco a la ventana. El cielo es inmenso, bajo, de un gris amenazador, que se repite, más oscuro, salpicado de un blanco rabioso en el mar. Bajo mi ventana pasan los niños hacia el colegio. Abrigados y escondidos entre los pliegues de sus bufandas. Quiero alejarme de ese mundo que ya no es el mío cuando escucho una voz dulce y aguda de niña. No entiendo lo que dice pero veo su carita alzarse hacia su padre que la lleva de la mano. El movimiento hace que el gorro que cubre su cabeza resbale y libere el alborotado cabello rubio y fino. El hombre lo recoge y con cuidado vuelve a colocárselo. La ternura de su gesto cuando se inclina y besa la cara sonrosada de la niña, me paraliza. Una voz resuena en mi interior y antes de que pueda encerrarla salta a mi mente.

“Mami, tú no, quiero que me lleve hoy papa al cole” ―extiende sus manitas, aun de bebe y agarra las piernas de su padre, antes de echar la cabeza hacia atrás en un gesto casi de coquetería femenina. Él la alza en sus brazos y besándola me mira. “Hoy soy yo su preferido”. Sonríe travieso y feliz. Siempre es él su preferido. También el mío. Durante un momento creo que él ha leído algo en mis ojos y su sonrisa flaquea. Doy un paso hacía ellos y finjo la sonrisa que me oculta. Arreglo la bufanda de la niña, y abrazo a ambos antes de mandarlos a la calle. Desde la puerta de nuestra casa, cómoda y vieja, que vamos arreglando poco a poco entre los dos, los veo alejarse.”

Cierro los ojos y trato de reprimir los recuerdos que parecen estar esperando este momento de debilidad para escapar de su encierro. Y paso el día rodeada de sus imágenes, de sus voces. Rompiéndome a pedazos, tratando de frenar las dentelladas del animal herido que llevo en mi interior.
Al caer la tarde, como siempre, como cada día desde que llegué a este pueblo, tomo mi abrigo y salgo. Siento que la casa me llama. Siento al ser que la habita revolviéndose impaciente, esperándome. Y aquí estoy ante ella. La noche avanza hoy deprisa, comiéndose la tarde. Tiemblo envuelta en mi abrigo, ante la verja. La luna se alza blanca y fría sobre mí. Arranca reflejos a las ventanas muertas de la casa. Una sombra plateada aparece tras el viejo balcón. La silueta esbelta de un ser que parece llamarme. La casa entera parece inclinarse hacía mí, cada vez más cerca, hablándome entre susurros y crujidos. Escucho su nombre rodando entre los viejos muros. Golpeando a la mujer mutilada de la fuente que lo repite en sus ojos ciegos.
“Mario… Mario”

Vuelven con intensidad los recuerdos. Me aferro con fuerza a la verja e inclino la cabeza y trato de alejarlos de mí. Son más fuertes que yo. Oigo los gritos de él, veo el fuego, el humo me envuelve de nuevo y ese olor...el plástico y la madera ardiendo. Cada recuerdo de lo que hemos construido juntos pereciendo agónicamente entre las llamas y tu mirada enloquecida cuando te pedí que no fueras. Cuando te dije ya no podías hacer nada, que nada importaba excepto nosotros, cuando te supliqué que vivieras por mí. Pero no, ella te importaba más que yo… Su llanto desesperado había cesado abruptamente con un crujido de maderas y vigas rotas. Las llamas devoraban el estrecho pasillo que nos separaba de ella… Traté de seguirte, lo intenté…

De pronto la verja se mueve bajo mis manos. Abriéndose lentamente, llevándome con ella. Y caigo de rodillas en la tierra húmeda que rodea a la casa. Abrazó mi dolor contra mi pecho. Aprieto sus cuerpos muertos y retorcidos, su carne quemada contra mí. Deseo fundirme con ellos, pero se han ido y me han dejado aquí. Abandonada.

La voz del ser que habita en la casa me llama. Atraviesa la maraña de imágenes de mi mente desquiciada.
“Ven, Diana, ven conmigo…”
Levanto la cabeza y ante mis ojos llenos de lágrimas el sendero que conduce a la puerta, tiembla, casi luminoso por la luna cómplice. Los escalones del porche se balancean y las altas columnas marcan la puerta, entreabierta, dejando ver un resquicio de oscuridad intensa. La casa me recibe. Parece contener el aliento mientras yo la miro. Parece esperar mi decisión y cuando me levanto, impulsada por una atracción contra la que ya no puedo luchar, suspira anhelante. Camino despacio sintiendo en mi piel el frío de la noche. Un fuerte viento se levanta, azotándome, trayéndome un profundo aroma a putrefacción. Susurros se levantan de la vegetación muerta. Ya nada importa. Sólo deseo el olvido. La casa me espera, ansiosa. Crujidos de madera, pequeños animales que se revuelven y bullen, se arrastran a rincones oscuros, presintiendo mi llegada. Dejo atrás la fuente, a la mujer que esboza una fría sonrisa en sus labios rotos. Gotas frías caen en mi frente y mis mejillas. La noche se oscurece aún más y el cielo se llena de nubes hinchadas y negras que emiten destellos violentos, rodeando a la luna. Fría e indiferente contempla mi avance por el sendero cubierto de hojas descompuestas.
Vuelvo a oír su voz, impaciente. Se funde con los sonidos de la noche; adquiere la fuerza del viento que se levanta, recorre el cielo rompiendo las nubes con relámpagos serpenteantes y se abalanza sobre mí en el estallido de un trueno.
“Ven, deprisa. La casa y yo te esperamos. Te conocemos. Sabemos…”
Sonrío, entre las gotas de lluvia que resbalan por mi cara, llenando mis ojos abiertos, mojando mis labios resecos. Sí, él ser sabe, la casa sabe.

