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jueves, 27 de septiembre de 2012

Pedralba

A principios de junio hablaba sobre un incendio del que me llegaban hasta casa las cenizas. El cielo cambió incluso de color.
Aunque parezca mentira, hay que recordar que estamos a jueves, otros nueve incendios se han declarado en esta semana: los conatos de incendio en Alzira,Jávea y Náquera, una zona entre Xátiva y Manuel y el que se inició el domingo por la tarde que comenzó en  Chulilla y se extendió por la senda que bordea el Turia: Ribarroja, Vilamarxant, Benissoda, Benicolet, Gestalgar... Pedralba.

Pedralba es mi Pedralba. No tiene que ver con haber nacido allí, que no es así, ni con lo que sentirán los que viven, trabajan, llevan a sus hijos al colegio del cada día del pueblo.

Mi Pedralba es un sentimiento, es un recuerdo, es mi niñez, son mis padres, mis tíos. Pedralba era mi abuela, las noches pasadas en su cama escuchándola rogar por cada uno de la familia e incluso los que no lo eran, Pedralba era verla en misa, golpeándose el pecho con fuerza en el Yo, Pecador. Pedralba, veranos largos con mis primos y mis hermanos dejados en custodia a mi abuela. Pedralba era madrugar y "baldear la calle", en compañía de mi madre. Madre activa, joven, tan diferente a mis recuerdos posteriores.

En el término municipal de Pedralba, compraron mis tíos un terreno en el monte. E iniciaron la construcción de algo que aquí llamamos: "La caseta".  Mi tío que era mecánico construyo primero un garaje, con foso y todo y la balsa. Mi abuela plantó un geranio francés y varios rosales. Inició los cimientos de la casa. Pequeña , siempre ha sido pequeña para la cantidad de gente que la hemos habitado o visitado. Después la vendió a mi padre.

Fue la amargura de mi adolescencia. Nunca se es más rebelde con causa o sin ella que a los catorce años. Y recuerdo que pasar los fines de semana haciendo de ayudante de albañil para mi padre no era lo que más me apetecía en la época. Puedo ver aún si pienso en ello las montañas de arena y grava, los sacos de cemento y el lugar donde se mezclaban. El capazo negro que había que llenar una y otra vez. Las discusiones y el mal humor. Mi padre no entendía que me parecía la tarea más aburrida del mundo. Aunque fue capaz de encontrar otras peores. Recoger piedras del terreno, arrancar malas hierbas, cavar para el pozo.

Todo esto mientras hacíamos noche en el garaje que tuvo la virtud de convertirse en una cama inmensa mientras avanzaba la construcción de la casa. Durante el día era cocina, por las noches era divertido. No había tele, como mucho una radio a pilas. Con lo que eso supone siendo todos prácticamente niños. Se contaban historias, chistes, se jugaba a las cartas, al cálculo mental (cosas de mi padre). Todos juntos como animalitos a punto de invernar.

Son tanto los recuerdos que vienen a mi mente, que necesitaría un libro entero para contarlos.
Pero ahora, en estos momentos, lo que veo son las fotos que me mostró mi hermana ayer. El fuego ha devorado gran parte de los árboles que plantó mi padre, el geranio francés y las rosas de mi abuela, el pequeño jardín que plantó mi madre delante del porche. El fuego subió por detrás de la balsa, hizo estallar la ventana de la cocina, que yace ennegrecida sobre el fregadero. Era de madera, antigua e imagino que muy seca de este verano sin lluvias. La mayoría de los azulejos han saltado y los que quedan están combados. Es curioso ver como la cortina de tela que cubre el hueco de la despensa se ha salvado, caprichos del fuego que parece elegir: esto sí, esto  no. Se ha quemado toda la vegetación que rodeaba el garaje, al que fui tantas veces a la parte de atrás para fumar a escondidas. Hay una horrorosa capa de ceniza en la parte de atrás donde mi padre soñaba con hacer algún día una piscina en condiciones.

No podemos quejarnos. Estoy muy segura de que mucha gente ha perdido muchísimo más. A fin de cuentas la casa sigue allí, la tierra sigue allí, aunque ya nunca más florezcan los geranios franceses de mi abuela.




martes, 18 de septiembre de 2012

La Orquesta filarmónica

Este fin de semana he vivido una experiencia nueva. He visto muchas veces el Palau de la Música, siempre por fuera, a pie o en bus. Pero nunca había entrado. Mi impresión general: espacios amplios, elegantes y un poquito imponentes. Pinturas y fotografías en las paredes. Me gustó la composición de estás últimas. Cuerpos desnudos de hombres y mujeres en blanco y negro. Sombras y luces que los convertían en paisajes a recorrer con la mirada. Alguno de ellos podría tenerlo en la pared que enfrenta mi cama.
Muchas escaleras. Estábamos en el primer piso y veíamos la orquesta desde arriba en un lateral. Un poco incómodo en algunos momentos porque una parte del escenario no era visible desde ese ángulo. Creo, no puedo asegurarlo que también es la primera vez que veo un concierto de música clásica en directo. Me impresiono la etiqueta del asunto. Los trajes negros, los peinados sencillos en las chicas, los rostros que no mostraban la pasión por la música, en un intento, quizá de convertirse en parte del instrumento que crea la música. De darle el protagonismo tan solo a las notas que ruedan, se elevan, envuelven al oyente haciéndole cómplice de los sentimientos, las sensaciones que el autor volcó en ellas.

La música junto con la impresión del Palau que visitaba por primera vez, las ropas formales de la mayoría de los asistentes, la forma en que los músicos sostenían sus instrumentos, como se abalanzaban a cambiar las páginas pautadas en los atriles, la dirección de Carmen Mas con los movimientos elegantes de sus manos, sus brazos, su cuello, su sonrisa, su mirada, como si toda ella fuera una batuta, el juego de las sillas en el escenario, aumentando o disminuyendo en función de los músicos (instrumentos) que iban a aparecer en la pieza, despertó mi curiosidad y me alejó, creo, del propósito final, del dejarse llevar y transportar por los sonidos a otros mundos, excepto cuando un solista con su violonchelo consiguió hacerme perder de vista todo lo demás. Me contó una historia en la que mi imaginación vio drama y arrepentimiento.

¿Lo qué más me sorprendió? La presentación de la orquesta. Creada o "alumbrada" por la Asociación Foro Económico y Cultural Hispano-ruso, nos hablaron de lo mucho que teníamos en común los rusos y los españoles, sobre todo los valencianos.

