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viernes, 19 de octubre de 2012

San Viernes


Es viernes. San Viernes como dice una de esas imágenes compartidas que pululan por el facebook. Llevo unos días pensando en lo harta que estoy de que la crisis sea el telón de nuestras vidas. De iniciar cada día con la venta de la deuda (endeudándonos más en el proceso), con las subidas o bajadas de la bolsa y con la prima de riesgo. Llego incluso a parar en el curro para prestar atención a la puta prima. 

Estoy cansada de que todo gire alrededor de unas cifras. De que nos bombardeen con estadísticas, cifras del paro, subidas de impuestos y mentiras.

Me pone los pelos de punta pensar en aquellos que tienen el deber, sí, el deber de protegernos y que no hacen más que esquilmarnos de las formas más variadas, mientras se niegan a lavar los “trapos sucios” de su casta, en público, no vaya a ser que en algún otro momento necesiten que otros les echen una mano para ocultar los propios.

Me enfada que me hagan pagar una deuda que yo no he contraído. Mal que bien, voy pagando las propias como he hecho siempre.

Me molesta muchísimo que me digan que “hemos vivido” por encima de nuestras posibilidades: ¿Quiénes, Señores? Es más: ¿Alguien puede aclararme cuáles eran esas posibilidades? Me repatea que se haya convertido en un mantra y que la única explicación que me den es la de ese constructor/obrero con un chalet y un cochazo en la puerta, que ahora llora porque se lo van a quitar. O que la gente se permitía el lujo de irse de viaje. O que contraían hipotecas para cuarenta años o que la gente es tan capulla que quiere un piso propio.

Los pobres no deberíamos levantar la mirada del suelo. Nada, nada: un pisito de treinta metros cuadrados de alquiler, los libros de la biblioteca, usar el transporte público aunque casi es mejor que camines que es muy sano y si queremos ver mundo ya tenemos la televisión, que por cierto, nos ha bombardeado con programas como: Ricas y famosas, quien vive en esta casa y alguno más como destinos de lujo. Y claro, aceptar cualquier condición de trabajo, agradecidos y sumisos. ¿Qué es eso de querer derechos y dignidad? No, hombre, no. Haz lo que te piden, abre veinticuatro horas, se consciente de “la situación”, coge tu sobre a fin de mes y sé agradecido.

No protestes, no salgas a la calle, no grites tu desesperación, da mala imagen y la prima se pone histérica y se sube por las paredes, no te unas a los tuyos que la unión hace la fuerza y te prefieren aislado. No culpes a la clase política, pobres hacen lo que pueden, pilares de la democracia. No hables mal de los bancos (o mira, sí, hazlo, para lo que te va a servir) y ni pienses por asomo en los “mercados”. Ese atajo de apostadores ventajistas que juegan con tu vida.

Y si algún día no puedes más y te suicidas, pues nada, tampoco es para preocuparse, no saldrás en las noticias.


Vaya, no quería escribir nada de todo esto. Es viernes después de un par de semanas muy duras. Solo quería decir que estoy harta de vivir con miedo al futuro que cada vez es más presente, que me influya hasta en mi manera y mis ganas de escribir y de tener que luchar por alejar la maldita ansiedad que de vez en cuando siento golpeando mi pecho. Y que quiero dejarlo atrás. Quiero, quizá, vivir como los pajarillos del Nuevo Testamento. Alegrarme de cada día que llega y cada día pasado, con fe y esperanza.

Mis disculpas, feliz viernes.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Pedralba

A principios de junio hablaba sobre un incendio del que me llegaban hasta casa las cenizas. El cielo cambió incluso de color.
Aunque parezca mentira, hay que recordar que estamos a jueves, otros nueve incendios se han declarado en esta semana: los conatos de incendio en Alzira,Jávea y Náquera, una zona entre Xátiva y Manuel y el que se inició el domingo por la tarde que comenzó en  Chulilla y se extendió por la senda que bordea el Turia: Ribarroja, Vilamarxant, Benissoda, Benicolet, Gestalgar... Pedralba.

Pedralba es mi Pedralba. No tiene que ver con haber nacido allí, que no es así, ni con lo que sentirán los que viven, trabajan, llevan a sus hijos al colegio del cada día del pueblo.

Mi Pedralba es un sentimiento, es un recuerdo, es mi niñez, son mis padres, mis tíos. Pedralba era mi abuela, las noches pasadas en su cama escuchándola rogar por cada uno de la familia e incluso los que no lo eran, Pedralba era verla en misa, golpeándose el pecho con fuerza en el Yo, Pecador. Pedralba, veranos largos con mis primos y mis hermanos dejados en custodia a mi abuela. Pedralba era madrugar y "baldear la calle", en compañía de mi madre. Madre activa, joven, tan diferente a mis recuerdos posteriores.

En el término municipal de Pedralba, compraron mis tíos un terreno en el monte. E iniciaron la construcción de algo que aquí llamamos: "La caseta".  Mi tío que era mecánico construyo primero un garaje, con foso y todo y la balsa. Mi abuela plantó un geranio francés y varios rosales. Inició los cimientos de la casa. Pequeña , siempre ha sido pequeña para la cantidad de gente que la hemos habitado o visitado. Después la vendió a mi padre.

Fue la amargura de mi adolescencia. Nunca se es más rebelde con causa o sin ella que a los catorce años. Y recuerdo que pasar los fines de semana haciendo de ayudante de albañil para mi padre no era lo que más me apetecía en la época. Puedo ver aún si pienso en ello las montañas de arena y grava, los sacos de cemento y el lugar donde se mezclaban. El capazo negro que había que llenar una y otra vez. Las discusiones y el mal humor. Mi padre no entendía que me parecía la tarea más aburrida del mundo. Aunque fue capaz de encontrar otras peores. Recoger piedras del terreno, arrancar malas hierbas, cavar para el pozo.

Todo esto mientras hacíamos noche en el garaje que tuvo la virtud de convertirse en una cama inmensa mientras avanzaba la construcción de la casa. Durante el día era cocina, por las noches era divertido. No había tele, como mucho una radio a pilas. Con lo que eso supone siendo todos prácticamente niños. Se contaban historias, chistes, se jugaba a las cartas, al cálculo mental (cosas de mi padre). Todos juntos como animalitos a punto de invernar.

Son tanto los recuerdos que vienen a mi mente, que necesitaría un libro entero para contarlos.
Pero ahora, en estos momentos, lo que veo son las fotos que me mostró mi hermana ayer. El fuego ha devorado gran parte de los árboles que plantó mi padre, el geranio francés y las rosas de mi abuela, el pequeño jardín que plantó mi madre delante del porche. El fuego subió por detrás de la balsa, hizo estallar la ventana de la cocina, que yace ennegrecida sobre el fregadero. Era de madera, antigua e imagino que muy seca de este verano sin lluvias. La mayoría de los azulejos han saltado y los que quedan están combados. Es curioso ver como la cortina de tela que cubre el hueco de la despensa se ha salvado, caprichos del fuego que parece elegir: esto sí, esto  no. Se ha quemado toda la vegetación que rodeaba el garaje, al que fui tantas veces a la parte de atrás para fumar a escondidas. Hay una horrorosa capa de ceniza en la parte de atrás donde mi padre soñaba con hacer algún día una piscina en condiciones.

