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jueves, 27 de septiembre de 2012

Pedralba

A principios de junio hablaba sobre un incendio del que me llegaban hasta casa las cenizas. El cielo cambió incluso de color.
Aunque parezca mentira, hay que recordar que estamos a jueves, otros nueve incendios se han declarado en esta semana: los conatos de incendio en Alzira,Jávea y Náquera, una zona entre Xátiva y Manuel y el que se inició el domingo por la tarde que comenzó en  Chulilla y se extendió por la senda que bordea el Turia: Ribarroja, Vilamarxant, Benissoda, Benicolet, Gestalgar... Pedralba.

Pedralba es mi Pedralba. No tiene que ver con haber nacido allí, que no es así, ni con lo que sentirán los que viven, trabajan, llevan a sus hijos al colegio del cada día del pueblo.

Mi Pedralba es un sentimiento, es un recuerdo, es mi niñez, son mis padres, mis tíos. Pedralba era mi abuela, las noches pasadas en su cama escuchándola rogar por cada uno de la familia e incluso los que no lo eran, Pedralba era verla en misa, golpeándose el pecho con fuerza en el Yo, Pecador. Pedralba, veranos largos con mis primos y mis hermanos dejados en custodia a mi abuela. Pedralba era madrugar y "baldear la calle", en compañía de mi madre. Madre activa, joven, tan diferente a mis recuerdos posteriores.

En el término municipal de Pedralba, compraron mis tíos un terreno en el monte. E iniciaron la construcción de algo que aquí llamamos: "La caseta".  Mi tío que era mecánico construyo primero un garaje, con foso y todo y la balsa. Mi abuela plantó un geranio francés y varios rosales. Inició los cimientos de la casa. Pequeña , siempre ha sido pequeña para la cantidad de gente que la hemos habitado o visitado. Después la vendió a mi padre.

Fue la amargura de mi adolescencia. Nunca se es más rebelde con causa o sin ella que a los catorce años. Y recuerdo que pasar los fines de semana haciendo de ayudante de albañil para mi padre no era lo que más me apetecía en la época. Puedo ver aún si pienso en ello las montañas de arena y grava, los sacos de cemento y el lugar donde se mezclaban. El capazo negro que había que llenar una y otra vez. Las discusiones y el mal humor. Mi padre no entendía que me parecía la tarea más aburrida del mundo. Aunque fue capaz de encontrar otras peores. Recoger piedras del terreno, arrancar malas hierbas, cavar para el pozo.

Todo esto mientras hacíamos noche en el garaje que tuvo la virtud de convertirse en una cama inmensa mientras avanzaba la construcción de la casa. Durante el día era cocina, por las noches era divertido. No había tele, como mucho una radio a pilas. Con lo que eso supone siendo todos prácticamente niños. Se contaban historias, chistes, se jugaba a las cartas, al cálculo mental (cosas de mi padre). Todos juntos como animalitos a punto de invernar.

Son tanto los recuerdos que vienen a mi mente, que necesitaría un libro entero para contarlos.
Pero ahora, en estos momentos, lo que veo son las fotos que me mostró mi hermana ayer. El fuego ha devorado gran parte de los árboles que plantó mi padre, el geranio francés y las rosas de mi abuela, el pequeño jardín que plantó mi madre delante del porche. El fuego subió por detrás de la balsa, hizo estallar la ventana de la cocina, que yace ennegrecida sobre el fregadero. Era de madera, antigua e imagino que muy seca de este verano sin lluvias. La mayoría de los azulejos han saltado y los que quedan están combados. Es curioso ver como la cortina de tela que cubre el hueco de la despensa se ha salvado, caprichos del fuego que parece elegir: esto sí, esto  no. Se ha quemado toda la vegetación que rodeaba el garaje, al que fui tantas veces a la parte de atrás para fumar a escondidas. Hay una horrorosa capa de ceniza en la parte de atrás donde mi padre soñaba con hacer algún día una piscina en condiciones.

No podemos quejarnos. Estoy muy segura de que mucha gente ha perdido muchísimo más. A fin de cuentas la casa sigue allí, la tierra sigue allí, aunque ya nunca más florezcan los geranios franceses de mi abuela.




jueves, 23 de agosto de 2012

Conversaciones

Estos días he tenido varias conversaciones. Hablo con todo el mundo y no me callo como dice alguien que yo sé, ni debajo del agua. Hablé sobre todo con mujeres. Y cada una me hizo reflexionar a su manera. La primera en la parada del bus. Algo mayor que yo, muy delgada, pelo corto y rubio, con una de esas caras triangulares que a mí me gustan mucho. Me recuerdan a los elfos, me hacen esperar  ver asomar unas orejas puntiagudas. Los ojos le ocupan la mitad de la cara y la sonrisa es a la vez: dulce, triste y bonita. Como mucha gente que he conocido este año, forma parte de mi proyecto Sonrisa. Hablamos un poco de cada cosa, pero sobre todo de política. Es el pan nuestro de cada día. Ya podían guardárselo los políticos donde les quepa. Lo importante es que se presentó, se llama Rosa y que preguntó mi nombre. Vuelvo a constatar que ver al "otro", sonreír, escuchar, te lleva a conocer.

La segunda conversación llegó una tarde. Sentadas en una terracita mirando el mar, con una de las mejores personas que conozco. Y que además tengo la fortuna de que sea también la mejor de las amigas. Me contaba, haciendo un repaso rápido, lo que le ha sucedido en las dos últimas semanas. Entre otras cosas una imposición de manos. Soy bastante escéptica en algunos temas. No digo que no existan, digo que si vas a un quiromasajista porque tienes contracturas musculares, a poco que le cuentes de tu vida, ya debe saber que son por estres, por que tienes la vida acelerada, porque aceptas más responsabilidades de las que tu cuerpo puede admitir. El consejo no estuvo mal. Si vives a trescientos por hora, reduce hasta noventa. Y disfruta del paisaje. Claro, que con esto puedes añadir otro gran problema a los que ya tienes: que el paisaje no te guste. E incluso otro peor, que no encuentres la forma de cambiarlo. Y si me apuras diría que puede empeorar incluso más: que sí encuentres como cambiarlo. Y eso, da mucho miedo.

La otra conversación, más bien unilateral la tuve ayer: Encuentros que tiene la vida, no del todo inesperados, pero si en el ámbito de la sorpresa por la cualidad: ¿De verdad tenía yo necesidad de saber como se van a repartir la herencia y los paso que hay que dar? Por lo visto sí. O eso pensaba él. Más que el tema en si, que viene envuelto en las quejas acerca de los papeleos necesarios cuando alguien muere y las tasas que nunca pensó que tenían precio y lo tienen, por debajo de si hay que pedir certificados de defunción, últimas voluntades, alrededor de sus palabras están el gesto y la voz. Gestos que ya me son extraños, aunque aún pueda ver cuando no me dice del todo la verdad y en la voz, un temblor infantil, un exceso de cordialidad.



miércoles, 22 de agosto de 2012

Mañana de miércoles

Escribo. Sigo escribiendo en la soledad de la madrugada. Me cuesta estos días meterme en ello, pero hoy no. Me he despertado, ya hacía mucho que no sucedía, pensando en lo que tenía que hacer mi personaje. Como salir de la situación en la que le he puesto y que quiere hacer, al menos de momento. No sé si llegará a ver la luz, pero de momento le he cambiado el nombre, porque sentía que el anterior no estaba del todo ajustado a ella. Manías, supongo. Alguna vez lo hago, no es nada fácil o por lo menos no lo es para mí ese bautizo. Intento buscar siempre nombres sencillos, que podrían ser usuales o no, pero que tengan algo que me atraiga. Es un proceso mental complicado y ahora al reflexionar me doy cuenta de que no he descrito a los personajes, puede que porque los tenga claros en mi mente o porque no lo considere importante. Sé que es un error. Y quiero subsanarlo, quizá mañana.