Fue una tarde diferente, curiosa y ya no puedo decir que nunca he estado en el Palau.
¡Ah! Y el café y la charla de antes y después con Ana. Como siempre, lo mejor de lo mejor.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Mi Ordenador


Hace como semana y media, algo más que me quedé sin PC. Me ha costado una pasta pero ya está aquí. Recuperado y saneado. No puedo decir que vaya más rápido, pero va y bien que es lo que importa. Durante este tiempo, aunque podría haber cogido papel y lápiz para escribir que mira que puede ser barato y portátil, no he escrito ni una palabra. He roto mis rutinas. Me acostaba tarde, veía algo más de televisión, leía mucho y claro, madrugaba menos.
La he echado de menos, la rutina, digo. Me he sentido un poco vacía mientras organizaba en mi mente ideas que probablemente nunca verán la luz.  Como tantas otras que solo se pueden ver en mis documentos y que por tanto solo veo yo… a veces. Cuando retorno y releo sobre algún texto escrito en otro momento de mi vida y me da la pista de cómo me sentía entonces y los guardo porque me gustan o porque no me gustan pero ya están ahí mostrándome a mí misma en las buenas y en las malas. En algunas ocasiones hasta puedo rescatarlos y convertirlos en relatos, distintos de lo que estaban destinados a ser.                                                                                                 
Recuerdo que me llamó el chico que lo ha reparado y me preguntó si quería guardar algo de lo que había en el ordenador. Había que cambiar unas cuantas cosas y en el proceso iba a desaparecer todo lo que existía en él. Horas y horas de soledad ante el teclado. Le pedí que salvara mis documentos. Están aquí todos. Pero eso me hizo recordar mi otro ordenador ya muerto. En su disco duro, aún por salvar. En los años que hay allí guardados. En lo que viví fuera y dentro de ese cuarto para el ordenador. Es mi memoria de aquel tiempo. Sé que aún puedo recuperarlo, lo he preguntado. Hay probablemente una buena cantidad de relatos terminados o por terminar. En él empecé a escribir de forma más consciente. Pero también hay una especie de diario, en el que me esforzaba en recordar poner fechas. En el fondo no sé si quiero tenerlo. No sé si quiero recordar aquellas madrugadas que recuerdo invernales aunque no debían serlo todas, envuelta en una manta, con solo las manos libres. Aquellos días que se encadenaban y confundían en mi propia mente confusa. Hay un mundo de tristeza allí, en una memoria perdida en un aparato muerto. Pero también alegrías salvajes y profundas. Y realmente no sé cuál de esas dos sensaciones me da más miedo recordar. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

Domingos

Recuerdo aquellos domingos por la mañana cuando mi objetivo era robarle al día unos cuantos minutos más de sueño. De aquellos domingos eran guardianes mis padres. Empeñados en despertarnos antes de las nueve y a poder ser a las ocho. Mañanas en las que cerraba los ojos intentando no apretar demasiado los párpados, regular mi respiración y seguir sintiendo, disfrutando de la tibieza de la cama a pesar del ruido de mis hermanas levantándose, de mi padre hablando en voz en grito, repitiendo aquello de: Son las nueve y media, cuando no eran ni las ocho. El sonido de los vasos, el olor del café y la leche caliente, el trasiego de la cocina al comedor, de las discusiones por el baño: eramos ocho en casa y un solo cuarto de baño. Las conversaciones del desayuno en familia, en la mesa del comedor, todos juntos.
El repiqueteo en la puerta de la habitación, el levántate que no te permitía ni soñar despierta, el deseo adolescente de que desaparecieran todos y me dejaran en paz.

Hoy soy mi propio guardian de los domingos y es irónico que sea incapaz de permanecer en la cama una vez abro los ojos. Estas mañanas de domingo que son como esqueletos a los que habrá que ir recubriendo de pensamientos y acciones. Es el día más extraño de la semana si lo piensas bien: amanece blanco y luminoso como un jueves y va adquiriendo a partir del mediodía los tonos grises del lunes.

Pero aún estamos de mañana, quedan horas para el anochecer, me voy al rastro y tengo su alegría por delante.



miércoles, 29 de agosto de 2012

Horóscopo

En el correo venía mi horóscopo, no voy a decir porqué me lo envían, cosas extrañas que hace una a veces. Buenas noticias: estoy que me salgo de salud. ¡Qué curioso! Venía yo pensando en que me duele la espalda, algunas zonas de los brazos, sobre todo el izquierdo, que estoy rendida con este calor asfixiante y húmedo y para rematar me escuece la piel de las manos y de los brazos. Que últimamente parece que vaya a trabajar de Sado-maso. Solo me falta el traje de látex y el látigo. O más bien les falta. Que tampoco, con las uñas como que se defiende divinamente y claro, ponerme a su altura sería abusar de mi edad por menos y de mi salud por más. Pero con la tontería, con la tontería voy llena de arañazos que parece que salga de una riña de gatos o de una maratón de sexo salvaje.

Venía yo, además haciendo cuentas. Eso siempre es un error los días como hoy. No hay manera de ver la luz y mi encogimiento de hombros casi siempre presente, tipo pajarito de la biblia, ya sabéis cuando dice aquello de "mi padre no cuida y viste a los pajarillos del campo, pues más se ocupará de vosotros". Pero como el horóscopo dice que no va mi economía del todo mal, mejor dejo de pensar en ella.

Estaba hasta tal punto mosqueada que me sentaban mal hasta las tonterías más tontas: unas señoras han venido a la parada del bus mientras yo esperaba. Como no, esperaban mi autobús, que por cierto ha tardado lo suyo y además ha mentido en el panel ese de los minutos que faltan. Como decía, eran cuatro señoras hablando sin parar de otra que estaba ausente para variar. Y a mí me ha dado por pensar: ya verás, vendrá el bus medio lleno de la gente que va a la playa al mediodía (es una hora pésima para ir, sobre todo si cogéis mi autobús, absteneros por favor), estás cuatro que tienen toda la pinta de irse de comida me quitarán los asientos que queden libre y tendré que ir de pie, con el agravante de llevar la bolsa de mercadona, que oye, no llevaba mucho pero a la larga pesa.
Pero no, no se si han sido mis emisiones mentales hostiles o qué, que al final cuando faltaba un par de minutos para llegar el bus, han pillado un taxi ¡Qué le voy a hacer si a veces soy bruja!. Y además ha venido el autobús casi vacío, con su aire acondicionado y me he sentado en uno de mis asientos predilectos, los primeros que van solos. Y aquí voy a poner otro pero, igual son demasiados peros pero como que poner Mas... me suena redicho: Pero ¡Sorpresa! el conductor llevaba un cabreo muchísimo peor que el mío, y oye, que además iba conduciendo el bus, que yo no y puedo mosquearme lo que me de la gana que no hago daño a nadie más que a mí. El buen hombre hablaba primero con algún inspector: no iba la impresora de los billetes y después hablaba ¡Solo! Joder, que no es que hablara y ya está, no, que gesticulaba y todo. En fin, me he dado cuenta de lo relativo que es todo, hacia el final del trayecto el hombre ha podido arreglar la impresora, anular no sé que billetes y llegar a mi parada con normalidad y a mí se me ha pasado el mal humor, aliviada de haber llegado sana y salva. Y ya me he animado del todo al comprobar que mis malestares físicos son imaginarios, lo dice el horóscopo.