No podemos quejarnos. Estoy muy segura de que mucha gente ha perdido muchísimo más. A fin de cuentas la casa sigue allí, la tierra sigue allí, aunque ya nunca más florezcan los geranios franceses de mi abuela.




miércoles, 29 de agosto de 2012

Horóscopo

En el correo venía mi horóscopo, no voy a decir porqué me lo envían, cosas extrañas que hace una a veces. Buenas noticias: estoy que me salgo de salud. ¡Qué curioso! Venía yo pensando en que me duele la espalda, algunas zonas de los brazos, sobre todo el izquierdo, que estoy rendida con este calor asfixiante y húmedo y para rematar me escuece la piel de las manos y de los brazos. Que últimamente parece que vaya a trabajar de Sado-maso. Solo me falta el traje de látex y el látigo. O más bien les falta. Que tampoco, con las uñas como que se defiende divinamente y claro, ponerme a su altura sería abusar de mi edad por menos y de mi salud por más. Pero con la tontería, con la tontería voy llena de arañazos que parece que salga de una riña de gatos o de una maratón de sexo salvaje.

Venía yo, además haciendo cuentas. Eso siempre es un error los días como hoy. No hay manera de ver la luz y mi encogimiento de hombros casi siempre presente, tipo pajarito de la biblia, ya sabéis cuando dice aquello de "mi padre no cuida y viste a los pajarillos del campo, pues más se ocupará de vosotros". Pero como el horóscopo dice que no va mi economía del todo mal, mejor dejo de pensar en ella.

Estaba hasta tal punto mosqueada que me sentaban mal hasta las tonterías más tontas: unas señoras han venido a la parada del bus mientras yo esperaba. Como no, esperaban mi autobús, que por cierto ha tardado lo suyo y además ha mentido en el panel ese de los minutos que faltan. Como decía, eran cuatro señoras hablando sin parar de otra que estaba ausente para variar. Y a mí me ha dado por pensar: ya verás, vendrá el bus medio lleno de la gente que va a la playa al mediodía (es una hora pésima para ir, sobre todo si cogéis mi autobús, absteneros por favor), estás cuatro que tienen toda la pinta de irse de comida me quitarán los asientos que queden libre y tendré que ir de pie, con el agravante de llevar la bolsa de mercadona, que oye, no llevaba mucho pero a la larga pesa.
Pero no, no se si han sido mis emisiones mentales hostiles o qué, que al final cuando faltaba un par de minutos para llegar el bus, han pillado un taxi ¡Qué le voy a hacer si a veces soy bruja!. Y además ha venido el autobús casi vacío, con su aire acondicionado y me he sentado en uno de mis asientos predilectos, los primeros que van solos. Y aquí voy a poner otro pero, igual son demasiados peros pero como que poner Mas... me suena redicho: Pero ¡Sorpresa! el conductor llevaba un cabreo muchísimo peor que el mío, y oye, que además iba conduciendo el bus, que yo no y puedo mosquearme lo que me de la gana que no hago daño a nadie más que a mí. El buen hombre hablaba primero con algún inspector: no iba la impresora de los billetes y después hablaba ¡Solo! Joder, que no es que hablara y ya está, no, que gesticulaba y todo. En fin, me he dado cuenta de lo relativo que es todo, hacia el final del trayecto el hombre ha podido arreglar la impresora, anular no sé que billetes y llegar a mi parada con normalidad y a mí se me ha pasado el mal humor, aliviada de haber llegado sana y salva. Y ya me he animado del todo al comprobar que mis malestares físicos son imaginarios, lo dice el horóscopo.

jueves, 23 de agosto de 2012

Conversaciones

Estos días he tenido varias conversaciones. Hablo con todo el mundo y no me callo como dice alguien que yo sé, ni debajo del agua. Hablé sobre todo con mujeres. Y cada una me hizo reflexionar a su manera. La primera en la parada del bus. Algo mayor que yo, muy delgada, pelo corto y rubio, con una de esas caras triangulares que a mí me gustan mucho. Me recuerdan a los elfos, me hacen esperar  ver asomar unas orejas puntiagudas. Los ojos le ocupan la mitad de la cara y la sonrisa es a la vez: dulce, triste y bonita. Como mucha gente que he conocido este año, forma parte de mi proyecto Sonrisa. Hablamos un poco de cada cosa, pero sobre todo de política. Es el pan nuestro de cada día. Ya podían guardárselo los políticos donde les quepa. Lo importante es que se presentó, se llama Rosa y que preguntó mi nombre. Vuelvo a constatar que ver al "otro", sonreír, escuchar, te lleva a conocer.

La segunda conversación llegó una tarde. Sentadas en una terracita mirando el mar, con una de las mejores personas que conozco. Y que además tengo la fortuna de que sea también la mejor de las amigas. Me contaba, haciendo un repaso rápido, lo que le ha sucedido en las dos últimas semanas. Entre otras cosas una imposición de manos. Soy bastante escéptica en algunos temas. No digo que no existan, digo que si vas a un quiromasajista porque tienes contracturas musculares, a poco que le cuentes de tu vida, ya debe saber que son por estres, por que tienes la vida acelerada, porque aceptas más responsabilidades de las que tu cuerpo puede admitir. El consejo no estuvo mal. Si vives a trescientos por hora, reduce hasta noventa. Y disfruta del paisaje. Claro, que con esto puedes añadir otro gran problema a los que ya tienes: que el paisaje no te guste. E incluso otro peor, que no encuentres la forma de cambiarlo. Y si me apuras diría que puede empeorar incluso más: que sí encuentres como cambiarlo. Y eso, da mucho miedo.

La otra conversación, más bien unilateral la tuve ayer: Encuentros que tiene la vida, no del todo inesperados, pero si en el ámbito de la sorpresa por la cualidad: ¿De verdad tenía yo necesidad de saber como se van a repartir la herencia y los paso que hay que dar? Por lo visto sí. O eso pensaba él. Más que el tema en si, que viene envuelto en las quejas acerca de los papeleos necesarios cuando alguien muere y las tasas que nunca pensó que tenían precio y lo tienen, por debajo de si hay que pedir certificados de defunción, últimas voluntades, alrededor de sus palabras están el gesto y la voz. Gestos que ya me son extraños, aunque aún pueda ver cuando no me dice del todo la verdad y en la voz, un temblor infantil, un exceso de cordialidad.



miércoles, 22 de agosto de 2012

Mañana de miércoles

Escribo. Sigo escribiendo en la soledad de la madrugada. Me cuesta estos días meterme en ello, pero hoy no. Me he despertado, ya hacía mucho que no sucedía, pensando en lo que tenía que hacer mi personaje. Como salir de la situación en la que le he puesto y que quiere hacer, al menos de momento. No sé si llegará a ver la luz, pero de momento le he cambiado el nombre, porque sentía que el anterior no estaba del todo ajustado a ella. Manías, supongo. Alguna vez lo hago, no es nada fácil o por lo menos no lo es para mí ese bautizo. Intento buscar siempre nombres sencillos, que podrían ser usuales o no, pero que tengan algo que me atraiga. Es un proceso mental complicado y ahora al reflexionar me doy cuenta de que no he descrito a los personajes, puede que porque los tenga claros en mi mente o porque no lo considere importante. Sé que es un error. Y quiero subsanarlo, quizá mañana.

