martes, 27 de abril de 2010

La llave

Si decidió dar por bueno el fin que él le lanzó fue porqué reconoció que las heridas que se causaban mutuamente acabarían desangrándolos hasta la muerte. Prefirió cauterizar la herida con el fuego del dolor y después ocultarlo lejos de la mirada de los dos. Puso un candado en el rincón de su mente donde guardaba los recuerdos. Se tragó la llave. A partir de ese momento diversas molestias de estómago le acompañaron cada día. Los ojos permanecían secos. Las lágrimas se negaban a salir, empeñadas en inundar la llave. Se olvidó de la llave, y del rincón clausurado de su cerebro. Siguió viviendo, pero el corazón bombeaba dos veces más aprisa en la imposible misión de mantener un doble sistema circulatorio: la sangre y las lágrimas.
Al cabo de un tiempo empezaron a resentirse del esfuerzo otros órganos de su cuerpo. Los pulmones necesitaban trabajar más para conseguir oxígeno. El hígado empezó a cansarse y hasta el páncreas se sobrecargó.
No llegó a morir de desamor. La mala salud le acompañó durante un tiempo. Y después empeoró. Visitó médicos que le dijeran porqué vomitaba agua salada. Le hicieron pruebas, todo tipo de ellas, nadie descubrió la llave.
Mientras ella continuaba vertiendo agua salada por sus esfínteres, por su boca. Hasta el punto que dejó de trabajar, de salir de casa y de comer. Un día la violencia de las nauseas alcanzó tal punto que se revolcaba por el suelo, presa de arcadas incontrolables. Un dolor ardiente comenzó a subirle por la garganta y el agua que vomitaba se tiñó de rojo. Con una desesperada arcada terminó por arrojar la llave. De rodillas, con una mano acunándose el estómago y la otra en la garganta, la contempló, ensangrentada. El recuerdo del rincón que había cerrado en su mente apareció nítido en su memoria. Permaneció en esa misma posición horas, minutos, segundos… tiempo fuera del tiempo. Mirando la llave y el hueco perfecto de la cerradura en sus recuerdos. Al fin, cerró los ojos y permitió que la llave encajara en la cerradura y con cuidado le dio la vuelta. Libres los recuerdos surgieron parpadeantes ante la luz de su mirada interior. Las imágenes, los sonidos, los olores… miles de pequeños fragmentos de bordes irregulares, punzantes se buscaron unos a otros. Sus ojos se ensamblaron con su boca, con el pelo, junto a estos aparecieron las manos, su cuerpo. El tacto de la piel desnuda entre sus dedos. Caliente, casi enfebrecida. El brazo posesivo en su cintura, la ternura voraz de sus labios. La voz envolviéndola. Susurros ardientes, jadeos, risas. El primer dolor que rompe la ilusión perfecta. Desamor, crueldad, violencia. Frialdad del cuerpo que sufre. Arrogancia, desprecio, humillación. El incesante golpeteo de las palabras. Duras como piedras. Angustiosas. Condena y prisión del amargo, ridículo final. Conciencia de ser. Una. Siempre sola, ausente de los sueños que tejieron.
Las lágrimas subieron, del estómago al corazón, del corazón a la garganta. Encontraron el cauce natural de sus ojos. Y se vertieron, al fin cristalinas. Limpiaron cuidadosamente el rincón de los recuerdos, dejándolo expuesto al aire, a la luz
Poco a poco, la llave se disolvió y las lágrimas rojas que manchaban el suelo se secaron. Tomó entre sus manos los frágiles momentos que deseaba atesorar: Diminutas joyas que con el tiempo tomarían los colores sepia de la nostalgia. Sintió que su pecho ardía sin aire ante los recuerdos de dolor. Los rezó, rosario del misterio, entre sus yemas gastadas. Comprendió que debía dejarlos partir. Para siempre desconocido. Abrió sus manos. Las levantó y permitió que el aire las limpiara.
Cansada, se tendió en el suelo. Cerró los ojos y reposó. El sueño la cubrió, protegiéndola. Y la sanó.

lunes, 12 de abril de 2010

LA ESTACIÓN

La estación se nos abre a la mirada. Miles de momentos vividos, sufridos y soñados. Los bancos, ahora helados y solitarios, en este anochecer de invierno han escuchado las confidencias, los adioses, las últimas recomendaciones de cientos de pasajeros, de almas en despedida, de almas en espera: “Escríbeme cuando llegues” “No me olvides” “Piensa en mí”. “Cuídate”. Seres impacientes por partir, desgarrados por alejarse.
En el andén vacío vibran historias de encuentros y despedidas. La madre asustada, un segundo parto más doloroso y triste que el primero ve nacer a su hijo a un nuevo mundo en el que ella solo será un recuerdo y una llamada de teléfono.
La enamorada llora en brazos de su amante, que retorna a su vida y su trabajo lejos de ella. Recuerda su taconeo nervioso hace solo unas horas, su cuerpo inclinado hacía la vía, su mente empujando el tren. La obsesiva melodía repitiéndose: “ven, ven, ven”.
Se llama Ana y él, Miguel. Hace tiempo que marchó a la capital desde la pequeña ciudad que rodea la estación. Ha tenido suerte, piensa él, al aprobar las oposiciones. No volvería si no fuera por Ana, su amor de siempre. La ciudad se le ha quedado pequeña. Sus silencios, el lento transcurrir del tiempo, las habladurías mezquinas de gente que se conoce demasiado y no se perdona, excepto con la sonrisa hipócrita que marca sus días. Abraza a la mujer con fuerza, respondiendo a la estrecha atadura de sus brazos. Por dentro, la ansiedad al escuchar su tren que se acerca. El júbilo intenso que gana a la tristeza por las lágrimas femeninas que no cesan. Sus ideas giran ya entorno a su pequeño apartamento. Al trabajo frenético que le espera y con una punzada culpable a la imagen de unos brazos diferentes, una mirada tentadora, una piel con otra textura, otro olor…
Ana ve llegar al tren. Distorsionado por el llanto le parece un enorme monstruo cíclope. Cierra los ojos. Siente la vibración del andén bajo sus pies. El corazón de Miguel latiendo acelerado contra su cuerpo. Sueña con el momento en que él no tenga que marcharse. Se aferra a los sueños que tejieron juntos de adolescentes. La casita tranquila en el viejo barrio de siempre. Entre los amigos de toda la vida y la familia de ambos. Sus manos se aferran a la espalda de él, intentando meterlo bajo su piel. Como si quisiera mantenerlo a salvo, arrebatárselo al monstruo que dentro de unos minutos se lo tragará para alejarlo de ella.
Miguel da un paso atrás, separándose de Ana. Se inclina a recoger su bolsa de viaje, le esconde los ojos, que impacientes ya miran a un futuro distinto.
―Te quiero, Miguel ―le dice―Te echo de menos y aún estas conmigo. ¡Desearía tanto que no te marcharas!

Miguel besa la cara de Ana, sus labios. Siente una opresión en el pecho. Una punzada en el estómago. Su Ana. Por un momento la ve de nuevo casi una niña, abrazada a su cintura, ruborizada por el primer beso. También fue el primero para él… La ternura le invade. Pronto, quiere contestar. Pero el tren anuncia su salida, el largo pitido estridente ahoga sus pensamientos. Solo queda la urgencia por partir. Sube al tren de un salto, la ternura perdida en el andén de la estación. Un adiós se dibuja silencioso en su boca.
Ana tiembla, despojada su alma y su piel del calor de Miguel. Mucho más tarde, cuando ya esta en casa, recuerda inquieta que él, esta vez no le ha dicho que la quiere.
Nos parece que la estación ha retenido el aliento durante la despedida de los amantes. Intuimos que exhala un suspiro de tristeza al quedarse sola en la oscuridad de la noche. Ella sabe que no volverá a verlos.
Serena espera la mañana. Nuevos pasajeros descenderán de los trenes que llegan a su andén. De nuevo las sonrisas brillaran en las caras de los que esperan. Las lágrimas correrán por las mejillas del que se queda. Las almas se cruzarán, se encontrarán y volverán a perderse. La estación seguirá allí. Con sus paredes, su mismo aire impregnado de ese sentimiento de melancolía expectante que nos invade al visitarla.

miércoles, 7 de abril de 2010

SICALIPSIS

Hace un tiempo descubrí una palabra nueva, que no su significado. Hasta ese momento no sabía que muchas de mis conversaciones ―y pensamientos― eran sicalípticas. ¿A qué mola la palabreja? Qué levanten la mano aquellos que ya la conocían. Las dos manos… Y para los que no, aquí va la definición.

Sicalipsis

Significa "picardía o malicia referente a temas sexuales". Este vocablo fue formado arbitrariamente por yuxtaposición de las palabras griegas sykon (higo) y aleipsis (frotar, untar), con base en alguna idea que dejamos librada a la imaginación del lector.

Decimos arbitrariamente porque la palabra no nos llegó, por cierto, desde el griego, sino que fue creada arbitrariamente por publicitarios hace más de un siglo y aparece por primera vez en 1902, en el anuncio de una obra pornográfica en el diario El Liberal de Madrid. El uso más frecuente no es sicalipsis, sino el adjetivo sicalíptico, cuyo significado, más allá de la significación académica reseñada al comienzo, es 'obsceno' o 'pornográfico'.
Me quedo realmente con su significado original y no con el de obsceno o pornográfico. No diría que mis pensamientos lleguen a tanto y menos mis conversaciones… bueno, al menos no siempre y no con todo el mundo, claro está. Pero sí que suele divertirme incluir en parte de mis escritos, charlas e incluso miradas cierta picardía o malicia referida a temas sexuales. En realidad es algo que no puedo evitar y que, con el tiempo, he descubierto que me da cierta medida de la inteligencia y el sentido del humor del que me escucha. De la complicidad a la que puedo llegar. No siempre es así, por supuesto. Que nadie espere que de golpe y al cruzarnos por la calle o al tomar un cafetito me ponga de golpe a mantener una conversación poblada de dobles entendidos y guiños erótico festivos. No me importa el sexo de mi interlocutor, por lo que no lo uso como un “arma sexual”. El doble sentido, la mirada verde (lo verde es sano), el ir un poco más allá de lo socialmente aceptado provoca respuestas. Si no lo hace, si mi partenaire opta por retirarse a su interior, con una mirada entre vidriosa, ausente y condenatoria, limito mi tono. Lo cierro. Y le doy justo esa relación superficial con la que se siente bien. Si sonríe con cierta timidez cálida, rebajo el tono con precaución. Sé que nos conoceremos más tarde, con lentitud, pero que no conviene abrumarlo con todos mis pensamientos de golpe, mejor poco a poco no se me asuste. Si por el contrario da con el tono justo, entre inteligente y juguetón, irónico y observador… probablemente hemos creado un monstruo entre ambos. Si el tiempo y los encuentros lo permiten, es posible que sea el inicio de una buena amistad. Si no, habrá sido un tiempo divertido para ambos.
Es cierto que también puedo encontrar personas que crean que es un recurso fácil para ser el centro de atención. Tal vez sea así. Que lo intenten. Siempre me ha parecido detectar envidia en esa opinión. Adelante. Otros pueden considerarme frívola, rara incluso hasta poco recomendable como compañía (¿Verdad Anita?). O incluso pueden confundir el culo con las témporas (¿Qué coño significará eso? Vale, me respondo que para eso me he tomado la molestia de buscarlo: confundir el culo con las témporas: Buscar semejanzas en cosas totalmente distintas. Témporas: son los días de ayuno al comienzo de las cuatro estaciones. Ya, aclarado. Puedo decir que viene del latín. El plural de Tempus, tiempo. Pero vamos, que porque lo he leído… ) y pensar que es una forma cutre o más bien cutrísma de ligar. Entonces y después de una fase de confusión más o menos larga por mi parte, soy yo la que doy marcha atrás y me comporto con pudorosa modestia.
Otros pensaran que es una capa que utiliza mi timidez para romper el hielo. Bien, ellos se aproximan más. Aunque parezca mentira. Me levanto. Miro a mi alrededor a los rostros expectantes y lanzó mi confesión: Me llamo May. Soy tímida. Desde la infancia.