jueves, 23 de agosto de 2012

Conversaciones

Estos días he tenido varias conversaciones. Hablo con todo el mundo y no me callo como dice alguien que yo sé, ni debajo del agua. Hablé sobre todo con mujeres. Y cada una me hizo reflexionar a su manera. La primera en la parada del bus. Algo mayor que yo, muy delgada, pelo corto y rubio, con una de esas caras triangulares que a mí me gustan mucho. Me recuerdan a los elfos, me hacen esperar  ver asomar unas orejas puntiagudas. Los ojos le ocupan la mitad de la cara y la sonrisa es a la vez: dulce, triste y bonita. Como mucha gente que he conocido este año, forma parte de mi proyecto Sonrisa. Hablamos un poco de cada cosa, pero sobre todo de política. Es el pan nuestro de cada día. Ya podían guardárselo los políticos donde les quepa. Lo importante es que se presentó, se llama Rosa y que preguntó mi nombre. Vuelvo a constatar que ver al "otro", sonreír, escuchar, te lleva a conocer.

La segunda conversación llegó una tarde. Sentadas en una terracita mirando el mar, con una de las mejores personas que conozco. Y que además tengo la fortuna de que sea también la mejor de las amigas. Me contaba, haciendo un repaso rápido, lo que le ha sucedido en las dos últimas semanas. Entre otras cosas una imposición de manos. Soy bastante escéptica en algunos temas. No digo que no existan, digo que si vas a un quiromasajista porque tienes contracturas musculares, a poco que le cuentes de tu vida, ya debe saber que son por estres, por que tienes la vida acelerada, porque aceptas más responsabilidades de las que tu cuerpo puede admitir. El consejo no estuvo mal. Si vives a trescientos por hora, reduce hasta noventa. Y disfruta del paisaje. Claro, que con esto puedes añadir otro gran problema a los que ya tienes: que el paisaje no te guste. E incluso otro peor, que no encuentres la forma de cambiarlo. Y si me apuras diría que puede empeorar incluso más: que sí encuentres como cambiarlo. Y eso, da mucho miedo.

La otra conversación, más bien unilateral la tuve ayer: Encuentros que tiene la vida, no del todo inesperados, pero si en el ámbito de la sorpresa por la cualidad: ¿De verdad tenía yo necesidad de saber como se van a repartir la herencia y los paso que hay que dar? Por lo visto sí. O eso pensaba él. Más que el tema en si, que viene envuelto en las quejas acerca de los papeleos necesarios cuando alguien muere y las tasas que nunca pensó que tenían precio y lo tienen, por debajo de si hay que pedir certificados de defunción, últimas voluntades, alrededor de sus palabras están el gesto y la voz. Gestos que ya me son extraños, aunque aún pueda ver cuando no me dice del todo la verdad y en la voz, un temblor infantil, un exceso de cordialidad.



jueves, 9 de agosto de 2012

La pierna y otras cosas

El lunes de la semana pasada amanecí con un dolor, en aquel momento parecía moderado, en la pierna. La izquierda, concretamente el muslo parte superior externa. Lo que en principio parecía un dolorcito de nada, pensé que habría dormido mal, en mala postura o vete a saber qué, fue aumentando de tal forma que cuando bajé del autobús y crucé la Avenida, cojeaba. Aguanté con paciencia, cumplí con mi jornada más o menos bien y esperé como imagino hacemos todos que se pasara solo. No fue así, de hecho, me hizo pasar una semana bastante jodida y aún ronda por ahí el dolor. Haciendo memoria recordé que el domingo al irme a la cama, di un traspiés bastante aparatoso, de esos de me caigo, no me caigo y que consigues no sabes como frenar la caída. Así que ahí estaba el motivo, aunque no la solución. Si miramos en el libro de Ana, la causa sería otra: algo hay que no me deja avanzar (y eso vale para un dolor de pies, para tropezar constantemente y para esto también imagino).
En medio de todo esto, falleció la madre de mi ex. Lo que significó visita al tanatorio, reencuentros forzados, un ofrecimiento de llevarme al hospital (muchacho, no era el momento, con el cuerpo presente en la sala) y la apostilla de que soy una cabezota. Yo añadiría que siempre lo seré para según que cosas.
La cuestión es que he reflexionado sobre varias cosas: la primera que tengo poca paciencia conmigo misma respecto al dolor o la enfermedad. Me impacienta que cosas tan habituales como sentarse, levantarse, andar, cruzar la pierna, vestirme, entrar en la bañera… tenga que pensarlas primero para ver la mejor forma de hacerlas sin joderme más. Me sorprende que además me produzca un vago sentimiento de culpabilidad.
En otro asunto que me ha hecho pensar es en los mayores, nada extraño ya que me relaciono constantemente con la vejez. Si por un miserable dolor de pierna me he sentido así, como no entender el mal humor que produce el deterioro físico, el desaliento de esos ojos que ya prácticamente no ven, ese oído mermado, la lentitud al caminar, el agobio y el malestar que pequeños contratiempos del día a día pueden causar, incluso las alegrías que rompen las pautas y que se está demasiado cansado para disfrutar, la perdida de las facultades mentales: No saber dónde se está, ni con quién se está. Y para cuando te das cuenta de algo, percibes que te llevan y te traen sin que tú puedas decidir quedarte una hora más en la cama o vestirte y salir a la calle o desayunar madalenas en lugar de tostadas.
 Y dentro de este tsunami de pensamientos, ayer me sorprendí sintiendo una honda y extraña ternura al observar esas manos inseguras, finas y elegantes a pesar de las manchas de la edad, pinchar con el tenedor el plato, sin llegar a cazar los macarrones o el tomate de la ensalada, y aún así llevarlo a la boca, para volver a repetir el movimiento, esta vez en otra zona del plato y quizá sí, atrapar parte del alimento. Apartar de un manotazo mi mano impaciente, cuando el deseo de ayudar y la lástima me incitaron a coger yo el tenedor para someterle a la indignidad de alimentarle en la boca. Cortar con los dedos un pequeño trozo de pan, que buscó y tomó con el cubierto para rebañar el plato, una y otra vez. Observar su tenacidad, su voluntad y sí, su dignidad me hizo olvidar la lástima, me dio paciencia y me llenó de amor, de respeto y orgullo.

Para propios y extraños aclaro que estoy mejor.  Aún hay movimientos que me cuestan y otros que directamente no puedo hacer (¡Coño, no puedo cruzar la pierna izquierda sobre la derecha! y eso afecta a más cosas de las que creía: probad a sacudiros la arena de los pies sin poder hacerlo y me contáis) De otros movimientos no puedo contaros nada, no he probado aún si puedo o no puedo. Imagino que me las ingeniaría si la motivación es… intensa.

miércoles, 27 de junio de 2012

Hospital

Aunque escribo poco sigo haciéndome notas mentales, incluso imaginando historias, lo que viene a significar que sigo siendo.
Ayer hice la fatídica visita al hospital que iba aplazando: por trabajo, por pena, por cobardía. Siempre cuesta enfrentarse a aquello que creíste dejar atrás. A los fantasmas de un dolor antiguo como si te dijeras, mejor no menearlo.
Doy la razón a uno de mis amables lectores: ya no soy la misma persona ni me hieren las mismas cosas. Los gigantes del pasado, hoy ni siquiera son molinos de viento.