Es una sensación agridulce. He vuelto a encontrar ese lugar donde hay mundos que esperan, hechos extraños y amores que matan o mueren. Lo siento como una especie de círculo mágico, o mejor, una esfera mágica que puede envolverme entera e intenta que me olvide de mí misma.

Siempre escribo, aunque la magia no me acoja. No he dejado de hacerlo, aunque alguno de los textos hayan muerto en el primer párrafo y otros yazcan abandonados, a la espera de que vaya a buscarlos para soplar sobre ellos y darles el aliento que les falta.

Puede que piense demasiado en la realidad angustiante de cada día. Demasiados programas de radio, demasiadas noticias, demasiada fealdad y falta de fe en el futuro.

O no, o solo estoy vaga y el calor me afecta. Vete a saber.

jueves, 9 de agosto de 2012

La pierna y otras cosas

El lunes de la semana pasada amanecí con un dolor, en aquel momento parecía moderado, en la pierna. La izquierda, concretamente el muslo parte superior externa. Lo que en principio parecía un dolorcito de nada, pensé que habría dormido mal, en mala postura o vete a saber qué, fue aumentando de tal forma que cuando bajé del autobús y crucé la Avenida, cojeaba. Aguanté con paciencia, cumplí con mi jornada más o menos bien y esperé como imagino hacemos todos que se pasara solo. No fue así, de hecho, me hizo pasar una semana bastante jodida y aún ronda por ahí el dolor. Haciendo memoria recordé que el domingo al irme a la cama, di un traspiés bastante aparatoso, de esos de me caigo, no me caigo y que consigues no sabes como frenar la caída. Así que ahí estaba el motivo, aunque no la solución. Si miramos en el libro de Ana, la causa sería otra: algo hay que no me deja avanzar (y eso vale para un dolor de pies, para tropezar constantemente y para esto también imagino).
En medio de todo esto, falleció la madre de mi ex. Lo que significó visita al tanatorio, reencuentros forzados, un ofrecimiento de llevarme al hospital (muchacho, no era el momento, con el cuerpo presente en la sala) y la apostilla de que soy una cabezota. Yo añadiría que siempre lo seré para según que cosas.
La cuestión es que he reflexionado sobre varias cosas: la primera que tengo poca paciencia conmigo misma respecto al dolor o la enfermedad. Me impacienta que cosas tan habituales como sentarse, levantarse, andar, cruzar la pierna, vestirme, entrar en la bañera… tenga que pensarlas primero para ver la mejor forma de hacerlas sin joderme más. Me sorprende que además me produzca un vago sentimiento de culpabilidad.
En otro asunto que me ha hecho pensar es en los mayores, nada extraño ya que me relaciono constantemente con la vejez. Si por un miserable dolor de pierna me he sentido así, como no entender el mal humor que produce el deterioro físico, el desaliento de esos ojos que ya prácticamente no ven, ese oído mermado, la lentitud al caminar, el agobio y el malestar que pequeños contratiempos del día a día pueden causar, incluso las alegrías que rompen las pautas y que se está demasiado cansado para disfrutar, la perdida de las facultades mentales: No saber dónde se está, ni con quién se está. Y para cuando te das cuenta de algo, percibes que te llevan y te traen sin que tú puedas decidir quedarte una hora más en la cama o vestirte y salir a la calle o desayunar madalenas en lugar de tostadas.
 Y dentro de este tsunami de pensamientos, ayer me sorprendí sintiendo una honda y extraña ternura al observar esas manos inseguras, finas y elegantes a pesar de las manchas de la edad, pinchar con el tenedor el plato, sin llegar a cazar los macarrones o el tomate de la ensalada, y aún así llevarlo a la boca, para volver a repetir el movimiento, esta vez en otra zona del plato y quizá sí, atrapar parte del alimento. Apartar de un manotazo mi mano impaciente, cuando el deseo de ayudar y la lástima me incitaron a coger yo el tenedor para someterle a la indignidad de alimentarle en la boca. Cortar con los dedos un pequeño trozo de pan, que buscó y tomó con el cubierto para rebañar el plato, una y otra vez. Observar su tenacidad, su voluntad y sí, su dignidad me hizo olvidar la lástima, me dio paciencia y me llenó de amor, de respeto y orgullo.

Para propios y extraños aclaro que estoy mejor.  Aún hay movimientos que me cuestan y otros que directamente no puedo hacer (¡Coño, no puedo cruzar la pierna izquierda sobre la derecha! y eso afecta a más cosas de las que creía: probad a sacudiros la arena de los pies sin poder hacerlo y me contáis) De otros movimientos no puedo contaros nada, no he probado aún si puedo o no puedo. Imagino que me las ingeniaría si la motivación es… intensa.

viernes, 3 de agosto de 2012

Caminos

El comentario de una amable lectora me lleva a pensamientos que una vez tuve. Creo que puede sonarle este: No quiero que me quieran, no quiero que me necesiten. Duele. La responsabilidad y la culpa son pesos demasiado grandes para soportarlos cuando vienen de la mano del amor. Del amor de cualquier tipo, pero sobre todo de ese. De ese que hace que te sientas atada de pies y manos. Que no sepas donde vas a colocar tu próximo paso en ese campo de minas en que se ha convertido tu vida. En la que crees no valer lo suficiente para hacerla saltar por los aires. Y vives siempre oculta bajo el agua. Dejando que la vida pase, amortiguada, por tu lado.

Vivir siempre con miedo es no vivir. Es dejar que las cosas te sucedan sin poder para decidir sobre ellas o cambiarlas. Atada, amordazada, viviendo una farsa. Levantarse por la mañana y huir de tu mirada en el espejo. Poniendo el automático como quien presiona un botón. Vistiéndote con una sonrisa que no sientes, forzando un tono de voz que no reconoces, deseando estar siempre en otro lugar. Dividida, escindida. Gritando tras la apariencia de calma. Haciendo lo que tienes que hacer. Por el bien de los otros. Por lo que te han hecho creer o por lo que tu misma quieres creer: por tu propio bien.

Y cada vez el agua el agua te cubre más. Estás más cerca del fondo. Sientes que la presión sobre ti te está haciendo pedazos. Que pronto dejarás de ser tú. Solo serás un autómata que finge que vive. Y cuando eso ocurre, cuando tus pies tocan el fondo, no solo sabes, no solo crees, no solo te dices que ya no puedes más, que te ahogas. Cada célula de tu cuerpo, más allá de tu cerebro, de tu pensamiento, de tu razón, sabe que no hay otro camino que pegar patada y emerger, rompiendo todo a tu paso. Y dejas de plantearte si eres buena o no, si lo que haces es bueno o no, a quién herirás o como. Solo tienes que hacerlo. Y lo haces. Y vas resolviendo, día a día, minuto a minuto. Viviendo, arreglando, decidiendo. Y da miedo, mucho por que ser uno mismo, hacer que las cosas sucedan significa ser la única que tiene que responder de sus aciertos y sus fracasos ante la propia conciencia. No es la situación, no es el otro, no es la vida. Soy yo.

