sábado, 26 de septiembre de 2009

No tiene.

La verdad infinita escapa a mi comprensión. Acabas pensando que nada es cierto, que todo se mueve a bases de creencias convertidas en realidad. De la fe en algo. De los sueños que acaban estrellándose frágiles contra un duro suelo indiferente. Nada existe, nadie existe excepto este yo doloroso y solitario que acaba poblándome en los días grises y plomizos.
Prefiero el dolor punzante del ser que esta nada que me visita en días como hoy. Sentirme indiferente al presente y al futuro. Rabiando contra el pasado, irreconciliable conmigo misma. Ausente de mí. En estos momentos aferrarme a mis decisiones, a mis vivencias me jode el alma. La parte en largos cristales punzantes.
En estas horas toda mi voluntad y mi fuerza escapan cobardes por la puerta trasera. Sea. Dejo a la oscuridad interior adueñarse de mí. La dejo crecer entre mis dedos al ritmo en que tecleo y oréeme es más rápido de lo que pudieras tú pensar. Acaba subiendo por mis manos, mis brazos, mis hombros mi garganta, mi boca, mis ojos. Acaba devorando cada fragmento de piel, cabello, mucosa, humedad, sangre, huesos, pensamientos, venas, corazón, mente, alma que hay en mí. Se adueña y lo permito. Sin resistencia y sin lucha.
Cierro los ojos para no ver la luz que ilumina este miserable rincón en el que solo se mueven mis dedos. Tiemblo y permito al negro descargarse furioso contra la pantalla blanca. Es lo que soy, ahora. En este momento del que nadie me salvará. Nadie nos salva nunca.
Las palabras, pobres ellas, no hacen justicia al miedo, a la ansiedad, al dolor desabrido y sucio. Vulgar, increíblemente vulgar y muerto que crece y se embrutece deleitándose en si mismo. Irrumpe sin más, mostrando la fea cara de lo que es y lo que fue.

EL FIN.

Valencia, 14 de abril de 2093

Víctor Barceló Mora
Director unidad de Tocología
Hospital General Universitario




Querido Victor:

No puedo ni debo suavizar la respuesta a la pregunta que me planteaste. Cierto. Desde hace tres meses se constata que no nacen niños. Los sondeos se llevaron a cabo con el secretísmo que merece esta situación.
Sé Víctor que, como médico tocólogo, sabía que algo raro sucedía, mucho antes de decidir ponerte en contacto conmigo.

Las cartas que tanto tú, como colegas tuyos de todo el mundo enviaron hace unos meses, comunicándonos la escasa tasa de natalidad, alertaron al centro mundial de planificación y creación de la familia humana.

Y aunque en un principio no le dimos demasiada importancia, el problema se agudiza conforme pasa el tiempo.

Aún así este terrible asunto no crearía un conflicto insoluble por la existencia de grandes reservas en los bancos de esperma y óvulos, que tú mencionas en tu carta, como posible solución momentánea a este tema.

Más lo que parece que afecté a la reproducción humana por vía natural, también actúa sobre estas reservas.
Se realizan en este momento cientos de análisis en los bancos de esperma y óvulos, así como en los centros de reproducción asistida. Los nulos resultados en cuanto a fertilidad de estos, desconciertan y asustan a los investigadores.

El otro problema que planteas, el de los embarazos en curso, acontece que todos ellos se han detenido en el plazo de estos tres meses, por ahora, no recibimos informes de que ninguno de ellos prosperé, pero se sigue recogiendo datos en todo el mundo, incluso en los lugares más apartados.

Los más importantes miembros de la comunidad científica en todas sus ramas, las agencias de inteligencia militar y civil de todo el mundo concentran sus privilegiadas mentes en investigar las posibles causas de este catastrófico suceso.

Todas las líneas abiertas de trabajo, contaminación, la capa de ozono, posibles radiaciones espaciales, cambios en las emisiones solares, entre otras, no ofrecen resultado alguno.