Es una sensación agridulce. He vuelto a encontrar ese lugar donde hay mundos que esperan, hechos extraños y amores que matan o mueren. Lo siento como una especie de círculo mágico, o mejor, una esfera mágica que puede envolverme entera e intenta que me olvide de mí misma.

Siempre escribo, aunque la magia no me acoja. No he dejado de hacerlo, aunque alguno de los textos hayan muerto en el primer párrafo y otros yazcan abandonados, a la espera de que vaya a buscarlos para soplar sobre ellos y darles el aliento que les falta.

Puede que piense demasiado en la realidad angustiante de cada día. Demasiados programas de radio, demasiadas noticias, demasiada fealdad y falta de fe en el futuro.

O no, o solo estoy vaga y el calor me afecta. Vete a saber.

viernes, 3 de agosto de 2012

Caminos

El comentario de una amable lectora me lleva a pensamientos que una vez tuve. Creo que puede sonarle este: No quiero que me quieran, no quiero que me necesiten. Duele. La responsabilidad y la culpa son pesos demasiado grandes para soportarlos cuando vienen de la mano del amor. Del amor de cualquier tipo, pero sobre todo de ese. De ese que hace que te sientas atada de pies y manos. Que no sepas donde vas a colocar tu próximo paso en ese campo de minas en que se ha convertido tu vida. En la que crees no valer lo suficiente para hacerla saltar por los aires. Y vives siempre oculta bajo el agua. Dejando que la vida pase, amortiguada, por tu lado.

Vivir siempre con miedo es no vivir. Es dejar que las cosas te sucedan sin poder para decidir sobre ellas o cambiarlas. Atada, amordazada, viviendo una farsa. Levantarse por la mañana y huir de tu mirada en el espejo. Poniendo el automático como quien presiona un botón. Vistiéndote con una sonrisa que no sientes, forzando un tono de voz que no reconoces, deseando estar siempre en otro lugar. Dividida, escindida. Gritando tras la apariencia de calma. Haciendo lo que tienes que hacer. Por el bien de los otros. Por lo que te han hecho creer o por lo que tu misma quieres creer: por tu propio bien.

Y cada vez el agua el agua te cubre más. Estás más cerca del fondo. Sientes que la presión sobre ti te está haciendo pedazos. Que pronto dejarás de ser tú. Solo serás un autómata que finge que vive. Y cuando eso ocurre, cuando tus pies tocan el fondo, no solo sabes, no solo crees, no solo te dices que ya no puedes más, que te ahogas. Cada célula de tu cuerpo, más allá de tu cerebro, de tu pensamiento, de tu razón, sabe que no hay otro camino que pegar patada y emerger, rompiendo todo a tu paso. Y dejas de plantearte si eres buena o no, si lo que haces es bueno o no, a quién herirás o como. Solo tienes que hacerlo. Y lo haces. Y vas resolviendo, día a día, minuto a minuto. Viviendo, arreglando, decidiendo. Y da miedo, mucho por que ser uno mismo, hacer que las cosas sucedan significa ser la única que tiene que responder de sus aciertos y sus fracasos ante la propia conciencia. No es la situación, no es el otro, no es la vida. Soy yo.

Nadie podrá rescatarte de tu torre, ni matar al dragón por ti. Al menos nadie puede decidir por ti la forma de escapar de la torre, ni en que momento hacerlo, ni como derrotar al dragón. El camino parece solitario. Discurre sinuoso por un bosque oscuro lleno de peligros. La carga que llevas a tus espaldas pesa mucho, pero si estás atenta, siempre habrá una mano que se alargue hacia ti. Providencia, amigos, amor, cariño, respeto, confianza… también están en el camino. Lo que no sé es si el bosque termina alguna vez, pero a momentos los árboles se abren y atisbas un cielo soleado y llegas a claros que brillan a la luz de la luna. 

martes, 24 de julio de 2012

INEXORABLE

Una nueva palabra leída en Palabras interesantes. Inexorable. Hay palabras que llegan, te acarician. Otras te dejan indiferente y alguna te golpea justo donde más duele.
Esta en particular es de las últimas. Los amables autores de esta página, hablan de la intensidad de esta palabra, lo es o al menos para mí. De sus dos significados: Aquello que no se puede evitar como primera acepción y que no se deja vencer por los ruegos, como segunda.
¿Cuántas veces una decisión inexorable de otros o propia ha cambiado nuestra vida? ¿Cuántas veces hay que armarse el corazón, endurecerlo, impermeabilizarlo para mantener su inexorabilidad ante las lágrimas y el dolor del otro? Yo lo hice una vez. Y aunque nadie piense nunca en el sufrimiento del que rompe un entramado de vida hecho de vivencias, recuerdos, pasiones olvidadas, deberes, mezquindades y alegrías, existe. Vaya que si existe. Te conviertes ante tus propios ojos en alguien que nunca pensaste que serías: Cruel y culpable. Aunque todo tu cuerpo, toda tu mente este gritando que no puede más, la culpabilidad se lleva el primer premio. ¿Cómo ver llorar a alguien y que no se te rompa el corazón? Aunque des la espalda, aunque salgas por la puerta, aunque te lleves tus propias lágrimas a un lugar donde no sean vistas.
¿Y cuándo renuncias a algo que deseas con todas tus fuerzas? ¿Cuándo aún lo querías más de lo que nunca soñaste?  Cuando el miedo supera la pasión y el conocimiento antiguo que reside en lo más profundo de nosotros se alza e inexorablemente te dicta el único camino posible para la supervivencia de tu cordura aunque tengas que abandonar trozos de ti, de tu piel, de tu alma para poder seguir siendo tú.  Sin tener la posibilidad de volver la vista atrás, dejando como Lot que una parte de ti se convierta en sal.

lunes, 16 de julio de 2012

Ícaros

Habían luchado todo lo posible por retrasar el momento de dejar su hogar; vendiendo todas y cada una de sus posesiones: el coche que ya tenía cinco años les dio para aguantar unos días, aunque ni siquiera pudieron hacer frente a un mes completo de la hipoteca. Los anillos de matrimonio, las pulseras y cadenas de comunión de los niños, la pequeña cruz que colgaba del pecho de el padre desde su nacimiento, los pendientes de la madre fueron pagando la luz, el agua, el gas un par de meses. Los videojuegos, la cónsola, el portátil y el ordenador de sobremesa pusieron comida en la mesa cuando ya habían dejado de poner sus esperanzas en pagar deudas. Llegado el momento, entre gritos, lloros y pancartas de los vecinos reclamando piedad y tiempo, salieron de casa con fardos de ropa, como antiguos saltimbanquis sin sentido del equilibrio arrojados al camino. Sin fuerzas, separados: los niños con una tía, los padres con los abuelos. Sin trabajo, sin fe.