Nadie podrá rescatarte de tu torre, ni matar al dragón por ti. Al menos nadie puede decidir por ti la forma de escapar de la torre, ni en que momento hacerlo, ni como derrotar al dragón. El camino parece solitario. Discurre sinuoso por un bosque oscuro lleno de peligros. La carga que llevas a tus espaldas pesa mucho, pero si estás atenta, siempre habrá una mano que se alargue hacia ti. Providencia, amigos, amor, cariño, respeto, confianza… también están en el camino. Lo que no sé es si el bosque termina alguna vez, pero a momentos los árboles se abren y atisbas un cielo soleado y llegas a claros que brillan a la luz de la luna. 

martes, 24 de julio de 2012

INEXORABLE

Una nueva palabra leída en Palabras interesantes. Inexorable. Hay palabras que llegan, te acarician. Otras te dejan indiferente y alguna te golpea justo donde más duele.
Esta en particular es de las últimas. Los amables autores de esta página, hablan de la intensidad de esta palabra, lo es o al menos para mí. De sus dos significados: Aquello que no se puede evitar como primera acepción y que no se deja vencer por los ruegos, como segunda.
¿Cuántas veces una decisión inexorable de otros o propia ha cambiado nuestra vida? ¿Cuántas veces hay que armarse el corazón, endurecerlo, impermeabilizarlo para mantener su inexorabilidad ante las lágrimas y el dolor del otro? Yo lo hice una vez. Y aunque nadie piense nunca en el sufrimiento del que rompe un entramado de vida hecho de vivencias, recuerdos, pasiones olvidadas, deberes, mezquindades y alegrías, existe. Vaya que si existe. Te conviertes ante tus propios ojos en alguien que nunca pensaste que serías: Cruel y culpable. Aunque todo tu cuerpo, toda tu mente este gritando que no puede más, la culpabilidad se lleva el primer premio. ¿Cómo ver llorar a alguien y que no se te rompa el corazón? Aunque des la espalda, aunque salgas por la puerta, aunque te lleves tus propias lágrimas a un lugar donde no sean vistas.
¿Y cuándo renuncias a algo que deseas con todas tus fuerzas? ¿Cuándo aún lo querías más de lo que nunca soñaste?  Cuando el miedo supera la pasión y el conocimiento antiguo que reside en lo más profundo de nosotros se alza e inexorablemente te dicta el único camino posible para la supervivencia de tu cordura aunque tengas que abandonar trozos de ti, de tu piel, de tu alma para poder seguir siendo tú.  Sin tener la posibilidad de volver la vista atrás, dejando como Lot que una parte de ti se convierta en sal.

lunes, 16 de julio de 2012

Ícaros

Habían luchado todo lo posible por retrasar el momento de dejar su hogar; vendiendo todas y cada una de sus posesiones: el coche que ya tenía cinco años les dio para aguantar unos días, aunque ni siquiera pudieron hacer frente a un mes completo de la hipoteca. Los anillos de matrimonio, las pulseras y cadenas de comunión de los niños, la pequeña cruz que colgaba del pecho de el padre desde su nacimiento, los pendientes de la madre fueron pagando la luz, el agua, el gas un par de meses. Los videojuegos, la cónsola, el portátil y el ordenador de sobremesa pusieron comida en la mesa cuando ya habían dejado de poner sus esperanzas en pagar deudas. Llegado el momento, entre gritos, lloros y pancartas de los vecinos reclamando piedad y tiempo, salieron de casa con fardos de ropa, como antiguos saltimbanquis sin sentido del equilibrio arrojados al camino. Sin fuerzas, separados: los niños con una tía, los padres con los abuelos. Sin trabajo, sin fe.

Perdidos en el engranaje de una maquinaria sin alma. Entre los dientes del monstruo. Atrapados en la nada. Juzgados y condenados por el terrible delito de confiar, de creer: en sus políticos, en sus banqueros, en el vecino y en el amigo. En la prensa, en la publicidad, en las televisiones.

Culpables de creer que con su trabajo de esclavo podrían dejar de ser hormigas, dejar de vivir en el hormiguero subterráneo de la vida.

Les dijeron: Tenéis alas. Volad.

Como Ícaros modernos se lanzaron al vuelo, subiendo cada vez más altos, fascinados por el calor del sol. Confiaron en las plumas que les habían vendido con intereses imposibles, hasta que la puta cera se deshizo contra las llamas de los bancos, el desempleo, de la mala administración, las estafas, los fraudes, la incompetencia...

La cera derretida les quemará la espalda durante el resto de su vida.  

domingo, 1 de julio de 2012

INCENDIO

El cielo cubierto, amarillo, con una luz extraña, enferma. He leído en alguna parte "cielo futurista", a mí me recuerda más a un cielo post apocalíptico, hecho de humo, de cenizas y de desgracias. Desgracias que intuyes, que presientes con el alma en la piel. Cuesta respirar aún dentro de casa con las ventanas cerradas y mis ojos y mi mente se pierden en la distancia, en lo más alto y al horizonte.

Me asusta y siento dificultad al respirar. Un familiar ya ha tenido que ir a urgencias por una insuficiencia respiratoria y estamos relativamente lejos del incendio. Incendio en el interior de Valencia que arrastra sus huellas hasta aquí, la costa. Que habla de árboles muertos, vegetación perdida, casas desalojadas, familias refugiadas, pueblos vacíos, de lucha desigual del hombre contra el fuego. No lo dominan. No se deja. Hambriento y furioso avanza calcinando más y más tierra.

Veo las imágenes, fotos que muestran al monstruo debatiéndose rojo y negro, con su belleza extraña, dramática, su poder. Fotos de seres humanos: una mujer joven, un niño, un anciano con gestos curiosamente iguales. Manos en la cabeza, en la frente como si se resistieran a ver, a mirar, como si no quisieran o no pudieran entender lo que están viendo. Aviones que lanzan agua, hombres vestidos de amarillo luchando contra las llamas, una impactante imagen de una bicicleta completamente ennegrecida, deformada, con solo un toque amarillo de pintura, salvado como testimonio de lo que fue.

Leo el debate sobre culpas, recortes, falta de medios, de prevención. Leo y pienso en esas familias que ven sus paisajes, su tierra se convierte en humo dejando atrás solo cicatrices negras.

Esperan que el viento cambie de dirección, que se vaya el Poniente y deje paso al Levante, que llueva, que la propia naturaleza resuelva el problema. Siento la impotencia de los que aguardan, de los que combaten en ese deseo, en esa esperanza.

miércoles, 27 de junio de 2012

Hospital

Aunque escribo poco sigo haciéndome notas mentales, incluso imaginando historias, lo que viene a significar que sigo siendo.
Ayer hice la fatídica visita al hospital que iba aplazando: por trabajo, por pena, por cobardía. Siempre cuesta enfrentarse a aquello que creíste dejar atrás. A los fantasmas de un dolor antiguo como si te dijeras, mejor no menearlo.
Doy la razón a uno de mis amables lectores: ya no soy la misma persona ni me hieren las mismas cosas. Los gigantes del pasado, hoy ni siquiera son molinos de viento.