Cuando entré al hospital estaba nerviosa y me dolía el estómago. Es un viejo conocido de toda mi vida; en el nací yo, me bautizaron en su capilla, en el me pusieron siete puntos en la pierna aquella vez que de pequeña me caí de la mesa del comedor sobre una vieja mecedora y me clavé (nunca mejor dicho) un larguísimo clavo hasta el hueso, en el que estuvo tanto tiempo ingresado mi padre hasta morir allí mismo un mediodía rodeado de todos nosotros, donde mi madre también pasó sus últimos días para terminar muriendo sola en intensivos.

Conozco tan bien los pabellones y las salas que con pocas indicaciones me bastan. Subí al tercer piso y busqué la habitación que me habían dicho, la puerta estaba cerrada, al abrirla sin pararme a pensar demasiado se giraron tres o cuatro desconocidos que rodeaban la cama junto a la ventana: una mujer joven en bata azul, estaba tendida sobre ella. Acabé de entrar y al cerrar la puerta allí estaba ella, en la cama del rincón, la que nunca me ha gustado porque me parece muy encajonada y triste sin la alegría siquiera de la vista al exterior.
Entre las sábanas blanco hospitalario me impresionó el color amarillo de su piel, lo poco que abultaba bajo ellas, extremadamente delgada, con ojos lúcidos, el pelo aún rabiosamente teñido de negro. A él no le vi hasta después, impresionada por los cambios que la enfermedad había ocasionado a ese cuerpo que yo recordaba mucho más fuerte y firme. Se levantó para que pudiera acercarme a besarla. Lo hice, le di dos besos en las mejillas consumidas y sin darme cuenta acaricié el brazo que mostraba la huella de pinchazos en forma de moratones, la observé mientras me hablaba, podía ver en su cara la sombra, la máscara que la proximidad de la muerte parece imprimir. El hilo de su voz me dijo: no saldré de aquí, estoy muy malita... mari. Nunca jamás conseguí que me llamara May. Por muchas veces que la corrigiera o mucho que se lo explicara, era Mari, como aquella hermana suya que fue peluquera. Nunca fui yo para ella realmente. O quizá nunca fui la que le hubiera gustado que fuera. Eso no importó ayer.
Me señaló el pequeño gotero del calmante ya vacío. "Cuantas cosas hacen falta para morirse". Yo le respondí: "No, para morirse solo hace falta estar vivo". Y bromeamos, supongo que para algunos de forma macabra sobre la muerte. Y es que a pesar de las palabras con las que me recibió no es consciente de lo que tiene, no se lo han dicho y, estoy segura, no ha querido saberlo. Cuando me fui hacía planes para cuando saliera del hospital, que compraría carne de caballo para paliar la debilidad, que no recordaba como se cocinaban muchas comidas, que la memoria se va, que... hablaba y hablaba, lo que me alegró porque yo tenía poco que decir, excepto un "bien" cuando me preguntó como estaba.

Cuando me fui, él me acompañó hasta la salida. Me contó que los médicos decían que tenía un derrame interior a consecuencia de la última operación que no había cumplido sus objetivos, por eso le dolía tanto el costado y que probablemente no pasaría de la noche de ayer o de hoy. Me sorprendió que no pensara quedarse a pasar la noche y que tuviera toda la intención de ir hoy a trabajar, a fin de cuentas, me dijo: "tienen mi teléfono". Pero eso ya no es una cuestión que me afecte a mí o que deba entrar a juzgar.

No sé si es egoista. Hice lo que me dictaba la conciencia desde hacía días. Lo que el corazón y mi razón me pedían. No me siento... bien. Me siento extrañamente aliviada.

viernes, 15 de junio de 2012

Sucesos

Llevo unos días descentrada. Ya sé que no es raro en mí. Incluso diría que es cíclico y es que soy muy lunar. Pero ya hacía mucho que no sentía durante tanto tiempo el estómago contraído y esa sensación de haber hecho algo mal que me acompaña, sin abandonos, de unos días aquí. Aún no sé bien que es lo que me pasa. Mi mente y mi cuerpo a veces se disocian y este último siempre parece enterarse antes.

La semana pasada desde el jueves comencé a dormir mal. Despertarme a horas aún más extrañas de lo normal, irme a la cama con unos horarios imposibles porque por el motivo que sea me resistía meterme en la cama. Todo eso precursor de un lunes en que llegó una mala noticia que fue un mazazo. Mucho, muchísimo peor para quien lo vive en primera persona que para mí, claro. Enterarse de una enfermedad gravísima afecta, que a esa persona la conozcas desde hace mucho tiempo y no siempre te hayas llevado bien, que en algún momento de tu vida te haya hecho sentir desgraciada no significa que no sea un golpe. Lo es. Y lo peor de todo es que no sé como reaccionar. Y como no lo sé no hago nada. Y ese no hacer nada es posiblemente lo que me lleve a mal traer toda la semana. Mi conciencia e incluso mi corazón me dictan una actuación, otra parte de mí, no sé bien cual, se resiste, pero vamos, que se resiste con firmeza. Y así estamos. Mejor dicho: así estoy (que parece que convivan dentro de mí varias Mays).

Intuyo que acabará ganando mi conciencia, así que me pregunto que sentido tiene alargar el tiempo. Porqué no coger el teléfono, hacer una llamada de ofrecimiento (sincera porque a estas alturas quedar bien o mal importa poco), una visita al hospital por respeto,por consuelo, porque hubo una época de mi vida que lo hubiera hecho sin pensar, es más, lo hice.
Porque aún siendo la madre de mi ex, haciendo tanto que no la veo, forma parte de mis recuerdos, de los buenos, los malos y los peores.
Y llamarle... solo una llamada de teléfono me descompone un poco. Pero yo he estado al otro lado, aguardando, sé lo que es esperar un desenlace sin esperanzas.

lunes, 11 de junio de 2012

FINDE EXINANIDO

Exinanido o exinanida es una bonita, precisa y muy poco utilizada palabra que la semana pasada el blog de Palabras Interesantes (ya sabéis, está en mi lista de blogs) ofreció a sus lectores.
A mí me llega al escritorio puesto que lo tengo en favoritos. La palabra en cuestión ha definido mi estado este fin de semana. Su significado es: Notablemente falto de vigor. Cansado en exceso. Con falta de vitalidad para hacer cosas.
Y así me he sentido yo. La causa, por seguir la definición, una notable falta de sueño. Resumiendo me he sentido exinanida porque durante tres noches seguidas he dormido mal. Mal y poco. Unas veces por causas ajenas a mi voluntad consciente y otra por una salida imprevista, todas por la costumbre que tiene mi mente de dar la alarma más o menos a la misma hora lo que hace que casi nunca esté en la cama más allá de las siete o las ocho los fines de semana (de entre semana ni hablo. No quiero pasar por demente).