Crujen los peldaños del porche bajo mis pies. Me deslizo por la puerta entre abierta, sumergiéndome en el abrazo oscuro de la casa, roto por la violencia en aumento de los rayos que cruzan la noche en el exterior y me muestran intermitentes la podredumbre de un lejano pasado suntuoso. Tiras de papel rayado se descuelgan de las paredes, viejos sillones de patas torneadas muestran sus entrañas desgarradas entre las telas podridas, bordadas con antiguos diseños de pájaros, olvidados sus colores entre el polvo y la luz rota y sucia de los relámpagos que atraviesa las viejas contraventanas de la sala. Por un momento veo la mano blanca y femenina bordando entre agujas sus sueños felices de futuro, tal como una vez yo soñé el mío. Me estremezco y añoró la voz de la casa, que ha quedado en silencio. Dejándome sola ante la invasión de los recuerdos de otro tiempo. La primera mirada de Mario, a mí, que nadie me había mirado. El primer roce de su piel en la mía. Nunca antes me habían tocado así, con dulzura. Yo sabía que no lo merecía, nunca había merecido su amor. Pero desee tanto creer en él. En alguien que me amará para siempre. A mí. A la niña abandonada, sin padres, sin historia. Olvidada en aquel lugar donde nadie hablaba. Donde el contacto significaba dolor y desgarramiento. Manos fuertes que en silencio te rompían.
―Jamás se lo conté ―mi grito llena la casa. Sube por las escaleras ajadas y corruptas― Él era inocente. No le dejé ver lo fría y muerta que estaba por dentro. Me amaba y yo… necesitaba su amor, necesitaba saber que lo era todo para él. Tenía un hambre voraz de su amor. ¿Cómo explicarle que había crecido sin nombre, sólo un número durante el día y una sombra en la noche? Él gritaba mi nombre en su éxtasis, lo susurraba antes de dormirse: Diana. Yo era por él. Existía.

Mis palabras acaban muriendo sin fuerzas perdidas en la oscuridad de la casa, que guarda silencio expectante. Las lágrimas caen por mis mejillas, las siento resbalar furiosas, ardientes antes de limpiarlas con el puño. De pronto un escalofrío recorre mi espalda y un grito surge ahogado de mi garganta. Veo ante mí los inocentes ojos de mi hija, confiados, la mirada azul tan brillante como la de Mario:
“Mami, mami… ¿Qué haces? ¿Ha llegado mi papa?” Se ha levantado de su cuna y me observa con curiosidad. Su pelo rubio y fino cae suelto a su espalda, el corto camisón blanco le da un aire fantasmal en la penumbra de su pequeña habitación azul.”No, Helena ―le contesto, como en un sueño― no ha llegado aún. Duerme. Estoy arreglando este enchufe para que mañana tengas tu lámpara”. Sé que a veces la pequeña me tiene miedo. Mi voz fría la asusta. Yo la amé cuando nació y la pusieron en mis brazos. La amé hasta que levanté los ojos hacia Mario y vi como la miraba… Con tanto amor. Profundo y cálido. Esa mirada me cambió por dentro, sentí la frialdad extendiéndose por mis huesos. Cuando miré a la niña solo pude ver un pequeño monstruo voraz que quería arrebatarme lo que era mío.

La violenta luz de un rayo seguida del retumbar de un trueno me sobresalta. Mi mano está sobre la podrida barandilla de madera y mis pies han iniciado el ascenso por la desvencijada escalera. Los restos de una alfombra roja, apolillada y polvorienta recorren el centro de los escalones. Mientras la miro, la noto cambiar, se vuelve suave, carnosa bajo mis pasos… Me estremezco. En lo alto de la escalera una puerta se abre. Sé que la casa esta viva, cerrándose maligna a mí alrededor. Me detengo. Un resto de cordura me paraliza. Y el miedo insidioso se agarra a mis entrañas, trepando por mi columna hasta mi mente, luchando con mis recuerdos. La voz de la casa vuelve a llamarme y vislumbro apenas la sombra plateada del ser en el umbral de la puerta.
“Ven, te espero… Sabemos quien eres… sabemos que has hecho”