En cuanto a informar a la población en general, como sugieres, no se contempla como factible en este momento. A pesar de que un amplío sector de la sociedad, médicos, enfermeras, empleados de salud pública y de la seguridad mundial, conocen en todo o en parte la grave adversidad a la que nos enfrentamos, son personas conscientes del pánico que tal noticia podría generar. Creemos conveniente para evitar mayores desgracias, ocultarlo hasta que podamos dar a conocer también un resultado alentador.

Querido amigo, lamento comunicarte que si no ocurre un cambio positivo en las investigaciones, los cálculos aproximados para la desaparición total de la especie humana, se estima entre ochenta y cien años. Mucho antes de esta fecha, los cambios de la media de edad en la población crearan unas dificultades imprevisibles.

Roguemos a Dios, estimado Víctor, por la salvación de la humanidad.

May

martes, 22 de septiembre de 2009

Diálogo inacabable.

Ella dijo: He querido a quien no existe y he dejado de amar al que es. Me he preguntado el porqué de este amor y desamor. No he hallado la respuesta. Pequeñas justificaciones mezquinas han llenado mi mente.
Él dijo: Siempre estuve allí para que me vieras. Te di las claves suficientes para que entendieras que yo no era ese que tú amabas.
Ella dijo: Es cierto, pero yo no las quise ver. Preferí cuando nos engañabas a los dos. Hasta que ya no fue suficiente.
Él dijo: Elegiste, por tanto. Huiste.
Ella dijo: No, fue mi instinto quien eligió huir.
Él dijo: ¿Y tu instinto te hace feliz?
Ella dijo: No. Me hace entera.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Pensamientos.

Tristeza infinita del ayer que se presenta. Lo que fue y no fue. Un acertijo que no supe resolver, un problema al que no hallé solución. Un teorema sin comprobación, un experimento si resultados. Y aún así, sus ecos resuenan desde mi estómago hasta mi cerebro cuando ya el sonido quiso ser olvidado.
Como la semilla que duerme en el invierno, la que espera en el desierto. Aquella que aguarda unas gotas de húmeda vida para desenroscar tímidamente sus zarcillos. Aquella que escondes en el lado oscuro, firmemente entrelazada con lo que fuiste y serás.
Pasas de puntillas cada día por el lugar donde reposa. La rodeas, la evitas, miras hacia otro lado, ni siquiera te atreves a pensar en ella. Sabes que está, sientes el espacio que ocupa, el vacío que deja.
Y sigues adelante, un paso detrás del otro. Mirando de frente. Cubriendo la semilla con la tierra de cada día. Arrastrando lo que fuiste tras de ti. . Descubriéndote cada mañana. Siendo.

martes, 1 de septiembre de 2009

HOY NO QUIERO QUE ME AMES

Ven, tómame. No me mires a los ojos mientras lo haces. Tan solo hazlo. Llénate de mí, mientras te vacías. Bésame, sí. Muérdeme la boca. No, no te quiero dulce, ni amante, ni considerado. No, no quiero que pienses en mí, que sientas por mí, que decidas por mí. No quiero tus manos lentas, suaves, recorriendo mi contorno, mi cintura, mis caderas como las alas de una mariposa. No, no quiero que pienses en usar tus labios, tu lengua para recorrer cada centímetro de mi piel. No quiero que esperes mis tímidos gemidos, no quiero que pienses en estar alerta al momento en que voy a rendirme, no quiero que deslices un tímido dedo por mi sexo esperando la promesa de mi humedad. No.
Hoy quiero que me rompas. Que me pegues a tu cuerpo, que abras mis piernas, que me folles como no lo has hecho nunca. Quiero que te mueras por sentirte entre mis muslos, por sentir mi cuerpo pegado a tu piel. Ábreme con tus manos, frótate contra mi sexo. Coge mis caderas con fuerza, pon las manos en mi culo, levántame hacia ti. Así. Pierde la razón, jadea, gime, grita en el deseo. Quiero sentirte duro, fuerte, buscando ciego el camino a mi sexo mojado por ti, para ti. Muérdeme el cuello, esconde la cara en mi pelo. Respira en mi oído. Clávame contra la cama. Necesito tenerte animal, abandonado, poseyéndome con dureza. Vuélvete loco al deslizarte dentro de mí, empuja con tus caderas una vez y otra y otra. No pienses, solo siente. Busca con tus manos mi cuerpo. Agárrate a mí. Aprieta mis pechos, mi cintura, mis caderas. Rásgame, necesítame: entera, abierta fundida en ti. Hazme olvidar quien soy, que quiero, que busco.
No, hoy no quiero que me ames.