Incluso ahora mismo me afecta y eso que estoy haciendo todo lo posible por recuperar mi energía habitual. He dormido algunas horas más, estoy tomando café, escribiendo, pensando algo... pero aún siento en mi cerebro y en mi cuerpo cierta languidez a la que no estoy del todo acostumbrada.

Está condición de exinanida ha hecho que no terminará de corregir los dos textos que tengo pendiente, que el texto que inicié el domingo carezca de vida, que no me apeteciera ir a la playa, que pasara demasiado tiempo flirteando con la tele en el sofá, que me olvidará hacer unas fotocopias que necesitaba y necesito...

En fin, que sí, que esta palabra que acabo de aprender ha sido la reina de mi finde.

miércoles, 6 de junio de 2012

Gentes que pasan

Hay personas que me resultan cansinas. Hablando, quiero decir. Y eso queriendo siempre mantener la política de sonreír, escuchar y si puedo aliviar (¿Suena creído? No es mi intención, es solo un propósito). No tanto dando soluciones que generalmente no están en mi mano, como sugirendo caminos o rutas a tener en cuenta. Dos personas en concreto me cargan mucho. Una, la conozco desde hace tiempo, incluso he salido de cena y de marcha con ella, no a solas, no lo hubiera soportado, de hecho, dudo que ninguna de las dos lo hubiéramos hecho, salimos en la buenísima compañía de una amiga en común. Con la otra, me une, digamos una relación más laboral. Ambas son mujeres, ambas son separadas, ambas tienen un hijo. Visto así parece que no soporte a un grupo bastante amplio de la población femenina (de hecho, parece parte de una de esas estadísticas que molan tanto en las noticias), pero no, no es el caso.

Justo ayer vi a las dos. Mantuve una conversación más larga con la segunda y con la primera una breve charla-saludo-por compromiso. Soy sensible a las voces, me transmiten emociones, sensaciones, sentimientos. Y la voz de estas dos me cansa, me agobian. Cuando pienso que dicen esas voces entiendo mejor el problema. Las dos hacen de un problema un mundo, y del mundo, un problema. Una se arrepiente, después de doce años de divorcio y la otra está en tramites y palabras textuales: "Él me puede en todo". Se rebozan en la culpa y el miedo. No levantan la cabeza y miran el horizonte, no buscan opciones, ni quieren escuchar otra cosa distinta a sus pensamientos. Pensamientos que traducen a palabras, que repiten y repiten y repiten sin cambiar una coma ni un punto, sin avanzar ni un milímetro ni atreverse a reírse de si mismas.

Siendo cruel (me doy cuenta de que a veces puedo serlo) diré que no puedo con sus vocecitas extremadamente dulces, infantiles casi suplicantes. Sus suspiros, sus medias frases, sus "no puedo"... que me dan ganas de sacudirlas, de pedirles que levanten la voz, que la afirmen, que griten si es necesario, que abandonen esa actitud de derrota, Joder, que luchen. Que la vida es lo que tiene, que la felicidad no es obligatoria y que no, por mucho que se llore no vendrá mama a consolarte, ni te arropará cuando tengas frío. Que los príncipes azules están caducados y nosotras no somos princesas. Que afilen la espada, la propia, y luchen contra sus propios fantasmas, Coño! Que hagan algo más que sobrevivir.

Lo que sé, ahora bajando el tono, es que son contagiosas. Ayer después de hablar con ellas me sentí más cansada, más triste. Como diría mi amiga Mai (con i latina) son tóxicas. Se llevan la alegría y te dejan a cambio el pesar.

martes, 22 de mayo de 2012

LLAMADA TELEFÓNICA

¡Hay que ver como nos gusta justificarnos! Incluso cuando no existe un motivo para hacerlo ¿O sí? Cuento la historia aquí porque sé más que seguro que la protagonista no me leerá. Se llama Chelo y la conozco, nos conocemos desde que nuestras madres nos tenían en el útero. Si pudiera existir esa conexión misteriosa entre bebes no natos, claro. Por lo que contaba mi madre, coincidieron en el hospital, aunque nos llevemos unos días de diferencia y Chelo sea Leo y yo Cáncer. La recuerdo en la guardería. No puede ser un recuerdo inventado porque después la cambiaron al Santa María, el otro colegio de monjas de mi barrio y hasta Cuarto no volvimos a encontrarnos. Ella no recordaba (ni recuerda) su paso por la guardería, pero su madre hace muchísimo que lo confirmó.
Fuimos amigas del alma, adolescentes de discoteca, tuvimos peleas y reconciliaciones y luego la vida hizo su trabajo y nos separó durante largos periodos de tiempo. Yo soy como soy y aunque la quiero, me cansa. Siempre lo ha hecho. En mayor o menor grado. Si la dejas te absorbe, te vampiriza. Se muestra celosa de los nuevos amigos, de las circunstancias, hasta del tiempo. Así que con los años he aprendido a sortearla en lo posible y a arroparla cuando es necesario. Advertencia: no me siento buena persona con ella. Ni buena amiga, pero es superior a mis fuerzas. Su vida ha sido difícil, mucho más complicada de lo que puedo o debo contar. Sería un personaje de novela si no fuera porque el cambio que esa vida ha efectuado en ella no sería el propio de una heroína. Es lo que tiene la vida real. ¿A qué viene todo esto? Lo cuento.
Me llamó hace dos días. Más de dos años sin hablar con ella y la conversación transcurre más o menos así:
"Hola, May. Qué soy chelo. Acabo de salir en las noticias de... (Aquí menciona un canal de televisión), porque me caí en el metro y las cámaras de seguridad lo grabaron. Estoy bien, solo un punto en la rodilla, pero se montó una... vino la ambulancia del metro (¿?) y todo. Pero no te llamo por eso, que ya lo han emitido (exactamente dijo: lo han echado) ya.

Mi aportación a todo esto fue: "¡Chelo, hola!"

"Te llamo porque estoy pensando coger vacaciones. ¿Tú cuándo las coges? Porque así podríamos ir a la playa, que ya he aprendido bien a ir en metro (¿?) Aunque puede que para entonces ya me haya cansado de la playa, ahora la cojo con ganas, ya sabes, que son los primeros días, porque luego..."

"No sé, Chelo, no sé si tendré vacaciones" ¿Pero tú como estás? ¿Qué haces?

