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viernes, 19 de octubre de 2012

San Viernes


Es viernes. San Viernes como dice una de esas imágenes compartidas que pululan por el facebook. Llevo unos días pensando en lo harta que estoy de que la crisis sea el telón de nuestras vidas. De iniciar cada día con la venta de la deuda (endeudándonos más en el proceso), con las subidas o bajadas de la bolsa y con la prima de riesgo. Llego incluso a parar en el curro para prestar atención a la puta prima. 

Estoy cansada de que todo gire alrededor de unas cifras. De que nos bombardeen con estadísticas, cifras del paro, subidas de impuestos y mentiras.

Me pone los pelos de punta pensar en aquellos que tienen el deber, sí, el deber de protegernos y que no hacen más que esquilmarnos de las formas más variadas, mientras se niegan a lavar los “trapos sucios” de su casta, en público, no vaya a ser que en algún otro momento necesiten que otros les echen una mano para ocultar los propios.

Me enfada que me hagan pagar una deuda que yo no he contraído. Mal que bien, voy pagando las propias como he hecho siempre.

Me molesta muchísimo que me digan que “hemos vivido” por encima de nuestras posibilidades: ¿Quiénes, Señores? Es más: ¿Alguien puede aclararme cuáles eran esas posibilidades? Me repatea que se haya convertido en un mantra y que la única explicación que me den es la de ese constructor/obrero con un chalet y un cochazo en la puerta, que ahora llora porque se lo van a quitar. O que la gente se permitía el lujo de irse de viaje. O que contraían hipotecas para cuarenta años o que la gente es tan capulla que quiere un piso propio.

Los pobres no deberíamos levantar la mirada del suelo. Nada, nada: un pisito de treinta metros cuadrados de alquiler, los libros de la biblioteca, usar el transporte público aunque casi es mejor que camines que es muy sano y si queremos ver mundo ya tenemos la televisión, que por cierto, nos ha bombardeado con programas como: Ricas y famosas, quien vive en esta casa y alguno más como destinos de lujo. Y claro, aceptar cualquier condición de trabajo, agradecidos y sumisos. ¿Qué es eso de querer derechos y dignidad? No, hombre, no. Haz lo que te piden, abre veinticuatro horas, se consciente de “la situación”, coge tu sobre a fin de mes y sé agradecido.

No protestes, no salgas a la calle, no grites tu desesperación, da mala imagen y la prima se pone histérica y se sube por las paredes, no te unas a los tuyos que la unión hace la fuerza y te prefieren aislado. No culpes a la clase política, pobres hacen lo que pueden, pilares de la democracia. No hables mal de los bancos (o mira, sí, hazlo, para lo que te va a servir) y ni pienses por asomo en los “mercados”. Ese atajo de apostadores ventajistas que juegan con tu vida.

Y si algún día no puedes más y te suicidas, pues nada, tampoco es para preocuparse, no saldrás en las noticias.


Vaya, no quería escribir nada de todo esto. Es viernes después de un par de semanas muy duras. Solo quería decir que estoy harta de vivir con miedo al futuro que cada vez es más presente, que me influya hasta en mi manera y mis ganas de escribir y de tener que luchar por alejar la maldita ansiedad que de vez en cuando siento golpeando mi pecho. Y que quiero dejarlo atrás. Quiero, quizá, vivir como los pajarillos del Nuevo Testamento. Alegrarme de cada día que llega y cada día pasado, con fe y esperanza.

Mis disculpas, feliz viernes.

sábado, 25 de agosto de 2012

El Otro


Me pregunto si tú eres como yo, o no. Si te das cuenta cuando algo no funciona, cuando no es del todo correcto lo que piensas y lo que sientes y sabes protegerte y simular que eso no existe y llegar a creértelo.
Me pregunto si tú también piensas que estás mal y que lo tuyo no es normal. Es más, me pregunto si llegan a decírtelo, con toda la buena intención del que te quiere o la mala baba del que cree que le engañas.
Me pregunto si tú también te das cuenta de que no puede ser cierto lo que dicen, porque tú no lo sientes o si eres tú que no entiendes nada y porque todo está al revés de lo que tú interior te dice.
Me pregunto si tú te has dado cuenta de que todo es ilusión y que su poder solo reside en que te han repetido mil veces que no puedes cambiarlo.  Si te has dado cuenta que en realidad el muro no existe y su única solidez es creer en el.
Me pregunto si alguna vez has alargado la mano probando los ladrillos invisibles que ayudaste a otros a construir a tu alrededor. Me pregunto si te has sorprendido al darte cuenta que ceden y temeroso has guardado tu mano por miedo a perderla en ese vacío desconocido que está allá fuera.
Me pregunto si miras a los ojos de la gente y ves el miedo y la sonrisa falsa que lo cubre.
Me pregunto si estás allí y ya lo sabes. Que no hay blanco ni negro, ni buenos ni malos, ni amores ni odios. Si has descubierto que está en su mente, en su forma de mirar o no mirar. Me pregunto si cierras los ojos y sabes que también ellos están dentro de ti, luchando contigo, rompiéndote entre lo que ves y lo que sientes, lo que es normal y lo que sientes, lo que está ahí y lo que sientes.
Me pregunto cuanto puedo mostrarte, cuanto revelarte hasta que sientas horror de lo que ves.
Me pregunto cuanto miedo he de pasar hasta saber los límites que puedes absorber.
Me pregunto cuanto dolor he de asumir si desconozco las normas que han de regir mis sentimientos y como saber cuanto arriesgo si soy incapaz de aprenderlas.
Me pregunto si ya sabes de la prudencia de callar a tiempo. Me pregunto si ya sabes de la soledad de callar a tiempo.
Me pregunto si ya sabes quién eres o si has decidido quién vas a ser.
Me pregunto si te has dado cuenta que hemos nacido en mitad de una partida que no era nuestra, un juego en el que te asignaron tu papel antes de saber si querías jugar: eres mujer, eres hombre, eres rico, eres pobre, eres bello, no lo eres, has nacido aquí, has nacido allá pero vas a tener que sentir de acuerdo con tu personaje.
Me pregunto si ya te has dado cuenta de que ese personaje que te han asignado es solo un espejismo.  
Me pregunto si estás ahí… Me pregunto si me escuchas… Me pregunto si tú también lo sientes.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Mañana de miércoles