EL MERCADO

La plaza del mercado del Cabañal se llenaba de sombras y la humedad del otoño se pegaba a su falda azul marino, discreta y limpia. Adela tembló: la blusa blanca, demasiado ceñida a sus pechos era insuficiente para protegerla del relente de la tarde. Los continuos lavados habían adelgazado el algodón hasta convertirlo en una fina tela apergaminada. Los zapatos, anchos y planos, eran los únicos que sus pies soportaban y a su edad, en su profesión, era mejor olvidar las medias. Se rompían demasiado.

Hoy no había tenido suerte. No había aparecido ninguno de sus habituales. El día veinte del mes, a cinco días de que se pagaran las pensiones, resultaba difícil encontrarlos. Pero en casa le quedaba poco más que una caja de leche y dos manzanas; el recibo de la luz estaba por llegar y siempre le gustaba tener unos dulces para la niña de la puerta vecina: Luisa, una niña morena, de ojos negros, con un sonrisa que calentaba su corazón, cuando la madre se la dejaba para ir a trabajar limpiando culos ajenos. ¡Qué cosas tiene la vida! Venir de tan lejos, para acabar de sirviente de ancianos. Si ella tuviera sus años y ese cuerpo... Aunque bien pensado… Sus labios, en los que quedaba el rastro de un rojo fuerte, se estiraron en una sonrisa triste. Adela, también lo había hecho. Solo que a ella, le habían dejado la mugre sobre el cuerpo.
“Oscurece tan pronto ahora”―Pensó. Repasó con la mirada los escasos comercios que abrían por la tarde en el exterior del mercado. Encendían las luces uno a uno arrojando a la calle sombras oscilantes. Adela suspiró y empezó a caminar despacio hasta la esquina, pasó por el puesto de ropa interior: camisetas blancas, fajas color carne, bragas sin gracia; colgando de una fina cuerda. La vendedora arrebujada en un mantón negro mantenía baja la cabeza y los pies cerca de un brasero. Más adelante, el de los cacharros de barro dormitaba. Las cazuelas de todo tipo alineadas al fondo, por tamaños. Marrones con sus bordes brillantes que le recordaban al caramelo. Después un frutero, el único que tenía la persiana levantada a esas horas, servía a una anciana una pequeña bolsa de mandarinas. Al pasar, ambos la miraron inexpresivos. Adela se sintió transparente ante sus ojos. Unos años antes, él la habría mirado con deseo y podía recordar muy bien los gestos de desprecio de las viejas como esa. Ella habría erguido aún más su cuerpo joven y caminado con paso orgulloso, levantando la cabeza como una reina. Reina mora; así la llamaba más de uno, allá en el pueblo donde nació, antes de venirse a la ciudad y convertirse en La Adela. Sacudió la cabeza, algunos recuerdos era mejor dejarlos en paz.
―Adela, Adelita guapa. ―la voz temblorosa llegó desde la oscuridad creciente del final de la calle.
― ¡Don Roberto! ¡Cuánto bueno por aquí! Hacía mucho que no le veía. Pensaba…
―Sí, hija, sí. Que me había muerto. No, la que murió fue Leonor, mi mujer…
― ¿La fiera? Pues habrá descansao. Lo siento, Don Roberto, pero es que su mujer era de las del puño apretao..
― Calla, calla. No sabes lo que echo de menos sus riñas y sus cosas, hasta que me contará las vueltas cada vez que me mandaba a un recado a la calle. ¡Me ha dejado tan solo! Hoy mismo he estado en casa todo el día, sin salir ni a por el pan. Desde que enluté no necesito casi nada...
― ¿Vamos al banco de siempre? ―Adela le interrumpió, pensando en la caja de leche, en Luisa. En este oficio hijo de puta, la lástima se dejaba para después de cobrar. Sobre todo cuando se llega a una edad en la que los hombres solo quieren desahogar sus penas.
El viejo le lanzó una mirada resignada de perro viejo. Él también conocía las reglas del juego y se dejó conducir hasta el banco medio oculto, a la sombra de la iglesia del Santo Cristo. La mano experta de Adela se introdujo tras la abertura de la cremallera.
― ¡Qué manos tienes, Adelita, siempre he dicho que eres la mejor!
―La experiencia, Don Roberto, la experiencia. ¿Y sus hijos? Tenía uste dos ¿No?
―Y cinco nietos; dos del mayor y tres del pequeño. Los hijos no tienen tiempo para venir ocupados con sus trabajos, sus mujeres y los nietos solo vienen a pedirme dinero. La juventud de hoy siempre tiene prisa, no quieren escuchar… Yo aún recuerdo a mi abuelo…
La mano rítmica de Adela hacía su trabajo. Escuchando a medias la voz del viejo, pensando en que al menos esos diez euros que se estaba ganando le servirían para comprar un poco de pollo, pan y algunos dulces de esos que le gustaban a Luisa.

lunes, 5 de abril de 2010

CONFUSIÓN

―Me ha dejado. Me duele el hígado.
―¿Cómo? Será el corazón.
―¡Qué no, joder! Es lo que te digo, me duele el hígado, el corazón ni lo noto.
―Ya, pero es lo que se suele decir cuando te dejan: Se te rompe el corazón y eso, amigo, es lo que ha de doler.
―Coño, eso es una frase hecha, tan hecha como esta: Se ha ido y me ha sacado hasta los higadillos.
La mirada del amigo recorrió la sala. El espacio de la tele, sin tele. El mueble del equipo de música, vacío. Las estanterías llenas solo de polvo. Y ellos de pie en el sitio donde hasta ayer vivía un carísimo, modernísimo sofá rojo pasión.
―Entiendo.

SIN TÍTULO. SIN JUSTIFICAR.

La golpeo. Con los puños. En el estómago. Hundiéndolos en la carne. Disfrutando de cada impacto. Se sumergió en sus gritos paladeando el dolor, la angustia. Sonrió. El placer le estremeció el alma antes de echar el brazo hacía atrás, abrir la mano y dejarla caer sobre la cara de la mujer. Un labio estalló contra los dientes. Jadeo excitado. Volvió a golpear sobre el labio abierto. La sangre viscosa le empapó la mano. La mujer cayó al suelo, Dobló las rodillas contra su pecho protegiéndose con los brazos. Mechones rubios se escapaban entre los dedos de sus manos. Lloriqueó suplicante a los pies del Cazador. Él dejó dejo una huella oscura en la bragueta del pantalón. Envolvió el mimbro con la mano cubierta de sangre. Subió y bajo la piel de su glande antes de pensar en la boca de su presa. La puso de rodillas tirando del pelo rubio, arrastrándola hasta su polla. Frotó su entrepierna en la herida fresca de la mujer. Eyaculó con violencia. La empujó contra el suelo. Inhaló profundamente una dos veces, antes de mirar a la mujer. Asqueado.
―Lávate. Y sírveme la cena.

sábado, 3 de abril de 2010

PRTÉRITO IMPERFECTO

Con el permiso de Adriana, la autora de este poema que leí ayer en la madrugada, que ha calado dentro de mí tanto, que en cierta manera lo hago mío.
Adri, más allá de lo que nos dicte el aprendizaje, para mí la poesía es llevar lo intimamente personal a universal. No sé explicarlo bien, pero lo intento: esto es lo que yo llamo la verdad, decir la verdad en la literatura. No realidad, verdad. Cuando se crea sin traicionar esa sinceridad se llega al corazón del que te lee. Gracias por dejarme tus palabras.


Pretérito (y tú, amor que ya no eres amor, ni eres mío)


Y tú, que caminabas llevándome
atada a tu cintura,
al costado de tu deseo, al frente de tu respiración;
tú , que mordias mi nombre
como se muerde un hálito de vida,
e interrogabas las horas
que terminaban esfumándose.

tú, que acaso sonríes
si sabes que sonrío
sin siquiera notar
que navego otro cauce
y ya soy de mi mísma
no sólo de tus ojos, tus raíces, tus ramas,
- árbol y bosque y troncos
envueltos en las copas de las nubes
desbordando el borrador
donde quedó el cuaderno de bitácora-

tú, fiero amor antiguo
que descubres lo nuevo
tallado en un poema,
o en el papiro exhausto
de las ropas urgentes
en las sábanas lentas
y sabes que está muerta la piel
donde he tatuado
lo que nunca tuviste. Ni tienes. ni tendrás


tú, que pones mis manos
en el cielo
de infierno y paraíso,
para quemar tu nuez de Adán
en el lustre febril
de mi manzana.

Tú, hombre pequeñito,
que creíste en la altura de tu antojo,
que mareaste mi vértigo
apagando ese fuego que se abrasa
porque no tiene escarcha.

tú que bebes a sorbos la locura ,
estrenándome en todos los rincones,
con marcas de los besos que no diste
y fumas en mi ombligo
el humo de las ganas que quedaron enteras
en el borde de un cristal licuado.