Ausencia. (El primer intento durante el taller sobre el realismo sucio).

No llego a ser relato de realismo sucio porque se me desmandó. Pero bueno. El otro día le di un repasito y aqui está.


Nada fue posible. A pesar del intento de hacerlo funcionar. La noche estaba
definitivamente muerta. Cerró los ojos y le dejó hacer. El sexo torpe y alcoholizado con el hombre que había conocido esa noche no le haría olvidar. Se resignó a que un peso más cayera sobre ella. Las lágrimas se presentaron sin advertencia, presionando sus párpados fuertemente cerrados. Negras gotas de rimel resbalando por sus mejillas. Deseó que todo terminara, que el hombre cesara sus bruscos manoseos. El olor a sudor agrio, a sexo triste y sucio le golpeo el olfato. Tuvo la sensación de que nunca terminaría, que esa noche sería infinita. Y estaría eternamente atrapada bajo el peso de ese desconocido. Oyendo su respiración agitada, aplastada bajo su peso, envuelta en vaharadas de aliento alcohólico. ¿No acabaría nunca? El alcohol convertía el falo en un instrumento de tortura golpeando su sexo, una y otra vez y el hombre era lo suficientemente joven para no rendirse al cansancio. Eva le miró. Los ojos de él estaban entreabiertos, perdidos en algún punto de la almohada, la boca fruncida dejaba ver el brillo de los dientes, que por un momento se le antojaron peligrosos, toda su cara se arrugaba en una mueca feroz de concentración. No había placer en su rostro. Por un momento deseo saber que había en la mente de ese ser, tan ajeno a ella. La curiosidad murió apenas sentida y el hastío la inundó de nuevo. Le ardían los muslos por el eterno rozamiento de sus caderas. Suspiró y deseo terminar con aquello. Ya mismo, en ese momento. Y fingió como lo había hecho antes, aceleró la respiración, gimió suavemente, meneo sus caderas con más fuerza, susurro en su oído obscenas palabras de aliento…imprimió con esfuerzo energía a sus brazos, a sus piernas, tensó los músculos de su sexo entorno al falo invasor, aprisionándolo voluntariamente contra si. Él percibió el cambio y jadeante redobló la fuerza de su penetración. Le gritó sucias palabras al ritmo enervante de sus embates: Puta, cerda… te gusta así, duro, fuerte…como a todas, zorra… la letanía continuo cada vez más humillante, más sucia. Y a su pesar, las palabras hicieron eco en algún rincón de su cuerpo, la alzaron, la penetraron y excitaron como no podía hacerlo el cuerpo de ese hombre. No hubo tiempo para la vergüenza y el temor. Tan solo para sentir como su sexo se humedecía, como los estremecimientos, esta vez verdaderos, la recorrían. Como el abandono a las sensaciones llegaba a su cuerpo cuando los dientes de él se clavaron en su garganta, sus manos se cerraron violentas en sus nalgas, abriéndola aún más para él. Corrió desesperada hacia el resplandor blanco del olvido. Se arqueó salvaje contra él. Incrustó sus pechos, sus caderas contra el cálido cuerpo masculino. Toda ella sexo pulsante, ciego, anhelante y voraz. Su propia respiración resonando en sus oídos, entrecortada, febril… deteniéndose un segundo, dos en su pecho. Y al fin, la implosión radiante, fragmentando su interior. El lento aquietamiento de su sangre, de sus músculos, la vuelta del no ser encontrado y perdido una vez más. Y de nuevo la realidad. Al hombre que aún se esforzaba en alcanzar su propia liberación, ajeno a ella. Al asco de si misma, empapada en el sudor y la saliva de ese desconocido. Las ansias de apartarlo de un empujón, de liberarse de su peso, de su contacto. Y aún así permanecer pasiva, resignada, esperando a que él terminara con ella. Permitiéndole las últimas penetraciones, violentas, dolorosas, el gruñido obsceno que acompañó su orgasmo. Sintió el peso muerto de su cuerpo, cuando el cansancio venció la tensión de sus brazos. Percibió en su boca, su nariz, sus mejillas, la vaharada alcohólica y maloliente de su respiración cuando se derrumbó sobre ella, ya dormido.
Con un tremendo esfuerzo, salió de la cárcel de esos brazos extraños y se deslizó fuera de la cama. La suya. El olor pesado y agrio del desconocido llenaba la pequeña habitación. Con un estremecimiento abrió la ventana. El aire frío de la madrugada le golpeo la cara, la atravesó y recorrió los rincones de la habitación limpiándola. El hombre murmuró desde la cama y se revolvió inquieto. Eva mantuvo un instante más la ventana abierta, permitiendo que el aire y la noche la envolvieran. Después cerró, se acercó a la cama y lo miró. El sueño había suavizado sus rasgos, la ancha mandíbula se había relajado, los parpados cerrados parecían delicados y casi trasparentes, la barba empezaba a nacer, dura y negra dándole un aspecto peligroso, Eva pasó la yema de los dedos por su cara sintiendo la textura de la piel gruesa y basta. El pelo oscuro, revuelto, tan largo que se enredaba en sus hombros le confería una especie de inocencia salvaje. Se sentó en la cama, junto a él y apoyó su cuerpo desnudo contra el cabecero. Ni siquiera sabía su nombre. Hubiera deseado echarlo. Necesitaba estar sola de nuevo.
Cerró los ojos cansada. Y los recuerdos volvieron de nuevo. Se había ido para siempre. Hacía más de tres años desde la última vez que se habían tocado. Desde que se habían separado con la promesa de volver. De estar juntos para siempre. Ya nunca más vería sus ojos castaños, no sentiría sus manos en su cuerpo, ya nunca le sonreiría. Y nunca más una mirada, un roce, una palabra, una sonrisa bastarían para que su piel se erizara, para que su sexo se mojará, para que su corazón latiera. Rompió su promesa y le quebró el alma.