Escribo. Sigo escribiendo en la soledad de la madrugada. Me cuesta estos días meterme en ello, pero hoy no. Me he despertado, ya hacía mucho que no sucedía, pensando en lo que tenía que hacer mi personaje. Como salir de la situación en la que le he puesto y que quiere hacer, al menos de momento. No sé si llegará a ver la luz, pero de momento le he cambiado el nombre, porque sentía que el anterior no estaba del todo ajustado a ella. Manías, supongo. Alguna vez lo hago, no es nada fácil o por lo menos no lo es para mí ese bautizo. Intento buscar siempre nombres sencillos, que podrían ser usuales o no, pero que tengan algo que me atraiga. Es un proceso mental complicado y ahora al reflexionar me doy cuenta de que no he descrito a los personajes, puede que porque los tenga claros en mi mente o porque no lo considere importante. Sé que es un error. Y quiero subsanarlo, quizá mañana.

Es una sensación agridulce. He vuelto a encontrar ese lugar donde hay mundos que esperan, hechos extraños y amores que matan o mueren. Lo siento como una especie de círculo mágico, o mejor, una esfera mágica que puede envolverme entera e intenta que me olvide de mí misma.

Siempre escribo, aunque la magia no me acoja. No he dejado de hacerlo, aunque alguno de los textos hayan muerto en el primer párrafo y otros yazcan abandonados, a la espera de que vaya a buscarlos para soplar sobre ellos y darles el aliento que les falta.

Puede que piense demasiado en la realidad angustiante de cada día. Demasiados programas de radio, demasiadas noticias, demasiada fealdad y falta de fe en el futuro.

O no, o solo estoy vaga y el calor me afecta. Vete a saber.

jueves, 21 de junio de 2012

Jueves

Es jueves y hoy ni siquiera lo he intentado. No he abierto ningún documento de word, no he escrito ni una sola palabra de ficción. ¿Se habrá ido mi inspiración de vacaciones? Quizá como yo las necesite, así que no la voy a reñir. Tómate tus vacaciones y vuelve recargada de experiencias y ganas. Eso sí, vuelve. Yo intentaré seguir aquí, en las madrugadas por si acaso me haces una llamadita para decirme como estás, que estás haciendo y con quien te estas viendo. Si me estás siendo infiel, disfrútalo, llénate y vuelve. Sobre todo eso. Vuelve.

Siento la desconexión a ese mundo en el que siempre ocurren cosas. Un mundo que es ajeno a mí, pero que sin embargo está dentro de mí, aunque yo no lo viva así (sé que está dentro de mí, no soy esquizofrénica... todavía). He perdido el camino y no encuentro las baldosas amarillas por ninguna parte.

¿Qué se ha cruzado en ese camino? Veo mucho más las noticias ahora, leo más la prensa, escucho más el descontento, soy consciente de mi posición aérea, me pesa más todo. Siento una debilidad extraña que me arrastra a un cansancio físico y mental. Me cuesta ponerme las pilas, me cuesta decir ahora me toca hacer esto y hacerlo. Hasta levantarme del sofá para irme a la cama parece una decisión trascendental: "No me apetece moverme""tengo que dormir" "me duermo aquí" "No, mejor en la cama"... un diálogo interior que como se ve es de lo más interesante y productivo.
He estado picoteando de aquí y de allá, todos tenemos nuestros blogs fetiche, a veces son muy tontos, otras de temas que nos obsesionan. Yo hoy les he dado a todos. Leo en uno a una joven mujer que dice textualmente: "Soy una puta mierda"; en otro un escritor nos narra "una mirada sucia", el de los vídeos del YouTube dice: "Mándala a tomar por culo". Dejo un par de comentarios aquí y allá. Y sé, soy consciente de que es una forma de abstraerme y de no pensar. De evadirme.

Y eso, que hoy es Jueves y los jueves son blancos para mí. El día más luminoso de la semana. No sé porque ni desde cuando, pero es mi color para este día.
Si no fuera tan contraria a las listas creo que me iría bien hacer una de tareas pendientes que poder ir tachando cuando las realice.

