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sábado, 15 de septiembre de 2012

Mi Ordenador


Hace como semana y media, algo más que me quedé sin PC. Me ha costado una pasta pero ya está aquí. Recuperado y saneado. No puedo decir que vaya más rápido, pero va y bien que es lo que importa. Durante este tiempo, aunque podría haber cogido papel y lápiz para escribir que mira que puede ser barato y portátil, no he escrito ni una palabra. He roto mis rutinas. Me acostaba tarde, veía algo más de televisión, leía mucho y claro, madrugaba menos.
La he echado de menos, la rutina, digo. Me he sentido un poco vacía mientras organizaba en mi mente ideas que probablemente nunca verán la luz.  Como tantas otras que solo se pueden ver en mis documentos y que por tanto solo veo yo… a veces. Cuando retorno y releo sobre algún texto escrito en otro momento de mi vida y me da la pista de cómo me sentía entonces y los guardo porque me gustan o porque no me gustan pero ya están ahí mostrándome a mí misma en las buenas y en las malas. En algunas ocasiones hasta puedo rescatarlos y convertirlos en relatos, distintos de lo que estaban destinados a ser.                                                                                                 
Recuerdo que me llamó el chico que lo ha reparado y me preguntó si quería guardar algo de lo que había en el ordenador. Había que cambiar unas cuantas cosas y en el proceso iba a desaparecer todo lo que existía en él. Horas y horas de soledad ante el teclado. Le pedí que salvara mis documentos. Están aquí todos. Pero eso me hizo recordar mi otro ordenador ya muerto. En su disco duro, aún por salvar. En los años que hay allí guardados. En lo que viví fuera y dentro de ese cuarto para el ordenador. Es mi memoria de aquel tiempo. Sé que aún puedo recuperarlo, lo he preguntado. Hay probablemente una buena cantidad de relatos terminados o por terminar. En él empecé a escribir de forma más consciente. Pero también hay una especie de diario, en el que me esforzaba en recordar poner fechas. En el fondo no sé si quiero tenerlo. No sé si quiero recordar aquellas madrugadas que recuerdo invernales aunque no debían serlo todas, envuelta en una manta, con solo las manos libres. Aquellos días que se encadenaban y confundían en mi propia mente confusa. Hay un mundo de tristeza allí, en una memoria perdida en un aparato muerto. Pero también alegrías salvajes y profundas. Y realmente no sé cuál de esas dos sensaciones me da más miedo recordar. 

miércoles, 29 de agosto de 2012

Horóscopo

En el correo venía mi horóscopo, no voy a decir porqué me lo envían, cosas extrañas que hace una a veces. Buenas noticias: estoy que me salgo de salud. ¡Qué curioso! Venía yo pensando en que me duele la espalda, algunas zonas de los brazos, sobre todo el izquierdo, que estoy rendida con este calor asfixiante y húmedo y para rematar me escuece la piel de las manos y de los brazos. Que últimamente parece que vaya a trabajar de Sado-maso. Solo me falta el traje de látex y el látigo. O más bien les falta. Que tampoco, con las uñas como que se defiende divinamente y claro, ponerme a su altura sería abusar de mi edad por menos y de mi salud por más. Pero con la tontería, con la tontería voy llena de arañazos que parece que salga de una riña de gatos o de una maratón de sexo salvaje.

Venía yo, además haciendo cuentas. Eso siempre es un error los días como hoy. No hay manera de ver la luz y mi encogimiento de hombros casi siempre presente, tipo pajarito de la biblia, ya sabéis cuando dice aquello de "mi padre no cuida y viste a los pajarillos del campo, pues más se ocupará de vosotros". Pero como el horóscopo dice que no va mi economía del todo mal, mejor dejo de pensar en ella.

Estaba hasta tal punto mosqueada que me sentaban mal hasta las tonterías más tontas: unas señoras han venido a la parada del bus mientras yo esperaba. Como no, esperaban mi autobús, que por cierto ha tardado lo suyo y además ha mentido en el panel ese de los minutos que faltan. Como decía, eran cuatro señoras hablando sin parar de otra que estaba ausente para variar. Y a mí me ha dado por pensar: ya verás, vendrá el bus medio lleno de la gente que va a la playa al mediodía (es una hora pésima para ir, sobre todo si cogéis mi autobús, absteneros por favor), estás cuatro que tienen toda la pinta de irse de comida me quitarán los asientos que queden libre y tendré que ir de pie, con el agravante de llevar la bolsa de mercadona, que oye, no llevaba mucho pero a la larga pesa.
Pero no, no se si han sido mis emisiones mentales hostiles o qué, que al final cuando faltaba un par de minutos para llegar el bus, han pillado un taxi ¡Qué le voy a hacer si a veces soy bruja!. Y además ha venido el autobús casi vacío, con su aire acondicionado y me he sentado en uno de mis asientos predilectos, los primeros que van solos. Y aquí voy a poner otro pero, igual son demasiados peros pero como que poner Mas... me suena redicho: Pero ¡Sorpresa! el conductor llevaba un cabreo muchísimo peor que el mío, y oye, que además iba conduciendo el bus, que yo no y puedo mosquearme lo que me de la gana que no hago daño a nadie más que a mí. El buen hombre hablaba primero con algún inspector: no iba la impresora de los billetes y después hablaba ¡Solo! Joder, que no es que hablara y ya está, no, que gesticulaba y todo. En fin, me he dado cuenta de lo relativo que es todo, hacia el final del trayecto el hombre ha podido arreglar la impresora, anular no sé que billetes y llegar a mi parada con normalidad y a mí se me ha pasado el mal humor, aliviada de haber llegado sana y salva. Y ya me he animado del todo al comprobar que mis malestares físicos son imaginarios, lo dice el horóscopo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Mañana de miércoles

Escribo. Sigo escribiendo en la soledad de la madrugada. Me cuesta estos días meterme en ello, pero hoy no. Me he despertado, ya hacía mucho que no sucedía, pensando en lo que tenía que hacer mi personaje. Como salir de la situación en la que le he puesto y que quiere hacer, al menos de momento. No sé si llegará a ver la luz, pero de momento le he cambiado el nombre, porque sentía que el anterior no estaba del todo ajustado a ella. Manías, supongo. Alguna vez lo hago, no es nada fácil o por lo menos no lo es para mí ese bautizo. Intento buscar siempre nombres sencillos, que podrían ser usuales o no, pero que tengan algo que me atraiga. Es un proceso mental complicado y ahora al reflexionar me doy cuenta de que no he descrito a los personajes, puede que porque los tenga claros en mi mente o porque no lo considere importante. Sé que es un error. Y quiero subsanarlo, quizá mañana.

Es una sensación agridulce. He vuelto a encontrar ese lugar donde hay mundos que esperan, hechos extraños y amores que matan o mueren. Lo siento como una especie de círculo mágico, o mejor, una esfera mágica que puede envolverme entera e intenta que me olvide de mí misma.

Siempre escribo, aunque la magia no me acoja. No he dejado de hacerlo, aunque alguno de los textos hayan muerto en el primer párrafo y otros yazcan abandonados, a la espera de que vaya a buscarlos para soplar sobre ellos y darles el aliento que les falta.

Puede que piense demasiado en la realidad angustiante de cada día. Demasiados programas de radio, demasiadas noticias, demasiada fealdad y falta de fe en el futuro.