Cuando entré al hospital estaba nerviosa y me dolía el estómago. Es un viejo conocido de toda mi vida; en el nací yo, me bautizaron en su capilla, en el me pusieron siete puntos en la pierna aquella vez que de pequeña me caí de la mesa del comedor sobre una vieja mecedora y me clavé (nunca mejor dicho) un larguísimo clavo hasta el hueso, en el que estuvo tanto tiempo ingresado mi padre hasta morir allí mismo un mediodía rodeado de todos nosotros, donde mi madre también pasó sus últimos días para terminar muriendo sola en intensivos.

Conozco tan bien los pabellones y las salas que con pocas indicaciones me bastan. Subí al tercer piso y busqué la habitación que me habían dicho, la puerta estaba cerrada, al abrirla sin pararme a pensar demasiado se giraron tres o cuatro desconocidos que rodeaban la cama junto a la ventana: una mujer joven en bata azul, estaba tendida sobre ella. Acabé de entrar y al cerrar la puerta allí estaba ella, en la cama del rincón, la que nunca me ha gustado porque me parece muy encajonada y triste sin la alegría siquiera de la vista al exterior.
Entre las sábanas blanco hospitalario me impresionó el color amarillo de su piel, lo poco que abultaba bajo ellas, extremadamente delgada, con ojos lúcidos, el pelo aún rabiosamente teñido de negro. A él no le vi hasta después, impresionada por los cambios que la enfermedad había ocasionado a ese cuerpo que yo recordaba mucho más fuerte y firme. Se levantó para que pudiera acercarme a besarla. Lo hice, le di dos besos en las mejillas consumidas y sin darme cuenta acaricié el brazo que mostraba la huella de pinchazos en forma de moratones, la observé mientras me hablaba, podía ver en su cara la sombra, la máscara que la proximidad de la muerte parece imprimir. El hilo de su voz me dijo: no saldré de aquí, estoy muy malita... mari. Nunca jamás conseguí que me llamara May. Por muchas veces que la corrigiera o mucho que se lo explicara, era Mari, como aquella hermana suya que fue peluquera. Nunca fui yo para ella realmente. O quizá nunca fui la que le hubiera gustado que fuera. Eso no importó ayer.
Me señaló el pequeño gotero del calmante ya vacío. "Cuantas cosas hacen falta para morirse". Yo le respondí: "No, para morirse solo hace falta estar vivo". Y bromeamos, supongo que para algunos de forma macabra sobre la muerte. Y es que a pesar de las palabras con las que me recibió no es consciente de lo que tiene, no se lo han dicho y, estoy segura, no ha querido saberlo. Cuando me fui hacía planes para cuando saliera del hospital, que compraría carne de caballo para paliar la debilidad, que no recordaba como se cocinaban muchas comidas, que la memoria se va, que... hablaba y hablaba, lo que me alegró porque yo tenía poco que decir, excepto un "bien" cuando me preguntó como estaba.

Cuando me fui, él me acompañó hasta la salida. Me contó que los médicos decían que tenía un derrame interior a consecuencia de la última operación que no había cumplido sus objetivos, por eso le dolía tanto el costado y que probablemente no pasaría de la noche de ayer o de hoy. Me sorprendió que no pensara quedarse a pasar la noche y que tuviera toda la intención de ir hoy a trabajar, a fin de cuentas, me dijo: "tienen mi teléfono". Pero eso ya no es una cuestión que me afecte a mí o que deba entrar a juzgar.

No sé si es egoista. Hice lo que me dictaba la conciencia desde hacía días. Lo que el corazón y mi razón me pedían. No me siento... bien. Me siento extrañamente aliviada.

lunes, 11 de junio de 2012

FINDE EXINANIDO

Exinanido o exinanida es una bonita, precisa y muy poco utilizada palabra que la semana pasada el blog de Palabras Interesantes (ya sabéis, está en mi lista de blogs) ofreció a sus lectores.
A mí me llega al escritorio puesto que lo tengo en favoritos. La palabra en cuestión ha definido mi estado este fin de semana. Su significado es: Notablemente falto de vigor. Cansado en exceso. Con falta de vitalidad para hacer cosas.
Y así me he sentido yo. La causa, por seguir la definición, una notable falta de sueño. Resumiendo me he sentido exinanida porque durante tres noches seguidas he dormido mal. Mal y poco. Unas veces por causas ajenas a mi voluntad consciente y otra por una salida imprevista, todas por la costumbre que tiene mi mente de dar la alarma más o menos a la misma hora lo que hace que casi nunca esté en la cama más allá de las siete o las ocho los fines de semana (de entre semana ni hablo. No quiero pasar por demente).

Incluso ahora mismo me afecta y eso que estoy haciendo todo lo posible por recuperar mi energía habitual. He dormido algunas horas más, estoy tomando café, escribiendo, pensando algo... pero aún siento en mi cerebro y en mi cuerpo cierta languidez a la que no estoy del todo acostumbrada.

Está condición de exinanida ha hecho que no terminará de corregir los dos textos que tengo pendiente, que el texto que inicié el domingo carezca de vida, que no me apeteciera ir a la playa, que pasara demasiado tiempo flirteando con la tele en el sofá, que me olvidará hacer unas fotocopias que necesitaba y necesito...

En fin, que sí, que esta palabra que acabo de aprender ha sido la reina de mi finde.

miércoles, 6 de junio de 2012

Gentes que pasan

Hay personas que me resultan cansinas. Hablando, quiero decir. Y eso queriendo siempre mantener la política de sonreír, escuchar y si puedo aliviar (¿Suena creído? No es mi intención, es solo un propósito). No tanto dando soluciones que generalmente no están en mi mano, como sugirendo caminos o rutas a tener en cuenta. Dos personas en concreto me cargan mucho. Una, la conozco desde hace tiempo, incluso he salido de cena y de marcha con ella, no a solas, no lo hubiera soportado, de hecho, dudo que ninguna de las dos lo hubiéramos hecho, salimos en la buenísima compañía de una amiga en común. Con la otra, me une, digamos una relación más laboral. Ambas son mujeres, ambas son separadas, ambas tienen un hijo. Visto así parece que no soporte a un grupo bastante amplio de la población femenina (de hecho, parece parte de una de esas estadísticas que molan tanto en las noticias), pero no, no es el caso.

Justo ayer vi a las dos. Mantuve una conversación más larga con la segunda y con la primera una breve charla-saludo-por compromiso. Soy sensible a las voces, me transmiten emociones, sensaciones, sentimientos. Y la voz de estas dos me cansa, me agobian. Cuando pienso que dicen esas voces entiendo mejor el problema. Las dos hacen de un problema un mundo, y del mundo, un problema. Una se arrepiente, después de doce años de divorcio y la otra está en tramites y palabras textuales: "Él me puede en todo". Se rebozan en la culpa y el miedo. No levantan la cabeza y miran el horizonte, no buscan opciones, ni quieren escuchar otra cosa distinta a sus pensamientos. Pensamientos que traducen a palabras, que repiten y repiten y repiten sin cambiar una coma ni un punto, sin avanzar ni un milímetro ni atreverse a reírse de si mismas.