Ejercicio 31 REALISMO SUCIO

Crear un texto con las características del realismo sucio.

Es una forma de narrar historias sobre personajes "normales", grises, perdedores o a los que no les sucede nada extraordinario.

Es minimalista: utiliza los minímos recursos para contar historias cotidianas. No pretende crear moralejas, ni juzgar situaciones ni personajes, e incluso, deja las historias sin cerrar (cuenta retazos de vida, y la vida sigue fluyendo).
Su fórmula de escritura corriente ha influido en muchos escritores. Referentes del realismo sucio: John Cheever, Raymond Carver o Richard Ford.

No muestra grandes pasiones, sino la vida en sus peores momentos o pequeños incidentes cotidianos.
Basa su desarrollo en la empatía (relación lector/personaje-historia).
Son las cosas que vivimos normalmente y que reflejan con mayor exactitud las complejidades del alma humana, esta cercanía convierte a la obra en algo humano, real, intenso.
Puntos clave:
1.-Sus temas son la rutina, la ausencia de heroísmos, las desesperanzas diarias, los mundos grises que rodean a las personas.
2.- Debe tener naturalidad narrativa. Capta las conversaciones tal y como las realizamos.
El lenguaje es común y corriente. Los mínimos adjetivos posibles. No existen las figuras literarias. Apenas hay descripiciones: el bar es el bar, el dormitorio es el dormitorio, el viejo Ford es el viejo Ford.
3.- Los personajes no son ni buenos ni malos. Son torpes, débiles, en ocasiones algo menos cultos que el lector y sus recursos son más limitados. (desempleo, rotura matrimonial, alcoholismo, drogas, chantajes emocionales, amistad/enemistad)
4.- Aunque la historia parece cerrarse, deja más preguntas que respuestas. Puede que los personajes conduzcan la historia hacia un final prometedor, pero no termina de cerrarse. No siempre se resuelven los conflictos cotidianos.
5.- Se puede narrar desde la primera o desde la tercera persona, pero no se juzga, ni se analiza . El narrador debe ser invisible, pasar desapercibido y comportarse como una cámara de fotos. Es el lector el que debe sacar sus conclusiones y juicios de valor.