O no, o solo estoy vaga y el calor me afecta. Vete a saber.

jueves, 9 de agosto de 2012

La pierna y otras cosas

El lunes de la semana pasada amanecí con un dolor, en aquel momento parecía moderado, en la pierna. La izquierda, concretamente el muslo parte superior externa. Lo que en principio parecía un dolorcito de nada, pensé que habría dormido mal, en mala postura o vete a saber qué, fue aumentando de tal forma que cuando bajé del autobús y crucé la Avenida, cojeaba. Aguanté con paciencia, cumplí con mi jornada más o menos bien y esperé como imagino hacemos todos que se pasara solo. No fue así, de hecho, me hizo pasar una semana bastante jodida y aún ronda por ahí el dolor. Haciendo memoria recordé que el domingo al irme a la cama, di un traspiés bastante aparatoso, de esos de me caigo, no me caigo y que consigues no sabes como frenar la caída. Así que ahí estaba el motivo, aunque no la solución. Si miramos en el libro de Ana, la causa sería otra: algo hay que no me deja avanzar (y eso vale para un dolor de pies, para tropezar constantemente y para esto también imagino).
En medio de todo esto, falleció la madre de mi ex. Lo que significó visita al tanatorio, reencuentros forzados, un ofrecimiento de llevarme al hospital (muchacho, no era el momento, con el cuerpo presente en la sala) y la apostilla de que soy una cabezota. Yo añadiría que siempre lo seré para según que cosas.
La cuestión es que he reflexionado sobre varias cosas: la primera que tengo poca paciencia conmigo misma respecto al dolor o la enfermedad. Me impacienta que cosas tan habituales como sentarse, levantarse, andar, cruzar la pierna, vestirme, entrar en la bañera… tenga que pensarlas primero para ver la mejor forma de hacerlas sin joderme más. Me sorprende que además me produzca un vago sentimiento de culpabilidad.
En otro asunto que me ha hecho pensar es en los mayores, nada extraño ya que me relaciono constantemente con la vejez. Si por un miserable dolor de pierna me he sentido así, como no entender el mal humor que produce el deterioro físico, el desaliento de esos ojos que ya prácticamente no ven, ese oído mermado, la lentitud al caminar, el agobio y el malestar que pequeños contratiempos del día a día pueden causar, incluso las alegrías que rompen las pautas y que se está demasiado cansado para disfrutar, la perdida de las facultades mentales: No saber dónde se está, ni con quién se está. Y para cuando te das cuenta de algo, percibes que te llevan y te traen sin que tú puedas decidir quedarte una hora más en la cama o vestirte y salir a la calle o desayunar madalenas en lugar de tostadas.
 Y dentro de este tsunami de pensamientos, ayer me sorprendí sintiendo una honda y extraña ternura al observar esas manos inseguras, finas y elegantes a pesar de las manchas de la edad, pinchar con el tenedor el plato, sin llegar a cazar los macarrones o el tomate de la ensalada, y aún así llevarlo a la boca, para volver a repetir el movimiento, esta vez en otra zona del plato y quizá sí, atrapar parte del alimento. Apartar de un manotazo mi mano impaciente, cuando el deseo de ayudar y la lástima me incitaron a coger yo el tenedor para someterle a la indignidad de alimentarle en la boca. Cortar con los dedos un pequeño trozo de pan, que buscó y tomó con el cubierto para rebañar el plato, una y otra vez. Observar su tenacidad, su voluntad y sí, su dignidad me hizo olvidar la lástima, me dio paciencia y me llenó de amor, de respeto y orgullo.

Para propios y extraños aclaro que estoy mejor.  Aún hay movimientos que me cuestan y otros que directamente no puedo hacer (¡Coño, no puedo cruzar la pierna izquierda sobre la derecha! y eso afecta a más cosas de las que creía: probad a sacudiros la arena de los pies sin poder hacerlo y me contáis) De otros movimientos no puedo contaros nada, no he probado aún si puedo o no puedo. Imagino que me las ingeniaría si la motivación es… intensa.

viernes, 3 de agosto de 2012

Caminos

El comentario de una amable lectora me lleva a pensamientos que una vez tuve. Creo que puede sonarle este: No quiero que me quieran, no quiero que me necesiten. Duele. La responsabilidad y la culpa son pesos demasiado grandes para soportarlos cuando vienen de la mano del amor. Del amor de cualquier tipo, pero sobre todo de ese. De ese que hace que te sientas atada de pies y manos. Que no sepas donde vas a colocar tu próximo paso en ese campo de minas en que se ha convertido tu vida. En la que crees no valer lo suficiente para hacerla saltar por los aires. Y vives siempre oculta bajo el agua. Dejando que la vida pase, amortiguada, por tu lado.

Vivir siempre con miedo es no vivir. Es dejar que las cosas te sucedan sin poder para decidir sobre ellas o cambiarlas. Atada, amordazada, viviendo una farsa. Levantarse por la mañana y huir de tu mirada en el espejo. Poniendo el automático como quien presiona un botón. Vistiéndote con una sonrisa que no sientes, forzando un tono de voz que no reconoces, deseando estar siempre en otro lugar. Dividida, escindida. Gritando tras la apariencia de calma. Haciendo lo que tienes que hacer. Por el bien de los otros. Por lo que te han hecho creer o por lo que tu misma quieres creer: por tu propio bien.

Y cada vez el agua el agua te cubre más. Estás más cerca del fondo. Sientes que la presión sobre ti te está haciendo pedazos. Que pronto dejarás de ser tú. Solo serás un autómata que finge que vive. Y cuando eso ocurre, cuando tus pies tocan el fondo, no solo sabes, no solo crees, no solo te dices que ya no puedes más, que te ahogas. Cada célula de tu cuerpo, más allá de tu cerebro, de tu pensamiento, de tu razón, sabe que no hay otro camino que pegar patada y emerger, rompiendo todo a tu paso. Y dejas de plantearte si eres buena o no, si lo que haces es bueno o no, a quién herirás o como. Solo tienes que hacerlo. Y lo haces. Y vas resolviendo, día a día, minuto a minuto. Viviendo, arreglando, decidiendo. Y da miedo, mucho por que ser uno mismo, hacer que las cosas sucedan significa ser la única que tiene que responder de sus aciertos y sus fracasos ante la propia conciencia. No es la situación, no es el otro, no es la vida. Soy yo.

Nadie podrá rescatarte de tu torre, ni matar al dragón por ti. Al menos nadie puede decidir por ti la forma de escapar de la torre, ni en que momento hacerlo, ni como derrotar al dragón. El camino parece solitario. Discurre sinuoso por un bosque oscuro lleno de peligros. La carga que llevas a tus espaldas pesa mucho, pero si estás atenta, siempre habrá una mano que se alargue hacia ti. Providencia, amigos, amor, cariño, respeto, confianza… también están en el camino. Lo que no sé es si el bosque termina alguna vez, pero a momentos los árboles se abren y atisbas un cielo soleado y llegas a claros que brillan a la luz de la luna. 

jueves, 21 de junio de 2012

Jueves

Es jueves y hoy ni siquiera lo he intentado. No he abierto ningún documento de word, no he escrito ni una sola palabra de ficción. ¿Se habrá ido mi inspiración de vacaciones? Quizá como yo las necesite, así que no la voy a reñir. Tómate tus vacaciones y vuelve recargada de experiencias y ganas. Eso sí, vuelve. Yo intentaré seguir aquí, en las madrugadas por si acaso me haces una llamadita para decirme como estás, que estás haciendo y con quien te estas viendo. Si me estás siendo infiel, disfrútalo, llénate y vuelve. Sobre todo eso. Vuelve.

