martes, 1 de enero de 2013

La cena de Noche Vieja

Con este pequeño cuento, bastante improvisado, deseo desear un feliz año a todos aquellos que forman parte de mi vida de una manera u otra. A los que quiero, a los que quise, a los que están y a los que no. A ti.


La familia se ha reunido para celebrar la última cena del año y recibir juntos el nuevo que comienza. En el salón se han desterrado los sofás, que aguardan en posturas extrañas, encajonados como piezas de tetris, desnudos de almohadas en la habitación de los padres. En su lugar dos mesas dispares, cubiertas por manteles algo descoloridos, se llenan de platos de plástico y copas de cristal. En la cocina, la madre da los últimos toques a la sopa: un poco de pollo, un hueso de jamón, verdura variada hirviendo a fuego lento llenan la casa de un cálido olor a invierno. Tía Blanca pela patatas que el padre va friendo con mimo. A su lado,  la bandeja de loza azul de la abuela carga con sus esfuerzos casi hasta rebosar.

La abuela no piensa en su bandeja, uno de los pocos restos supervivientes de su ajuar, acuna a su último nieto, quien con solo tres meses, ignora las ocasionales carantoñas de sus primos y se duerme con sus gritos y risas de fondo. Los niños imaginan que el espacio bajo las mesas es un túnel lleno de obstáculos. Se arrastran entre las patas de las sillas como exploradores subterráneos, más de uno ha recibido un pescozón de Pedro, el primo mayor que cumple quince a la vuelta de dos meses. Le han encargado que corte el pan en finas rodajas. Malhumorado piensa en el móvil que ya sabe que no recibirá este año, ni la Wii ni el último juego para ordenador que contra toda esperanza, él esperaba para Navidad. El abuelo se sienta a su lado y en silencio toma un cuchillo y le ayuda en la tarea. Al cabo de un momento le cuenta el frío que han pasado la abuela y él cuando esperaban en la calle a que el tío Juan los recogiera para acudir a la cena. Después recuerda otros fríos de inviernos pasados, tejiendo con antiguas historias un manto bajo el cual van arropándose uno a uno, todos sus nietos.  Les cuenta de cuando subía con su padre al monte, aún noche cerrada para recoger leña que luego venderían, con suerte, por unas pocas monedas a los vecinos del pueblo, aunque era más habitual recibir unos huevos, unas patatas e incluso un año una vieja gallina para la cena de navidad. Se mira las manos, tan diferentes a las de Pedro que son finas y suaves, desgarbadas manos infantiles con muñecas de hombre. Las recuerda con quince años, ateridas, llenas de arañazos y envueltas en telas. Pero también les habla de los cielos inmensos, de las constelaciones, del silencio, de la paz y de la alegría al volver a casa, el calor de la estufa de leña, la sonrisa de su madre, las patatas asadas entre las manos heladas, el café recién hecho con sopas de pan duro compartido sobre la mesa vieja de la cocina de aquella casa en el pueblo, que ya no existe.

En la cocina de ahora, la madre empana los filetes de carne que no comerá.  Su hermana María prepara varios platos con frutos secos, papas y los inevitables gusanitos que mancharán de naranja las manos y las bocas de los más pequeños. El cuñado, Juan, da los últimos toques a las ensaladas para los adultos. Conversan sobre la próxima subida de la luz, del transporte y la prima de riesgo. El padre retira un plato de pastelitos y turrones que corre peligro en una esquina. Los ha traído la abuela. Su mirada se entristece al cruzarse con la de la madre. Este año no han tenido cesta, ni paga de navidad, ni trabajo. Ella le acaricia con los ojos, aunque siente el miedo encogiéndole el corazón, cerrándole el estómago. Blanca se acerca a su hermana: la madre, se seca las manos y le acaricia el brazo. Un silencio tenso se adueña de la cocina, las manos se mueven más despacio, los pensamientos se escapan al año que llegará, más oscuro, dicen, que el último.

Del salón llegó una risa adolescente amalgamada con carcajadas infantiles. Todos prestan atención. La voz  del abuelo suena rejuvenecida: "la primera vez que intenté besar a vuestra abuela, me pegó una bofetada tan fuerte que me escoció la mejilla tres días, los que me costó reunir el valor para volverlo a intentar..." La abuela interrumpe, hasta sus palabras parecen ruborizarse: "No le cuentes esas cosas a tus nietos, hombre de Dios!". El abuelo se levanta y se acerca al sillón donde la abuela sostiene al bebe, que ha despertado con el escándalo y quiere sonreír: "Y está vez, lo conseguí!". La abuela le amenaza con la mano, pero sus ojos brillan y una sonrisa se le escapa. Pedro anima a sus primos menores y todos corean el !Que se besen! de las bodas.

Los adultos se precipitan fuera de la cocina para no perderse el espectáculo: El abuelo inclinado sobre la abuela y ella escondiendo la cara en el cuello del bebe.

El padre y la madre vuelven a mirarse. Él la ve guapa, con el color que ha puesto el calor de la cocina en sus mejillas, aunque el vestido que lleva no sea nuevo, no luzca ninguna joya y tenga el pelo recogido en una coleta. Ella pasa el brazo por su cintura y se recuesta en su pecho. "Bésala, papá" dice.

La abuela, al fin, muerta de risa, levanta la cara y recibe en los labios la caricia de su esposo.

"La cena ya está lista", dice el padre.


8 comentarios:

  1. Si Dickens tiene su Cuento de Navidad, con éste creo que has retratado a la perfección los personajes de un 'cuento de nochevieja'. Postal de fin de año literaria tan real como emotiva. Feliz año, May.

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    1. No me compares con Dickens que vendrá Scrooge y me mandará a los tres espíritus y verás tú la que se lía.
      Feliz año, Gin. Con dos besos, como Dios manda.

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    1. Feliz año, Tam. Esperemos que este año, las cosas vayan, como poco, saliendo.

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  3. Como la vida misma, al menos en una familia no desestructurada. Es la típica familia que hemos visto en miles de hogares, cuando la necesidad hacia que unos y otros estuvieran unidos. Cuando las necesidades esta´n cubiertas... entran en juego otras necesidades mucho más secundarias.. Ostras, esto es tema de una conversación muy larga, lo dejo aquí. Simplemente halagar tu tacto para crear este cuento agridulce en el cual aquellos a quienes no solemos escuchar, los ancianos, nos dan una lección del "buen vivir".

    Un placer ,como siempre...

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    1. Bueno, espero que las familias desestructuradas también tengan abuelos y tíos. Ha sido una ocurrencia de año nuevo en casa de mis hermanas. Ya al final escuchaba que había lío y que me llamaban para colaborar en la comida familiar. Espero que al menos haya merecido la pena que las hiciera esperar y rabiar un poco.
      Alguna de las cosas que cuento son, digamos: "reales", conocí a un abuelo que subía al monte con ocho años, con su padre. La dureza de aquella vida era extrema.
      Creo que afortunadamente, aun existe en España ese tejido familiar que está actuando de sostén en estos tiempos.
      Gracias, Simp.
      Un beso

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  4. Es importante siempre disfrutar de esos momentos... con permiso de un recien llegado puedo ofrecer el calor familiar de este pequeño abrazo.

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  5. Claro, Miguel, bienvenido a este rincón. Gracias por ese calor que nos ofreces.

    Un abrazo para ti también.

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