Perdidos en el engranaje de una maquinaria sin alma. Entre los dientes del monstruo. Atrapados en la nada. Juzgados y condenados por el terrible delito de confiar, de creer: en sus políticos, en sus banqueros, en el vecino y en el amigo. En la prensa, en la publicidad, en las televisiones.

Culpables de creer que con su trabajo de esclavo podrían dejar de ser hormigas, dejar de vivir en el hormiguero subterráneo de la vida.

Les dijeron: Tenéis alas. Volad.

Como Ícaros modernos se lanzaron al vuelo, subiendo cada vez más altos, fascinados por el calor del sol. Confiaron en las plumas que les habían vendido con intereses imposibles, hasta que la puta cera se deshizo contra las llamas de los bancos, el desempleo, de la mala administración, las estafas, los fraudes, la incompetencia...

La cera derretida les quemará la espalda durante el resto de su vida.  

domingo, 1 de julio de 2012

INCENDIO

El cielo cubierto, amarillo, con una luz extraña, enferma. He leído en alguna parte "cielo futurista", a mí me recuerda más a un cielo post apocalíptico, hecho de humo, de cenizas y de desgracias. Desgracias que intuyes, que presientes con el alma en la piel. Cuesta respirar aún dentro de casa con las ventanas cerradas y mis ojos y mi mente se pierden en la distancia, en lo más alto y al horizonte.

Me asusta y siento dificultad al respirar. Un familiar ya ha tenido que ir a urgencias por una insuficiencia respiratoria y estamos relativamente lejos del incendio. Incendio en el interior de Valencia que arrastra sus huellas hasta aquí, la costa. Que habla de árboles muertos, vegetación perdida, casas desalojadas, familias refugiadas, pueblos vacíos, de lucha desigual del hombre contra el fuego. No lo dominan. No se deja. Hambriento y furioso avanza calcinando más y más tierra.

Veo las imágenes, fotos que muestran al monstruo debatiéndose rojo y negro, con su belleza extraña, dramática, su poder. Fotos de seres humanos: una mujer joven, un niño, un anciano con gestos curiosamente iguales. Manos en la cabeza, en la frente como si se resistieran a ver, a mirar, como si no quisieran o no pudieran entender lo que están viendo. Aviones que lanzan agua, hombres vestidos de amarillo luchando contra las llamas, una impactante imagen de una bicicleta completamente ennegrecida, deformada, con solo un toque amarillo de pintura, salvado como testimonio de lo que fue.

Leo el debate sobre culpas, recortes, falta de medios, de prevención. Leo y pienso en esas familias que ven sus paisajes, su tierra se convierte en humo dejando atrás solo cicatrices negras.

Esperan que el viento cambie de dirección, que se vaya el Poniente y deje paso al Levante, que llueva, que la propia naturaleza resuelva el problema. Siento la impotencia de los que aguardan, de los que combaten en ese deseo, en esa esperanza.

viernes, 1 de junio de 2012

Pesadilla

Esta noche he tenido otra pesadilla. No la recuerdo casi, solo seres desmembrados, mucha sangre y persecuciones. Sí he mirado la hora cuando me he despertado con el corazón acelerado y con la sensación de ahogo, de luchar por coger aire en el pecho: eran las doce. En punto. Y no ha sido por cenar tarde, ni demasiado. Me tomé un helado a las siete y después anduve un buen rato. A las nueve y media o antes en la cama ¡Un exceso!
A lo que iba. Durante esos cinco, diez minutos que me costó tranquilizarme para volver a la cama aún impresionada por las imágenes con las que me puedo torturar a mí misma, pensé que sí, que a veces se echa de menos a alguien durmiendo a tu lado. No se hubiera despertado, pero una espalada sólida es una buena ancla cuando el miedo te llena.

Mientras intentaba volver a dormir pensé en el acoso constante en el que vivimos. El desgaste de llegar a fin de mes, la amenaza continúa de nuevas subidas, el materialismo impuesto desde arriba aunque en apariencia sea lo contrario; todos sabemos muy bien que le pasaría a ese horno donde cada día compras el pan si dejáramos de hacerlo, la incómoda sensación de que nos toman el pelo, de que nos culpan, al ciudadano de a pie de una crisis que ya empieza a oler a producto de mercado, por desgracia fresca y sin rastro de ir caducando. Me dio incluso tiempo a pensar, con esas ideas inconexas de la noche en esa acusación que lanzan al ciudadano: Vivíais muy bien y ahora hay que pagarlo. Yo no recuerdo haber vivido nunca muy bien. Siempre con esfuerzo y siempre llegando por los pelos a todos los pagos. Eso sí, sin faltar ni uno.
¿Qué tengo que ver yo y la mayoría de la gente que conozco con esos veinticuatro mil millones de euros que necesita la famosa entidad bancaria? Si ni siquiera podemos imaginar tal cantidad de dinero.

En fin, que me preocupan mis amigos que están en una posición precaria. Me asusta ver como todo esto derrota a algunas personas. No puedo ni empezar a imaginar que vendrá después.

Pero ya, una vez expuestos los demonios a la palabra, me embobo mirando el amanecer. Un pequeño vislumbre sonrosado juega empujando la oscuridad. El dorado se asienta sobre el rosa y un poco más arriba un imposible verde va dando paso al azul violeta. Hace un par de minutos no había luz en el cielo. Pronto será de día. Soy afortunada. Al contemplarlo vuelvo a sonreír.

viernes, 25 de mayo de 2012

Mas Naderías

Acabo de revisar el último relato que viajará al taller esta tarde. Lo doy por terminado a la espera de que una mano amable pero sincera haga una corrección posiblemente más dura que la mía. Pienso que quizá también termine destrozado por los leones. Ya ha pasado la euforia de ayer, cuando di por finalizada la parte creativa de mi trabajo en el texto. La relectura y reescritura técnica, crítica me hace ver unos cuantos puntos que enlazan directamente con mi pasado. Todos los textos que escribimos (no solo estos en los que hablamos con nuestra propia voz) muestran partes, fragmentos, esquirlas de nosotros mismos. A veces muy disfrazadas, tan distorsionadas que ni siquiera nosotros podemos verlas hasta pasado un tiempo. O no verlas, hasta que alguien que te conozca muy bien te las señale. ¿Será ese el misterio de entregarse a esta actividad que es por definición y necesidad tan solitaria? La necesidad de regurgitar aquello que no sabemos como digerir. Se me abren muchas posibilidades cuando pienso este deseo de ficcionar que he tenido siempre. Escribiera o no. Aún me duermo contándome mis propios cuentos. Miento, no me los cuento, los veo a todo color, recreando cada mínimo detalle en esa pantalla imaginaria que es mi mente.