Siento la desconexión a ese mundo en el que siempre ocurren cosas. Un mundo que es ajeno a mí, pero que sin embargo está dentro de mí, aunque yo no lo viva así (sé que está dentro de mí, no soy esquizofrénica... todavía). He perdido el camino y no encuentro las baldosas amarillas por ninguna parte.

¿Qué se ha cruzado en ese camino? Veo mucho más las noticias ahora, leo más la prensa, escucho más el descontento, soy consciente de mi posición aérea, me pesa más todo. Siento una debilidad extraña que me arrastra a un cansancio físico y mental. Me cuesta ponerme las pilas, me cuesta decir ahora me toca hacer esto y hacerlo. Hasta levantarme del sofá para irme a la cama parece una decisión trascendental: "No me apetece moverme""tengo que dormir" "me duermo aquí" "No, mejor en la cama"... un diálogo interior que como se ve es de lo más interesante y productivo.
He estado picoteando de aquí y de allá, todos tenemos nuestros blogs fetiche, a veces son muy tontos, otras de temas que nos obsesionan. Yo hoy les he dado a todos. Leo en uno a una joven mujer que dice textualmente: "Soy una puta mierda"; en otro un escritor nos narra "una mirada sucia", el de los vídeos del YouTube dice: "Mándala a tomar por culo". Dejo un par de comentarios aquí y allá. Y sé, soy consciente de que es una forma de abstraerme y de no pensar. De evadirme.

Y eso, que hoy es Jueves y los jueves son blancos para mí. El día más luminoso de la semana. No sé porque ni desde cuando, pero es mi color para este día.
Si no fuera tan contraria a las listas creo que me iría bien hacer una de tareas pendientes que poder ir tachando cuando las realice.

Joder, que dispersa estoy.

lunes, 11 de junio de 2012

FINDE EXINANIDO

Exinanido o exinanida es una bonita, precisa y muy poco utilizada palabra que la semana pasada el blog de Palabras Interesantes (ya sabéis, está en mi lista de blogs) ofreció a sus lectores.
A mí me llega al escritorio puesto que lo tengo en favoritos. La palabra en cuestión ha definido mi estado este fin de semana. Su significado es: Notablemente falto de vigor. Cansado en exceso. Con falta de vitalidad para hacer cosas.
Y así me he sentido yo. La causa, por seguir la definición, una notable falta de sueño. Resumiendo me he sentido exinanida porque durante tres noches seguidas he dormido mal. Mal y poco. Unas veces por causas ajenas a mi voluntad consciente y otra por una salida imprevista, todas por la costumbre que tiene mi mente de dar la alarma más o menos a la misma hora lo que hace que casi nunca esté en la cama más allá de las siete o las ocho los fines de semana (de entre semana ni hablo. No quiero pasar por demente).

Incluso ahora mismo me afecta y eso que estoy haciendo todo lo posible por recuperar mi energía habitual. He dormido algunas horas más, estoy tomando café, escribiendo, pensando algo... pero aún siento en mi cerebro y en mi cuerpo cierta languidez a la que no estoy del todo acostumbrada.

Está condición de exinanida ha hecho que no terminará de corregir los dos textos que tengo pendiente, que el texto que inicié el domingo carezca de vida, que no me apeteciera ir a la playa, que pasara demasiado tiempo flirteando con la tele en el sofá, que me olvidará hacer unas fotocopias que necesitaba y necesito...

En fin, que sí, que esta palabra que acabo de aprender ha sido la reina de mi finde.

miércoles, 6 de junio de 2012

Gentes que pasan

Hay personas que me resultan cansinas. Hablando, quiero decir. Y eso queriendo siempre mantener la política de sonreír, escuchar y si puedo aliviar (¿Suena creído? No es mi intención, es solo un propósito). No tanto dando soluciones que generalmente no están en mi mano, como sugirendo caminos o rutas a tener en cuenta. Dos personas en concreto me cargan mucho. Una, la conozco desde hace tiempo, incluso he salido de cena y de marcha con ella, no a solas, no lo hubiera soportado, de hecho, dudo que ninguna de las dos lo hubiéramos hecho, salimos en la buenísima compañía de una amiga en común. Con la otra, me une, digamos una relación más laboral. Ambas son mujeres, ambas son separadas, ambas tienen un hijo. Visto así parece que no soporte a un grupo bastante amplio de la población femenina (de hecho, parece parte de una de esas estadísticas que molan tanto en las noticias), pero no, no es el caso.

Justo ayer vi a las dos. Mantuve una conversación más larga con la segunda y con la primera una breve charla-saludo-por compromiso. Soy sensible a las voces, me transmiten emociones, sensaciones, sentimientos. Y la voz de estas dos me cansa, me agobian. Cuando pienso que dicen esas voces entiendo mejor el problema. Las dos hacen de un problema un mundo, y del mundo, un problema. Una se arrepiente, después de doce años de divorcio y la otra está en tramites y palabras textuales: "Él me puede en todo". Se rebozan en la culpa y el miedo. No levantan la cabeza y miran el horizonte, no buscan opciones, ni quieren escuchar otra cosa distinta a sus pensamientos. Pensamientos que traducen a palabras, que repiten y repiten y repiten sin cambiar una coma ni un punto, sin avanzar ni un milímetro ni atreverse a reírse de si mismas.

Siendo cruel (me doy cuenta de que a veces puedo serlo) diré que no puedo con sus vocecitas extremadamente dulces, infantiles casi suplicantes. Sus suspiros, sus medias frases, sus "no puedo"... que me dan ganas de sacudirlas, de pedirles que levanten la voz, que la afirmen, que griten si es necesario, que abandonen esa actitud de derrota, Joder, que luchen. Que la vida es lo que tiene, que la felicidad no es obligatoria y que no, por mucho que se llore no vendrá mama a consolarte, ni te arropará cuando tengas frío. Que los príncipes azules están caducados y nosotras no somos princesas. Que afilen la espada, la propia, y luchen contra sus propios fantasmas, Coño! Que hagan algo más que sobrevivir.

Lo que sé, ahora bajando el tono, es que son contagiosas. Ayer después de hablar con ellas me sentí más cansada, más triste. Como diría mi amiga Mai (con i latina) son tóxicas. Se llevan la alegría y te dejan a cambio el pesar.

viernes, 1 de junio de 2012

Pesadilla

Esta noche he tenido otra pesadilla. No la recuerdo casi, solo seres desmembrados, mucha sangre y persecuciones. Sí he mirado la hora cuando me he despertado con el corazón acelerado y con la sensación de ahogo, de luchar por coger aire en el pecho: eran las doce. En punto. Y no ha sido por cenar tarde, ni demasiado. Me tomé un helado a las siete y después anduve un buen rato. A las nueve y media o antes en la cama ¡Un exceso!
A lo que iba. Durante esos cinco, diez minutos que me costó tranquilizarme para volver a la cama aún impresionada por las imágenes con las que me puedo torturar a mí misma, pensé que sí, que a veces se echa de menos a alguien durmiendo a tu lado. No se hubiera despertado, pero una espalada sólida es una buena ancla cuando el miedo te llena.