Tú, ahora, tú mismo,
sentado en esa acera
donde quedas a salvo de los temores vanos,
tú dándote respiro,
tú mitigando esperas,
tú poniéndo a destiempo el verano en mi boca,
sacando primaveras del bolsillo,
aplacando el otoño,
desterrándome el frío de los huesos invernales
sin mirar en tu mapa
qué distantes distintos
son los tiempos hoy nuevos.


Sí, tú, a tí te hablo:
quien fue
mi territorio, mi posesión, mi mapa,
mi brújula, mi Norte, mis puntos más altivos,
y mis bajos instintos,
aquel dolor anclado definitivamente
en el hueco que cerró el Universo,
cuando se me hizo el alba.

Tú, viejo amor,
pradera
donde florecí a gusto en las siestas de niños.
Tú, Hombre que agregaste
una hora a la noche que no llegaba nunca
y me dejaste abierta,
de par en par,
la vida,
tomándome, aludiéndome, reconocido en mí
para huir, de inmediato, por el vano
de aquello que no fuiste.


Tú, digo y no hay pronombre que anteceda mi cuerpo
porque fui a ciegas tuya, sin otear horizontes.



Hoy, en donde respires un verso
o un poema
respirarás mi boca
y donde muerda el pulso de tus moscas sagradas,
será mi corazón el que te encuentre
y
mirándote a los ojos
te arrancará de cuajo
los últimos minutos de no vida.

Tú, digo, cuando tiemblo en mí,
y tan a gusto,
en paz
de boca a boca,
sin pretéritos nuestros
vivo y señalo a pleno la vida..

tú, remanido tiempo
pasado
sin presente
que no tuvo futuro.

sábado, 23 de enero de 2010

LA MUERTE EN SOLEDAD

Me impresionan las noticias de personas mayores, personas de la tercera edad, el eufemismo que nos de la gana para referirnos a los viejos. Noticias de gentes a las que encuentran muertas en sus casas, después de uno, dos y hasta seis meses. Seres humanos que en sus últimos años de vida debieron vivir como murieron. Sin una llamada, sin una visita, sin un amigo, sin un gesto de amor.
Viejo… que despectiva se siente esta palabra al escribirla, más aún al decirla en voz alta. Políticamente incorrecta lleva en si todo el deterioro físico, todo el miedo que nos produce esa etapa de la vida. Sabemos que está ahí, a la vuelta de la esquina, pero como cobardes nos negamos a mirar de frente la verdad que llega a cada cual en su momento.
Viejo… abandonado, arrinconado, escondido. Viejos padres que mueren olvidados de todos. No importan, no producen, solo consumen sus escasos recursos hasta que un día se acaba todo.
Se esconde la muerte tras hospitales, en casas llenas de recuerdos que nadie visita. En pequeñas pensiones, de vida miserable. Una barra de pan, una caja de leche, un poco de fruta. Las gracias a la seguridad social por sus medicamentos gratuitos que nos permiten vivir más y más solos, perdidos. Con suerte vivienda en propiedad y si no alquiler de renta antigua, prácticamente solos en edificios que se desmoronan, más viejos que ellos mismos.
¿Qué nos pasa? Treinta y tres ancianos han sido hallados muertos en sus domicilios en lo que va de año, menos de un mes.
¿Qué dice eso de nosotros? De la sociedad en general, pero sobre todo de ti y de mi. ¿Seguiremos pasando a su lado sin mirarlos, sin dedicarles una sonrisa, unas palabras? ¿Continuaremos sin prestar atención a nuestro vecino, a nuestro tío, a nuestro padre?
Pienso, siento que esto es uno de los signos más escondidos de la barbarie de nuestra sociedad. Nuestra época, la de Internet y la comunicación será conocida como la del aislamiento, la soledad, el egoísmo, el miedo, la indiferencia… Y la viviremos nosotros también, hasta el final. Nuestro final.

Noticias:
Los Bomberos de la Generalitat han encontrado esta mañana en un piso de Cornellà de Llobregat los cadáveres de dos ancianos de unos 70 años que según las primeras investigaciones podrían llevar muertos un mes.

Los vecinos han avisado hacia las 10.10 horas de la mañana a los Bomberos y a los Servicios de Emergencias por el fuerte olor que salía del piso situado en el número 6 de la calle Sant Ildefons de la ciudad barcelonesa.

Tras pedir el correspondiente permiso a los Mossos d'Esquadra, los artificieros han entrado en el piso donde han encontrado los dos cadáveres del matrimonio de avanzada edad que allí vivían.

Primeras hipótesis

A la espera de que las autopsias revelen las causas exactas de las muertes, los investigadores trabajan en la hipótesis de que uno de los miembros falleció por causas naturales y posteriormente el otro que al parecer era dependiente y necesitaba de los cuidados de su pareja para sobrevivir.

Uno de los cadáveres se ha encontrado sentado mientras que el otro estaba estirado en el suelo.

Según han explicado los vecinos del edificio de 14 plantas donde vivían los dos ancianos, la pareja estaba casada en segundas nupcias y, al menos uno de sus miembros tenía hijos de una relación anterior, aunque no mantenían una relación muy contínua.
http://www.20minutos.es/noticia/228419/0/muertos/ancianos/cornella/

domingo, 17 de enero de 2010

EL REGALO

― ¡Despierta, Ben!
La mano del hombre se posa con suavidad en la espalda del niño. Se inclina sobre su cara y vuelve a decir:
―Vamos, hoy es un día especial. Despierta.
Ben parpadea y abre los ojos. Se incorpora al ver a su padre. Este le tiende una taza. Un vaho aromático se desprende de ella.
― ¡Café! ―exclama el chico asombrado.
― ¡Shhh! Bebe y vístete, deprisa, no hagas ruido.
Ben toma su primer sorbo de café, sentado al borde de la cama, el líquido oscuro y caliente le sabe amargo. Le sorprende. Lo había imaginado dulce. Sonríe somnoliento. Hoy cumple trece años. Mira a su padre vestido para salir, preparando sus ropas en silencio.
Deja la taza vacía en el suelo. Escucha atento el sonido de las respiraciones que le llegan de las camas, adosadas a las paredes. Débilmente iluminadas por pequeñas luces. La más cercana parece oscilar cuando la sombra de su padre se mueve. Se pone las prendas que este le tiende. Vacila ante la última.
― ¡Padre! ¿Vamos fuera?
El hombre le ajusta rápidamente la pesada ropa exterior al cuerpo del muchacho.
― Calla, no despiertes a nadie.
Atraviesan en silencio la sala, dejándola atrás. El padre le conduce seguro hacia la salida, mientras ascienden, el hombre acaba de preparar a su hijo para salir. Las puertas se abren. Ben mira a su alrededor. Cierra los ojos un momento y los vuelve a abrir. Nada. Está todo tan oscuro que no ve la mano de su padre buscando la suya. La siente bajar por su brazo y la toma. Levanta la cabeza. Puede intuir un cielo negro e inmenso sobre ella. El padre le guía unos pasos, separándolo de la puerta. Se detiene. Con suavidad gira al niño que inseguro se sujeta fuerte a su padre. Este le levanta la cabeza orientándola.
Ante los ojos del niño se inicia un mágico espectáculo. En la lejanía una delgada línea dorada parte la oscuridad. Redibujando el contorno de la tierra. Ben aprieta la mano de su padre sin hablar, mientras el color comienza a iluminar la inmensidad del cielo: rojos, dorados, ocres, apartando la noche Un diminuto punto de luz brota de la tierra, creciendo en el este. Un círculo amarillo levantándose desde el horizonte.
― El sol, Ben. Está amaneciendo.
La voz del padre resuena dentro del casco de aislamiento. El sol se eleva cada vez más rápido y sobre su cabeza el cielo clarea. La luz inunda la tierra. Desde su punto de observación en la alta montaña que es la entrada a su hogar, puede ver como el viento arrastra polvo, rojizo, sin vida de la tierra. Solo el sonido del aire se escucha recorriendo la extensa llanura que una vez fue un mar., Ni un árbol, ni un animal se mueve en la distancia. .
El padre mira el reloj. Su tiempo finaliza. Ni siquiera los trajes pueden resistir la atmósfera exterior más de unos minutos. Mira la pálida cara de su hijo, protegida tras el material transparente. Los ojos casi ocultos por las pestañas. Las lágrimas cayendo por sus mejillas.
― Vamos. Pronto despertarán todos. Y nadie debe saber que has estado fuera.
En el ascensor desciende veloz a una profundidad segura. El hombre le quita la protección. Los ojos del niño están llenos de lágrimas. El padre asiente.
― ¿Era un amanecer?
― Sí, Ben.
― Es hermoso. Pero la tierra… La tierra es muy distinta de las imágenes que hay en el almacén.
―Sí, Ben. Pero aún es la nuestra.
― Me gustaría volver a salir… Algún día.
El padre no contesta. Ninguno de los dos volverá a salir.
―Gracías, padre.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

ENCERRADO (ROM HOUBEN)

El aroma a sal y mar entra por la ventana. Intenso, acaba mezclándose con el olor a café, a pan tostado untado con mantequilla, tan caliente que puedo imaginar como se funde dorada y líquida en él. Escucho con los párpados entrecerrados los sonidos que provienen de la cocina. El agua del grifo cayendo sobre platos y vasos, golpeando las paredes metálicas del fregadero; el tintineo de una cucharilla en una taza. Por un momento creo que podré levantarme, caminar hasta la cocina y sentarme a la mesa. En mis sueños, cuando al fin consigo dormir de verdad, siempre soy capaz de hacerlo. Es tan sencillo: solo tengo que sentarme en la cama, apoyar los pies en el suelo, alzar mi cuerpo y caminar. Un paso tras otro y encontraré a mi madre trasteando en la cocina, mi padre sentado en la mesa tomando ese café y a mi hermana a punto de salir, vestida y mordisqueando una tostada. Me acercaré a mamá para darle un beso de buenos días y robarle ese trozo de pan que acaba de saltar de la tostadora. Ella bromeará sobre mí, siempre hambriento; en constante movimiento, movimiento, movimiento. Quisiera no despertar nunca. Continuar soñando para siempre. La impotencia se convierte en un grito. Atraviesa mi cerebro resonando silencioso en el interior de esta prisión en la que se ha convertido mi cuerpo.
Los pasos de mi madre, en zapatillas, ligeros y suaves caminando de puntillas para no despertar a nadie, se acercan. Ordeno a los músculos de mi cuello, a los de mi boca y mis ojos que hagan un movimiento. Intentó levantar la cabeza, girarla… intento… intento… solo consigo levantar un poco más los párpados, aún pesados por el sueño, ladear un poco la cara. Así puedo ver sus pies en el umbral, su cuerpo quieto y atento, como si quisiera escucharme a través de él, a penas puedo ver su cara, ahora sin la expresión que exhibe siempre para mí, animosa, sonriente. En este momento, cuando aún no sabe si estoy despierto (¿Lo estoy? ¿Ella cree de verdad que alguna vez lo estoy o finge creerlo?) intuyo sus ojos hundidos, la sombra bajo ellos, las arrugas que durante estos años han aparecido, aprisionándolos en su búsqueda constante de algún signo en mi cuerpo y mi cara que le confirme, una y otra vez, que no está equivocada, que estoy aquí y sigo existiendo.
Se acerca a mí y su boca se curva en una amplía y triste sonrisa cuando toma mi rostro entre sus manos. Me besa en la frente y en las mejillas. ¡Mamá! Deseo abrazarla con todas las células de mis pensamientos. Descansar mi cabeza en su pecho, encerrarla entre mis brazos ¡Mamá! La necesidad recorre cada parte de mí y crea un ligero movimiento. Noto como los dedos del pie tensan la colcha. Lo siento en la lejanía de mi conciencia, como si pertenecieran a un ser extraño, con una voluntad ajena a la mía. Un gigante dormido al que trato de empujar con todas mis fuerzas. Mamá se sobresalta, ¿Habrá notado el leve cambio en los pies del gigante? ¿Quizá en la colcha o en mí?. Me observa atenta, lo sé y me esfuerzo de nuevo. Ahí está, lo he vuelto a conseguirlo. Empujo un poco más la carne extraña que rodea mi pie, mi cuerpo. Mama grita y se precipita al teléfono.