Joder, que dispersa estoy.

miércoles, 6 de junio de 2012

Gentes que pasan

Hay personas que me resultan cansinas. Hablando, quiero decir. Y eso queriendo siempre mantener la política de sonreír, escuchar y si puedo aliviar (¿Suena creído? No es mi intención, es solo un propósito). No tanto dando soluciones que generalmente no están en mi mano, como sugirendo caminos o rutas a tener en cuenta. Dos personas en concreto me cargan mucho. Una, la conozco desde hace tiempo, incluso he salido de cena y de marcha con ella, no a solas, no lo hubiera soportado, de hecho, dudo que ninguna de las dos lo hubiéramos hecho, salimos en la buenísima compañía de una amiga en común. Con la otra, me une, digamos una relación más laboral. Ambas son mujeres, ambas son separadas, ambas tienen un hijo. Visto así parece que no soporte a un grupo bastante amplio de la población femenina (de hecho, parece parte de una de esas estadísticas que molan tanto en las noticias), pero no, no es el caso.

Justo ayer vi a las dos. Mantuve una conversación más larga con la segunda y con la primera una breve charla-saludo-por compromiso. Soy sensible a las voces, me transmiten emociones, sensaciones, sentimientos. Y la voz de estas dos me cansa, me agobian. Cuando pienso que dicen esas voces entiendo mejor el problema. Las dos hacen de un problema un mundo, y del mundo, un problema. Una se arrepiente, después de doce años de divorcio y la otra está en tramites y palabras textuales: "Él me puede en todo". Se rebozan en la culpa y el miedo. No levantan la cabeza y miran el horizonte, no buscan opciones, ni quieren escuchar otra cosa distinta a sus pensamientos. Pensamientos que traducen a palabras, que repiten y repiten y repiten sin cambiar una coma ni un punto, sin avanzar ni un milímetro ni atreverse a reírse de si mismas.

Siendo cruel (me doy cuenta de que a veces puedo serlo) diré que no puedo con sus vocecitas extremadamente dulces, infantiles casi suplicantes. Sus suspiros, sus medias frases, sus "no puedo"... que me dan ganas de sacudirlas, de pedirles que levanten la voz, que la afirmen, que griten si es necesario, que abandonen esa actitud de derrota, Joder, que luchen. Que la vida es lo que tiene, que la felicidad no es obligatoria y que no, por mucho que se llore no vendrá mama a consolarte, ni te arropará cuando tengas frío. Que los príncipes azules están caducados y nosotras no somos princesas. Que afilen la espada, la propia, y luchen contra sus propios fantasmas, Coño! Que hagan algo más que sobrevivir.

Lo que sé, ahora bajando el tono, es que son contagiosas. Ayer después de hablar con ellas me sentí más cansada, más triste. Como diría mi amiga Mai (con i latina) son tóxicas. Se llevan la alegría y te dejan a cambio el pesar.

miércoles, 11 de abril de 2012

Extrañamiento

Ayer, sin venir a cuento me asaltó una sensación muy rara. Estaba preparándome para la cama. No hacía mucho que había llegado del taller de Cuentos Infantiles, la cervecita con el profe, que me ha dejado admirada por sus proyectos (ánimo, Gin), cuando sentada en la cama, quitándome las botas, paso previo para desnudarme, me invadió algo que podía llamar "el extrañamiento". Decir irreal sería poco. Sentí como si estuviera dormida y soñando. Como si la vida que llevo ahora, mi vida, fuera uno de esos sueños detallados y locos que tengo de un tiempo a esta parte. Y lo peor: la sensación de ir a despertar en cualquier momento. Con él a mi lado, levantándome de nuevo en silencio, refugiándome en amaneceres imposibles en el cuarto pequeño con su tabla de plancha y la pantalla insustancial hasta que la camisa por planchar me reclamara, las tareas cotidianas me presionaran y se me diera los buenos días al grito de: ¿Qué camisa me pongo hoy?.
De vuelta a la confusión y a la culpa, al no sé repetitivo y aberrante, al convencimiento de que nunca podría cambiar lo que ya estaba hecho. Borrando todo el esfuerzo, todo lo aprendido, todo el dolor causado, recibido, el miedo a no poder, no ser capaz de dar el paso de ser yo misma, de dejar de engañarme, a seguir viviendo bajo el agua.
No había tenido tiempo de mirar atrás. Demasiado ocupada en sobrevivir a mi día a día, lidiando en demasiados frentes abiertos, tratando de flotar cuando era imposible nadar, aferrándome a mí decisión de dar un paso tras otro.

No estaba, quizá sería mejor decir, no estoy, preparada para este "extrañamiento". Me pilló de sorpresa, ni siquiera sé que pudo desencadenarlo.
Pero hoy estoy aquí y mi vida, la mía, sigue.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Naderías.