Mientras intentaba volver a dormir pensé en el acoso constante en el que vivimos. El desgaste de llegar a fin de mes, la amenaza continúa de nuevas subidas, el materialismo impuesto desde arriba aunque en apariencia sea lo contrario; todos sabemos muy bien que le pasaría a ese horno donde cada día compras el pan si dejáramos de hacerlo, la incómoda sensación de que nos toman el pelo, de que nos culpan, al ciudadano de a pie de una crisis que ya empieza a oler a producto de mercado, por desgracia fresca y sin rastro de ir caducando. Me dio incluso tiempo a pensar, con esas ideas inconexas de la noche en esa acusación que lanzan al ciudadano: Vivíais muy bien y ahora hay que pagarlo. Yo no recuerdo haber vivido nunca muy bien. Siempre con esfuerzo y siempre llegando por los pelos a todos los pagos. Eso sí, sin faltar ni uno.
¿Qué tengo que ver yo y la mayoría de la gente que conozco con esos veinticuatro mil millones de euros que necesita la famosa entidad bancaria? Si ni siquiera podemos imaginar tal cantidad de dinero.

En fin, que me preocupan mis amigos que están en una posición precaria. Me asusta ver como todo esto derrota a algunas personas. No puedo ni empezar a imaginar que vendrá después.

Pero ya, una vez expuestos los demonios a la palabra, me embobo mirando el amanecer. Un pequeño vislumbre sonrosado juega empujando la oscuridad. El dorado se asienta sobre el rosa y un poco más arriba un imposible verde va dando paso al azul violeta. Hace un par de minutos no había luz en el cielo. Pronto será de día. Soy afortunada. Al contemplarlo vuelvo a sonreír.

viernes, 25 de mayo de 2012

Mas Naderías

Acabo de revisar el último relato que viajará al taller esta tarde. Lo doy por terminado a la espera de que una mano amable pero sincera haga una corrección posiblemente más dura que la mía. Pienso que quizá también termine destrozado por los leones. Ya ha pasado la euforia de ayer, cuando di por finalizada la parte creativa de mi trabajo en el texto. La relectura y reescritura técnica, crítica me hace ver unos cuantos puntos que enlazan directamente con mi pasado. Todos los textos que escribimos (no solo estos en los que hablamos con nuestra propia voz) muestran partes, fragmentos, esquirlas de nosotros mismos. A veces muy disfrazadas, tan distorsionadas que ni siquiera nosotros podemos verlas hasta pasado un tiempo. O no verlas, hasta que alguien que te conozca muy bien te las señale. ¿Será ese el misterio de entregarse a esta actividad que es por definición y necesidad tan solitaria? La necesidad de regurgitar aquello que no sabemos como digerir. Se me abren muchas posibilidades cuando pienso este deseo de ficcionar que he tenido siempre. Escribiera o no. Aún me duermo contándome mis propios cuentos. Miento, no me los cuento, los veo a todo color, recreando cada mínimo detalle en esa pantalla imaginaria que es mi mente.

Recuerdo ahora una temporada, larga, larguísima en la que lo único que me ayudaba a dormir era una desagradable e imaginaria historia acerca de un accidente violento que me alejaba de mi propia vida sin tener que tomar yo ninguna decisión. Un elemento externo que podía variar: un coche, una caída, un atropello de cualquier clase decidía por mí. Cuando lo recuerdo ahora y aunque entiendo el estado mental en el que me hallaba, me parece extraño que ese tipo de fantasías me durmieran como si de nanas maternales se trataran. Algunas eran de una violencia feroz que probablemente no escribiré, ni describiré nunca aunque seguro que aparecerán como posible solución para alguno de mis personajes.
¿Y ahora? Ahora en cuanto cierro el libro (el que sea que este leyendo) y apago la luz, a penas me da tiempo a imaginar nada, antes de caer rendida al sueño. Tomar las riendas de la propia vida, en lo posible dadas las circunstancias, es lo que tiene.

martes, 22 de mayo de 2012

LLAMADA TELEFÓNICA

¡Hay que ver como nos gusta justificarnos! Incluso cuando no existe un motivo para hacerlo ¿O sí? Cuento la historia aquí porque sé más que seguro que la protagonista no me leerá. Se llama Chelo y la conozco, nos conocemos desde que nuestras madres nos tenían en el útero. Si pudiera existir esa conexión misteriosa entre bebes no natos, claro. Por lo que contaba mi madre, coincidieron en el hospital, aunque nos llevemos unos días de diferencia y Chelo sea Leo y yo Cáncer. La recuerdo en la guardería. No puede ser un recuerdo inventado porque después la cambiaron al Santa María, el otro colegio de monjas de mi barrio y hasta Cuarto no volvimos a encontrarnos. Ella no recordaba (ni recuerda) su paso por la guardería, pero su madre hace muchísimo que lo confirmó.
Fuimos amigas del alma, adolescentes de discoteca, tuvimos peleas y reconciliaciones y luego la vida hizo su trabajo y nos separó durante largos periodos de tiempo. Yo soy como soy y aunque la quiero, me cansa. Siempre lo ha hecho. En mayor o menor grado. Si la dejas te absorbe, te vampiriza. Se muestra celosa de los nuevos amigos, de las circunstancias, hasta del tiempo. Así que con los años he aprendido a sortearla en lo posible y a arroparla cuando es necesario. Advertencia: no me siento buena persona con ella. Ni buena amiga, pero es superior a mis fuerzas. Su vida ha sido difícil, mucho más complicada de lo que puedo o debo contar. Sería un personaje de novela si no fuera porque el cambio que esa vida ha efectuado en ella no sería el propio de una heroína. Es lo que tiene la vida real. ¿A qué viene todo esto? Lo cuento.
Me llamó hace dos días. Más de dos años sin hablar con ella y la conversación transcurre más o menos así:
"Hola, May. Qué soy chelo. Acabo de salir en las noticias de... (Aquí menciona un canal de televisión), porque me caí en el metro y las cámaras de seguridad lo grabaron. Estoy bien, solo un punto en la rodilla, pero se montó una... vino la ambulancia del metro (¿?) y todo. Pero no te llamo por eso, que ya lo han emitido (exactamente dijo: lo han echado) ya.

Mi aportación a todo esto fue: "¡Chelo, hola!"

"Te llamo porque estoy pensando coger vacaciones. ¿Tú cuándo las coges? Porque así podríamos ir a la playa, que ya he aprendido bien a ir en metro (¿?) Aunque puede que para entonces ya me haya cansado de la playa, ahora la cojo con ganas, ya sabes, que son los primeros días, porque luego..."

"No sé, Chelo, no sé si tendré vacaciones" ¿Pero tú como estás? ¿Qué haces?