―Sí, lo ha hecho… lo he visto… ha movido… Ya, pero estoy segura que… Cuando le he mirado lo ha repetido, dos veces seguidas ha… ¿Movimientos reflejos? Puede ser pero yo estoy convencida que… Esta bien, adiós, doctor.

Mamá vuelve a mí, me acaricia el pelo, los brazos, las manos…
―Hijo, Rom, sé que estás ahí ―me susurra―Mírame, inténtalo…
Siento la intensidad de su deseo empujando mi voluntad. Consigo, conseguimos que levante los párpados hasta que mis pupilas se encuentran con las suyas. Los ojos de mi madre se deshacen en lágrimas que yo, incapaz de llorar, hago mías cuando ella, muy bajito, me dice:
―Yo sé que me escuchas y que me entiendes. Sé que estás ahí ¿Me oyes? Lo sé. Lo conseguiremos, tú y yo. Encontraremos la forma de sacarte de ahí.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Infancia

La infancia es uno de esos lugares a los que cuesta volver por mucho que lo deseemos. Los recuerdos se esfuman cuando tratamos de retenerlos. Son espejismos de bordes temblorosos. Se ha ido y lo máximo que podemos esperar es imágenes aisladas y distorsionadas ¿O no? A veces un signo externo nos trae a la memoria un recuerdo intacto, rico y complejo. A mí me suele suceder con los olores. El olor a pan caliente, a leche hirviendo, a tiza, a goma de borrar, a sudor de niño…
El pan caliente me traslada a la panadería de mi barrio, en la plaza. En las mañanas de invierno abrir la puerta y encontrarse en medio de ese calorcito aromatizado, los sacos de pan colgados de una percha (dicen que con esto de la conciencia ecológica se está recuperando la costumbre), las mujeres en cola, los hombres a los que siempre se les dejaba pasar antes, las conversaciones en voz alta para amenizar la espera y de paso enterarse de todos los chismes del día, mi uniforme de colegio: gris a cuadritos, un poco carcelario, excepto por los enganchones que lucía en él por las uñas de los gatitos que me gustaba acariciar, blusa blanca, zapatos limpios, olor a colonia en el pelo bien estirado en una coleta, el flequillo a lo chino que mi madre tenía a bien cortarnos.
Engarzados en el mismo hilo de este recuerdo vienen otros, la visita a las quinielas (siempre llamábamos así al kiosco de la plaza en casa) para cambiar las novelitas que leía mi padre: de vaqueros, del espacio, de terror. La vuelta corriendo a casa, para no llegar tarde al colegio El aire limpio y fresco de las mañanas, el día que encontré un gorrión caído del nido, que más tarde se comió el gato.

El aroma a leche hirviendo. Madrugadas oscuras, mi madre en la cocina, el gran cazo donde hervía la leche, la comida ya puesta al fuego, el vaho empañando los cristales de la ventana, el calor, mi madre. La rara experiencia de tenerla sola para mí mientras los demás dormían. Y más aún: desayunos de pajaritos. El cazo abollado, de mango largo, brillante de tantos fregados. Mi madre repartiendo sopas de pan con una cuchara común, boquitas abiertas de niñas esperando. No había que distraerse o te quedabas sin desayuno. Recuerdos agridulces que me hacen sonreír.

El olor a polvo de tiza, a goma de borrar, a ceras y lápices de colores. A sudor limpio de niñas. El colegio de las monjas, pies arrastrándose a través del patio, yo andando cada vez más lenta, con la esperanza de que fuera demasiado tarde para que me dejaran entrar. La maestra saliendo a buscarme cuando al fin decidía volverme sobre mis pies e irme a casa. Estaba ya en el patio de “los mayores” pero aún en las aulas de bajo Tendría ¿cinco años, seis? Unos minutos de siesta por la tarde, la cabeza sobre los brazos cruzados en las mesas pentagonales, la monja (ya no recuerdo su nombre) paseándose por la clase, sol de invierno en los ojos cerrados. Me recuerdo expulsada al pasillo por contestar (siempre era por contestar, siempre) sentada en el suelo, jugando a dar vueltas, explorando el corto pasillo que llevaba a al despecho de la directora y al gimnasio. El gran piano negro que acariciaba con reverencia sin llegar a pulsar jamás las teclas blancas y negras. La mirada entre cómplice y sonriente de alguna directora, también monja, que usaba el diminutivo de mi nombre oficial y abría la puerta de clase para que me dejaran entrar con mi promesa, siempre incumplida, de no volver a hacerlo.

Infancia, lugar remoto, sueño perdido, olvidado ¿O no?

viernes, 20 de noviembre de 2009

Mi tía Carmen

Se muere. Una larga agonía. El corazón, al final no es más que un músculo cansado de vivir. Ni válvulas, ni aparatos que lo mantengan. Ya no. Desgastado no admite más vida. El oxígeno necesario para vivir no consigue salvarte. Poco a poco se transforma en anhídrido carbónico que va envenenándote ya no puedes expulsarlo. Los pulmones se encharcan y la muerte se ha dibujado en tu cara. Esa cara enflaquecida, oscura, informe casi no te tiene a ti en su expresión. Es una máscara mortuoria que te iguala con tantas otras ancianas que mueren cada día. ¿Sientes las caricias lentas y suaves que el hombre joven, de pie a tu lado, te hace? Ha tomado tu mano yerta, entre las suyas. Se inclina sobre la cama de hospital y sus ojos brillan entre las lágrimas tras el cristal de sus gafas. ¿Intuyes mi presencia de pie a tu lado? He sido cobarde, incapaz de tocarte. Te he sentido extraña, remota. Por un momento no he podido reconocerte en ese cuerpo tuyo envejecido, ajado. No he podido encontrarte en él. He sido tan dolo una sombra a la cabecera de tu cama. Me siento entumecida.
Salgo de esa sala de hospital, en la que yaces acompañada de desconocidos, de máquinas, de enfermeras que comentan la última película que han visto, los problemas con su pareja, el último chisme del personal, mientras controlan monitores y evitan la mirada de los que sufren junto a “sus” enfermos.
Mi tía, mi madrina. Yace allí entre vosotros, aguardando una muerte que se hace esperar. Una lenta muerte por asfixia. Entre mis recuerdos remotos está su casa y el olor a cristasol. Mañanas soleadas en las que acudía allí de la mano de mi madre. Ella ya no está. Recuerdos de navidades, platos de dulces sobre la mesa, la mirada de mi padre, severa, para que no nos abalanzáramos sobre los turrones, los pastelitos de "moniato", el chocolate y tomáramos solo uno. Él tampoco está ya. Mi padre, tu hermano. Recuerdo los estuches de pinturas, las libretas que me regalabas en Reyes (que nos regalabas), antes de empezar con los libros, que fue muy pronto, tía ¿Recuerdas? Los desayunos en casa de mis padres, cuando aparecíais cargados de regalos para todos. El año en que casi dejaba de ser niña y me empeñé en que lo que más deseaba en el mundo era una Nancy…
Tengo tantas imágenes guardadas, tía. Siempre salías antes de la iglesia en las comuniones, los bautizos, las bodas… aceptábamos como normal tu miedo a los petardos, a la traca, a los truenos. Y hoy no puedo dejar de imaginar a la niñita que fuiste en medio de una guerra violenta y cruel como lo son todas. Una guerra en la que el enemigo, el que te mataba, el que moría, el que bombardeaba hablaba tu mismo idioma.

¿Qué será de los que te sobreviven? ¿Qué será del tío Pepe, tu marido? El hombre que ha pasado toda la vida contigo. Tiene principio de Alzheimer y a ratos llora como un niño, y al momento siguiente habla con nosotros como un anciano que ya ha visto muchas muertes.
Ahora mismo escucho tu voz en la cabeza. Y recuerdo tu risa y te veo fuerte y entera, como eras. Me vienen a la memoria las mañanas de San José. Siempre terminábamos el recorrido de las fallas en tu casa. Mi padre nos despertaba de madrugada. Salíamos a las calles oscuras y él, tu hermano, nos pastoreaba como un perro ovejero a su rebaño o como un pastor con su gayato. Madrugadas de sueño y frío, de ilusión y enfados. Madrugadas de niña aislada y rebelde. Amaneceres de maravilla, fantásticos, sonámbula, medio dormida. Hasta acabar en el nido caliente de tu casa alquilada en el centro de Valencia. Chocolate con buñuelos para todos y para mí, café con leche y galletas o pastelitos porque no me gusta ni el choclote ni los buñuelos. De calabaza. Los mejores para mi madre.