Recuerdo ahora una temporada, larga, larguísima en la que lo único que me ayudaba a dormir era una desagradable e imaginaria historia acerca de un accidente violento que me alejaba de mi propia vida sin tener que tomar yo ninguna decisión. Un elemento externo que podía variar: un coche, una caída, un atropello de cualquier clase decidía por mí. Cuando lo recuerdo ahora y aunque entiendo el estado mental en el que me hallaba, me parece extraño que ese tipo de fantasías me durmieran como si de nanas maternales se trataran. Algunas eran de una violencia feroz que probablemente no escribiré, ni describiré nunca aunque seguro que aparecerán como posible solución para alguno de mis personajes.
¿Y ahora? Ahora en cuanto cierro el libro (el que sea que este leyendo) y apago la luz, a penas me da tiempo a imaginar nada, antes de caer rendida al sueño. Tomar las riendas de la propia vida, en lo posible dadas las circunstancias, es lo que tiene.

jueves, 10 de mayo de 2012

Proyecto Sonrisa

De unos meses aquí tengo un proyecto privado casi íntimo. No he hablado de él con nadie y aunque hace un tiempo que le doy vueltas a contarlo, por uno u otro motivo, no me decidía a ponerlo en palabras.
Es muy simple, sencillo y es posible que para algunos, absurdo. En mi mente y por el hábito de poner título a todo le he llamado Proyecto Sonrisa (sé que este nombre le gustará a Simplicisimus, su blog está aquí al lado, en blogs que sigo).  Este proyecto se hizo consciente, creo recordar, en el mes de noviembre. Aunque de forma indefinida estaba ahí, mostrándose poco a poco. Estoy convencida de que una sonrisa es terapéutica para el que la ofrece y para el que la recibe. Es gratis. No cuesta trabajo. Todos (o casi todos) tenemos los músculos necesarios para formarla. No necesitamos inversión inicial.
El proyecto es el siguiente: Sonrío. Sonrió a quien me cruzo por la calle, a quien me vende el pan, a la cajera de mercadona, al que me pide una moneda (si no me asusta, que alguno lo hace), al vendedor del cupón aunque no compre, a mis amigos, a mi familia.
Junto a la sonrisa, un saludo, una pregunta, un comentario. “Buenos días”, “¿Qué tal hoy?” “¡Qué frío!”. Poco a poco esas preguntas generales se han ido convirtiendo en particulares. Porque la gente responde, porque la gente me sonríe, me contesta y a su vez me pregunta. “¡Qué cara de cansada tienes hoy!” “¿Cómo ha ido el fin de semana?”, “Yo he estado fuera”, “Cuando te enteres de algún taller, me avisas, que tengo un amigo a quien quiero regalárselo”.
El proyecto no consiste en hacer amigos, aunque puede ser una consecuencia secundaria de él, nada desdeñable en cualquier tiempo y lugar. Básicamente el proyecto consiste en tomar nota del otro. Ser consciente de que están ahí. De que tienen problemas, viven como yo inmersos en la crisis, que viven con una enfermedad, que sufren por amor, que los años les alcanzan, que las responsabilidades se les comen… pero que más allá de eso, seguimos estando aquí, que somos personas, que estamos vivos no solo por respirar y arrastrarnos por el mundo, que no estamos solos.  Que tenemos la capacidad de seguir sonriendo, de descubrir esos pequeños detalles que hacen que la vida sea bella.
 ¿Qué precio tiene un segundo de tranquilidad y cariño? De charla distendida y amable. De intercambio de buenas vibraciones. Además es adictivo y genera sensaciones nuevas, buenas y plenas (esto es ya a nivel mío y personal).    
Y los resultados son, siete meses después más que evidentes. Me sonríen incluso antes de que yo sonría. Se interesan por mí de la misma forma que yo por ellos. Me cuentan y cuento. Me escuchan y escucho. Aprendo cada día. Incluso aquella cajera que fue el detonante, el punto de inflexión que hizo que mi proyecto tomara forma. Tan seria, tan triste, tan indiferente a su trabajo y a la gente que pasaba obligatoriamente por su lado. No recuerdo exactamente que conversación mantuve con ella aquel primer día. Sé que le sonreí y le hice un comentario sobre la pesadez del trabajo, después uno más y otro, siempre con una sonrisa hasta que me la devolvió. Hoy sé que tiene dos hijos, una niña que estudia primero de la ESO, y el niño que es más pequeño. Que los fines de semana que puede se va al pueblo, que hace la comida por la noche para el día siguiente, que no había probado el pollo con coca cola, que no le mola su trabajo pero que no se puede quejar, mucho peor sería no tenerlo.
También tengo el teléfono de Raquel, a la que veía cada mañana vendiéndome el pan o poniéndome un cortado con su vida complicada, su separación, los problemas con sus padres, su nueva pareja… Y así, una larga lista de personas que son eso, personas completas, plenas. Más allá de una cara que se repite a diario en nuestras vidas. No siempre llego a ese grado de profundidad, quizá solo sea una inclinación de cabeza junto con la sonrisa, un ligero y superficial intercambio de palabras, el cruce de una mirada brillante…

Para mí es un proyecto de por vida. ¿Te animas?

miércoles, 9 de mayo de 2012

Espera ardiente

Ayer pasaron ¿Me pasaron? varias cosas. Por continuar en la línea de que cada día es diferente. De los pequeños detalles que distinguen un día de otro ya he hablado. Ayer hubo grandes detalles.
Estar esperando un bus en plena Avenida Blasco Ibañez, con un calor de verano al mediodía acompañado de ese viento de poniente que ahoga de mala manera y pensar: "Hace tanto calor que hasta el aire huele a humo", puede que solo me pasé a mí. Pero vamos, continúe pensando:"el humo huele a madera quemada". Y me quedé tan satisfecha con ese pensamiento idiota hasta que me fijé en un chico, un señor, una mujer que esperaban en la acera de enfrente para cruzar el semáforo. Todos miraban hacia arriba, con cara de intriga. Así que salí de la parada del bus (esas de cristal con asientos de metal) y, ¡Coño! Una palmera echando un humo espeso, gris oscuro desde las ramas más altas. A partir de ese punto todo se precipita. Llega la policía, sin sirenas ni nada, primero un coche y luego otro. Los policías salen del coche y el mundo se convirtió en un gag cómico. Miraban hacia arriba haciendo pantalla con la mano en la frente, daban vueltas a la pobre palmera, de un ángulo y de otro. Mientras yo veo desde mi posición, cada vez más cerca de la palmera y los polis, las llamas anidadas (nunca mejor dicho) en la copa de la pobre.
Un policía vuelve al coche, da marcha atrás y se sitúa a mi lado y mira, como no, hacia arriba. Lo que me hace pensar ¿Se ve mejor sentado que de pie? ¿Dentro del coche que fuera? Ni idea, pero ya llegan los bomberos. Me temo que me desalojarán de la parada porque mientras unos desenrollan mangueras, otros ponen conos naranjas que llegan casi hasta mis pies.
Como curiosidad: no se ha formado corrillo de curiosos. Puede que sea porque es hora de comer. La gente pasa y mira pero no se detiene.
En eso llega mi bus. Para unos metros antes de la parada. Subo y continúo mirando, de pie al lado del conductor que me pregunta que pasa. Se lo cuento. Y los dos incrédulos y con esa chispa de excitación que producen los hechos inusuales en la mayoría de las personas corrientes, seguimos con los ojos fijos en el espectáculo hasta que el semáforo cambia a verde y lo dejamos atrás.