Soy de las que piensan que cada día tiene su qué y su por, aunque las horas sean las mismas y cualquier observador medianamente entrenado (O cualquiera que se tome la poco interesante tarea de hacerlo) podría seguir mi horario al dedillo, incluso hacerse el encontradizo o salirme al paso. Cada día tiene su punto, de hecho cada momento del día lo tiene. Nada es ni siquiera remotamente parecido. Ya hoy, a está temprana hora, me he levantado una hora antes, con la sana intención de dar un repaso a un relato o continuar con el que tengo a medias. Ni una cosa ni otra. Lo siento Dr. House, a este ritmo no voy a tener los deberes hechos. Ni idea de porque estoy tan apática en este tema.
Ayer tarde me fui a la cama tan pronto que no solo había luz, además era intensa y clara. Me dolía el omóplato izquierdo, un poco más que toda la semana anterior, el estómago hecho polvo y una especie de dolor extraño y difuso en los riñones y otras partes de mi anatomía.A eso de la una todo junto me ha despertado. Alquen en el vaso y visita al baño. ¡Coño, la regla! ¿Será eso el motivo de mis dolores? Una manifestación extraña para quien no suele molestarle demasiado. Quizá demasiadas cosas juntas. Habrá que buscar en el libro de mi amiga Ana. Ese que te dice que si te has resfriado es porque estás confusa, si te tropiezas y te haces daño en las piernas es miedo o resistencia a avanzar.

Estoy dispersa y salto de temas como si jugara a ese juego infantil que consiste en dibujar recuadros en el suelo con tiza y tirar una piedra para saltar de un número a otro. No es una forma eficaz, cualquiera lo sabe, de escribir. Pero no importa. Después de la una y hasta las tres y media he vuelto a dormir, mejor dicho a soñar. Sueños extraños en los que salía Angelina Jolie, desconcertante en castellano castizo muy amiga de un familiar mío, en el sueño, claro. Una línea de bus, el dos, que no llegué a tomar, un tranvía que hacia paradas de lo más extrañas, con ascensor incluido, una hermana mía liada con un actor español que salía en una serie de policías, que luego a su vez se convertía en un bebe que me llevaba a casa y ¡Joder! me hablaba con la misma voz de policía mientras lo bañaba y recuerdo haberle contestado: Bueno, pero ahora al menos te he dejado bien limpio. Eso sí, acariciando la tierna piel de su espalda de bebe.

Así que cada día es distinto hasta en los pequeños detalles. Eliges ir a pie en lugar de coger el bus. Escuchas la radio y no las canciones grabadas, observas a los aparca coches y reflexionas sobre que quieren aparcar a las ocho de la mañana en un descampado, pasas frío y te subes la cremallera. Hoy se acabó el periódico gratuito y eso que es un poco más pronto. Te da tiempo a tomar un cortado y lo haces en la calle, con el cigarro de rigor y sigues pasando frío. Después una sonrisa cariñosa, un buenos días, un que susto le he dado, ¿No me esperaba? Y de nuevo a cargar el dichoso omóplato haciendo demasiada fuerza a pesar de mantener la espalda recta y las rodillas semiflexionadas, a olvidarme de mí y mis pensamientos. Recuperarlos a momentos fugaces y continuar con mi labor. Para salir al sol del mediodía, cambiar de opinión dos veces: sobre que regalar y donde comprarlo y ahora sí, coger el bus.
En fin, es lo que hay.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Confesiones

Empiezo a escribir y las palabras se me escapan, me rehuyen. Debería estar combativa. Pero hay situaciones que se alargan tanto en el tiempo que solo provocan en mí cansancio y dolor de estómago. Y aunque finja ante aquellos con los que he de hacerlo, fortaleza y determinación solo siento ganas de dormir y olvidar.

Ganas de dejar de visitar a mi abogada como cliente y quizá pasar a hacerlo solo como la relación que al final hemos llegado a tener: conocidas que se aprecian y que en cualquier otra circunstancia podría convertirse en una amistad.

Ganas de dejar de revisar papeles, cuentas, números.

Unas enormes ganas de dejar de estar obligada a ver los aspectos más oscuros del hombre con quien he convivido la mayor parte de mi vida.

Mientras escribo pienso en esa sonrisa que me lanzó en el juicio después de escuchar unas cuantas mentiras y otras pocas barbaridades. De esas con encogimiento de hombros que viene a significar: no es nada personal, las cosas son así. En aquel momento no pensé. Bastante tenía con aclarar en mi mente que coño había pasado en aquella sala.

No es esto un drama y estoy segura de que habrán personas que tendrán experiencias mucho peores, incluso he conocido alguna. Pero de momento es mi historia y la vivo en primera persona.

¿Terminará algún día? Imagino que sí, incluso vislumbro el final lo que no quiere decir que no esté pagando una factura que no tiene que ver con el dinero (de esas también pago varías, por supuesto). Una factura emocional que revierte en mi estado anímico y físico.

Ahora me vienen a la memoria palabras que algunas personas han dicho sobre mí: animosa, con buen humor, estable y el consabido: yo encuentro que lo estas llevando muy bien.

Yo no diría que soy la alegría de la huerta precisamente, pero en realidad tienen razón. Siempre he sido, no sé si decir dual, pero con capacidad para sentir diferentes emociones al mismo tiempo. De exponerme a la luz y a la oscuri dad.