"Ahora trabajo día sí, día no, en servicios de veinticuatro horas. Y he vuelto con Fran... se lo dije a tu hermana. Lo del divorcio debió ser un ataque que me dio"
"Ah" (Ese ah, es mío, alucinada estaba)
"¿Por qué sabes que te digo, May? Que todo tiene remedio menos la muerte y con la vida que yo he llevado, se de lo que hablo. Pasé un invierno muy malo, los dos viviendo en la misma casa y sin hablarnos, cada uno poniendo su lavadora, con su balda de la nevera... muy incómodo. Ahora hemos vuelto a la normalidad ¿Sabes que quiero decir? Los sábados nos vamos a comprar juntos, vamos de cena alguna vez... así que ahora somos pareja, igual nos volvemos a casar o nos hacemos pareja de hecho. ¿Y tú?"
"¿Yo qué?” Pregunté más que mareada por el aluvión de palabras, información y ese tono pontifical que me hizo temer la respuesta.
“¿No has pensado en volver con él?” La esperaba, de verdad que la esperaba, en vista de lo que me estaba contando, pero aún así… “Joder, Chelo. ¿Y para qué coño iba a hacer eso?” (Los tacos son literales, de la impresión, supongo). “Porque es lo mejor, porque seguro que él si querría volver y porque es lo que te digo, que todo tiene remedio, mira yo, ahora estamos como si no hubiera pasado nada, aunque su familia no me habla y cuando me cruzo con sus hermanas por el pueblo, me giran la cara”. Yo me mordí la lengua, a veces sé controlarme y aunque nos conozcamos de siempre (parece mentira que ella también me conozca a mí desde siempre) hay momentos en los que es mejor pensar antes de hablar. Me armé de paciencia: “Chelo, no nos vemos. Ni pienso ni dejo de pensar en lo que él querría”.
Ella insiste: “Para ti sería lo mejor. Con la crisis que hay… Él tiene un buen trabajo, fijo y eso y tú... “Chelo es de esas personas que no escuchan. Nunca, a no ser que le arrees en la cabeza, la pares un momento en sus elucubraciones y la saques de ahí. Afortunadamente la tenía lejos para hacer eso. “Chelo, yo estoy bien, me gusta mi vida”. Esfuerzo inútil. Ella sigue y sigue: “Además que conocer a gente nueva es muy cansado, tienes que arreglarte, maquillarte, salir… ¡Uff! Y yo me he pasado el invierno de casa al trabajo y del trabajo al sofá.” Aquí consigo meter baza y le hablo de algunas cosas mías, que he hecho este tiempo, de talleres, de personas, de… bueno, de asuntos más personales. Y me dice: “Tú siempre has tenido mucha energía, demasiada energía (¿?), es verdad, mucha más que yo. Yo es que estoy muy cansada y no tengo ganas de complicarme la vida. Así que estoy mejor ahora, con Fran, de todas formas, todos son iguales. Para acompañarme a la compra, ir algún sábado a cenar y ver la tele en el sofá…” Claro, pensé yo, para eso lo mismo da que sea Fran, que Pepe, que Manolo. Es una discusión demasiado antigua entre nosotras para que le discuta.
“Bueno, se despide (¡Por Fin!). Te dejo. Oye, May, llámame, o me haces una perdida y te llamo yo, que mira que eres. Si no te llamo, no sé nada de ti.”
“Vale, sí, Chelo. Cuídate. Ya hablamos.”

Me dejo pensando en eso de la energía. Y la recordé en aquellas horas de discoteca en las que se convertía en la reina de la pista, en cuando era capaz de trabajar toda la noche, continuar con otro curro durante el día y aún así salir a ligar la noche siguiente sin haber descansado. De cuando dormía conmigo en casa de mis padres, media noche hablando, para encontrármela con los ojos abiertos de par en par a las seis de la mañana, dándome unos sustos de muerte. De sus enamoramientos locos, que podían llevarnos a cometer imprudencias aún más locas. De sus desenamoramientos, tan rápidos y tan locos como los primeros. De los domingos por la tarde frente a un café, de las largas horas de charla. De los miedos compartidos, abandonos, reencuentros, de las peleas y de las paces, de su generosidad y mi mal genio. Recuerdos de alguien a quien ya no encuentro. Que no sé en que momento perdí. Puede que sí, que un día de estos o dentro de un par de meses, le haga esa perdida. O no.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Espera ardiente

Ayer pasaron ¿Me pasaron? varias cosas. Por continuar en la línea de que cada día es diferente. De los pequeños detalles que distinguen un día de otro ya he hablado. Ayer hubo grandes detalles.
Estar esperando un bus en plena Avenida Blasco Ibañez, con un calor de verano al mediodía acompañado de ese viento de poniente que ahoga de mala manera y pensar: "Hace tanto calor que hasta el aire huele a humo", puede que solo me pasé a mí. Pero vamos, continúe pensando:"el humo huele a madera quemada". Y me quedé tan satisfecha con ese pensamiento idiota hasta que me fijé en un chico, un señor, una mujer que esperaban en la acera de enfrente para cruzar el semáforo. Todos miraban hacia arriba, con cara de intriga. Así que salí de la parada del bus (esas de cristal con asientos de metal) y, ¡Coño! Una palmera echando un humo espeso, gris oscuro desde las ramas más altas. A partir de ese punto todo se precipita. Llega la policía, sin sirenas ni nada, primero un coche y luego otro. Los policías salen del coche y el mundo se convirtió en un gag cómico. Miraban hacia arriba haciendo pantalla con la mano en la frente, daban vueltas a la pobre palmera, de un ángulo y de otro. Mientras yo veo desde mi posición, cada vez más cerca de la palmera y los polis, las llamas anidadas (nunca mejor dicho) en la copa de la pobre.
Un policía vuelve al coche, da marcha atrás y se sitúa a mi lado y mira, como no, hacia arriba. Lo que me hace pensar ¿Se ve mejor sentado que de pie? ¿Dentro del coche que fuera? Ni idea, pero ya llegan los bomberos. Me temo que me desalojarán de la parada porque mientras unos desenrollan mangueras, otros ponen conos naranjas que llegan casi hasta mis pies.
Como curiosidad: no se ha formado corrillo de curiosos. Puede que sea porque es hora de comer. La gente pasa y mira pero no se detiene.
En eso llega mi bus. Para unos metros antes de la parada. Subo y continúo mirando, de pie al lado del conductor que me pregunta que pasa. Se lo cuento. Y los dos incrédulos y con esa chispa de excitación que producen los hechos inusuales en la mayoría de las personas corrientes, seguimos con los ojos fijos en el espectáculo hasta que el semáforo cambia a verde y lo dejamos atrás.

El día continúo y pasaron muchas más cosas: Presenté cuento nuevo en el taller de cuentos infantiles, que tengo que corregir para no variar, en la que fue la última clase. Y... y tuve otra historia de buses. Estoy pensando que podría iniciar una colección de anécdotas: May y el transporte público. Mira que da de si. Me pasa cada cosa... Pero de estas cosas, sobre todo del taller, de lo aprendido, de lo no aprendido, de las gentes y los modos, merecen reflexiones a parte.