6.- [b][u] En las historias de realismo sucio cada pequeño detalle tiene valor simbólico. Se busca un efecto único para trasmitir la complejidad de la naturaleza humana. Son los detalles ambientales, los objetos que rodean a los personajes, sus gestos y las actitudes que presentan lo que nos dice que le sucede por dentro. Se debe hacer una cuidadosa selección de detalles aparentemente superficiales que sean reveladores.

Bueno y después de este pequeño rollo:
PLATOS SUCIOS.
Entró en el piso. Las diez de la noche. Dos horas más tarde de su horario habitual. Le dolían los pies. Soltó los zapatos en el estrecho recibidor. Escuchó el televisor. Caminó descalza hasta la sala. Vio su silueta a la luz mortecina del televisor.
―Hola. ¿Qué haces?
―Calla, Marisa. Estoy viendo el fútbol. Es la final.
―Mierda. No me acordaba. ¿Has sacado los filetes para la cena?
Antonio murmuró algo, mientras tomaba una cerveza de la pequeña mesa de cristal. Marisa suspiró mirando los cercos de humedad, dejados por la botella helada, brillando con la luz cambiante del televisor. La voz exaltada del comentarista anunció un gol que hizo que Antonio se hundiera más en el asiento.
Marisa salió de la sala, recorrió el estrecho pasillo a oscuras hasta la cocina, que iluminó con un pequeño golpe en el interruptor de la luz. El tubo fluorescente parpadeo hasta estabilizarse, la luz blanca resaltó los objetos sobre el banco y en el fregadero. Platos, vasos, cubiertos… abandonados desde el día anterior. Una bandeja de carne a medio descongelar en la pequeña mesa. Marisa empezó a cocinarlos mientras abría el grifo y llenaba la pila de agua. El dolor arrancando desde sus pies subía hasta las caderas y los riñones, cuando se inclinó a tomar el estropajo. La mirada fija en los azulejos manchados de grasa y agua.
― ¿Ya está la cena?―Antonio se apoyó en el marco de la puerta.
―En unos minutos. ¿Se terminó el fútbol?
―Está en el descanso. Estos imbéciles con los millones que ganan y no saben ni darle al balón. ¿Qué tal el día?
―Bueno… he tenido algunos problemas con el jefe…
―¡Ufff! No me hables de problemas. Hoy en la obra el encargado me ha amenazado con despedirme. No se puede hacer el trabajo de quince hombres siendo solo diez. El muy cabrón quería que hiciéramos horas extras sin cobrarlas. Le he dicho que no, que contraten más gente o que paguen las horas extras. Y los compañeros… los compañeros todos unos cerdos, tragando cualquier cosa… Venga, ponme la cena si está, que empieza el fútbol.
Marisa se secó las manos despacio. Sirvió las cortadas en un plato y se lo alargó.
― ¿Tú no cenas?
―No, me voy a dormir ya. Estoy muy cansada, ya acabaré esto mañana…
Antonio dirigió una mirada despistada a la cocina. Los platos a medio fregar, la encimera sucia, la pequeña mesa repleta de y bolsas para guardar. Se encogió de hombros y se marchó.