Hoy, ahora necesitaba lanzar ese vómito. Dentro de un rato volveré a ser. Animosa, de buen humor, estable y como no, en previsión de la cita de esta tarde, combativa.

Eso sí, sigo escribiendo desde un portátil prestado. Las conversaciones con el señor que en teoría debe si no arreglar mi portátil, al menos decirme que le pasa, merecen un capítulo a parte, incluso un relato.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Irreflexión

Sigo llorando aunque no quiera y este día de otoño se llene de luz. Sigo sintiendo. Y no es más fácil ahora que hace unos meses.
La perdida es irreparable, las dudas arrojan sombras, destruyen sueños. Las palabras rompen la fe.La ausencia de actos mina la confianza. Los deseos se evaporan al calor de los miedos. Las verdades a medias no hacen más que ahogarnos. La pasión se quiebra y todo se baña de la misma oscuridad heladora.

El tiempo duele y mata. El conocimiento seca. Y la tristeza es la reina del invierno eterno.

Juegos de papel y lágrimas. Nubes despegando con forma de barco sobre el amanecer rosado en el mar. Olas tersas que casi no rozan la superficie que mantiene una placidez engañosa. Muerte a la deriva, ensangrentados rosas que no llegaron a florecer.

Extraños puertos que no son refugio del viento que esconden las naves en sus velas trágicas y desgarradas. Miserables harapos de lo que una vez fue una tela orgullosa, una bandera flameando al viento, apresada en un mástil que busca recuperar su dignidad.

Sombras y penumbras que juegan a ser luz, a reír ante un sol imposible. Corruptas en su esencia más oscura.

Lunas de juguete, crueles y mentirosas arrastrando tras de si el manto de la verdad. Presas de la alegría insana del loco que se complace en desarmar aquello que ama.

Sin dientes ni garras que el cazador luce como pruebas de su proeza, el animal se esconde en su cubil. Sueña agitado y temeroso en las largas noches de antaño, cuando dueño de la noche caminaba hasta el claro, para bañarse en la luz blanca de la luna, sobre sus patas mullidas, sintiendo la elasticidad del suelo en las uñas escondidas, abriendo las fauces a los aromas de la vegetación dormida, la rastro de los diminutos animales en sus madrigueras, al perfume nutritivo y cálido de la tierra. Felicidad salvaje y fiera de sumergirse en el agua cristalina a la luz cada día nueva del amanecer.
Sueña y se agita entre las estrechas paredes de su cubil sabiéndose ya atado al sol ardiente. Sin poder ser ya, nunca más, el compañero de la noche.

sábado, 13 de agosto de 2011

Sábado

Escribo, sí. Desde mi soledad y con unas copas de cava en el cuerpo. Escribo en mi cama, con la casa vacía. Por no gritar. Por no hacer lo que no debo. Escribo con las lágrimas. Escribo conmigo.
Hoy no hay nada más. Pensamientos, ideas, deseos.
Escribo por no hacer una locura. Para seguir sienta lo que sienta. Maldito exhibicionismo mío. Pero no me importa, por lo menos no hoy.

Escribo porque no olvido el tono de tu voz, ni tus abrazos. Escribo porque las alternativas que se me ocurren por la mañana no habrán sido una buena idea.

Escribo porque soy. El último sorbo de cava en la copa, aún queda en la botella. La he dejado fuera para no extender la tentación a una entera.

No sé porque beben los que beben siempre. No quita el dolor, ni siquiera lo disimula. Al contrario crece, me llena, me desespera.

En realidad no sé ser mala al estilo May. Ni siquiera sé que es eso. Mi bestia, la que me come por dentro no tiene más lenguaje que la desesperación.

No es tan interesante como parece desde fuera. Preguntadle a Heathcliff o a Catherine. ¿Les mereció la pena? ¿Para qué? ¿Por qué? Siempre me ha encantado esa historia, emocionado. Ya no.

¿Olvidaría en la barra de un bar? ¿Con alguien que no me importe nada? Se me ocurren dos o tres lugares. No se vive desde siempre en una ciudad sin saberlos. ¿Y luego qué? Quizá debería probarlo. O no. Seguro que empezaría a analizar todo aquello y acabaría asqueada. No de la fauna autóctona del local. Solo de mí.

Quizá sea mejor quedarme con mi mente, mi mundo de fantasía, mi mano y mi cuerpo. Para no variar.

Y aún mejor: No beber un sábado por la noche sola en casa.

viernes, 12 de agosto de 2011

El vino.

¿Alguna vez has tomado un vino fresquito, en apariencia suave, con ese sabor que se te queda en el paladar, que recorre tu cuerpo, se te sube a la cabeza, te da calor, emite chispas, te embriaga y te hace sentirte ligero y atrevido? ¿Qué te promete y te seduce como una cálida noche de verano? Tomas de más sin poder evitarlo, sin darte cuenta. Corre garganta abajo y a cada sorbo quieres más.
Alargas la noche casi hasta la madrugada. Cuando te metes en la cama y apagas la luz empiezas a pensar que quizá te has emborrachado más de lo que creías, todo da vueltas incluido tú hasta que consigues una posición relativamente cómoda y el cansancio junto con el alcohol te vence y duermes... Suena el despertador, dos horas o tres después. Y gimes, tienes los ojos arenosos, te duele el estómago y la cabeza te late anunciando una intensa migraña. Tienes que levantarte, no hay otra. Ha empezado tu día real. Te espera tu trabajo, tus responsabilidades y tu vida. Así que no tienes más remedio que arrastrarte a la ducha, prepararte café muy cargado y echar mano (una mano no muy firme) al cajón de las medicinas. Sabiendo que pagarás las consecuencias y que quizá no sea solo durante unas horas.