Para que luego digan que nunca pasa nada.

jueves, 19 de abril de 2012

Hilvanes

Vivir cansa ¡Coño, si cansa! Madrugar, encerrarse o mejor perderse en el hilo del pensamiento. Buscar la inspiración que me llenaba ayer de madrugada, después de dormir unas escasas cinco horas es casi imposible. Recuperar esa alegría optimista que siento a veces a mitad de un escrito cuando la inspiración visita mi trabajo y creo de verdad que la historia va a funcionar, es hoy difícil. El tren, la niña y sus problemas no consiguen atraparme aunque viven inmersos en mi mente y no saldrán de ella hasta que su pequeño drama con final feliz esté escrito. De hecho me he levantado con un nuevo inicio en la mente para el cuento que debo valorar antes de lanzarme a escribirlo, aunque si soy sincera no es realmente eso lo que me frena, es que tengo sueño.

Ayer después del taller, que fue como siempre interesante, aunque en esta fase lo es más, había quedado con Amparo después de algún tiempo sin vernos (hay momentos en mi vida que soy una mal queda). Ella está en plena fase de estudio para unas oposiciones y mi vida... a veces es una locura. Así que como definió muy bien en algún momento de nuestra conversación, nos encontramos como cuando dos bolas de billar chocan en plena trayectoria, con fuerza para luego seguir cada una un camino diferente.

Acabamos cenando una hamburguesa y cervecita, saltando de tema en tema, tratando de ponernos al día. Algo casi imposible. De cada vivencia sacamos una, dos, tres o cien reflexiones. Nos pisábamos una a la otra, nos desviábamos del tema, y volvíamos a recuperarlo minutos después.

Estábamos cansadas, para mí el día había sido larguísimo desde las tres y media de la madrugada, para Amparo con las oposiciones encima y el gim, también. Pero creo, al menos yo, que nos revitalizamos en nuestros encuentros. Nos abrimos, nos mostramos, confiamos. Y la verdad sea dicha: no hay nadie como Amparo para abrazar y hacerte sentir querida.
¡Amparo, puedes abrazarme siempre que quieras! Me gusta. Sé que te da la sensación de que no, de que las muestras de afecto no son lo mío, pero no es cierto, solo es este carácter mío, un poco retraído en ocasiones. Y me importa bien poco que el señor del bus, o quien se cruce en nuestro camino piense según que cosas. Puede que les alegremos el día y todo.

miércoles, 11 de abril de 2012

Extrañamiento

Ayer, sin venir a cuento me asaltó una sensación muy rara. Estaba preparándome para la cama. No hacía mucho que había llegado del taller de Cuentos Infantiles, la cervecita con el profe, que me ha dejado admirada por sus proyectos (ánimo, Gin), cuando sentada en la cama, quitándome las botas, paso previo para desnudarme, me invadió algo que podía llamar "el extrañamiento". Decir irreal sería poco. Sentí como si estuviera dormida y soñando. Como si la vida que llevo ahora, mi vida, fuera uno de esos sueños detallados y locos que tengo de un tiempo a esta parte. Y lo peor: la sensación de ir a despertar en cualquier momento. Con él a mi lado, levantándome de nuevo en silencio, refugiándome en amaneceres imposibles en el cuarto pequeño con su tabla de plancha y la pantalla insustancial hasta que la camisa por planchar me reclamara, las tareas cotidianas me presionaran y se me diera los buenos días al grito de: ¿Qué camisa me pongo hoy?.
De vuelta a la confusión y a la culpa, al no sé repetitivo y aberrante, al convencimiento de que nunca podría cambiar lo que ya estaba hecho. Borrando todo el esfuerzo, todo lo aprendido, todo el dolor causado, recibido, el miedo a no poder, no ser capaz de dar el paso de ser yo misma, de dejar de engañarme, a seguir viviendo bajo el agua.
No había tenido tiempo de mirar atrás. Demasiado ocupada en sobrevivir a mi día a día, lidiando en demasiados frentes abiertos, tratando de flotar cuando era imposible nadar, aferrándome a mí decisión de dar un paso tras otro.

No estaba, quizá sería mejor decir, no estoy, preparada para este "extrañamiento". Me pilló de sorpresa, ni siquiera sé que pudo desencadenarlo.
Pero hoy estoy aquí y mi vida, la mía, sigue.

lunes, 2 de abril de 2012

Presentación de: Frases en el muro. Diccionario de intuiciones de Ricardo Guadalupe

La semana ha sido movida. Acudí el miércoles a la presentación de un libro: "Frases en el muro.Un diccionario de intuiciones." El autor Ricardo Guadalupe lo presentó junto a su maestro de ceremonias Ginés en el Bibliocafé, propiedad, sueño, trabajo del que fue mi compañero en dos talleres de escritura creativa: José Luis. Así que me sentí como en casa, cuando llegué sobre las siete y cuarto al Biblio y eso que era la primera que llegaba. Siempre es agradable rodearse de libros. Me gustan todos. El olor a libro nuevo es uno de los mejores del mundo, junto con el del café recién hecho, el de una panadería a primera hora de una mañana de invierno u otro de mis preferidos: el olor del libro antiguo (este último también puede hacerme estornudar, pero lo adoro).
La presentación, en la sala-pecera del Bibliocafé, fue interesante, divertida y lo más parecido a una reunión entre amigos que pueda ser un acto así. Éramos pocos, pero habladores, preguntones y escuchantes atentos. La fórmula empleada por Ricardo y Ginés funcionó muy bien. Ricardo nos contó un poco (siempre es un poco, creo que debe ser casi imposible de contar la creación de un texto del tipo que sea) de como surgió la idea del libro, de cuantos años llevaba "recolectando" frases dentro de si mismo, de filosofía, de Niettzsche y después utilizaron la fórmula de la entrevista con Gin preguntando a Ricardo lo que animó al resto del personal a participar en el diálogo. Después de la firma de libros, terminamos en una terraza cercana con cervecitas y conversación.
Ricardo me escribió está dedicatoria: Para May, para ti la frase de la Seducción para que la completes en forma de microrrelato.
La dedicatoria define en si misma la idea del autor. Estas frases o definiciones intuidas son regalos (casi envenenados) para hacernos pensar o crear nuestras propias definiciones. Podemos estar de acuerdo o no con ellas, pero desde luego remueven nuestro pensamiento.

Como me ha regalado la frase de la Seducción y es mía, la traslado aquí por si alguien desea también completarla o incluso darle una nueva definición. La suya propia.
Seducción: "Es tarde, me voy a casa." Pero no se iba, aún no. Me daba otra oportunidad para insistir; a ella le llenaba de orgullo decirme que no. Que extraña superioridad moral experimentan los que no aceptan enseguida.