Marisa se metió en la cama, después de desnudarse, estirando sus miembros cansados como un gato. Y esperó el sueño, que llegó pesado e intranquilo.
Se despertó con los movimientos de Antonio. Abrió los ojos. Sentía la dureza del miembro en su interior. Como casi cada noche Antonio entraba en ella con eficiencia. A rápidos intervalos regulares. Les iluminaba el costado derecho la bombilla de la lámpara sin pantalla. Marisa se dejó hacer, con las piernas abiertas por él mientras dormía, recibiendo el peso sudoroso sobre su pecho y su estómago. Estaba cansada. Le dolían aún los pies de pasar el día en el supermercado, incluso las piernas que mantenía flexionadas le ardían. Dejó vagar la mirada por la habitación. “Ojalá termine pronto” pensó. Repasó brevemente su cara. Los ojos cerrados, la boca abierta, arrugas de concentración en la frente. Apartó la vista. No quería que la viera con los ojos abiertos. De pronto el ritmo del miembro cambió y la respiración de él se aceleró. Empujones irregulares, fuertes. Marisa suspiró y elevó un poco las caderas. Él se detuvo con el miembro completamente hundido en ella. Se sacudió un par de veces y con un chillido ahogado, se corrió. Antonio dejó caer la cabeza contra su hombro. Tomó aire un par de veces y le rozó la oreja con los labios antes de apartarse y dejarse caer en su lado de la cama.
―Apaga ya, Marisa.
Antonio puso el despertador, media hora antes que de costumbre. El sexo le ayudaba a dormir.
Fin

sábado, 8 de agosto de 2009

EL JUEGO

No conozco nada de ti, solo tu voz y el olor de tu colonia. Recuerdo el día que te acercaste a mí en el metro. Rodeada de gente, agobiada, estaba perdida en mi interior, cuando te oí.

Siempre pareces tan triste ―susurraste en mi oído― tan cansada y tan sola. Te he elegido. Serás mía.

Asustada, traté de alejarme de aquella voz. Pero tu risa; una mezcla de sensualidad y ternura, me paralizo.

Tranquila, jamás te tocaré si tú no quieres ―tu voz profunda y bella, despertó anhelos en mí―. Te contaré historias y te invitaré a juegos. Solo hay una condición, no me miraras hasta que estés dispuesta a entregarte a mí.

Temblé, una emoción extraña se despertó en mi interior. Y sin poder evitarlo mi alma captadora y contadora de cuentos se sintió atraída por la propuesta. Asentí sin hablar.

Desde ese momento, cada día me encuentras en el metro. Yo cumplo con mi trato y no te busco, ni trato de verte. Me cuentas historias de amor. Algunas son tan bellas que me hacen llorar. Pero otras son perversas, sexuales, te recreas en cada detalle, en cada cuerpo, en cada acto. Y esas, esas... me hacen estremecer.

Hoy, me has invitado a un juego. Me has susurrado todo lo que quieres que haga para ti. Pensé en negarme, pero sé que ya no puedo. Que ya no quiero hacerlo.




Cuando llegué a casa, una ligera excitación jugaba con mi cuerpo. He caminado rápido, preparándome ya para iniciar el juego.

Al llegar, he entrado en el baño para preparar mi cuerpo para ti y he dejado que te colaras casi de puntillas en él. Mientras me desnudaba sentía tu mirada detrás de mí, observando, mirando mis movimientos a través del espejo.

Me he inclinado despacio, ofreciéndote la visión de mi cuerpo, de mis nalgas enfundadas en los vaqueros negros para quitarme las sandalias. He desabrochado el vaquero, sintiendo tus ojos seguir mis manos mientras bajaba los pantalones y se deslizaban de mis caderas a los pies.

Me he mirado en el espejo, tratando de saber que pensarías. La camiseta de tirantes ocultando casi las braguitas negras. Te he sentido tranquilo en tu excitación, contenido, impulsándome a seguir adelante.

He tirado de la camiseta hacía arriba. Hoy ni siquiera me he puesto el sujetador con las prisas: mis senos están plenos, ligeramente inflamados. El pezón ya fruncido por la excitación de mis propios pensamientos.