El día continúo y pasaron muchas más cosas: Presenté cuento nuevo en el taller de cuentos infantiles, que tengo que corregir para no variar, en la que fue la última clase. Y... y tuve otra historia de buses. Estoy pensando que podría iniciar una colección de anécdotas: May y el transporte público. Mira que da de si. Me pasa cada cosa... Pero de estas cosas, sobre todo del taller, de lo aprendido, de lo no aprendido, de las gentes y los modos, merecen reflexiones a parte.

Para que luego digan que nunca pasa nada.

lunes, 30 de abril de 2012

¿COINCIDENCIAS?

Me resulta curiosa esta noticia. Sucedió hace seis días y como nada es mejor que echar mano de la fuente, la traigo tal como la traen en Levante-emv.com:


EFE VALENCIA
Un enfermero del Hospital Doctor Peset de Valencia resultó herido en la noche del sábado tras ser agredido por un hombre que acudió al centro escoltado por la Policía Nacional para ser valorado por el equipo de psiquiatría. El paciente aprovechó un acercamiento del enfermero y le atacó con un bolígrafo en el cuello. El suceso se produjo en torno a las 23.30 horas, después de que el hombre ingresara en Urgencias custodiado por agentes de policía con una orden en la que se solicitaba la valoración por parte del servicio de psiquiatría de un posible brote psicótico.
En el momento en que el paciente iba a ser atendido en una de las consultas médicas, aprovechó el acercamiento de uno de los enfermeros del hospital para agredirlo con un bolígrafo en el cuello. Los agentes que le custodiaban consiguieron reducirlo inmediatamente y el enfermero fue intervenido quirúrgicamente de urgencia para conocer el alcance de la perforación. Ayer permanecía estable en una habitación del hospital a la espera de recibir el alta.


Esta es la noticia, tal cual ¿Ya la habéis leído? Le deseo de corazón al pobre enfermero agredido que se recupere del todo, claro. ¿A qué viene esto? Paciencia.

Ahora traigo una entrada de este mismo blog. Vaya, mía, de un ejercicio que realicé en un foro el doce de febrero del dos mil nueve. Era jueves. Lo sé porque se puede leer en la fecha marcada en el post. No, es necesario buscar, aquí está:


JUEVES 12 DE FEBRERO DE 2009

Ejercicio 7: (la palabra del día) Furia

Sentí una furia instantánea al verlo entrar. Me temblaban las manos, me ardía la cabeza y la sangre me recorría tan veloz que no alcanzaba a oír más que su paso tumultuoso. No le escuché, su boca formaba palabras sin sonido que me parecían una burla a mis sentidos. Se adelantó hacía mí. Su respiración, el aire mal oliente que salía de su cuerpo rozó mis mejillas, invadiendo mi espacio. Su cara se me antojó deforme e hinchada como una gran calabaza calva a punto de estallar. Los ojos, pequeños, perdidos entre repliegues brillaban mientras seguía emitiendo esos sonidos de pájaro ininteligibles.

¿Quién era ese hombre que rompía mi mundo quieto con su sola presencia? El cuerpo rechoncho enfundado en una bata blanca. En el bolsillo superior marcado con un nombre en rojo, que no quise leer, tres estilográficas concentraban la luz.

Alargo sus peludas manos. Los dedos, repulsivos cuerpos blancos, se posaron en mi cuerpo desnudo, blandos y babosos apartaron el pelo de mis ojos. Me miró insistentemente buscando algo, mientras su boca seguía cerrándose y abriéndose. Me sonrió, mostrando unos dientes enormes, amarillentos.

La puerta tras él había quedado abierta a todo aquello que me amenazaba. Podía sentir acercándose a ella, a los seres reptantes que me buscaban, que esperaban un descuido para llegar a mí, trepar por mi cuerpo, introducirse en él. Podía sentirlos viscosos y ciegos buscando mi sangre, oliéndola, deseando alimentarse de ella…

Un estremecimiento me recorrió y cuando al fin el hombre, soltó mis correas, mis manos como garras tomaron una estilográfica, la clavé en uno de esos ojos que me miraban sorprendidos. Sorteé el cuerpo tendido en el suelo y me abalancé contra la puerta. Ya estaba, cerrada. No podrían entrar.


¿Qué? ¿A qué acojona? ¿y si tengo poderes? ¿Clarividencia? O cómo dice no sé quien ni cuando cualquier cosa que imagine el hombre y en este caso la mujer, puede suceder. O si me pongo más retorcida: Esa entrada no tiene comentarios pero anda por la red un tiempo respetable ¿y si el enfermo fue un lector anónimo? Se le quedó la idea en algún rincón de su cerebro y en ese momento, frente al enfermero le asaltó y decidió llevarla a la práctica... En fin, no lo sé, solo que cuando la leí en el periódico hace unos días, tomando tranquilamente un café en Nou Estil, me trajo de inmediato el recuerdo de esta "Furia" que escribí una madrugada. 

jueves, 26 de abril de 2012

Más naderías

Es, como casi siempre que llego aquí, aún de noche. Desde hace unos días cuando pienso en el blog, aparece en mi mente este inicio: ¡Querido Dios! Ya sabéis como esos cursis o no, diarios de las pelis norteamericanas. O puede que fuera del Diario de Ana María. Durante un tiempo, allá en mi adolescencia, casi me convence de que mi destino era ser monja. Ya. Ya sé. Algunas mujeres tenemos un pasado tenebroso.

¡Cómo me lío! Esa no era la idea que tenía en mente para este post. Más bien decir que llevo un tiempo, no sabría cuanto que tengo la sensación de no tener espacio en mis días para sumergirme en las pequeñas cosas que me gustan o incluso en aquellas que no me gustan tanto pero que debo hacer. Añoro las largas horas de lectura. Ando de aquí para allá con un tocho de libro que no me cabe en el bolso, aprovecho cualquier momento para leer. Casi siempre en los autobuses. Así que lo leo a pequeños fragmentos que acaban por no decirme nada. También leo por las noches, justo antes de dormir, tan justo antes que no paso de tres o cuatro páginas cuando hay suerte.

La vida se acelera en una especie de remolino, en el que el silencio y la soledad son bienes escasos. Tanto que empiezo a notar los síntomas. No es que esté más irritable, es que siento como si solo nadara en la superficie de mis actos sin llegar a interiorizarlos. Y cuando tengo un rato perdido en fin de semana, estoy tan cansada que entro en una especie de sopor despierto que me hace vagar un tanto incoherentemente por el mundo sofá.