Amas esa chispeante embriaguez que te aligera la mente y el alma. Pero te dices a ti mismo: no más. Buscas la calma, el silencio y la paz hasta que pasen los peores efectos. Y te repites de nuevo: no más.

Existen personas como ese vino. Añoras su sabor y lo que te hacen sentir. Y causan tantos estragos en ti como el día siguiente de una borrachera.

Es muy temprano y he dormido poco. El día será largo. Ya he tomado la mitad de mi café cargado. Pronto buscaré un Ibuprofeno para aliviar mi dolor de cabeza.


sábado, 9 de octubre de 2010

ELLAS

Somos putas viejas. Cansadas zorras que ya no importan, que no pertenecen a nadie. Sobreviviendo a cambio de la dignidad y el orgullo.
Aves sin plumas. Seres exóticos sin jaula.
Coños ajados, desnudos y expuestos. Medias rotas, tacones de aguja jodiendo el alma.

Putas sin decoro. El destino colgado de una bragueta sin nombre.

Perdidas en la noche, ojos asustados pintados de negro.
Venas rotas en muñecas marcadas.
El amanecer gris, áspero de una noche otoñal borrando los dulces recuerdos del radiante sol de agosto.
Manos ardientes, corazón helado y hambre en las entrañas.
Putas sin nombre, de sexo exhausto y corrompido.

Vanas, sucias. Tristes ecos vacíos.

Somos nosotras. Las rameras muertas. Abandonadas al fin por el tiempo:

Las esperanzas y las ilusiones

domingo, 1 de agosto de 2010

Díficile ponerle título a un vómito.

He dormido poco. Unas horas en la inconsciencia bendita sin sueños. Oscura y calma. Me he despertado temprano. No tanto como lo hacía. El cansancio, el puto cansancio que siempre llevo encima, las ausencias, las traiciones, las vejaciones, las acusaciones, las torpezas, el dolor, las mentiras, el desprecio hacen mella enestas cosas fragáiles del sueño.
Estoy aquí y escribo porque sí, porque lo necesito, porque me hace falta. Porque siento tanto que no puedo contenerlo dentro de mi piel y tiene que salir y explotar como un grano infectado y su reguero de pus y sangre.
Porque soy a mi pesar y pesar de quien sea, yo. Real. Dolorida, imperfecta, culpable de querer creer.
Desconcertante y confusa ante mi misma.

Con todo esto, esta mañana me ha dado por pensar en las redes, los círculos, los amarres. Esos que existen en mi vida y que no agradezco lo suficiente. Mis amigos, mi familia. La gente a la que le importo. Que comprende y espera, que me tiende una mano, que me escucha. La gente que se limita a decir ante mis rarezas: son cosas de May y siguen ahí. Soy afortunada porque están.

Hoy es un día extraño, importante, difícil. Muchísimo más difícil de lo que yo habría podido imaginar. Pero si algo he aprendido (a costa de golpes, lo reconozco) es que pasará. No seré feliz, conozco bien la diferencia (eso también lo agradezco, cada momento de felicidad es un pequeño milagro que no nos sorprende lo suficiente) pero sobreviviré. Y dentro de algún tiempo, en algún momento en el futuro encontraré cierta calma.
Ahora estoy girando sin orden sin concierto, violentamente en el cono de un huracán. Zarandeada, perdiendo partes de mí en el proceso.