"Ahora trabajo día sí, día no, en servicios de veinticuatro horas. Y he vuelto con Fran... se lo dije a tu hermana. Lo del divorcio debió ser un ataque que me dio"
"Ah" (Ese ah, es mío, alucinada estaba)
"¿Por qué sabes que te digo, May? Que todo tiene remedio menos la muerte y con la vida que yo he llevado, se de lo que hablo. Pasé un invierno muy malo, los dos viviendo en la misma casa y sin hablarnos, cada uno poniendo su lavadora, con su balda de la nevera... muy incómodo. Ahora hemos vuelto a la normalidad ¿Sabes que quiero decir? Los sábados nos vamos a comprar juntos, vamos de cena alguna vez... así que ahora somos pareja, igual nos volvemos a casar o nos hacemos pareja de hecho. ¿Y tú?"
"¿Yo qué?” Pregunté más que mareada por el aluvión de palabras, información y ese tono pontifical que me hizo temer la respuesta.
“¿No has pensado en volver con él?” La esperaba, de verdad que la esperaba, en vista de lo que me estaba contando, pero aún así… “Joder, Chelo. ¿Y para qué coño iba a hacer eso?” (Los tacos son literales, de la impresión, supongo). “Porque es lo mejor, porque seguro que él si querría volver y porque es lo que te digo, que todo tiene remedio, mira yo, ahora estamos como si no hubiera pasado nada, aunque su familia no me habla y cuando me cruzo con sus hermanas por el pueblo, me giran la cara”. Yo me mordí la lengua, a veces sé controlarme y aunque nos conozcamos de siempre (parece mentira que ella también me conozca a mí desde siempre) hay momentos en los que es mejor pensar antes de hablar. Me armé de paciencia: “Chelo, no nos vemos. Ni pienso ni dejo de pensar en lo que él querría”.
Ella insiste: “Para ti sería lo mejor. Con la crisis que hay… Él tiene un buen trabajo, fijo y eso y tú... “Chelo es de esas personas que no escuchan. Nunca, a no ser que le arrees en la cabeza, la pares un momento en sus elucubraciones y la saques de ahí. Afortunadamente la tenía lejos para hacer eso. “Chelo, yo estoy bien, me gusta mi vida”. Esfuerzo inútil. Ella sigue y sigue: “Además que conocer a gente nueva es muy cansado, tienes que arreglarte, maquillarte, salir… ¡Uff! Y yo me he pasado el invierno de casa al trabajo y del trabajo al sofá.” Aquí consigo meter baza y le hablo de algunas cosas mías, que he hecho este tiempo, de talleres, de personas, de… bueno, de asuntos más personales. Y me dice: “Tú siempre has tenido mucha energía, demasiada energía (¿?), es verdad, mucha más que yo. Yo es que estoy muy cansada y no tengo ganas de complicarme la vida. Así que estoy mejor ahora, con Fran, de todas formas, todos son iguales. Para acompañarme a la compra, ir algún sábado a cenar y ver la tele en el sofá…” Claro, pensé yo, para eso lo mismo da que sea Fran, que Pepe, que Manolo. Es una discusión demasiado antigua entre nosotras para que le discuta.
“Bueno, se despide (¡Por Fin!). Te dejo. Oye, May, llámame, o me haces una perdida y te llamo yo, que mira que eres. Si no te llamo, no sé nada de ti.”
“Vale, sí, Chelo. Cuídate. Ya hablamos.”

Me dejo pensando en eso de la energía. Y la recordé en aquellas horas de discoteca en las que se convertía en la reina de la pista, en cuando era capaz de trabajar toda la noche, continuar con otro curro durante el día y aún así salir a ligar la noche siguiente sin haber descansado. De cuando dormía conmigo en casa de mis padres, media noche hablando, para encontrármela con los ojos abiertos de par en par a las seis de la mañana, dándome unos sustos de muerte. De sus enamoramientos locos, que podían llevarnos a cometer imprudencias aún más locas. De sus desenamoramientos, tan rápidos y tan locos como los primeros. De los domingos por la tarde frente a un café, de las largas horas de charla. De los miedos compartidos, abandonos, reencuentros, de las peleas y de las paces, de su generosidad y mi mal genio. Recuerdos de alguien a quien ya no encuentro. Que no sé en que momento perdí. Puede que sí, que un día de estos o dentro de un par de meses, le haga esa perdida. O no.

jueves, 10 de mayo de 2012

Proyecto Sonrisa

De unos meses aquí tengo un proyecto privado casi íntimo. No he hablado de él con nadie y aunque hace un tiempo que le doy vueltas a contarlo, por uno u otro motivo, no me decidía a ponerlo en palabras.
Es muy simple, sencillo y es posible que para algunos, absurdo. En mi mente y por el hábito de poner título a todo le he llamado Proyecto Sonrisa (sé que este nombre le gustará a Simplicisimus, su blog está aquí al lado, en blogs que sigo).  Este proyecto se hizo consciente, creo recordar, en el mes de noviembre. Aunque de forma indefinida estaba ahí, mostrándose poco a poco. Estoy convencida de que una sonrisa es terapéutica para el que la ofrece y para el que la recibe. Es gratis. No cuesta trabajo. Todos (o casi todos) tenemos los músculos necesarios para formarla. No necesitamos inversión inicial.
El proyecto es el siguiente: Sonrío. Sonrió a quien me cruzo por la calle, a quien me vende el pan, a la cajera de mercadona, al que me pide una moneda (si no me asusta, que alguno lo hace), al vendedor del cupón aunque no compre, a mis amigos, a mi familia.
Junto a la sonrisa, un saludo, una pregunta, un comentario. “Buenos días”, “¿Qué tal hoy?” “¡Qué frío!”. Poco a poco esas preguntas generales se han ido convirtiendo en particulares. Porque la gente responde, porque la gente me sonríe, me contesta y a su vez me pregunta. “¡Qué cara de cansada tienes hoy!” “¿Cómo ha ido el fin de semana?”, “Yo he estado fuera”, “Cuando te enteres de algún taller, me avisas, que tengo un amigo a quien quiero regalárselo”.
El proyecto no consiste en hacer amigos, aunque puede ser una consecuencia secundaria de él, nada desdeñable en cualquier tiempo y lugar. Básicamente el proyecto consiste en tomar nota del otro. Ser consciente de que están ahí. De que tienen problemas, viven como yo inmersos en la crisis, que viven con una enfermedad, que sufren por amor, que los años les alcanzan, que las responsabilidades se les comen… pero que más allá de eso, seguimos estando aquí, que somos personas, que estamos vivos no solo por respirar y arrastrarnos por el mundo, que no estamos solos.  Que tenemos la capacidad de seguir sonriendo, de descubrir esos pequeños detalles que hacen que la vida sea bella.
 ¿Qué precio tiene un segundo de tranquilidad y cariño? De charla distendida y amable. De intercambio de buenas vibraciones. Además es adictivo y genera sensaciones nuevas, buenas y plenas (esto es ya a nivel mío y personal).    
Y los resultados son, siete meses después más que evidentes. Me sonríen incluso antes de que yo sonría. Se interesan por mí de la misma forma que yo por ellos. Me cuentan y cuento. Me escuchan y escucho. Aprendo cada día. Incluso aquella cajera que fue el detonante, el punto de inflexión que hizo que mi proyecto tomara forma. Tan seria, tan triste, tan indiferente a su trabajo y a la gente que pasaba obligatoriamente por su lado. No recuerdo exactamente que conversación mantuve con ella aquel primer día. Sé que le sonreí y le hice un comentario sobre la pesadez del trabajo, después uno más y otro, siempre con una sonrisa hasta que me la devolvió. Hoy sé que tiene dos hijos, una niña que estudia primero de la ESO, y el niño que es más pequeño. Que los fines de semana que puede se va al pueblo, que hace la comida por la noche para el día siguiente, que no había probado el pollo con coca cola, que no le mola su trabajo pero que no se puede quejar, mucho peor sería no tenerlo.
También tengo el teléfono de Raquel, a la que veía cada mañana vendiéndome el pan o poniéndome un cortado con su vida complicada, su separación, los problemas con sus padres, su nueva pareja… Y así, una larga lista de personas que son eso, personas completas, plenas. Más allá de una cara que se repite a diario en nuestras vidas. No siempre llego a ese grado de profundidad, quizá solo sea una inclinación de cabeza junto con la sonrisa, un ligero y superficial intercambio de palabras, el cruce de una mirada brillante…

Para mí es un proyecto de por vida. ¿Te animas?