Mi tía, mi madrina se muere. Quizá mientras escribo estás líneas, entre estos recuerdos. Ya casi no queda nadie de los mayores. De aquellos que guardaban mi infancia en su memoria.

domingo, 15 de noviembre de 2009

CARACOLAS ROTAS

Hoy, después de mucho tiempo, Diana visitó al mar. Y él, la miró.
― ¡Ay, amor! Estás rota.
Ella mantuvo los ojos en el horizonte. Una gaviota descendió desde lo alto y le gritó.
―Te eché de menos ―murmuró el mar―. ¿Ya no buscas caracolas?
No respondió. Una lágrima solitaria recorriendo su mejilla sorprendió a ambos.
―Hace mucho que no te veía llorar. Yo cumplí mis promesas.
Se limpió la lágrima con un solo dedo, antes de advertir la presencia de otra, fugitiva descendiendo lenta y traicionera por su otra mejilla.
―Lo sé. Él volvió. Y se marchó.
―Sí, una vez y otra y de nuevo.
―Como tú.
―Yo nunca me voy del todo ―Rió íntimo, acariciando la arena a sus pies―. ¿Qué pasó?
―No nos quisimos lo suficiente.
―No me mientas ¿Recuerdas? Yo te envolvía en mis brazos mojados y tú rogabas por él. Recibí en mí tus lágrimas calientes y vivas Las saboreé, infinitamente dulces y amargas entre mis labios salados. Robé el calor de tu cuerpo al amanecer. Luna y sol en el cielo blanco. Ruegos susurrados en mi seno frío.
― ¡Calla!
―Sólo te di lo que pediste.
―Hubiera sido mejor…
― ¿Seguir pensando que él te amaba? ¿Creyéndole siempre enamorado? ¿Qué fuiste tú quien le fallaste?
― ¡Me duele! ¿Entiendes? Me duele tanto aún… Alma adentro, cuerpo adentro… me duele en las manos, me duele en la piel, me duele aquí, en mi pecho, me duele aquí, en mi estómago. Me duele…
Cayó de rodillas frente al mar, abrazándose con fuerza. Las lágrimas, otro mar perdido y vuelto a encontrar.
El mar retrocedió y avanzó, hipnótico, acariciando la arena sin llegar a tocarla. Envolviéndola con su respiración. Creando encajes de espuma, música con el viento. Deseando para si el agua de sus ojos…
―Mira ―musitó en sus oídos―. Esta saliendo la luna. Levanta la cabeza, mira el cielo. Luna llena: vuestra luna.
Ella alzó la cabeza. Allí estaba, radiante e indiferente, blanca y fría. Alzándose sobre el mar.
― ¿Cuántas veces soñaste con él bajo su luz? ¿Cuántas anhelaste sentir sus brazos rodeándote? ¿Cuántas veces dijo que estaría contigo? ¿Cuántas no cumplió su p…?
― ¡No! ¡Basta! ―Diana se quebró con su grito El cuerpo ovillado sobre la arena. Frágil entre al mar y la luna.
El mar lamió su rostro al fin. Lavó con su lengua helada las lágrimas vivas, calientes. Se extendió sobre su pelo, sus manos, mojó su pecho y su cintura, se entrelazó con sus piernas. La atrajo lentamente hacia su seno.
El mar siempre cumple sus promesas. La primera vez que la vio, Diana caminaba sobre la arena. Por él, atemporal y primigenio, había pasado otro verano y se iniciaba un nuevo otoño. Otro más en la eternidad de las estaciones. Los pies desnudos dejaban huellas que él lamía. Estaban solos, el mar y ella. La noche empezó a caer, aún cálida y Diana… sonrió. Sintió como la respiración de los dos se acompasaba, como el aire entre ellos vibraba al unísono, como fibra a fibra iba anudándolo a ella. Viajaron juntos a un lugar sin nombre y sin memoria. Y después él, se atrevió a besar sus pies y ella… jadeó. Y él, el Mar, se enamoró.
Sí, el mar siempre cumple sus promesas.
Fin.

jueves, 12 de noviembre de 2009

ANDRÉS

El pequeño fantasma se aburría y eso que después de mucho, mucho tiempo en la mansión moraban seres vivos. Eran cinco; dos de ellos no le interesaban… casi, él jamás había llegado a su edad. Por experiencia sabía que eran seres chillones, sin imaginación y aburridos… no aceptaban una broma. Y él siempre había sido un bromista y estar muerto no había cambiado eso. El bebe estaba bien para jugar un rato. Le gustaba hacerle cosquillas, soplando despacito en su cuello y sus mejillas y hacerle reír. Siempre le seguía con esos enormes ojos oscuros y tendía sus manitas intentando cogerlo. Pero no iba a pasarse las horas muertas, que eran todas las suyas entre risitas y soplidos, necesitaba más. Otro de los seres era la niñita, Elena. Suponía que no estaba mal, aunque pareciera extraña con el pelo tan corto y rubio que al principio la había confundido con un pequeño sometido a encantamiento. Se pasaba el día parloteando sin cesar sobre duendes y hadas. ¡Puaj! ¡Cómo si esos no estuvieran siempre dando problemas! Dos veces ¡dos! Se había dirigido a él. Mirándolo y preguntándole si quería jugar con ella a los disfraces. ¡Disfraces de niña! Mientras la escuchaba distraído sentado a los pies de su cama contarse historias de elfos, princesas embrujadas (esas le gustaban especialmente) y de esos seres extraños, planos y pequeños que aparecían en las cajitas que habían colocado con reverencia en casi todas las habitaciones de la casa.

Debían ser muy importantes, aunque él no alcanzara a entenderlas, las ubicaron en sitios de honor. En la sala, una enorme justo en el lugar donde se sentaban antes los señores. En los dormitorios, sobre cómodas e incluso donde cocinaban había una pequeñita sobre un alto estante… Siempre parecían estar en movimiento, emitiendo luz, formas extrañas, voces y sonidos que acababan espantándolo apenas llevaba un tiempo intentando comprender que era aquello.

¡Ah! Pero quién de verdad le atraía era el muchacho, Roberto. ¡Un muchacho como él! Se parecía a Simón. Con las piernas tan largas que podía ya a sus catorce años montar un caballo de un salto, cuando él aún necesitaba subirse al viejo tronco situado al lado del establo. Con esos pelos rubios y escasos asomando a su barbilla y que él le mostraba con orgullo a cualquiera que se pusiera a tiro, el pelo largo recogido con una cinta de cuero cuando entrenaba, las espaldas casi tan anchas como su padre. No recordaba ningún momento en que no hubieran estado juntos. Aunque Simón fuera hijo del caballerizo y él, del señor.
A Simón siempre se le ocurrían las mejores bromas, donde esconderse para asustar a las criadas y a las niñas de la casa. En una ocasión cuando ambos eran muy pequeños se escondieron en el armario de la ropa blanca. Este estaba situado donde el pasillo de la servidumbre daba paso a la amplia galería de los dormitorios de los señores, justo al lado de las piezas de su madre. Era de madera negra, con estantes recios y sobrecargados de ropa blanca, profundo como una pequeña cueva. Allí se escondieron durante horas, envueltos en camisones de dama, blancos y delicados. Recordaba el olor a lienzo limpio, al espliego que su propia madre recogía del pequeño jardín de hierbas para colocar entre la ropa. Aguardaban silenciosos como ratones hasta escuchar los pasos pesados de Edwina, el ama de llaves, o los ligeros de las criaditas Emma y Liz, solo un poco mayores que ellos, en ese momento emitían lamentos lúgubres, golpecitos tenues, arañaban el suelo con la daga decorativa que su padre le regaló en su último cumpleaños. El último, sí. Y reían como locos, tapándose la boca con las manos, entre resoplidos y ahogándose cuando estas salían corriendo y gritando.
Podía recordar el enfado de su madre cuando Tomás, el mayordomo los descubrió. Entre los dos habían conseguido ensuciar más camisones y sábanas, manteles y servilletas en unas horas que todos los habitantes de la mansión en una semana.

El muchacho que habitaba de nuevo en la casa, era como él. Muy rubio, muy alto, tanto como Simón, pero sus ojos… sus ojos estaban muertos y sin vida, con unos enormes cristales que en su momento, cuando estaba vivo solo usaban el notario y el párroco. Y lo que era peor, no le veía. Ya podía él colocarse a su lado, rozarle con sus manos fantasmales, soplarle en el cuello, traspasarle de lado a lado que nada, como mucho algún escalofrío y un encogimiento de hombros.

Le observó durante días y noches. Roberto no salía al exterior, eso le gustaba al fantasma, porque le permitía estudiarlo, aunque no le entendiera, recordaba demasiado bien el viento en la cara, el calor del sol sobre la piel, la hierba mojada bajo su cuerpo, cuando se tendía por las tardes junto a Simón en los jardines de la casa, para conversar mientras miraban como el cielo se iba oscureciendo.
Roberto no jugaba con sus hermanos. Bueno, eso sí podía comprenderlo. El bebe era demasiado pequeño para ser entretenido, aunque él se pasará las horas muertas o más bien parte de sus horas, contemplando como jugaba incansable con sus manos, sus pies… La niña ¡Puajj! Era una niña. Y las niñas no sabían hacer nada divertido.
Roberto solo hacía dos cosas: dormir y el fantasma había probado a meterse en sus sueños, sin demasiado éxito o pasarse las horas muertas delante de una de esas cosas raras parecida pero no igual al resto de las que había repartidas por la casa. Le costó un tiempo darse cuenta de las diferencias. Lo primero que notó es que esta caja, extraña y más bien plana, algo más ancha que los cuadros de sus antepasados, que colgaban de la galería, estaba situada sobre un escritorio con bandejas y cajones. Supo lo que era: él había tenido un pequeño escritorio en su habitación, que cerraba con llave cuando no usaba y que contenía pequeños compartimientos para el papel, los sobres, las plumas… y donde debería haber estudiado sus lecciones, aunque siempre había sido más divertido dibujar y jugar con el papel secante.

Roberto se sentaba con la cara muy cerca del cristal de la caja. Le llevo un tiempo caer en la cuenta de que no solo miraba, sino que además sus manos no paraban de moverse sobre un objeto grande y plano que tenía marcadas las letras (le costo algo reconocerlas, sus formas eran simples, como escritas por un niño) números y dibujitos de estrellas, barras, signos de interrogación… al lado un artilugio pequeño y brillante que Roberto acariciaba con la mano derecha como si se tratará de un amuleto. Bajo la mesa, cerca de los pies de Roberto, en un cajón gris, como un pequeño ataúd colocado en vertical, pequeñas luces amarillas y verdes parpadeaban. No reconocía el material con que estaban hechos esos objetos, parecían suaves brillantes, sin vetas como la madera, ni asperezas metálicas como el acero o el hierro.