martes, 27 de abril de 2010

La llave

Si decidió dar por bueno el fin que él le lanzó fue porqué reconoció que las heridas que se causaban mutuamente acabarían desangrándolos hasta la muerte. Prefirió cauterizar la herida con el fuego del dolor y después ocultarlo lejos de la mirada de los dos. Puso un candado en el rincón de su mente donde guardaba los recuerdos. Se tragó la llave. A partir de ese momento diversas molestias de estómago le acompañaron cada día. Los ojos permanecían secos. Las lágrimas se negaban a salir, empeñadas en inundar la llave. Se olvidó de la llave, y del rincón clausurado de su cerebro. Siguió viviendo, pero el corazón bombeaba dos veces más aprisa en la imposible misión de mantener un doble sistema circulatorio: la sangre y las lágrimas.
Al cabo de un tiempo empezaron a resentirse del esfuerzo otros órganos de su cuerpo. Los pulmones necesitaban trabajar más para conseguir oxígeno. El hígado empezó a cansarse y hasta el páncreas se sobrecargó.
No llegó a morir de desamor. La mala salud le acompañó durante un tiempo. Y después empeoró. Visitó médicos que le dijeran porqué vomitaba agua salada. Le hicieron pruebas, todo tipo de ellas, nadie descubrió la llave.
Mientras ella continuaba vertiendo agua salada por sus esfínteres, por su boca. Hasta el punto que dejó de trabajar, de salir de casa y de comer. Un día la violencia de las nauseas alcanzó tal punto que se revolcaba por el suelo, presa de arcadas incontrolables. Un dolor ardiente comenzó a subirle por la garganta y el agua que vomitaba se tiñó de rojo. Con una desesperada arcada terminó por arrojar la llave. De rodillas, con una mano acunándose el estómago y la otra en la garganta, la contempló, ensangrentada. El recuerdo del rincón que había cerrado en su mente apareció nítido en su memoria. Permaneció en esa misma posición horas, minutos, segundos… tiempo fuera del tiempo. Mirando la llave y el hueco perfecto de la cerradura en sus recuerdos. Al fin, cerró los ojos y permitió que la llave encajara en la cerradura y con cuidado le dio la vuelta. Libres los recuerdos surgieron parpadeantes ante la luz de su mirada interior. Las imágenes, los sonidos, los olores… miles de pequeños fragmentos de bordes irregulares, punzantes se buscaron unos a otros. Sus ojos se ensamblaron con su boca, con el pelo, junto a estos aparecieron las manos, su cuerpo. El tacto de la piel desnuda entre sus dedos. Caliente, casi enfebrecida. El brazo posesivo en su cintura, la ternura voraz de sus labios. La voz envolviéndola. Susurros ardientes, jadeos, risas. El primer dolor que rompe la ilusión perfecta. Desamor, crueldad, violencia. Frialdad del cuerpo que sufre. Arrogancia, desprecio, humillación. El incesante golpeteo de las palabras. Duras como piedras. Angustiosas. Condena y prisión del amargo, ridículo final. Conciencia de ser. Una. Siempre sola, ausente de los sueños que tejieron.
Las lágrimas subieron, del estómago al corazón, del corazón a la garganta. Encontraron el cauce natural de sus ojos. Y se vertieron, al fin cristalinas. Limpiaron cuidadosamente el rincón de los recuerdos, dejándolo expuesto al aire, a la luz
Poco a poco, la llave se disolvió y las lágrimas rojas que manchaban el suelo se secaron. Tomó entre sus manos los frágiles momentos que deseaba atesorar: Diminutas joyas que con el tiempo tomarían los colores sepia de la nostalgia. Sintió que su pecho ardía sin aire ante los recuerdos de dolor. Los rezó, rosario del misterio, entre sus yemas gastadas. Comprendió que debía dejarlos partir. Para siempre desconocido. Abrió sus manos. Las levantó y permitió que el aire las limpiara.
Cansada, se tendió en el suelo. Cerró los ojos y reposó. El sueño la cubrió, protegiéndola. Y la sanó.

lunes, 5 de abril de 2010

SIN TÍTULO. SIN JUSTIFICAR.

La golpeo. Con los puños. En el estómago. Hundiéndolos en la carne. Disfrutando de cada impacto. Se sumergió en sus gritos paladeando el dolor, la angustia. Sonrió. El placer le estremeció el alma antes de echar el brazo hacía atrás, abrir la mano y dejarla caer sobre la cara de la mujer. Un labio estalló contra los dientes. Jadeo excitado. Volvió a golpear sobre el labio abierto. La sangre viscosa le empapó la mano. La mujer cayó al suelo, Dobló las rodillas contra su pecho protegiéndose con los brazos. Mechones rubios se escapaban entre los dedos de sus manos. Lloriqueó suplicante a los pies del Cazador. Él dejó dejo una huella oscura en la bragueta del pantalón. Envolvió el mimbro con la mano cubierta de sangre. Subió y bajo la piel de su glande antes de pensar en la boca de su presa. La puso de rodillas tirando del pelo rubio, arrastrándola hasta su polla. Frotó su entrepierna en la herida fresca de la mujer. Eyaculó con violencia. La empujó contra el suelo. Inhaló profundamente una dos veces, antes de mirar a la mujer. Asqueado.
―Lávate. Y sírveme la cena.

sábado, 26 de septiembre de 2009

No tiene.

La verdad infinita escapa a mi comprensión. Acabas pensando que nada es cierto, que todo se mueve a bases de creencias convertidas en realidad. De la fe en algo. De los sueños que acaban estrellándose frágiles contra un duro suelo indiferente. Nada existe, nadie existe excepto este yo doloroso y solitario que acaba poblándome en los días grises y plomizos.
Prefiero el dolor punzante del ser que esta nada que me visita en días como hoy. Sentirme indiferente al presente y al futuro. Rabiando contra el pasado, irreconciliable conmigo misma. Ausente de mí. En estos momentos aferrarme a mis decisiones, a mis vivencias me jode el alma. La parte en largos cristales punzantes.
En estas horas toda mi voluntad y mi fuerza escapan cobardes por la puerta trasera. Sea. Dejo a la oscuridad interior adueñarse de mí. La dejo crecer entre mis dedos al ritmo en que tecleo y oréeme es más rápido de lo que pudieras tú pensar. Acaba subiendo por mis manos, mis brazos, mis hombros mi garganta, mi boca, mis ojos. Acaba devorando cada fragmento de piel, cabello, mucosa, humedad, sangre, huesos, pensamientos, venas, corazón, mente, alma que hay en mí. Se adueña y lo permito. Sin resistencia y sin lucha.
Cierro los ojos para no ver la luz que ilumina este miserable rincón en el que solo se mueven mis dedos. Tiemblo y permito al negro descargarse furioso contra la pantalla blanca. Es lo que soy, ahora. En este momento del que nadie me salvará. Nadie nos salva nunca.
Las palabras, pobres ellas, no hacen justicia al miedo, a la ansiedad, al dolor desabrido y sucio. Vulgar, increíblemente vulgar y muerto que crece y se embrutece deleitándose en si mismo. Irrumpe sin más, mostrando la fea cara de lo que es y lo que fue.