miércoles, 9 de mayo de 2012

Espera ardiente

Ayer pasaron ¿Me pasaron? varias cosas. Por continuar en la línea de que cada día es diferente. De los pequeños detalles que distinguen un día de otro ya he hablado. Ayer hubo grandes detalles.
Estar esperando un bus en plena Avenida Blasco Ibañez, con un calor de verano al mediodía acompañado de ese viento de poniente que ahoga de mala manera y pensar: "Hace tanto calor que hasta el aire huele a humo", puede que solo me pasé a mí. Pero vamos, continúe pensando:"el humo huele a madera quemada". Y me quedé tan satisfecha con ese pensamiento idiota hasta que me fijé en un chico, un señor, una mujer que esperaban en la acera de enfrente para cruzar el semáforo. Todos miraban hacia arriba, con cara de intriga. Así que salí de la parada del bus (esas de cristal con asientos de metal) y, ¡Coño! Una palmera echando un humo espeso, gris oscuro desde las ramas más altas. A partir de ese punto todo se precipita. Llega la policía, sin sirenas ni nada, primero un coche y luego otro. Los policías salen del coche y el mundo se convirtió en un gag cómico. Miraban hacia arriba haciendo pantalla con la mano en la frente, daban vueltas a la pobre palmera, de un ángulo y de otro. Mientras yo veo desde mi posición, cada vez más cerca de la palmera y los polis, las llamas anidadas (nunca mejor dicho) en la copa de la pobre.
Un policía vuelve al coche, da marcha atrás y se sitúa a mi lado y mira, como no, hacia arriba. Lo que me hace pensar ¿Se ve mejor sentado que de pie? ¿Dentro del coche que fuera? Ni idea, pero ya llegan los bomberos. Me temo que me desalojarán de la parada porque mientras unos desenrollan mangueras, otros ponen conos naranjas que llegan casi hasta mis pies.
Como curiosidad: no se ha formado corrillo de curiosos. Puede que sea porque es hora de comer. La gente pasa y mira pero no se detiene.
En eso llega mi bus. Para unos metros antes de la parada. Subo y continúo mirando, de pie al lado del conductor que me pregunta que pasa. Se lo cuento. Y los dos incrédulos y con esa chispa de excitación que producen los hechos inusuales en la mayoría de las personas corrientes, seguimos con los ojos fijos en el espectáculo hasta que el semáforo cambia a verde y lo dejamos atrás.

El día continúo y pasaron muchas más cosas: Presenté cuento nuevo en el taller de cuentos infantiles, que tengo que corregir para no variar, en la que fue la última clase. Y... y tuve otra historia de buses. Estoy pensando que podría iniciar una colección de anécdotas: May y el transporte público. Mira que da de si. Me pasa cada cosa... Pero de estas cosas, sobre todo del taller, de lo aprendido, de lo no aprendido, de las gentes y los modos, merecen reflexiones a parte.

Para que luego digan que nunca pasa nada.

lunes, 30 de abril de 2012

¿COINCIDENCIAS?

Me resulta curiosa esta noticia. Sucedió hace seis días y como nada es mejor que echar mano de la fuente, la traigo tal como la traen en Levante-emv.com:


EFE VALENCIA
Un enfermero del Hospital Doctor Peset de Valencia resultó herido en la noche del sábado tras ser agredido por un hombre que acudió al centro escoltado por la Policía Nacional para ser valorado por el equipo de psiquiatría. El paciente aprovechó un acercamiento del enfermero y le atacó con un bolígrafo en el cuello. El suceso se produjo en torno a las 23.30 horas, después de que el hombre ingresara en Urgencias custodiado por agentes de policía con una orden en la que se solicitaba la valoración por parte del servicio de psiquiatría de un posible brote psicótico.
En el momento en que el paciente iba a ser atendido en una de las consultas médicas, aprovechó el acercamiento de uno de los enfermeros del hospital para agredirlo con un bolígrafo en el cuello. Los agentes que le custodiaban consiguieron reducirlo inmediatamente y el enfermero fue intervenido quirúrgicamente de urgencia para conocer el alcance de la perforación. Ayer permanecía estable en una habitación del hospital a la espera de recibir el alta.


Esta es la noticia, tal cual ¿Ya la habéis leído? Le deseo de corazón al pobre enfermero agredido que se recupere del todo, claro. ¿A qué viene esto? Paciencia.

Ahora traigo una entrada de este mismo blog. Vaya, mía, de un ejercicio que realicé en un foro el doce de febrero del dos mil nueve. Era jueves. Lo sé porque se puede leer en la fecha marcada en el post. No, es necesario buscar, aquí está:


JUEVES 12 DE FEBRERO DE 2009

Ejercicio 7: (la palabra del día) Furia

Sentí una furia instantánea al verlo entrar. Me temblaban las manos, me ardía la cabeza y la sangre me recorría tan veloz que no alcanzaba a oír más que su paso tumultuoso. No le escuché, su boca formaba palabras sin sonido que me parecían una burla a mis sentidos. Se adelantó hacía mí. Su respiración, el aire mal oliente que salía de su cuerpo rozó mis mejillas, invadiendo mi espacio. Su cara se me antojó deforme e hinchada como una gran calabaza calva a punto de estallar. Los ojos, pequeños, perdidos entre repliegues brillaban mientras seguía emitiendo esos sonidos de pájaro ininteligibles.

¿Quién era ese hombre que rompía mi mundo quieto con su sola presencia? El cuerpo rechoncho enfundado en una bata blanca. En el bolsillo superior marcado con un nombre en rojo, que no quise leer, tres estilográficas concentraban la luz.

Alargo sus peludas manos. Los dedos, repulsivos cuerpos blancos, se posaron en mi cuerpo desnudo, blandos y babosos apartaron el pelo de mis ojos. Me miró insistentemente buscando algo, mientras su boca seguía cerrándose y abriéndose. Me sonrió, mostrando unos dientes enormes, amarillentos.

La puerta tras él había quedado abierta a todo aquello que me amenazaba. Podía sentir acercándose a ella, a los seres reptantes que me buscaban, que esperaban un descuido para llegar a mí, trepar por mi cuerpo, introducirse en él. Podía sentirlos viscosos y ciegos buscando mi sangre, oliéndola, deseando alimentarse de ella…

Un estremecimiento me recorrió y cuando al fin el hombre, soltó mis correas, mis manos como garras tomaron una estilográfica, la clavé en uno de esos ojos que me miraban sorprendidos. Sorteé el cuerpo tendido en el suelo y me abalancé contra la puerta. Ya estaba, cerrada. No podrían entrar.


¿Qué? ¿A qué acojona? ¿y si tengo poderes? ¿Clarividencia? O cómo dice no sé quien ni cuando cualquier cosa que imagine el hombre y en este caso la mujer, puede suceder. O si me pongo más retorcida: Esa entrada no tiene comentarios pero anda por la red un tiempo respetable ¿y si el enfermo fue un lector anónimo? Se le quedó la idea en algún rincón de su cerebro y en ese momento, frente al enfermero le asaltó y decidió llevarla a la práctica... En fin, no lo sé, solo que cuando la leí en el periódico hace unos días, tomando tranquilamente un café en Nou Estil, me trajo de inmediato el recuerdo de esta "Furia" que escribí una madrugada. 

jueves, 26 de abril de 2012

Más naderías

Es, como casi siempre que llego aquí, aún de noche. Desde hace unos días cuando pienso en el blog, aparece en mi mente este inicio: ¡Querido Dios! Ya sabéis como esos cursis o no, diarios de las pelis norteamericanas. O puede que fuera del Diario de Ana María. Durante un tiempo, allá en mi adolescencia, casi me convence de que mi destino era ser monja. Ya. Ya sé. Algunas mujeres tenemos un pasado tenebroso.