Cansado de esperar la atención de Roberto un día hizo un intentó nuevo. Deseo colarse dentro de Roberto para ver que era lo que tanto le atraía de esa caja. Si tuviera ojos aún, los habría cerrado muy fuerte, si respirara, se hubiera llenado el pecho de aire, si tuviera músculos los hubiera contraído con fuerza. Y así preparado hubiera dado un salto hasta sentarse en el regazo de Roberto y lentamente fundirse con él… ¡Lo había logrado! su esencia se introducía entre los diminutos huecos invisible al ojo humano de la piel de Roberto. Estuvo a punto de echarlo todo a perder cuando sintió la solidez de la carne de este cerrándose en torno a su espíritu, el peso de sangre y músculos sobre él. Acumuló toda su energía y su valor y permaneció quieto en aquella prisión, demasiado caliente, demasiado oscura para su gusto. Se concentró en poder ver a través de los ojos de Roberto, y cuando al fin lo hizo, cuando puedo abrir unos ojos que no tenía, se encontró mirando con el muchacho el objeto que le robaba su atención. Se dio cuenta de golpe, que era una especie de ventana abierta a mundos extraños. Robando palabras aquí y allá de la mente de Roberto, descubrió que en la “pantalla” aparecían artefactos raros, formas irreconocibles, colores imposibles… y que saltaba rápidamente de un mundo a otro. Ahora lo que aparecía le era más familiar. Figuras de hombres corrían de acá para allá, armados de pesadas espadas, con enormes caballos, pendones con figuras mitológicas, banderines ondeando en un viento inexistente.
¡Ah! ―Se dijo― son como dibujos en movimiento. Como cuadros y esas figuritas que corren por el campo de batalla parecen vivos, pero no lo están. ¿Pero que hace con ellos? ¿Los controla? ¡Sí! Con el talismán de la derecha y con las letras de ese objeto raro donde posa las manos. ¿Será un invento del diablo?
El fantasma piensa un momento y decide que no, que eso es algo humano, ahora entiende mejor a Roberto. ¡A Simón y a él les hubiera encantado tener algo así! Aunque pensándolo bien, Roberto no se movía de la silla, no movía un músculo mientras que cuando Simón y él aprendían esgrima sentían a su cuerpo responder ante las órdenes de su mente. Los músculos flexibles y bien engrasados, el sudor corriendo libremente por la cara y la espalda, las piernas rápidas, el choque de los floretes repercutiendo en el brazo… perseguirse durante horas el uno al otro, hasta que el cansancio dulce y embriagador podía con ellos…
― ¡Dios Bendito! ¿Qué es lo que Roberto visualizaba ahora en la ventana? ―el pequeño fantasma se refugió escandalizado en la oscuridad de la cabeza de Roberto, para emerger poco después y contemplar incrédulo a través de los ojos de Roberto a… ¡Mujeres! ¡Mujeres desnudas! No es que él, cuando estaba vivo no hubiera empezado a interesarse por las mujeres, espiado sus escotes o entrevisto algún tobillo. Pero aquello… Esas mujeres se movían detrás del cristal, parecían vivas, criaturas del infierno. Una de ellas extendió la mano y pareció querer salir de la pantalla. El fantasma se asustó tanto, que en medio de una explosión de energía huyó del cuerpo de Roberto. Golpeando con su núcleo vital el tablón de las letras, borrando la imagen de la pantalla. Roberto, más sorprendido que asustado, se vio desparramado en el suelo. ¡Había notado la fuerza del fantasma al salir de su cuerpo! No solo eso, está había sido tan intensa, que lo había tirado al suelo desde la silla y ahora contemplaba boquiabierto como una pequeña forma de luz, intensa y radiante en el centro y difusa en el contorno se movía sobre su ordenador. Incrédulo parpadeo, pero la luz, como una pelota deformada seguía allí, moviéndose por el teclado, rebotando en la pantalla, golpeando la unidad del PC.

El pequeño fantasma ni siquiera se dio cuenta de que Roberto, por fin, lo veía. Acababa de descubrir que si concentraba su voluntad, él también podía jugar con ese objeto extraño que secuestraba la atención de Roberto. Sentía el pequeño fantasma como todo a su alrededor vibraba y lo alimentaba. Las luces de la habitación, la extraña ventana, la caja gris y su pequeña lucecita verde…

Roberto, gritó asustado sin poder moverse del suelo. En la puerta de la habitación apareció Elena. La niña miró la forma enloquecida del pequeño fantasma y rió. Se acercó a su hermano y le puso la mano en el hombro.

―No tengas miedo. Es el fantasma que vive aquí.
― ¿El fantas…? ¿Cómo que el fantasma que vive aquí? ¿Tú ya lo habías visto?
― ¡Aja! No quiere jugar conmigo, solo le gustan mis historias, no quiere disfrazarse ni jugar con mis hadas. Él es bueno, se sienta a los pies de mi cama y me escucha. Nunca le había visto así. Es divertido, tiene muchos colores.
De súbito la estancia se lleno de silencio. El zumbido incesante del ordenador había parado por primera vez desde que Roberto y su padre lo instalaran. El fantasma aún rodeo al objeto varias veces hasta convencerse de que la ventana había quedado oscura y silenciosa. Si hubiera tenido cuerpo, se hubiera detenido jadeante, observando el cambio. Así sintió como las ondas de energía iban calmándose poco a poco y que las condensadas partículas iban expandiéndose hasta recuperar su forma y tamaño habitual: la pálida y transparente forma de un niño que había muerto cuando estaba a punto de cumplir trece años. En vida fue un muchacho alto, desgarbado. De piernas demasiado largas y manos torpes. El pelo negro siempre revuelto y luminosos ojos grises. Ya muerto había conservado esa imagen tenue de si mismo, hasta el día de hoy…

―Fantasmita, fantasmita ¿Estás bien?
La voz de Elena flotó hasta él. Roberto estaba sentado en el suelo, en el extremo más alejado de la habitación y la niña tenía una mano sobre su hombro y lo más importante: ¡Ambos le miraban! ¿Roberto le veía? ¡Sí! ¡Por fin! Se deslizó por la habitación hacia ellos, ante la mirada espantada del niño vivo, que intentó retroceder. El fantasma se detuvo. Elena susurró a su hermano:
―No tengas miedo, no te hará nada. Él juega también con nuestro hermanito y nunca le ha hecho daño, a mí tampoco.
―Pero… ¿Has visto lo que ha hecho? ¡Me ha tirado de la silla! Y ha roto mi ordenador. Está… loco. ¿Y si me quiere hacer daño a mí? O quiere mi cuerpo para… para…

La voz de Roberto fue apagándose. El fantasma se quedo quieto, con la expresión más triste que hubiera visto antes. “¿Me tiene miedo? Lo he estropeado todo” Yo solo quiero que sea mi amigo”. Recordó la sensación de ser energía pura. Nunca antes se había sentido así, excepto quizá cuando estaba vivo. “¿Habría roto esa cosa que Roberto quería tanto?” No había sido su intención, solo que… sintió que podía “tocarla”. Contemplo sus manos pálidas, tan insustanciales que nunca, desde que murió, había podido sentir nada con ellas. Y lo había intentado; muchas, infinidad de veces. La primera de ellas, antes de entender que estaba muerto, trató de abrazar a su madre, que lloraba desconsolada, repitiendo su nombre una y otra vez: “Andrés, Andrés”. Él sabía que lloraba por su culpa. Sus manos atravesaron el pecho de su madre, sin lograr aprehenderla. Asustado se observó en el suelo, donde había caído, después de romper la barandilla del último piso. Ese verano se había sentido solo, abandonado. Simón, casi dos años mayor que él, había empezado a interesarse por las chicas, bueno, por una en concreto; una de las doncellas de su madre. Ya no salían como antes a montar a caballo, las clases de esgrima eran aburridas y Simón prefería encontrarse a escondidas con Maria que salir al prado a jugar con él. Y lo que era peor, dejó de interesarle planear bromas y juegos. Cuando él le buscaba para hacer juntos alguna de esas cosas, Simón le decía: “Ya es hora de que crezcas”. Y no, él no quería crecer. Quería que su vida se mantuviera siempre igual. Así que esa noche cuando vio a Maria subir al tercer piso, donde dormían los sirvientes, antes de que su padre decidiera cerrarlo, porque no era seguro, decidió seguirla y asustarla. Sería solo otra de sus bromas. Así que tomó del armario de la ropa blanca una enorme sábana y la caja de metal con la gran llave en la que su madre guardaba las monedas. Sigiloso, sin hacer ruido subió las escaleras hasta la estrecha galería, cerrada al vacío por la inestable barandilla, donde se abría la puerta deslucida y vieja del antiguo cuarto de los criados. Se echó la sábana por encima y agitó la caja, haciéndola sonar. Abrió lentamente la puerta y se quedó clavado en el umbral. En la tenue penumbra, iluminada tan solo por la llama inquieta de una vela, dos pieles brillaban. Andrés no acababa de entender lo que veía. Un ser extraño, desnudo, se movía sobre una vieja cama. Dio un paso atrás, la caja cayó de sus manos cuando empezaron los gritos: Agudos y finos los de ella, casi de hombre los de él.
― ¡Andrés! ¡Serás estúpido! ¡Fuera, vete de aquí!
Andrés se giró dispuesto a salir huyendo, la sábana se enredo entre sus pies, que se golpearon contra la caja. Extendió los brazos intentado agarrarse a la barandilla, que se quebró bajo su peso…

― ¿Fantasmita? ¿Estás llorando? ―la voz de la niña Elena interrumpió sus recuerdos―Mira, si no lo has roto, solo lo has desconectado. Ya va y Roberto no esta enfadado contigo.

Andrés miró a los niños vivos, Roberto se había levantado y lo miraba sin miedo, parecía apenado como si hubiera podido ver los recuerdos del fantasma. Elena estaba junto a la ventana de los mundos extraños, que volvía a estar iluminada.

Roberto se le acercó vacilante.
―Hola, yo… ¿Eres un fantasma? ¿Cómo te llamas? ¿Vivías aquí? ¿Era está tu casa? ¿Qué te pasó?

El fantasma miró asombrado a Roberto, desde que este habitaba en la mansión nunca le había visto tan “vivo”, le brillaban los ojos de curiosidad, expectante. Andrés movió lentamente la cabeza: ¿Cómo podía contestarle a esas preguntas? Ya no tenía voz.