Organizo mi cabeza con listas. Que no sé para que. Al final alcanzo a un par de puntos. Y me autoconvenzo de que tendré tiempo para los demás en un momento u otro (me miento a conciencia).

jueves, 19 de abril de 2012

Hilvanes

Vivir cansa ¡Coño, si cansa! Madrugar, encerrarse o mejor perderse en el hilo del pensamiento. Buscar la inspiración que me llenaba ayer de madrugada, después de dormir unas escasas cinco horas es casi imposible. Recuperar esa alegría optimista que siento a veces a mitad de un escrito cuando la inspiración visita mi trabajo y creo de verdad que la historia va a funcionar, es hoy difícil. El tren, la niña y sus problemas no consiguen atraparme aunque viven inmersos en mi mente y no saldrán de ella hasta que su pequeño drama con final feliz esté escrito. De hecho me he levantado con un nuevo inicio en la mente para el cuento que debo valorar antes de lanzarme a escribirlo, aunque si soy sincera no es realmente eso lo que me frena, es que tengo sueño.

Ayer después del taller, que fue como siempre interesante, aunque en esta fase lo es más, había quedado con Amparo después de algún tiempo sin vernos (hay momentos en mi vida que soy una mal queda). Ella está en plena fase de estudio para unas oposiciones y mi vida... a veces es una locura. Así que como definió muy bien en algún momento de nuestra conversación, nos encontramos como cuando dos bolas de billar chocan en plena trayectoria, con fuerza para luego seguir cada una un camino diferente.

Acabamos cenando una hamburguesa y cervecita, saltando de tema en tema, tratando de ponernos al día. Algo casi imposible. De cada vivencia sacamos una, dos, tres o cien reflexiones. Nos pisábamos una a la otra, nos desviábamos del tema, y volvíamos a recuperarlo minutos después.

Estábamos cansadas, para mí el día había sido larguísimo desde las tres y media de la madrugada, para Amparo con las oposiciones encima y el gim, también. Pero creo, al menos yo, que nos revitalizamos en nuestros encuentros. Nos abrimos, nos mostramos, confiamos. Y la verdad sea dicha: no hay nadie como Amparo para abrazar y hacerte sentir querida.
¡Amparo, puedes abrazarme siempre que quieras! Me gusta. Sé que te da la sensación de que no, de que las muestras de afecto no son lo mío, pero no es cierto, solo es este carácter mío, un poco retraído en ocasiones. Y me importa bien poco que el señor del bus, o quien se cruce en nuestro camino piense según que cosas. Puede que les alegremos el día y todo.

miércoles, 11 de abril de 2012

Extrañamiento

Ayer, sin venir a cuento me asaltó una sensación muy rara. Estaba preparándome para la cama. No hacía mucho que había llegado del taller de Cuentos Infantiles, la cervecita con el profe, que me ha dejado admirada por sus proyectos (ánimo, Gin), cuando sentada en la cama, quitándome las botas, paso previo para desnudarme, me invadió algo que podía llamar "el extrañamiento". Decir irreal sería poco. Sentí como si estuviera dormida y soñando. Como si la vida que llevo ahora, mi vida, fuera uno de esos sueños detallados y locos que tengo de un tiempo a esta parte. Y lo peor: la sensación de ir a despertar en cualquier momento. Con él a mi lado, levantándome de nuevo en silencio, refugiándome en amaneceres imposibles en el cuarto pequeño con su tabla de plancha y la pantalla insustancial hasta que la camisa por planchar me reclamara, las tareas cotidianas me presionaran y se me diera los buenos días al grito de: ¿Qué camisa me pongo hoy?.
De vuelta a la confusión y a la culpa, al no sé repetitivo y aberrante, al convencimiento de que nunca podría cambiar lo que ya estaba hecho. Borrando todo el esfuerzo, todo lo aprendido, todo el dolor causado, recibido, el miedo a no poder, no ser capaz de dar el paso de ser yo misma, de dejar de engañarme, a seguir viviendo bajo el agua.
No había tenido tiempo de mirar atrás. Demasiado ocupada en sobrevivir a mi día a día, lidiando en demasiados frentes abiertos, tratando de flotar cuando era imposible nadar, aferrándome a mí decisión de dar un paso tras otro.

No estaba, quizá sería mejor decir, no estoy, preparada para este "extrañamiento". Me pilló de sorpresa, ni siquiera sé que pudo desencadenarlo.
Pero hoy estoy aquí y mi vida, la mía, sigue.

lunes, 19 de marzo de 2012

Momentos

No he pasado una buena noche. No por despertarme temprano. Estoy acostumbrada. Puede que sea por haber dormido en sofá de casa ajena. Aunque considerar ajena la casa en la que me he criado sea ir un poco lejos. . Dormir en el sofá... sí, es posible que sin quererlo me haya traído a los sueños una de las peores épocas de mi vida precursora de tiempos aún más negros. O no, o tal vez solo sea la marea de acontecimientos que me ha llevado hasta aquí hoy. O una mezcla de todo, combinado con la tortilla que cené anoche.
He tenido una pesadilla, llegaba a una ciudad y alguien tenía que recogerme. No tengo claro que la persona supiera que yo llegaba o no, pero allá iba yo con una enorme maleta azul, bajando una larguísima calle, esperando que en cualquier momento apareciera. Entro en un bar, no sé exactamente a qué y luego a un comercio y al cabo de dos o tres calles, me cuenta de que he perdido la maleta, me llama la persona en cuestión y no puedo escucharla, intento mandarle un mensaje de texto y es imposible... me he despertado un poco agobiada a tiempo de ver a mi sobrina con blusón, cargada con una mochila gris saliendo de casa. Y eso sí era real, las cinco de la mañana. Son cosas que pasan en fallas.

Anoche antes de dormirme repasaba en mi mente los cambios de la casa.  Qué tienen más que ver con los muebles, la pintura, las personas que con la estructura. Ya no queda ni rastro de aquellos armarios de cocina que mi madre limpiaba con petróleo, ni aquellas pilas profundas, rosadas donde aprendí a lavar platos y cubiertos subida a una silla pequeñita. O de aquella puerta pintada tantas veces de blanco, con cristal que me cargué un día al cerrarla de un portazo para que el gato no se saliera. O de la mesa de comedor, larga, rectangular, oscura, dónde me escondía las mañanas de los sábados para ver la tele y jugar sin que las demás se pasaran el tiempo mandándome recados, eso sí, con un trapo de polvo en la mano, porque indefectiblemente me tocaba limpiar las patas de la mesa  y el baño.