¡Cómo me lío! Esa no era la idea que tenía en mente para este post. Más bien decir que llevo un tiempo, no sabría cuanto que tengo la sensación de no tener espacio en mis días para sumergirme en las pequeñas cosas que me gustan o incluso en aquellas que no me gustan tanto pero que debo hacer. Añoro las largas horas de lectura. Ando de aquí para allá con un tocho de libro que no me cabe en el bolso, aprovecho cualquier momento para leer. Casi siempre en los autobuses. Así que lo leo a pequeños fragmentos que acaban por no decirme nada. También leo por las noches, justo antes de dormir, tan justo antes que no paso de tres o cuatro páginas cuando hay suerte.

La vida se acelera en una especie de remolino, en el que el silencio y la soledad son bienes escasos. Tanto que empiezo a notar los síntomas. No es que esté más irritable, es que siento como si solo nadara en la superficie de mis actos sin llegar a interiorizarlos. Y cuando tengo un rato perdido en fin de semana, estoy tan cansada que entro en una especie de sopor despierto que me hace vagar un tanto incoherentemente por el mundo sofá.

Organizo mi cabeza con listas. Que no sé para que. Al final alcanzo a un par de puntos. Y me autoconvenzo de que tendré tiempo para los demás en un momento u otro (me miento a conciencia).

miércoles, 11 de abril de 2012

Extrañamiento

Ayer, sin venir a cuento me asaltó una sensación muy rara. Estaba preparándome para la cama. No hacía mucho que había llegado del taller de Cuentos Infantiles, la cervecita con el profe, que me ha dejado admirada por sus proyectos (ánimo, Gin), cuando sentada en la cama, quitándome las botas, paso previo para desnudarme, me invadió algo que podía llamar "el extrañamiento". Decir irreal sería poco. Sentí como si estuviera dormida y soñando. Como si la vida que llevo ahora, mi vida, fuera uno de esos sueños detallados y locos que tengo de un tiempo a esta parte. Y lo peor: la sensación de ir a despertar en cualquier momento. Con él a mi lado, levantándome de nuevo en silencio, refugiándome en amaneceres imposibles en el cuarto pequeño con su tabla de plancha y la pantalla insustancial hasta que la camisa por planchar me reclamara, las tareas cotidianas me presionaran y se me diera los buenos días al grito de: ¿Qué camisa me pongo hoy?.
De vuelta a la confusión y a la culpa, al no sé repetitivo y aberrante, al convencimiento de que nunca podría cambiar lo que ya estaba hecho. Borrando todo el esfuerzo, todo lo aprendido, todo el dolor causado, recibido, el miedo a no poder, no ser capaz de dar el paso de ser yo misma, de dejar de engañarme, a seguir viviendo bajo el agua.
No había tenido tiempo de mirar atrás. Demasiado ocupada en sobrevivir a mi día a día, lidiando en demasiados frentes abiertos, tratando de flotar cuando era imposible nadar, aferrándome a mí decisión de dar un paso tras otro.

No estaba, quizá sería mejor decir, no estoy, preparada para este "extrañamiento". Me pilló de sorpresa, ni siquiera sé que pudo desencadenarlo.
Pero hoy estoy aquí y mi vida, la mía, sigue.

lunes, 2 de abril de 2012

Presentación de: Frases en el muro. Diccionario de intuiciones de Ricardo Guadalupe

La semana ha sido movida. Acudí el miércoles a la presentación de un libro: "Frases en el muro.Un diccionario de intuiciones." El autor Ricardo Guadalupe lo presentó junto a su maestro de ceremonias Ginés en el Bibliocafé, propiedad, sueño, trabajo del que fue mi compañero en dos talleres de escritura creativa: José Luis. Así que me sentí como en casa, cuando llegué sobre las siete y cuarto al Biblio y eso que era la primera que llegaba. Siempre es agradable rodearse de libros. Me gustan todos. El olor a libro nuevo es uno de los mejores del mundo, junto con el del café recién hecho, el de una panadería a primera hora de una mañana de invierno u otro de mis preferidos: el olor del libro antiguo (este último también puede hacerme estornudar, pero lo adoro).
La presentación, en la sala-pecera del Bibliocafé, fue interesante, divertida y lo más parecido a una reunión entre amigos que pueda ser un acto así. Éramos pocos, pero habladores, preguntones y escuchantes atentos. La fórmula empleada por Ricardo y Ginés funcionó muy bien. Ricardo nos contó un poco (siempre es un poco, creo que debe ser casi imposible de contar la creación de un texto del tipo que sea) de como surgió la idea del libro, de cuantos años llevaba "recolectando" frases dentro de si mismo, de filosofía, de Niettzsche y después utilizaron la fórmula de la entrevista con Gin preguntando a Ricardo lo que animó al resto del personal a participar en el diálogo. Después de la firma de libros, terminamos en una terraza cercana con cervecitas y conversación.
Ricardo me escribió está dedicatoria: Para May, para ti la frase de la Seducción para que la completes en forma de microrrelato.
La dedicatoria define en si misma la idea del autor. Estas frases o definiciones intuidas son regalos (casi envenenados) para hacernos pensar o crear nuestras propias definiciones. Podemos estar de acuerdo o no con ellas, pero desde luego remueven nuestro pensamiento.

Como me ha regalado la frase de la Seducción y es mía, la traslado aquí por si alguien desea también completarla o incluso darle una nueva definición. La suya propia.
Seducción: "Es tarde, me voy a casa." Pero no se iba, aún no. Me daba otra oportunidad para insistir; a ella le llenaba de orgullo decirme que no. Que extraña superioridad moral experimentan los que no aceptan enseguida.


Y dejo otra frase más, también de Ricardo claro. La que elegí leer durante la presentación:
Desamor: Mi ilusión era solo un arco iris reflejado en una pompa de jabón a punto de estallar. Dentro solo estaba el vacío.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Naderías.

Soy de las que piensan que cada día tiene su qué y su por, aunque las horas sean las mismas y cualquier observador medianamente entrenado (O cualquiera que se tome la poco interesante tarea de hacerlo) podría seguir mi horario al dedillo, incluso hacerse el encontradizo o salirme al paso. Cada día tiene su punto, de hecho cada momento del día lo tiene. Nada es ni siquiera remotamente parecido. Ya hoy, a está temprana hora, me he levantado una hora antes, con la sana intención de dar un repaso a un relato o continuar con el que tengo a medias. Ni una cosa ni otra. Lo siento Dr. House, a este ritmo no voy a tener los deberes hechos. Ni idea de porque estoy tan apática en este tema.
Ayer tarde me fui a la cama tan pronto que no solo había luz, además era intensa y clara. Me dolía el omóplato izquierdo, un poco más que toda la semana anterior, el estómago hecho polvo y una especie de dolor extraño y difuso en los riñones y otras partes de mi anatomía.A eso de la una todo junto me ha despertado. Alquen en el vaso y visita al baño. ¡Coño, la regla! ¿Será eso el motivo de mis dolores? Una manifestación extraña para quien no suele molestarle demasiado. Quizá demasiadas cosas juntas. Habrá que buscar en el libro de mi amiga Ana. Ese que te dice que si te has resfriado es porque estás confusa, si te tropiezas y te haces daño en las piernas es miedo o resistencia a avanzar.