― ¿No puedes hablar? ―dijo Roberto. El fantasma negó con la cabeza, lo había intentado antes, hacía mucho, cuando culparon a Simón de su muerte y él no pudo hacer nada para evitar que lo echaran de la casa para siempre.
―Pues… ¡Vaya! Yo quisiera saber tantas cosas de ti ―Se lamentó Roberto.
― ¡Sí que puede, sí que puede! ―gritó saltando sobre sus dos pies Elena.
El fantasma y Roberto se giraron para mirar a la niña que seguía en pie delante del ordenador; con la cara roja e iluminada como si estuviera a punto de estallar.
― ¿No dices que apagó el ordenador? ¿Y que golpeo las teclas? Ven fantasmita, ven, que te voy a enseñar. ¿Ves esos cuadraditos donde están dibujadas las letras? Yo aún no sé leerlas muy bien, pero Roberto sí sabe, si tú…

De pronto Andrés entendió. Con una explosión de alegría se transformo en una pequeña bola de energía pura. Todos los colores del arco iris, bailaban dentro de él. Violetas, rojos, azules… recorrió la habitación a toda velocidad, rodeando a los niños, una y otra vez antes de situarse frente al teclado y golpear las teclas. En la pantalla, esta vez blanca empezaron a marcarse letras: djotnxyz. Grupos de letras sin sentido empezaron a correr alegremente ante los ojos de los niños.
―Para, para ―rió Roberto― ¿Puedes escribir como te llamas?
Hubo un momento de quietud y después, lentamente, una por una, unas letras surgieron del papel.
A N D R É S.

Fin.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Escribir es como escribirte. Hablarte a ti que me lees en la misma intimidad que yo escribo. No puedo verte, ni tu a mí. No sé a que hueles, ni a que sabes, no conozco tu piel, ni tus ojos. No sé, ni sabes tú que máscara que nos cubrirá hoy. Y sin embargo sé, te conozco. Conozco ese rincón oscuro donde habitas. Ese al que vuelves cuando nadie te mira, cuando ni siquiera yo estoy. Conozco esos muros que protegen al ser desnudo que ocultas. Esa conciencia sin conciencia que pide y llora y suplica. Miro entre las grietas de la muralla que tanto te costó construir. Y allí, temeroso, le encuentro. ¿Qué podría decirle a ese pequeño ser para que dejara de temblar? Sonríes, lo sé. Crees que no hay nadie que pueda llegar a ese lugar. Donde guardas la angustia, el dolor, el egoísmo brutal, la envidia enconada, a ese animal indefenso sin las mentiras que cubren tu cara. Sientes que si tiendo la mano a ese palpitante ser en carne viva, lo romperé. O aún peor, seré yo la que tenga miedo de lo que encuentre. De ese brutal centro de ti mismo, exigente, voraz, despiadado. Esperas que me aterroricen tus sueños más íntimos, tus fantasías más desgarradas, tus deseos, tus pasiones, tus odios que viven, pulsantes, ardientes a pesar de tu lucha por no dejarlos escapar, encerrados y prisioneros ante ti, tu yo diurno, de sonrisa amable, gesto cansado y mirada preocupada. Sé, sí, sé del rincón de las pesadillas, de esas que te gritan que se acaba el tiempo, que no llegas, que no llegaras. Míralo, se retuerce miserable con terror a la muerte, a las enfermedades que cada día golpean inmisericorde los cuerpos de conocidos y desconocidos, de amigos… el miedo a que ese dolor desconocido anuncie lo impensable. ¿Aún crees que no te conozco? Y que me dices de ese negro pozo donde guardas las culpas, las palabras no dichas, las lealtades rotas, la traición al amigo, las ausencias, los errores que nunca confesaste y aquel momento en que descubriste que sí, que tú también eras capaz de callar y seguir viviendo, el instante en que perdiste la inocencia de creerte distinto, otro.
Sí, sé como tú de las ausencias lloradas y malditas, de los deseos mordidos, de la ocasión que dejaste escapar cobarde hasta el fin. Sé, sí, de las eternas muertes robadas a fugaces instantes, a felicidades muertas, a rutinas podridas. Sé de los te quiero dolorosos y vacíos. Sé del yo perdido en el sexo mecánico envuelto en la perfidia del pensamiento, anhelante, blasfemo de un amor secreto.
¿Te asustas? No lo hagas. Yo sé, sí. Dentro de mí existe un lugar parecido, una muralla parecida, un ser que tiembla y vive en la oscuridad; desnudo y solo, tembloroso y en carne viva.

jueves, 5 de noviembre de 2009

El peligroso mundo de los aguacates (provisional absolutamente)

Me he casado con un descuartizador de aguacates. Ya comprenderán que mi matrimonio
es un fracaso. Nos hemos casado mayores y yo, al menos un poco a la desesperada. Y he descubierto que mi marido está obsesionado por los aguacates.
Se levanta cada día a las seis de la mañana, camina media hora atravesando seis calles, dos avenidas y una vía de tren sin paso nivel para llegar al mercado.
Y lo peor no es que encienda la luz, abra los grifos del baño, susurre y murmure mientras saca su ropa del armario, no. Lo peor es que me obliga a ir con él. Por mucho que yo duerma profundamente o lo finja, me aferre a mis sábanas y a mi hueco caliente en la cama. Él, empuja, estira y arrastra hasta que me encuentro bajo la ducha, desnuda y recibiendo agua helada sobre mi pobre cabeza hasta los pies, creando en el camino escalofríos a lo largo de mi espalda. Por eso conozco tan bien el camino que sigue para ir al mercado. Voy medio aterida aún, columpiándome del brazo de este hombre, por las calles aun oscuras, medio trotando para mantenerme a la altura de sus zancadas desiguales.
Cuando llegamos al mercado empieza la representación: el frutero, bizco, medio calvo y redondo es una naranja con una sonrisa indecente, por lo amplia a esas horas de la mañana. Ya le tiene seleccionados quince o veinte aguacates entre los que él, mi marido elegirá cuatro para llevarse a casa. Los toma entre sus manos grandes; llena de pelos negros que asoman desde el puño de la camisa alcanzando a colonizar las primeras falanges de los dedos cortos y gruesos. Es curioso ¿Saben? Nunca me había fijado tanto en sus manos. La piel verde oscura de esos frutos les dan el color de la carne cruda. A lo que iba; los sospesa en la palma de su mano, los presiona levemente con la yema de los dedos, los huele, los observa… y en ese momento hace algo raro, pero que muy raro: Entrecierra los ojos y los fija primero en el fruto y luego en mí y vuelta de nuevo al aguacate. Con cada uno de ellos. Me pone nerviosa, la verdad. Yo no soy una belleza. Lo sé. Lo único que los años no han desarrollado en mí son los pechos. La cintura ha engrosado solo moderadamente, pero el verdadero paso del tiempo se ha acumulado en mis caderas, los muslos y el culo

Cuando termina este proceso de selección, se los tiende a la Naranja, digo, al frutero que los envuelve con cuidado en papel marrón antes de meterlos en una bolsa de plástico.

Ahora que lo realmente malo, llega cuando volvemos a casa. Se dirige a la cocina, con su bolsita en la mano. Saca los aguacates, los coloca sobre el banco y me mira expectante.
La primera vez que me lo pidió me pareció un detalle tierno, pero últimamente siento una desazón y un pica pica por todo el cuerpo que… Verán me pide que me ponga un vestido que me compró durante nuestro corto noviazgo. A mí me parecía horroroso, pero le vi tan ilusionado, tan contento cuando lo encontró y me lo probé… es ceñido en el pecho y amplio en las caderas, realzando lo que ya de por si y por naturaleza esta más que realzado. Y de un feísimo y extraño verde terroso. Nunca tuve una prenda de ese color, que hace parecer a mi piel más aceitunada de lo que es.

Así que cada día recorro más lentamente el pasillo estrecho y tristón que lleva a nuestro cuarto. Me pongo el vestido mientras le escucho cantar a voz en grito entre el chapoteo del agua con la que lava los aguacates.
Cuando vuelvo me mira con una sonrisa toda dientes. En una mano sostiene la corta puntilla afilada y con la otra mantiene en posición vertical a un pobre aguacate. Lo corta a lo largo, presionado el filo contra él. Puedo presentir la ligera resistencia de la piel dura del fruto y la facilidad con que la carne amarillenta, grasa, del interior se deja cortar. Noto cuando llega al corazón del aguacate, con un “toc” apagado del cuchillo contra él. Lo mueve alrededor del hueso hasta partir la fruta en dos. Después, la agarra con ambas manos y va girando en sentido contrario cada parte hasta separarlas. Las deja sobre un plato y da un golpe seco con el cuchillo en el hueso, que salta a la encimera. Con una cucharilla separa con cuidado la carne de la piel. Deja al aguacate desnudo y expuesto en el plato. Aquí se detiene, reflexiona y elige como lo troceará.

Y les confieso que lo que de verdad, de verdad me asusta es que mientras realiza toda esta operación repite una y otra vez las mismas palabras:

―”Soy un descuartizador de aguacates.”
Des-cuar-ti-za-dor.

Puedo ver esa palabra surgiendo de su boca. Dibujada como las letras de un niño: lentas y concentradas.
El golpe seco de la D contra los dientes; la S dejada caer; la amplia apertura de la A al lanzarse sobre la I, la vibración alargada de la R final…. Desss-cuAr-ti-za-dorrr.
Y sé, yo sé, que después de contarles esto ustedes entenderán porqué mi matrimonio es un fracaso.
Fin.

domingo, 1 de noviembre de 2009

UNO DE NOVIEMBRE

Día de todos los santos, de las ánimas benditas. Día de recuerdos. Desde que he podido elegir no he sentido la necesidad de visitar a mis muertos en sus nichos. Ni de cambiar flores polvorientas de plástico por flores de plástico sin polvo. Siento tristeza, sí, las pocas veces que visito un cementerio. Leo las frases mortuorias, busco las fotos y las fechas. ¿Morbo? Es posible, pero también historias imaginadas a partir de esos datos tan escasos. Lo hago desde que tengo memoria, desde esa memoria que me devuelve vestida con traje de domingo de invierno. Nuevo. Recién terminado por mi madre. Largas horas inclinada sobre la máquina de coser, somos cuatro hermanas que estrenamos. Evoco días calurosos como el de hoy. Con la rebequita puesta y el sudor en mi cuerpo de niña. Contención del impulso de correr, de reír con mis hermanas en este inmenso parque de tumbas. Mi padre alzando la voz llamando al orden. Un “May, no corras, espérate ahí” que es la frase que recuerdo de las salidas familiares.
Mi madre encendiendo “lluminetes” unos días antes, en recuerdo de las almas. Llamado a las almas me parecía a mí. Levantarse de noche al baño, cruzar delante de la cocina y observar con recelo las sombras parpadeantes que creaban las lucecitas en la oscuridad. La mañana de hoy, uno de Noviembre, camas bien hechas, extendidas al límite, tirantes para ―según mi madre―saber por las huellas dejadas en ellas, si los muertos nos habían visitado.
No, no necesito cementerios ni flores para recordar a mis muertos. Ellos seguirán para siempre conmigo. El beso a la frente congelada de mi padre. La última visión del cuerpo hinchado de mi madre. La conciencia aguda de que esas formas de carne cruelmente parecidas a quienes fueron horas antes, ya no eran.

jueves, 29 de octubre de 2009

APETECER

Acaba de despertarse. Extiende la mano y coge el móvil, rojo e indiferente de la mesilla de noche. Un mensaje que no estaba la noche anterior. Palabras. Una por una entran en su retina. Congelan sus ojos que ya perdieron las lágrimas hace tiempo y se vierten en un latido de su corazón. Corren como trocitos de hielo en su sangre. Invaden brazos, manos, dedos, estómago… llegan a los pulmones ahogándolos cuando consumen su oxígeno. Pierde sensibilidad en las yemas de los dedos que guardan memoria de su piel. Sus pensamientos mueren a cada golpe que las palabras le propinan. Entre ellas, una asesina su alma, cose su boca, ata sus manos.
Cinco años de pasión, rotos y cosidos y vueltos a romper. Llenos de felicidad, de vida, de dolor. Pasión intensa, doliente. Felicidades, éxtasis perdidos, paraíso violento. Ángeles flamígeros en constante lucha. Cinco años de intensidades perdidos para siempre. Quebrados hasta los recuerdos del amor que se fue.