sábado, 11 de julio de 2009

Nada

Qué tristeza del alma sola, abandonada. Muriéndose cada día un poco más por dentro. Ausente. Mecánicos los movimientos, los actos. Deseos mojados en actos solitarios. La mirada apagada, la sonrisa muerta y el cansancio en el cuerpo.

martes, 2 de junio de 2009

En la noche.

Siento que no soy tan fuerte como dicen, ni tan valiente. Me siento como esa niña que atraviesa el bosque silbando, despacito, casi sin aire. Espiando las sombras de los árboles. Sobresaltándose con los crujidos que llegan de la vegetación, tan densa que no permite ver más que el camino donde posa sus pies. Un paso detrás de otro. Intentando no vacilar en ellos, para que no le huelan el miedo que vibra bajo su piel. La niña que repite en su mente, ritmicamente como un mantra que todo va bien, todo va bien y que pronto el bosque se aclarará. La vegetación será menos espesa, los árboles estarán menos juntos, la luz del sol caerá sobre el camino y le permitirá ver el fin del mismo y podrá ver la ancha llanura surcada de nuevas sendas que le esperan.Pero que ahora mismo, necesita tanto a esa persona que sabe que tan solo es una niña que finge ser mayor. Esa persona que vea lo que se oculta tras la máscara y la sonrisa. Tras el trabajo y el esfuerzo. Que vea las lágrimas a través de la calma. Que tan solo me abrá los brazos. Y me deje ser pequeña de nuevo, solo eso. No importa. Ya no lloraré.

viernes, 6 de marzo de 2009

Hoy

Hoy siento una tristeza suave, interna que trae lágrimas a los ojos y a la que no le he puesto nombre. No quiero ponérselo. La he sentido ahí, acechante, acompañándome en mi trabajo, en mi sonrisa, en mis palabras. La he sentido, la siento muy dentro de mí. Tranquila, tristemente triste. La nostalgia hoy me vence a cada minuto que pasa, me siento abandonada, lacerada y culpable. No quiero ponerle nombre a la herida del alma. Sé de la inutilidad de los nombres, de la agonía de la espera, del dolor de la esperanza que falla. No quiero nada, no quiero sentir y sin embargo, siento. Sube a mi superficie el anhelo por aquello que no conocí, que perdí en algún lugar, que no sé bien que fue. Siento el miedo al vacío de no ser y eso es lo único que me mantiene en pie.

domingo, 22 de febrero de 2009

VIOLENCIA

Violencia. Impotencia. Desamparo. ¿Qué se siente cuando dos tíos sin mediar razón alguna te pegan con tanta violencia que son capaces de romperte un hueso? ¿Qué se siente en esos segundos que median entre el golpe y la conciencia de estar siendo golpeado? ¿Entre el golpe y el dolor? ¿Incredulidad? Una sensación de irrealidad me envuelve cuando pienso en ello. Cuando no eres tú el agredido sino una persona a la que amas y a la que siempre has considerado tu deber, tu obligación proteger. Puedo imaginar e incluso puedo sentir si me sumerjo en ello. La fragmentación de la mente ante la incomprensión de la violencia gratuita y sin sentido. Ese no pensar compuesto de miles de ráfagas de pensamientos. La dureza de la realidad, la caída de nuestra seguridad. De la venda que nos cubre durante casi toda nuestra vida. Esa que nos dice que si no caminamos por sitios solitarios y oscuros durante la noche no nos pasará nada. Qué hay horas seguras para transitar por el mundo. Que los lobos se esconden en sus cubiles y sólo atacan cuando son molestados. Que podemos evitar que nos devoren si tomamos las precauciones debidas. Que somos inmortales y sabemos defendernos de ellos.

No existe tal seguridad. Cualquiera nos lo puede demostrar agrediéndonos en un parque público a las nueve de la noche, cuando no hacemos nada más ni nada menos que caminar por la calle, dirigiéndonos a nuestros asuntos, inmersos en nuestra propia vida. Sólo se necesita un segundo para que todo pueda cambiar totalmente. Hoy podemos superarlo, con un hueso roto, con la nariz rota, se ha hecho lo necesario para curarla, se ha limpiado la sangre, se ha recolocado el hueso, se ha inmovilizado la zona, se curará en un periodo de tiempo más o menos largo; pero… ¿Y nuestra alma? ¿Cuánto costará curar la conmoción recibida al verse inmersa en una violencia no provocada?