Estoy dispersa y salto de temas como si jugara a ese juego infantil que consiste en dibujar recuadros en el suelo con tiza y tirar una piedra para saltar de un número a otro. No es una forma eficaz, cualquiera lo sabe, de escribir. Pero no importa. Después de la una y hasta las tres y media he vuelto a dormir, mejor dicho a soñar. Sueños extraños en los que salía Angelina Jolie, desconcertante en castellano castizo muy amiga de un familiar mío, en el sueño, claro. Una línea de bus, el dos, que no llegué a tomar, un tranvía que hacia paradas de lo más extrañas, con ascensor incluido, una hermana mía liada con un actor español que salía en una serie de policías, que luego a su vez se convertía en un bebe que me llevaba a casa y ¡Joder! me hablaba con la misma voz de policía mientras lo bañaba y recuerdo haberle contestado: Bueno, pero ahora al menos te he dejado bien limpio. Eso sí, acariciando la tierna piel de su espalda de bebe.

Así que cada día es distinto hasta en los pequeños detalles. Eliges ir a pie en lugar de coger el bus. Escuchas la radio y no las canciones grabadas, observas a los aparca coches y reflexionas sobre que quieren aparcar a las ocho de la mañana en un descampado, pasas frío y te subes la cremallera. Hoy se acabó el periódico gratuito y eso que es un poco más pronto. Te da tiempo a tomar un cortado y lo haces en la calle, con el cigarro de rigor y sigues pasando frío. Después una sonrisa cariñosa, un buenos días, un que susto le he dado, ¿No me esperaba? Y de nuevo a cargar el dichoso omóplato haciendo demasiada fuerza a pesar de mantener la espalda recta y las rodillas semiflexionadas, a olvidarme de mí y mis pensamientos. Recuperarlos a momentos fugaces y continuar con mi labor. Para salir al sol del mediodía, cambiar de opinión dos veces: sobre que regalar y donde comprarlo y ahora sí, coger el bus.
En fin, es lo que hay.

lunes, 26 de diciembre de 2011

NAVIDAD

Es Navidad. Navidad ya pasada se podría pensar. Pero si recordamos y echamos la vista atrás Navidad era desde que empezábamos a preparar en el colegio las obras de teatro, los villancicos, las manualidades de regalo (Yo recuerdo un año que hicimos una virgen de escayola, barnizada después en castaño) hasta después de la emocionante Noche de Reyes. Aún antes de eso, mi madre se quedaba noches en vela cosiéndonos los vestidos que estrenaríamos en Nochebuena. Pruebas y más pruebas: que si el dobladillo, que si la cinturilla, que si… realizadas durante la tarde, yo subida a una de las sillas del comedor y mortalmente aburrida como cualquier niña que se precie a la que le obligan a cinco minutos de inmovilidad. Por las noches el sonido incesante de la máquina de coser como arrullo. Mis hermanos y yo hemos sido niños bien educados, con la cartilla leída antes de ir a casa de mis tías, de mis abuelos a cenar o comer. Niños de ojos ansiosos puestos en la bandeja de los turrones, los mazapanes, los pastelitos de boniato esperando la mirada del padre que nos permitía adelantar la mano y tomar uno, un solo trozo de lo que teníamos delante. Niños repeinados, niñas con trenzas estiradas en sus nuevos vestidos a cuadros escoceses hechos en casa y abrigos heredados realizando el “besamanos”, salmodiando un Feliz Navidad, risueño, bullicioso a cambio de unas pequeñas estrenas (aguinaldos) a los padres, a los tíos, a los abuelos. Niños envueltos en besos y caricias, que preparaban villancicos, pequeñas obras de teatro que eran aplaudidas por los mayores. Niños de a pie, llevados y traídos de casa de un familiar a otro, en noches frías, caminando bajo las estrellas. Niños que recibían zapatos nuevos y útiles escolares en Reyes, pero también: “caballo grande ande o no ande”. Juegos, muñecas, balones, patines comprados a última hora (que por lo visto bajaban mucho de precio ante la tesitura de tener que volver a guardarlos en algún almacén) en los puestos del Mercado Central. Niños que buscaban hierbas y hojas para los camellos, a los que despertaban de madrugada golpes sonoros en la contraventana de madera para encontrarse en pijama, muertos de sueño porque les había costado dormirse, a pesar de la orden de:” acuéstate pronto y duérmete que si no los Reyes no vienen”, en medio del comedor (el espacio no daba para salón) con la mesa y las sillas y el único sillón desbordantes de regalos.


Recuerdo hoy la cara de mi padre y la de mi madre ante nuestras miradas, gritos, sorpresa… con un brillo de alegría, de felicidad. Los ojos de mi padre, capaces de reír con el gesto más adusto posible en la boca. Y de nuevo nos mandaban a dormir, ya satisfecha nuestra intensa necesidad de saber, de tocar lo que nos habían traído los Reyes, para levantarnos muy temprano porque venían los tíos, siempre a casa, a desayunar el chocolate y los churros o las torrijas que preparaba mi madre y se volvía a liar, porque venían con las manos llenas de lo que “los Reyes habían dejado en su casa para nosotros”.

Éramos niños pobres, pero no lo sabíamos. Éramos niños felices.



Recuerdo hoy a todos aquellos que ya no están. A los que quise y me quisieron. Que estuvieron allí cubriéndome de amor. Cuando escucho como deprimen a muchas personas estas fechas me viene a la memoria aquellos días, llenos de susurros y expectación, de pórtate bien que no vendrán los Reyes, de cómo me fascinaba el Belén que montaba mi tía Carmen en la mesa del comedor, repleto de figuras, detalles, puentes, molinos, el castillo, soldados ro manos, pastorcillos en su hoguera, los Reyes Magos avanzando sobre un puente que cruzaba un río de plata. Las caricias y los besos, las sonrisas y las riñas, las voces alrededor de la mesa, reunirse con los primos y la alegría. El intenso frío de entonces, las vacaciones del cole, los libros que todos me regalaban y mi deseo infantil y casi vergonzoso de tener una Nancy que al final me regaló mi tía Carmen, mi madrina y que me cargué en dos días intentando averiguar como era por dentro. Pienso en todo esto y siento que son ellos, los que ya no están, los que me enseñaron a amar estas fechas. Los echo de menos, claro. Pero pensar en ellos me hace sonreír.

Feliz Navidad.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El eterno escritor

Todo escrito, toda palabra trazada con amor es un sueño, un deseo, una esperanza. Por ello, quizá, sea eterna.


No hace mucho recomendé un blog, que por obra y desgracia de blogger, el autor ha debido abandonar. No solo este, también otro que cuidaba y mimaba, en el que nos ofrecía sus preocupaciones, pensamientos y relatos. De este infortunio internáutico ha surgido una nueva aventura que me encanta. Un nuevo blog en el que no solo se aúnan los dos anteriores, con relatos, micros, entrevistas e inquietudes del autor Ginés Vera sino que además comienza su andadura una e-novela que crecerá en el cada miércoles. Esta criatura que solo lleva dos capítulos nace con la aspiración de ser no solo comentada y valorada por sus lectores, también por deseo expreso del autor, de que participemos en la trama cuando vayamos adquiriendo, tal como el mismo Ginés dice, confianza.

Una novela de género fantástico: La conquista de Ughur, que ya en el primer capítulo nos ofrecía la imagen de una reina "devorada por los celos", un rey encantado y un cuervo que se transforma en una bella joven.

Pinchad ahí al lado, en El eterno escritor, que es miércoles y hay una nueva entrada, el segundo capítulo de la e-novela. O aquí bajo, si es que me sale eso de poner enlaces.
http://ginesverab.blogspot.com/