Siendo cruel (me doy cuenta de que a veces puedo serlo) diré que no puedo con sus vocecitas extremadamente dulces, infantiles casi suplicantes. Sus suspiros, sus medias frases, sus "no puedo"... que me dan ganas de sacudirlas, de pedirles que levanten la voz, que la afirmen, que griten si es necesario, que abandonen esa actitud de derrota, Joder, que luchen. Que la vida es lo que tiene, que la felicidad no es obligatoria y que no, por mucho que se llore no vendrá mama a consolarte, ni te arropará cuando tengas frío. Que los príncipes azules están caducados y nosotras no somos princesas. Que afilen la espada, la propia, y luchen contra sus propios fantasmas, Coño! Que hagan algo más que sobrevivir.

Lo que sé, ahora bajando el tono, es que son contagiosas. Ayer después de hablar con ellas me sentí más cansada, más triste. Como diría mi amiga Mai (con i latina) son tóxicas. Se llevan la alegría y te dejan a cambio el pesar.

viernes, 1 de junio de 2012

Pesadilla

Esta noche he tenido otra pesadilla. No la recuerdo casi, solo seres desmembrados, mucha sangre y persecuciones. Sí he mirado la hora cuando me he despertado con el corazón acelerado y con la sensación de ahogo, de luchar por coger aire en el pecho: eran las doce. En punto. Y no ha sido por cenar tarde, ni demasiado. Me tomé un helado a las siete y después anduve un buen rato. A las nueve y media o antes en la cama ¡Un exceso!
A lo que iba. Durante esos cinco, diez minutos que me costó tranquilizarme para volver a la cama aún impresionada por las imágenes con las que me puedo torturar a mí misma, pensé que sí, que a veces se echa de menos a alguien durmiendo a tu lado. No se hubiera despertado, pero una espalada sólida es una buena ancla cuando el miedo te llena.

Mientras intentaba volver a dormir pensé en el acoso constante en el que vivimos. El desgaste de llegar a fin de mes, la amenaza continúa de nuevas subidas, el materialismo impuesto desde arriba aunque en apariencia sea lo contrario; todos sabemos muy bien que le pasaría a ese horno donde cada día compras el pan si dejáramos de hacerlo, la incómoda sensación de que nos toman el pelo, de que nos culpan, al ciudadano de a pie de una crisis que ya empieza a oler a producto de mercado, por desgracia fresca y sin rastro de ir caducando. Me dio incluso tiempo a pensar, con esas ideas inconexas de la noche en esa acusación que lanzan al ciudadano: Vivíais muy bien y ahora hay que pagarlo. Yo no recuerdo haber vivido nunca muy bien. Siempre con esfuerzo y siempre llegando por los pelos a todos los pagos. Eso sí, sin faltar ni uno.
¿Qué tengo que ver yo y la mayoría de la gente que conozco con esos veinticuatro mil millones de euros que necesita la famosa entidad bancaria? Si ni siquiera podemos imaginar tal cantidad de dinero.

En fin, que me preocupan mis amigos que están en una posición precaria. Me asusta ver como todo esto derrota a algunas personas. No puedo ni empezar a imaginar que vendrá después.

Pero ya, una vez expuestos los demonios a la palabra, me embobo mirando el amanecer. Un pequeño vislumbre sonrosado juega empujando la oscuridad. El dorado se asienta sobre el rosa y un poco más arriba un imposible verde va dando paso al azul violeta. Hace un par de minutos no había luz en el cielo. Pronto será de día. Soy afortunada. Al contemplarlo vuelvo a sonreír.

viernes, 25 de mayo de 2012

Mas Naderías

Acabo de revisar el último relato que viajará al taller esta tarde. Lo doy por terminado a la espera de que una mano amable pero sincera haga una corrección posiblemente más dura que la mía. Pienso que quizá también termine destrozado por los leones. Ya ha pasado la euforia de ayer, cuando di por finalizada la parte creativa de mi trabajo en el texto. La relectura y reescritura técnica, crítica me hace ver unos cuantos puntos que enlazan directamente con mi pasado. Todos los textos que escribimos (no solo estos en los que hablamos con nuestra propia voz) muestran partes, fragmentos, esquirlas de nosotros mismos. A veces muy disfrazadas, tan distorsionadas que ni siquiera nosotros podemos verlas hasta pasado un tiempo. O no verlas, hasta que alguien que te conozca muy bien te las señale. ¿Será ese el misterio de entregarse a esta actividad que es por definición y necesidad tan solitaria? La necesidad de regurgitar aquello que no sabemos como digerir. Se me abren muchas posibilidades cuando pienso este deseo de ficcionar que he tenido siempre. Escribiera o no. Aún me duermo contándome mis propios cuentos. Miento, no me los cuento, los veo a todo color, recreando cada mínimo detalle en esa pantalla imaginaria que es mi mente.

Recuerdo ahora una temporada, larga, larguísima en la que lo único que me ayudaba a dormir era una desagradable e imaginaria historia acerca de un accidente violento que me alejaba de mi propia vida sin tener que tomar yo ninguna decisión. Un elemento externo que podía variar: un coche, una caída, un atropello de cualquier clase decidía por mí. Cuando lo recuerdo ahora y aunque entiendo el estado mental en el que me hallaba, me parece extraño que ese tipo de fantasías me durmieran como si de nanas maternales se trataran. Algunas eran de una violencia feroz que probablemente no escribiré, ni describiré nunca aunque seguro que aparecerán como posible solución para alguno de mis personajes.
¿Y ahora? Ahora en cuanto cierro el libro (el que sea que este leyendo) y apago la luz, a penas me da tiempo a imaginar nada, antes de caer rendida al sueño. Tomar las riendas de la propia vida, en lo posible dadas las circunstancias, es lo que tiene.