¿Quedamos mañana? Me apetece volver a verte por última vez.

Apetecer; No necesitar, no desear, no anhelar, no ansiar.

Apetecer, verbo asesino de almas, de deseos, de pasiones. Entumecedor de cuerpos, helador de manos, creador de yermos.

Ella no respondió. No pudo. El verbo creó el silencio.

FIN

sábado, 17 de octubre de 2009

ALMAS

Almas

Mi mirada se perdió en la tuya. No, no te conocía. Durante un momento tus rasgos clásicos, frente, nariz, mentón, boca me confundieron. Sólo tus ojos, líquidos, cálidos, castaños, volvieron a ser conocidos para.

Me miraste, por un momento reflejaste idéntica confusión en tu cara. Pensé... No, ni un pensamiento consciente pasó por mí. Un aroma a sal marina, a algas, a húmeda arena, a mar, surgió de ti y de mí. De nuestras miradas perdidas la una en la otra.

Mi mente se pobló de millares de imágenes, superponiéndose, solapándose unas en otras. Cuerpos, bocas, manos distintas, presididas por esos ojos castaños, soñadores, apasionados, clavados siempre en los míos. Miles de formas y momentos brotaron y crecieron en mi interior. Mi alma y mi sangre vibraban por ti.

Mi cuerpo sabio respondió, la humedad en mi sexo, la palpitación de mi vulva abriéndose instintiva, mis pezones irguiéndose, frunciéndose en la espera ansiosa de la caricia conocida. Temblé.

Sin poder apartar mi mirada de la tuya, imágenes de tus cuerpos desnudos retorciéndose contra los míos. De tus manos avanzando hasta mis sexos, acariciando, presionando, jugando con mis clítoris mojándose con mis jugos. Incontables lenguas, tus lenguas perdidas en mis bocas. Girando, danzando, lamiendo. Tus dientes en mis pieles, blancas, frescas, oscuras, elásticas. Mordiendo, apresando los pezones, devorando mi cuello, mi vientre. Estremecimientos sentidos en miles de pieles aún vivas en mí recorrieron mi cuerpo.

Mis piernas tensas, anhelantes, vivas recordaron las veces que fueron abiertas por tus manos, las veces que tus caderas se alojaron entre ellas. Mi sexo palpitó enloquecido recordando las penetraciones salvajes de tus falos henchidos, duros, dentro de mis líquidas, oscuras, cálidas profundidades. Mis caderas sintieron tus manos miles de veces agarradas a ellas. Mi alma y mi ser implosionaron en un orgasmo antiguo, nuevo, poderoso, mil veces multiplicado en el tiempo.

―Hola ―dijiste ofreciéndome tu mano― Soy Javier.

Fin.

viernes, 16 de octubre de 2009

ÁNGEL OSCURO

Medio sentado en el taburete, con las largas piernas cruzadas y los codos apoyados en la alta barra que tenía detrás. Lucas contemplaba su local como un cura sin fe miraría su iglesia llena de fieles.
Las mesas se escondían en la penumbra, iluminadas por pequeñas luces situadas en el techo y las paredes de colores cambiantes. Rojos, azules, verdes… daban a la gente que las ocupaban un aspecto infernal. La rubia inclinada sobre una de las mesas ofreciéndose al hombre cargado de cicatrices que le acompañaba, como un cordero pascual, bañada en luz carmesí. En otra, tres jovencísimos acólitos de alguna religión extraña se mantenían hieráticos envueltos en sus hábitos de cuero negro, caras fluorescentes entre destellos amarillos y naranjas. Más allá, al borde de la pequeña pista de baile, un hombre sólo, levanta su cáliz mientras mira los cuerpos que se retuercen consagrados a la música estridente que los eleva, sumergidos en la misma epifanía vibrante que les rodea. Destellos blancos traen a sus ojos imágenes fijas de ojos cerrados, gotas de sudor, bocas suplicantes, manos crispadas; rostros que invocan al dios y los santos de la noche.
A la derecha de Lucas, un grupo de mujeres, beatas aferradas a los cuellos de sus abrigos de pieles muertas, aceptaban las carísimas ofrendas servidas por Maria, la sacerdotisa nocturna, en el altar de la barra, sin dejar de vigilar asustadas y expectantes a su alrededor Un hato de ovejas que desean con desesperación un lobo que no llegará.
Deslizo la mirada por los seres que esperaban de las manos de las camareras su particular sangre de cristo que les haría renacer al mundo peligroso de la noche. Sus ojos tropezaron con una figura envuelta en ropajes oscuros, un pañuelo negro enmarcaba la cara blanquísima de una mujer. Rasgos duros, la nariz recta y fina, cejas negras y labios plegados en una sonrisa doliente, torturada. Con la cabeza inclinada y las manos apretadas contra el pecho le recordó el icono de una virgen rusa. Sintió una agitación leve en las aguas oscuras de su interior. Y se preguntó si sería la víctima propicia a inmolar en su cama esta madrugada, con la que intente aplacar a su dios de los recuerdos y las culpas.
La joven levantó expectante la mirada, sus pupilas negrísimas pasaron leves por el, hasta fijarse en la puerta del local. El perfil puro, recortándose luminoso contra las sombras indefinidas de los seres pegados a la barra. Unió las manos sobre su pecho en una inconsciente actitud de rezo. Curioso Lucas, siguió su mirada. El corazón se le detuvo… uno, dos latidos antes de volver a golpear con fuerza contra su pecho. La música violenta y dura de su paraíso nocturno. Los murmullos, los gritos de sus pobladores quedaron en suspenso. Un silencio lleno de gracia descendió sobre él. Allí ante la puerta, una aparición: Ella. Vestido blanco, virginal contra su cuerpo de ángel oscuro. Los ojos verdes y líquidos atravesando la distancia entre ellos. Lucas se inclinó en su taburete, buscándola. Consciente de pronto de sus manos, de las yemas de sus dedos deseosos, implorantes por sentir el tacto de la piel morena que hacía que su alma cayera en éxtasis. Deseo, placer, dolor a cada paso seguro y firme de la mujer.Aabsorbía las luces y las sombras del local, dejando tras si una extraña oscuridad formada por cuerpos que se tendían hacia ella, por miradas de salvaje arrobamiento.
Lucas se levantó, acercándose a ella: bebiendo de sus ojos: leyendo en ellos la respuesta a sus anhelos, a las pequeñas muertes de cada amanecer, la redención de los pecados que le acosaban cada noche eterna. La mujer le miró, sus pupilas: un universo de luces doradas en un mar verde. Sonrió: blancos dientes contra labios amatista. Alzó su mano ante él, dedos alargados y finos le rozaron la mejilla. Escarcha abrasando su piel siguiendo el camino del leve toque de esos dedos en el cuello, en el corazón. Palabras como obsidianas dejadas caer cerca de su oído: No, hoy no eres tú quien me llevaré. La desesperación negra y pesada naciendo en la boca del estómago. La risa leve, sin alegría que nace en la garganta divina antes de elevarse sobre sus diminutos pies y hacerse más grande que la vida misma y dejar caer un solo beso sacrílego sobre los labios de Lucas, antes de apartarlo y continuar su camino. ¿Cuándo entonces?― Preguntó él. La respuesta llegó a su mente sin que ella girara la cabeza, sin volverse a mirarlo, trazándose dentro de él, en su alma, en su sangre: Pronto.
Lucas la siguió con la mirada, su cuerpo clavado en el suelo, inmóvil abrazando la promesa hecha: Pronto. La vio acercarse a la joven de tez blanquísima Las manos de ambas se unieron, oscuridad contra luz. La joven se abandonó en el cuello de la diosa, ocultando el rostro. El pañuelo que envolvía su cabeza, resbala sobre el pelo rubio, casi blanco hasta caer a suelo, al pie de la barra. Ella la acogió, soltando sus manos, en un abrazo. Una virgen antigua con una niña dios contra su pecho. Iniciaron una danza atávica, íntima, de movimientos casi imperceptibles, piel con piel, torsos y caderas frotándose en un acople perfecto. Su miembro se agitó, el aliento atascado en su garganta, la necesidad comiéndoselo como un pequeño animal de dientes agudos en su interior.
Las manos de la mujer se trasformaron de súbito en garras sobre el cuero grácil de la joven, rasgaron la ropa buscando la carne. Se aferraron a los brazos desnudos dejando hilos de sangre antes de subir hasta su cara, alzándola. Dejando expuestos los labios tiernos y entregados, que tomó hambrienta entre los suyos.
Lucas sintió en él la arremetida fatal de la lengua inhumana, saboreando, robando la calidez ardiente del interior de su boca. Los párpados cubrieron sus pupilas, un orgasmo inesperado, restalló en su sexo haciéndole caer de rodillas, boqueando, jadeante. Desde el suelo una última visión: La mujer y la joven pasando a su lado, un destello de ropas negras y blancas moviéndose hacia la puerta, buscando la noche exterior. Una mirada verde sobre un hombro perfecto y una última sonrisa llena de tristeza: Pronto… volveré a ti.
.
FIN