Y dejo otra frase más, también de Ricardo claro. La que elegí leer durante la presentación:
Desamor: Mi ilusión era solo un arco iris reflejado en una pompa de jabón a punto de estallar. Dentro solo estaba el vacío.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Naderías.

Soy de las que piensan que cada día tiene su qué y su por, aunque las horas sean las mismas y cualquier observador medianamente entrenado (O cualquiera que se tome la poco interesante tarea de hacerlo) podría seguir mi horario al dedillo, incluso hacerse el encontradizo o salirme al paso. Cada día tiene su punto, de hecho cada momento del día lo tiene. Nada es ni siquiera remotamente parecido. Ya hoy, a está temprana hora, me he levantado una hora antes, con la sana intención de dar un repaso a un relato o continuar con el que tengo a medias. Ni una cosa ni otra. Lo siento Dr. House, a este ritmo no voy a tener los deberes hechos. Ni idea de porque estoy tan apática en este tema.
Ayer tarde me fui a la cama tan pronto que no solo había luz, además era intensa y clara. Me dolía el omóplato izquierdo, un poco más que toda la semana anterior, el estómago hecho polvo y una especie de dolor extraño y difuso en los riñones y otras partes de mi anatomía.A eso de la una todo junto me ha despertado. Alquen en el vaso y visita al baño. ¡Coño, la regla! ¿Será eso el motivo de mis dolores? Una manifestación extraña para quien no suele molestarle demasiado. Quizá demasiadas cosas juntas. Habrá que buscar en el libro de mi amiga Ana. Ese que te dice que si te has resfriado es porque estás confusa, si te tropiezas y te haces daño en las piernas es miedo o resistencia a avanzar.

Estoy dispersa y salto de temas como si jugara a ese juego infantil que consiste en dibujar recuadros en el suelo con tiza y tirar una piedra para saltar de un número a otro. No es una forma eficaz, cualquiera lo sabe, de escribir. Pero no importa. Después de la una y hasta las tres y media he vuelto a dormir, mejor dicho a soñar. Sueños extraños en los que salía Angelina Jolie, desconcertante en castellano castizo muy amiga de un familiar mío, en el sueño, claro. Una línea de bus, el dos, que no llegué a tomar, un tranvía que hacia paradas de lo más extrañas, con ascensor incluido, una hermana mía liada con un actor español que salía en una serie de policías, que luego a su vez se convertía en un bebe que me llevaba a casa y ¡Joder! me hablaba con la misma voz de policía mientras lo bañaba y recuerdo haberle contestado: Bueno, pero ahora al menos te he dejado bien limpio. Eso sí, acariciando la tierna piel de su espalda de bebe.

Así que cada día es distinto hasta en los pequeños detalles. Eliges ir a pie en lugar de coger el bus. Escuchas la radio y no las canciones grabadas, observas a los aparca coches y reflexionas sobre que quieren aparcar a las ocho de la mañana en un descampado, pasas frío y te subes la cremallera. Hoy se acabó el periódico gratuito y eso que es un poco más pronto. Te da tiempo a tomar un cortado y lo haces en la calle, con el cigarro de rigor y sigues pasando frío. Después una sonrisa cariñosa, un buenos días, un que susto le he dado, ¿No me esperaba? Y de nuevo a cargar el dichoso omóplato haciendo demasiada fuerza a pesar de mantener la espalda recta y las rodillas semiflexionadas, a olvidarme de mí y mis pensamientos. Recuperarlos a momentos fugaces y continuar con mi labor. Para salir al sol del mediodía, cambiar de opinión dos veces: sobre que regalar y donde comprarlo y ahora sí, coger el bus.
En fin, es lo que hay.

miércoles, 15 de febrero de 2012

LOS TRES AMORES

Dedicado a Josep, por su amabilidad, por tener siempre esa sonrisa y porque se lo he prometido.


Paso como siempre, con prisa, por la calle. Son las ocho y veintitrés de la mañana y tengo que llegar a mi destino antes de la media. Dejo atrás un banco, un par de bares, un ultramarinos, un kiosco y llego a la pequeña pizarra verde que en tiza dibuja cada día nombres dulces: Coca de carabassa, de figues… Pero hoy me ha sorprendido, atrapándome un mensaje distinto blanco sobre verde: La historia de los tres amores. Entra i preguntan’s.

Este “entra” te indica una puerta de cristal. Tras ella un largo mostrador cubierto de pecados dulces y salados, el pan y la cafetera que confieso, es casi el único pecado en el que me permito caer. Nou Stil se llama. Moderno, cómodo, elegante. Adoro las lámparas de diversas formas y colores que caen sobre las mesas del fondo, la larga barra donde encuentras los periódicos y el suelo que parece antiguo siendo nuevo, y allá en la puerta del fondo, la que lleva a las entrañas operativas del lugar, un enorme mapa de cómo era la zona en otros tiempos, me fascina.

El “preguntan’s” me conduce a Josep. Agradable, divertido, con una sonrisa auténtica, abierta y directa, que conoce a todos sus clientes por el nombre. Que me conoce por mi nombre y hasta mi faceta de escritora, así que no va a extrañarle que pregunte. Y lo hago, pero más tarde. Sobre las doce y media ya estoy delante de él. Escucho y me cuenta con su castellano bañado en el acento dulce y melodioso de los que su idioma materno, es la lengua de mi tierra la historia de Los tres amores:

─Hubo una vez un chocolatero francés, en Francia son famosos por sus chocolates, que pasó mucho tiempo pensando en el amor, intentando quizá desentrañarlo o tan solo entenderlo. Un buen día llegó a la conclusión de que existían tres tipos de amor: El amor adolescente, ese de la primera juventud. Tierno, inocente, plagado de miradas, de roces, de suspiros, de palabras románticas, en una palabra: dulce. Infinitamente dulce hasta el punto de ser un poco empalagoso. Y creó un bombón ─aquí Josep señala una bandeja de bombones en forma de corazón que reposan bajo el cristal del mostrador─ de chocolate con leche relleno de dulcísima mermelada de fresa.

El segundo amor llega más tarde, ya adultos. Un amor intenso, apasionado, lleno de fuego, que te vuelve del revés y hace que tu piel se afine, tiemble y escueza. Ese amor que llega a doler, a romperte y romperse con el roce abrasador de la vida, que contiene en él un toque de amargor. Así que creó otro bombón con su esencia: chocolate negro relleno de mermelada de naranja amarga.

Y por fin llegó al tercero: El amor maduro, pasado ya el ardor de la batalla, fuerte en la rutina de lo cotidiano, sereno y equilibrado, perfumado de miradas que lo comprenden todo, susurros apenas escuchados, silencios que abarcan una vida. Y para este último amor concibió un bombón de chocolate blanco relleno de fragante mermelada de frutas del bosque. Sugerente en el blanco que nos recuerda el inexorable paso del tiempo, en el sabor ácido, fresco, profundo, dulce de las pequeñas bayas silvestres.

FELIZ SAN VALENTÍN