Así que es posible que me haya alcanzado esta noche una amalgama de momentos y tiempos, revueltos en mi subconsciente, junto con la incomodidad del sofá,  el murmullo de la televisión de mi hermana puesta toda la noche, de los sonidos desacostumbrados de una casa que hace mucho dejó de ser la mía, de las preocupaciones presentes y futuras y me haya hecho venir aquí en la madrugada para descargar de alguna forma esta sensación densa, pesada, que me recorre por dentro hoy.

lunes, 30 de enero de 2012

Pensamientos de madrugada

El aroma del café, su sabor casi dulce, el calor descendiendo, líquido de mi boca a mi garganta, extendiéndose por el cuerpo en una suerte de calefacción que completo con una manta amarilla en la que me envuelvo y acomodo hasta lograr sentirme relativamente bien a estas horas en que el mundo, engañoso, parece calmo y tranquilo. La televisión de fondo actúa como radio, abandonada en videos musicales que no miro.

Hago una mini lista de compra mental y me recuerdo a mí misma la necesidad de coger bolsas para variar. Antes de esto y justo al salir de la cama, armo parte del relato en el que estoy y lo relaciono con el taller de escritura que estoy realizando ¿Por qué no? Aún no está escrito, es solo una idea y una sucesión de imágenes, por más que tenga algunos párrafos ya en el Word. Aún no sé la forma final que adoptará ni como va a querer ser rematado. Hay un punto en el que hay que confiar o esperar que sea la misma historia quien te lleve de la mano.



Pienso en los otros ejercicios del taller. ¿Cómo cambiarle el principio a un texto? Esto casi segura de que ambos autores, García Márquez y Bucowski calcularon, repasaron, reescribieron e hicieron cuanto fue posible en su momento para que fuera si no perfecto, sí el que se ajustara de la mejor forma posible a lo que querían contar, con los engarces precisos con el nudo y el desenlace. Por una extraña conexión de ideas me siento unida a esos escritores (quizá parezca inmodestia, pero no es así). Si escribieron de madrugada o al anochecer, solos o rodeados de gente, con una máquina de escribir o a mano, en un lugar preciso y escogido de sus casas o en un bar, en la calle, en un jardín... debieron sentirse ajenos a las vidas de los otros: amigos, compañeros, amantes, hijos... arrastrados a ese mundo donde las historias no son solo palabras en el papel, no son solo palabras que cruzan nuestra mente, no son solo palabras que buscar, sinónimos que encontrar. Ese lugar en que están vivas y suceden una y otra vez, esperando el momento en que podamos verlas con nuestros propios ojos mentales. Que nos dejemos arrastrar, confiados, a ese rincón palpitante de vida. Que nos demos permiso para traerlas a este mundo asidos a su mano arrastrados por su necesidad de ser.

lunes, 26 de diciembre de 2011

NAVIDAD

Es Navidad. Navidad ya pasada se podría pensar. Pero si recordamos y echamos la vista atrás Navidad era desde que empezábamos a preparar en el colegio las obras de teatro, los villancicos, las manualidades de regalo (Yo recuerdo un año que hicimos una virgen de escayola, barnizada después en castaño) hasta después de la emocionante Noche de Reyes. Aún antes de eso, mi madre se quedaba noches en vela cosiéndonos los vestidos que estrenaríamos en Nochebuena. Pruebas y más pruebas: que si el dobladillo, que si la cinturilla, que si… realizadas durante la tarde, yo subida a una de las sillas del comedor y mortalmente aburrida como cualquier niña que se precie a la que le obligan a cinco minutos de inmovilidad. Por las noches el sonido incesante de la máquina de coser como arrullo. Mis hermanos y yo hemos sido niños bien educados, con la cartilla leída antes de ir a casa de mis tías, de mis abuelos a cenar o comer. Niños de ojos ansiosos puestos en la bandeja de los turrones, los mazapanes, los pastelitos de boniato esperando la mirada del padre que nos permitía adelantar la mano y tomar uno, un solo trozo de lo que teníamos delante. Niños repeinados, niñas con trenzas estiradas en sus nuevos vestidos a cuadros escoceses hechos en casa y abrigos heredados realizando el “besamanos”, salmodiando un Feliz Navidad, risueño, bullicioso a cambio de unas pequeñas estrenas (aguinaldos) a los padres, a los tíos, a los abuelos. Niños envueltos en besos y caricias, que preparaban villancicos, pequeñas obras de teatro que eran aplaudidas por los mayores. Niños de a pie, llevados y traídos de casa de un familiar a otro, en noches frías, caminando bajo las estrellas. Niños que recibían zapatos nuevos y útiles escolares en Reyes, pero también: “caballo grande ande o no ande”. Juegos, muñecas, balones, patines comprados a última hora (que por lo visto bajaban mucho de precio ante la tesitura de tener que volver a guardarlos en algún almacén) en los puestos del Mercado Central. Niños que buscaban hierbas y hojas para los camellos, a los que despertaban de madrugada golpes sonoros en la contraventana de madera para encontrarse en pijama, muertos de sueño porque les había costado dormirse, a pesar de la orden de:” acuéstate pronto y duérmete que si no los Reyes no vienen”, en medio del comedor (el espacio no daba para salón) con la mesa y las sillas y el único sillón desbordantes de regalos.


Recuerdo hoy la cara de mi padre y la de mi madre ante nuestras miradas, gritos, sorpresa… con un brillo de alegría, de felicidad. Los ojos de mi padre, capaces de reír con el gesto más adusto posible en la boca. Y de nuevo nos mandaban a dormir, ya satisfecha nuestra intensa necesidad de saber, de tocar lo que nos habían traído los Reyes, para levantarnos muy temprano porque venían los tíos, siempre a casa, a desayunar el chocolate y los churros o las torrijas que preparaba mi madre y se volvía a liar, porque venían con las manos llenas de lo que “los Reyes habían dejado en su casa para nosotros”.

Éramos niños pobres, pero no lo sabíamos. Éramos niños felices.



Recuerdo hoy a todos aquellos que ya no están. A los que quise y me quisieron. Que estuvieron allí cubriéndome de amor. Cuando escucho como deprimen a muchas personas estas fechas me viene a la memoria aquellos días, llenos de susurros y expectación, de pórtate bien que no vendrán los Reyes, de cómo me fascinaba el Belén que montaba mi tía Carmen en la mesa del comedor, repleto de figuras, detalles, puentes, molinos, el castillo, soldados ro manos, pastorcillos en su hoguera, los Reyes Magos avanzando sobre un puente que cruzaba un río de plata. Las caricias y los besos, las sonrisas y las riñas, las voces alrededor de la mesa, reunirse con los primos y la alegría. El intenso frío de entonces, las vacaciones del cole, los libros que todos me regalaban y mi deseo infantil y casi vergonzoso de tener una Nancy que al final me regaló mi tía Carmen, mi madrina y que me cargué en dos días intentando averiguar como era por dentro. Pienso en todo esto y siento que son ellos, los que ya no están, los que me enseñaron a amar estas fechas. Los echo de menos, claro. Pero pensar en ellos me hace sonreír.