jueves, 10 de mayo de 2012

Proyecto Sonrisa

De unos meses aquí tengo un proyecto privado casi íntimo. No he hablado de él con nadie y aunque hace un tiempo que le doy vueltas a contarlo, por uno u otro motivo, no me decidía a ponerlo en palabras.
Es muy simple, sencillo y es posible que para algunos, absurdo. En mi mente y por el hábito de poner título a todo le he llamado Proyecto Sonrisa (sé que este nombre le gustará a Simplicisimus, su blog está aquí al lado, en blogs que sigo).  Este proyecto se hizo consciente, creo recordar, en el mes de noviembre. Aunque de forma indefinida estaba ahí, mostrándose poco a poco. Estoy convencida de que una sonrisa es terapéutica para el que la ofrece y para el que la recibe. Es gratis. No cuesta trabajo. Todos (o casi todos) tenemos los músculos necesarios para formarla. No necesitamos inversión inicial.
El proyecto es el siguiente: Sonrío. Sonrió a quien me cruzo por la calle, a quien me vende el pan, a la cajera de mercadona, al que me pide una moneda (si no me asusta, que alguno lo hace), al vendedor del cupón aunque no compre, a mis amigos, a mi familia.
Junto a la sonrisa, un saludo, una pregunta, un comentario. “Buenos días”, “¿Qué tal hoy?” “¡Qué frío!”. Poco a poco esas preguntas generales se han ido convirtiendo en particulares. Porque la gente responde, porque la gente me sonríe, me contesta y a su vez me pregunta. “¡Qué cara de cansada tienes hoy!” “¿Cómo ha ido el fin de semana?”, “Yo he estado fuera”, “Cuando te enteres de algún taller, me avisas, que tengo un amigo a quien quiero regalárselo”.
El proyecto no consiste en hacer amigos, aunque puede ser una consecuencia secundaria de él, nada desdeñable en cualquier tiempo y lugar. Básicamente el proyecto consiste en tomar nota del otro. Ser consciente de que están ahí. De que tienen problemas, viven como yo inmersos en la crisis, que viven con una enfermedad, que sufren por amor, que los años les alcanzan, que las responsabilidades se les comen… pero que más allá de eso, seguimos estando aquí, que somos personas, que estamos vivos no solo por respirar y arrastrarnos por el mundo, que no estamos solos.  Que tenemos la capacidad de seguir sonriendo, de descubrir esos pequeños detalles que hacen que la vida sea bella.
 ¿Qué precio tiene un segundo de tranquilidad y cariño? De charla distendida y amable. De intercambio de buenas vibraciones. Además es adictivo y genera sensaciones nuevas, buenas y plenas (esto es ya a nivel mío y personal).    
Y los resultados son, siete meses después más que evidentes. Me sonríen incluso antes de que yo sonría. Se interesan por mí de la misma forma que yo por ellos. Me cuentan y cuento. Me escuchan y escucho. Aprendo cada día. Incluso aquella cajera que fue el detonante, el punto de inflexión que hizo que mi proyecto tomara forma. Tan seria, tan triste, tan indiferente a su trabajo y a la gente que pasaba obligatoriamente por su lado. No recuerdo exactamente que conversación mantuve con ella aquel primer día. Sé que le sonreí y le hice un comentario sobre la pesadez del trabajo, después uno más y otro, siempre con una sonrisa hasta que me la devolvió. Hoy sé que tiene dos hijos, una niña que estudia primero de la ESO, y el niño que es más pequeño. Que los fines de semana que puede se va al pueblo, que hace la comida por la noche para el día siguiente, que no había probado el pollo con coca cola, que no le mola su trabajo pero que no se puede quejar, mucho peor sería no tenerlo.
También tengo el teléfono de Raquel, a la que veía cada mañana vendiéndome el pan o poniéndome un cortado con su vida complicada, su separación, los problemas con sus padres, su nueva pareja… Y así, una larga lista de personas que son eso, personas completas, plenas. Más allá de una cara que se repite a diario en nuestras vidas. No siempre llego a ese grado de profundidad, quizá solo sea una inclinación de cabeza junto con la sonrisa, un ligero y superficial intercambio de palabras, el cruce de una mirada brillante…

Para mí es un proyecto de por vida. ¿Te animas?

lunes, 30 de abril de 2012

¿COINCIDENCIAS?

Me resulta curiosa esta noticia. Sucedió hace seis días y como nada es mejor que echar mano de la fuente, la traigo tal como la traen en Levante-emv.com:


EFE VALENCIA
Un enfermero del Hospital Doctor Peset de Valencia resultó herido en la noche del sábado tras ser agredido por un hombre que acudió al centro escoltado por la Policía Nacional para ser valorado por el equipo de psiquiatría. El paciente aprovechó un acercamiento del enfermero y le atacó con un bolígrafo en el cuello. El suceso se produjo en torno a las 23.30 horas, después de que el hombre ingresara en Urgencias custodiado por agentes de policía con una orden en la que se solicitaba la valoración por parte del servicio de psiquiatría de un posible brote psicótico.
En el momento en que el paciente iba a ser atendido en una de las consultas médicas, aprovechó el acercamiento de uno de los enfermeros del hospital para agredirlo con un bolígrafo en el cuello. Los agentes que le custodiaban consiguieron reducirlo inmediatamente y el enfermero fue intervenido quirúrgicamente de urgencia para conocer el alcance de la perforación. Ayer permanecía estable en una habitación del hospital a la espera de recibir el alta.


Esta es la noticia, tal cual ¿Ya la habéis leído? Le deseo de corazón al pobre enfermero agredido que se recupere del todo, claro. ¿A qué viene esto? Paciencia.

Ahora traigo una entrada de este mismo blog. Vaya, mía, de un ejercicio que realicé en un foro el doce de febrero del dos mil nueve. Era jueves. Lo sé porque se puede leer en la fecha marcada en el post. No, es necesario buscar, aquí está:


JUEVES 12 DE FEBRERO DE 2009

Ejercicio 7: (la palabra del día) Furia

Sentí una furia instantánea al verlo entrar. Me temblaban las manos, me ardía la cabeza y la sangre me recorría tan veloz que no alcanzaba a oír más que su paso tumultuoso. No le escuché, su boca formaba palabras sin sonido que me parecían una burla a mis sentidos. Se adelantó hacía mí. Su respiración, el aire mal oliente que salía de su cuerpo rozó mis mejillas, invadiendo mi espacio. Su cara se me antojó deforme e hinchada como una gran calabaza calva a punto de estallar. Los ojos, pequeños, perdidos entre repliegues brillaban mientras seguía emitiendo esos sonidos de pájaro ininteligibles.

¿Quién era ese hombre que rompía mi mundo quieto con su sola presencia? El cuerpo rechoncho enfundado en una bata blanca. En el bolsillo superior marcado con un nombre en rojo, que no quise leer, tres estilográficas concentraban la luz.

Alargo sus peludas manos. Los dedos, repulsivos cuerpos blancos, se posaron en mi cuerpo desnudo, blandos y babosos apartaron el pelo de mis ojos. Me miró insistentemente buscando algo, mientras su boca seguía cerrándose y abriéndose. Me sonrió, mostrando unos dientes enormes, amarillentos.

La puerta tras él había quedado abierta a todo aquello que me amenazaba. Podía sentir acercándose a ella, a los seres reptantes que me buscaban, que esperaban un descuido para llegar a mí, trepar por mi cuerpo, introducirse en él. Podía sentirlos viscosos y ciegos buscando mi sangre, oliéndola, deseando alimentarse de ella…

Un estremecimiento me recorrió y cuando al fin el hombre, soltó mis correas, mis manos como garras tomaron una estilográfica, la clavé en uno de esos ojos que me miraban sorprendidos. Sorteé el cuerpo tendido en el suelo y me abalancé contra la puerta. Ya estaba, cerrada. No podrían entrar.