La voz murmura y bulle como el agua en una corriente, se desliza escaleras abajo. Me doy cuenta de que son varios sonidos, diversas voces unidas en una sola, que me rodea, alcanza mis oídos, y se introduce en el centro de mi cuerpo, empujándome a subir peldaño a peldaño La sombra retrocede y se pierde entre las otras sombras que habitan en la habitación que me aguarda. Asciendo asida a la barandilla mientras mis pies se hunden en la cada vez más húmeda y viscosa sustancia roja que cruza la escalera. El rellano se ilumina, extraño, palpitando entre la oscuridad y la luz intermitente de la tormenta, un rojo aterciopelado, sucio me envuelve latiendo… encerrándome en su interior, siguiendo el ritmo acelerado de mi sangre golpeando mis oídos. Un lóbrego pasillo escapa hacia las profundidades de la casa, amenazante. De nuevo los recuerdos me asaltan. Me encojo sobre mi misma y caigo de rodillas en el umbral de la habitación que me espera.
Vuelvo a oler el humo, veo las llamas devorando el aire del claro pasillo de nuestra casa, la pintura blanca que yo misma había aplicado a sus paredes, cubriéndose de ampollas, estallando en medio del humo, las vigas antiguas del techo prendiéndose, aceptando el fuego, entregadas a él. Los cables de la luz, serpientes incendiadas, las lámparas estallando una tras otra y los gritos... los gritos de Helena llamando a su padre… el brusco silencio de Helena… la desesperación en los ojos de Mario… mis manos aferrando su brazo, desgarrando su camisa, intentando que me siguiera escaleras abajo… mi voz ronca por el humo, susurrándole, urgiéndole a escapar… nosotros, los dos, deprisa. Y la súbita comprensión en sus ojos. El horror en sus pupilas dilatadas clavadas en las mías. El empujón fuerte de sus manos, separándome de él, haciéndome caer por la escalera.

Las lágrimas me ciegan. El dolor me recorre y siento mi interior abriéndose en mil llagas supurantes cuando al fin acepto lo que siempre he sabido desde esa noche.

Mario supo. Supo lo que yo había hecho y se lanzó al fuego, para alcanzar el cuerpo de nuestra hija, para morir abrazado a ella.
La puerta de la habitación emite un gemido mientras se abre lentamente. Un aliento frío, recorre mi cara mojada. Devora mis lágrimas dejándome los ojos secos y la piel tirante. Abro los ojos. La habitación es un pequeño dormitorio cuadrado. La sombra plateada brilla débilmente en el centro. Me levanto apoyándome en el marco resquebrajado y doy un paso vacilante cruzando el umbral. La sombra retrocede hasta el balcón. La tormenta gana fuerza justo encima de la casa. La luz fuerte y blanca, duradera de los rayos graban en mi retina los restos de una cuna rota. En un rincón, una mecedora antigua se balancea sola. Estanterías llenas de polvo y telarañas, recubiertas de jirones de tela en la que aún se adivinan delicados dibujos infantiles, guardan juguetes antiguos. La sombra adquiere nitidez y cuerpo convirtiéndose en una desdibujada figura de mujer. Alza una mano fantasmal y las contraventanas del balcón se abren a la violencia de la tormenta. Se gira hacia mí. Sus ojos, dos huecos oscuros en un rostro argentado. Mueve los labios finos y estirados de una boca que no existe. Y la voz, las voces surgen de ella, de las paredes que me rodean, del suelo en el que me hundo:
―Nosotras también sabemos… desde la primera vez que te vimos contemplándonos… desde la primera tarde supimos… te conocemos… y tú nos conoces a nosotras.

El llanto espectral de un bebe llega desde la cuna. Observo horrorizada el pequeño cuerpo ensangrentado, desgarrado entre las manos blancas de la mujer. La escena atemporal se proyecta ante mis ojos. Las manos finas y elegantes, las largas uñas púrpuras clavadas en la tierna carne de bebe, el rostro tranquilo y concentrado de la mujer… escucho el lejano eco de los golpes y los gritos tras la puerta firmemente cerrada. Distingo la voz de un hombre que suplica y veo esbozar a la mujer una lenta y triste sonrisa. Levanta los ojos y me mira. Se acerca a mí, despacio y toma mi mano. Me conduce serena hasta el balcón. Y de pronto la violencia de la tormenta me alcanza. Las frágiles tablas del suelo crujen bajo mi peso, la barandilla de hierro forjado que me separa de la nada, tiembla suelta bajo mis manos que se aferran a ella. Miro hacia abajo, a las losas resquebrajadas brillantes por la lluvia. Un trueno retumba sobre mi cabeza. La sombra plateada de la mujer se desliza a mi lado, posa su mano helada sobre la mía y niega. Levanta el rostro sin ojos a la noche, esperando… Y sé…

Un rayo cegador recorre el cielo, veloz. Lo miro de frente. Sé. Me golpea con fuerza y el pelo y las ropas se prenden en llamaradas. Siento mi piel hirviendo y los líquidos de mi cuerpo estallando… Me abrazo al dolor y a la muerte que me lleva hasta ellos. La casa enmudece de nuevo y la tormenta se calma. La sombra plateada retrocede fundiéndose en la oscuridad, apenas un destello de luna palpitando sobre las paredes… aguardando…
FIN.