Feliz Navidad.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Amanecer sobre el mar

Casi cada día tengo la oportunidad de ver amanecer. Algunos días estoy demasiado embebida en mi mundo y no presto la suficiente atención, aunque sé que el amanecer está ahí, envolviéndome. Hoy, sin embargo, era tan espectacular, tan conmovedor y tan mágico que he tenido que pararme y mirar. Mirar de verdad. Llenarme los ojos de la engañosa lámina calma del mar que se incendiaba en rojos, ocres y amarillos cuando tocaba el horizonte. Nubes casi negras cubriendo el cielo hasta donde podía contemplar, dejando solo una franja con los colores del desierto paralela a la lejana línea que separa mar y cielo. Una nube en la distancia surgiendo del agua me ha hecho soñar con una isla fantástica envuelta en brumas, una ciudad mítica perdida y vuelta a encontrar, una tierra de dioses capaz de desvanecerse a la luz del sol. Ha hecho que mi corazón palpite a un ritmo extraño, invadido por la melancolía imposible de aquello que nunca existió. Un deseo, un sueño, un espejismo que muere ante la claridad del día.

Pero también me ha hecho pensar en el milagro de cada amanecer que nos regala la esperanza de un día nuevo, aún a estrenar. Preparado para llenarse de todo aquello que nosotros queramos volcar en él: sonrisas, ternura, amistad, placer, trabajo, diversión, preocupaciones, responsabilidades, dolor, alegría, penas, sentimientos, palabras, sensaciones, deseos, consuelo...

Y lo más prodigioso, el portento más maravilloso es que siempre sucede, aún después de la noche más oscura, más tormentosa, más larga o más triste. Siempre empieza un nuevo amanecer.




 

sábado, 26 de noviembre de 2011

Rescatado

Releyendo viejos escritos, he encontrado este. Ha cambiado tanto mi situación y mi vida que leerlo de nuevo ha sido como encontrarse con una vieja conocida. Es extraño darse cuenta de cuanto sigue en mí de aquel momento y cuanto he dejado atrás. En esencia sigo siendo la misma, creo. A día de hoy he cambiado algunos imposibles de entonces, con otros por mucho que he luchado no he podido hacerlo. En aquel momento iniciaba un viaje aún sin saberlo. Un viaje de descubrimientos que ya solo terminará cuando yo misma lo haga.
Lo traigo tal cual. Creo que entonces era bastante más redicha.

Ruego a los dioses

Escribí esto hace algún tiempo. Cuando ya empezaba a tener claro que no había vuelta atrás. Qué el descubrimiento y avance de lo que soy no puede parar aunque duela. Y que dejar de ser lo que soy, matar mi curiosidad, matar ese deseo vibrante e íntimo, no va a poder ser. Soy. Existo. Pase lo que pase esta petición a los dioses no ha sido enviada, ni nunca lo será.

Hoy, doce de febrero del dos mil cinco, aquí, sentada en un claro de luna, le elevo a ustedes, Dioses Creadores de todo lo viviente que me despoje de mis cualidades como Ser.

Yo, una mujer en pleno uso de mis facultades mentales, sana, y excesivamente viva pido:Qué se me retire la capacidad de amar
Las cualidades de comprensión, compasión y calidez.
Pido que la confusión y el dolor desaparezcan de mi interior.
Qué me sea arrebatada la empatía hacia el sufrimiento de todo ser viviente.
Deseo que mis preocupaciones no lleguen a más de cómo llegar a final de mes.
Qué mis pensamientos se centren en elegir el menú de la cena o la comida siguientes.
Qué no me sienta unida al resto del universo por misteriosos lazos invisibles, es más exijo no sentir siquiera que estos lazos existan.
Deseo disfrutar de no hay tomate, crónicas y salsa rosa.
Quiero preocuparme de lo que pasa en la vida de los famosos. Me comprometo a sentir envidia, celos y a criticarlos sobre manera.
Espero convertirme en un muerto viviente.
Qué no me conmueva el hambre de mis semejantes.
Pido ser confundida con la mediocridad que me rodea.
No sentir amor, ni temor por seres que sufren en lugares y circunstancias que desconozco.
Ruego que se me arranque mi curiosidad y mi creatividad.
Qué mi mente este vacía y mi sensibilidad anulada.
Ruego que se me llene del miedo al que dirán, del respeto a las normas establecidas, así como una comprensión del por qué de estas, que me ha sido negada desde siempre.
Ruego poder cambiar de canal cuando las imágenes “hieran mi sensibilidad” o mejor aún, poder contemplarlas con indiferencia, alegrándome de que las desgracias les ocurran a otros y no a mí.

Pido ser exonerada para siempre del anhelo, del deseo a lo que no puedo tener y de la añoranza de las personas y lugares que nunca podré conocer.
Aceptare en su lugar, vivir donde estoy, compartir conversaciones de parque, preocuparme de las actividades del vecino, observar las veces que llega a casa borracho o con una pareja diferente a la habitual.
Exijo ser despojada de mi condición de mujer tierra; que muera el animal sexual que siempre ha convivido conmigo y de paso a una nueva condición de mujer light con sentimientos de pega y deseos conformados. Prometo llamar a los polvos rápidos y desganados hacer el amor.
Me comprometo a horrorizarme por comportamientos que se salgan de lo normal, a criticar con fruición al que es diferente, a mirar por encima del hombro al que piense de forma distinta a la masa.

Soy consciente de que para que esto ocurra tendré que dejar de:
Amar la luna llena
Perderme en la contemplación de los cielos.
Sentir pasión por el mar y las tormentas.
Vivir las profundidades de la noche.
Desear sexo.Tener mi vena de locura.
Llenar de palabras los documentos Word.
Asombrarme ante cada pequeña maravilla que ocurra cada día.
Buscar y seguir la evolución de mi personalidad.
Renunciar a contarme historias y sueños a cada momento.
Visitar mi mundo interior y perderme en él.
Disfrutar de los pequeños hallazgos a los que mi curiosidad me lleva.
Preguntarme por qué y a quien favorece el hambre del mundo.
Quererte
Emocionarme al pensar que me has dicho te quiero.
Buscar la paz
Recrearme en tu mente maravillosa.
Florecer con tu calor.
Sentir que estas allí; al alcance de la mano pero intocable.

Espero que tenga a bien escuchar mi petición. De antemano le agradezco su atención y espero ansiosa el cumplimiento de la misma.

Agradezco profundamente que mi petición haya sido desatendida. No sé si habrá un futuro distinto, tal vez no. Pero yo sí soy distinta y a la vez, yo misma.

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Ahora que soy el futuro de aquella mujer, puedo decirle que sí, que es distinto. Que ha podido cambiarlo. No como ella lo soñó. Ganó batallas y perdió otras. Pero sigue enamorada de la luz de la luna, de las tormentas, llenando documentos de word y contándose historias. Y no, sigue sin engancharse a los programas de cotilleo, incluso diría que ve mucho menos la tele que entonces. Que en el camino ha ganado amigos, de los de verdad y para siempre.
Le diría con tristeza que ha perdido cierta inocencia que aún mantenía. Que ha llorado mucho, ha sido feliz y desgraciada en el camino. Decepcionada y herida.
Que el camino no la ha hecho más dura ni más amarga, ni más desconfiada pero sí más directa, más fiel a si misma, más de verdad. Ya no está dividida. Que a pesar de los temores al futuro incierto que es común a todos en esta época, está en paz aunque siga luchando.