¿Qué? ¿A qué acojona? ¿y si tengo poderes? ¿Clarividencia? O cómo dice no sé quien ni cuando cualquier cosa que imagine el hombre y en este caso la mujer, puede suceder. O si me pongo más retorcida: Esa entrada no tiene comentarios pero anda por la red un tiempo respetable ¿y si el enfermo fue un lector anónimo? Se le quedó la idea en algún rincón de su cerebro y en ese momento, frente al enfermero le asaltó y decidió llevarla a la práctica... En fin, no lo sé, solo que cuando la leí en el periódico hace unos días, tomando tranquilamente un café en Nou Estil, me trajo de inmediato el recuerdo de esta "Furia" que escribí una madrugada. 

jueves, 19 de abril de 2012

Hilvanes

Vivir cansa ¡Coño, si cansa! Madrugar, encerrarse o mejor perderse en el hilo del pensamiento. Buscar la inspiración que me llenaba ayer de madrugada, después de dormir unas escasas cinco horas es casi imposible. Recuperar esa alegría optimista que siento a veces a mitad de un escrito cuando la inspiración visita mi trabajo y creo de verdad que la historia va a funcionar, es hoy difícil. El tren, la niña y sus problemas no consiguen atraparme aunque viven inmersos en mi mente y no saldrán de ella hasta que su pequeño drama con final feliz esté escrito. De hecho me he levantado con un nuevo inicio en la mente para el cuento que debo valorar antes de lanzarme a escribirlo, aunque si soy sincera no es realmente eso lo que me frena, es que tengo sueño.

Ayer después del taller, que fue como siempre interesante, aunque en esta fase lo es más, había quedado con Amparo después de algún tiempo sin vernos (hay momentos en mi vida que soy una mal queda). Ella está en plena fase de estudio para unas oposiciones y mi vida... a veces es una locura. Así que como definió muy bien en algún momento de nuestra conversación, nos encontramos como cuando dos bolas de billar chocan en plena trayectoria, con fuerza para luego seguir cada una un camino diferente.

Acabamos cenando una hamburguesa y cervecita, saltando de tema en tema, tratando de ponernos al día. Algo casi imposible. De cada vivencia sacamos una, dos, tres o cien reflexiones. Nos pisábamos una a la otra, nos desviábamos del tema, y volvíamos a recuperarlo minutos después.

Estábamos cansadas, para mí el día había sido larguísimo desde las tres y media de la madrugada, para Amparo con las oposiciones encima y el gim, también. Pero creo, al menos yo, que nos revitalizamos en nuestros encuentros. Nos abrimos, nos mostramos, confiamos. Y la verdad sea dicha: no hay nadie como Amparo para abrazar y hacerte sentir querida.
¡Amparo, puedes abrazarme siempre que quieras! Me gusta. Sé que te da la sensación de que no, de que las muestras de afecto no son lo mío, pero no es cierto, solo es este carácter mío, un poco retraído en ocasiones. Y me importa bien poco que el señor del bus, o quien se cruce en nuestro camino piense según que cosas. Puede que les alegremos el día y todo.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Reflexiones tras un vaquerito de jueves.

Buscar no es encontrar. Todos aprendemos o quizá deberíamos aprenderlo en algún momento de nuestra vida. Situaciones, personas, vivencias se nos ofrecen cuando las necesitamos o estamos preparadas para ello. No siempre se puede reconocer mientras sucede. Pero quizá, tal como ha salido en una conversación de amigos esta misma noche, haya que estar alerta. Como cuando conduces. Entras en tu vehículo, cierras la puerta, te pones el cinturón, introduces la llave, enciendes las luces, arrancas, tomas el volante y... tu actitud, tu mirada, tu concentración, tu postura cambia. Busca señales, indicaciones, posibles peligros. Estás alerta a lo que pueda suceder. Algunas personas son incapaces de mantener y sentirse cómodas en esa actitud. Se sacan el carné, conducen una vez o dos y se convencen de que no pueden seguir conduciendo su vehículo. Quizá haya habido un accidente grave, pero es muy posible que no, que tan solo hayan sentido el miedo a que se produzca. Abandonan y vuelven a la supuesta seguridad de su mundo conocido, resguardado, limitado.
Otras personas confunden esa necesidad de estar preparado, atento con la agresividad y así intentan imponerse a cualquier circunstancia que pueda llegarles de fuera, intentando, deseando poder más que el otro. Es, para mí, otro tipo de miedo: herir antes de que me hieran.

Otros conducen con tanta educación, tanta timidez, que siempre conducen por la derecha, nunca se cruzan un semáforo en ámbar, ceden el paso, obedecen ciegamente los límites, ponen los intermitentes y acaban... perdiéndose, amodorrándose en su mundo reglado, imperturbable sin ver siquiera los caminos sin señalizar, el niño que corre fuera del ceda el paso, sin percibir ese glorioso minuto o segundo en el que los límites se rompen, se saltan, se devoran.

No sé cual es el término medio ni la forma correcta de conducir por la vida. Nuestras vidas. Mi vida. Solo que es posible que debamos estar alerta, ampliar nuestro mundo, observar las señales, coger el volante con las dos manos, con la firmeza justa para que no se nos escape, con la holgura suficiente para poder girar, cambiar el sentido cuando sea necesario. No negarse ese segundo de locura devorador de límites, a explorar nuevos caminos sin señalizar por miedo a que se corte en algún punto antes de llegar a su destino.

Importante: no negarse a recoger a compañeros de viaje. A los amigos de siempre, a los que encuentras de forma ocasional o los que llegan para quedarse.

lunes, 14 de noviembre de 2011

El olvido

Dedico este pensamiento perdido, esta reflexión a ti, Amparo. De hecho sin tu generosidad no estarían estas palabras aquí. Ya lo sabes tú. Un abrazo.


Leo a Luis Rojas Marcos que habla sobre la importancia de la memoria para definir quien somos. La memoria relacionada con la autoestima, puesto que nos recuerda que hicimos, como lo hicimos y si lo hicimos bien. La memoria como herramienta de aprendizaje, pero también y esto lo digo yo, como si tuviera una papelera nos sumistra el olvido. Dice Rojas que es un arma fundamental de curación. Me he quedado enganchada en esta frase:
“Pero el olvido ayuda a pasar página, a perdonar y a enfocar un nuevo capítulo en la vida. En realidad, es un regalo para la memoria porque borra las heridas.”

El olvido como ayuda, como descanso, como superación. Pasar página, no quedarse anclado en el pasado, no llevar nuestras heridas cada día de nuestras vidas a flor de piel. Ese es el regalo de la memoria.
Leerlo en palabras de otro. Lo que mi memoria hace por mí me ayuda a entender como es posible que se hayan borrado conversaciones enteras del disco duro de mis recuerdos. A veces incluso sorprendentemente rápido. Dejándome solo la sensación de dolor, de malestar incluso de horror que me produjeron. Pensaba que era una especie de Shock, porque suelo tener una memoria bastante buena y sin embargo era incapaz de recordar la mayor parte de esos hechos, de esas palabras que me hirieron o confundieron.
Es, también, un arma de doble filo. Tiende a borrar lo malo y a dejar lo bueno. Que en principio te hace sentir mejor, por supuesto. Pero quizá esa falta de equilibrio, ese borrón a lo malo te lleva a la añoranza cuando de tiempos, amores, personas se trata. Si no puedo olvidarte y si mi mente borra lo malo que hubo, te doraré en mi memoria como si de un ídolo te trataras. O al menos, si no llego a dorarte si a pensar que no fue para tanto y que lo bueno superaba a lo doloroso.

Si celebro hoy la memoria es por habernos encontrado de nuevo. Quizá el olvido haya atacado y borrado alguna de nuestras conversaciones de entonces, Amparo, pero no la sensación de vuelta a ese cariño especial que le da un sabor de permanencia a nuestro reencuentro.