He llegado a creer que estás allí, detrás de mí contemplando cada movimiento que hago. Me envuelves con tu presencia, y el juego casi ha dejado ya de ser un juego. Sorprendo mi propia cara en el espejo; los ojos entornados, líquidos, brillan. Los labios entreabiertos y húmedos por que he pasado la lengua por ellos de forma inconsciente, el rubor en los pómulos... casi puedo sentir que te acercas y te pegas a mi espalda, que deslizas tus manos sobre mi cuerpo sin llegar a tocarlo, tan cerca que puedo sentir el calor que emana tu piel.

Escucho mi propio jadeo involuntario, me sorprende tanto, que me saca del juego. Y una parte de mí, la que anota las realidades me sonríe burlona. Acabo de desnudarme y entro en la ducha, permito que el agua fría caiga sobre mi cuerpo durante unos instantes, es un ritual. Voy graduando el agua a tu gusto. Deseas que este muy caliente, todo lo que yo pueda soportarla, que sensibilice mi piel más de lo que ya está. Cuando llego a este punto, olvido todo, apoyo mi frente en los azulejos y dejo que el agua corra desde la nuca hasta los pies.

Adoro esa sensación de estar aislada, el sonido del agua, la calidez y la fuerza del chorro sobre mis hombros y la columna. Me lavo el cabello, nunca me siento completamente limpia si no lo hago. Y tu quieres que lo esté.

Enjabono mi piel centímetro a centímetro, me acaricio con la esponja, insisto en mis pechos, los costados, el estómago... Con mis manos llenas de espuma vuelo a ser consciente de tu mirada, y ralentizo los movimientos. Empiezan a ser caricias. Caricias perversas, por que sé que me miras.

Juego con mis pezones, con mis caderas. Levanto un brazo para enjabonarlo cuidadosamente. Me giro mostrándote mi espalda antes de inclinarme a lavar mis piernas; empiezo desde el tobillo, con ambas manos. Y me parece escuchar como se acelera tu respiración al observar mi culo y mi sexo desde esa postura.

Una calidez líquida se dispara, repentina en mi estómago, al pensar que podría hacerte perder el control. Sonrío para mí con los ojos cerrados, y esa imagen tuya, contenido y conteniéndose me induce a ser un poco más atrevida. Paseo mis dedos sobre mis nalgas, acaricio y resigo con sus puntas enjabonadas la línea que las separa, juego un poco con el pequeño orificio, tan sensible, juego a enjabonarlo bien, para tu deleite.

Me enderezo, y vuelvo a mirarte a los ojos. Ahora casi con descaro subo una pierna al borde de la bañera. Deslizo la mano por mi sexo; lavando cada pliegue, cada rincón con suavidad. Empiezo a transpirar a pesar de la humedad, la temperatura de mi cuerpo y mi imaginación han ido subiendo. Me siento líquida y extraña. He dejado que de nuevo el agua muy caliente corra por mi cuerpo, llevándose la espuma.

Me envuelvo en una toalla, grande, esponjosa, que me encanta. Y casi sin mirar al rincón donde tu esperas mis próximos movimientos, he abierto la puerta del baño. Sobre la cama me espera ―no un camisón, sino una larga bata blanca―. Tiene un aspecto virginal e inocente. La deslizo sobre mi cuerpo aún mojado y su tacto de satén, suave y aterciopelado desmienten su aspecto, me hace sentir voluptuosa y entregada. Ato la cinta de raso a mi cintura cerrándola contra mi cuerpo. Te miro. Ya casi no necesito imaginar. Estás aquí, conmigo, sentado en la orilla de la cama.

Vuelvo a ruborizarme cuando te pido que me sigas, y te llevo a la habitación que es más mía en toda la casa. Aquí donde escribo, donde estudio, donde dejo aflorar lo más íntimo de mí. Hay un enorme armario con puertas de espejo, donde podré mirar mi cuerpo mientras me masturbo para ti.

Entras conmigo, penetrando en mi intimidad de una forma que no lo ha hecho nadie. Te acercas a mi sillón; negro, de cuero, con reposa brazos. Ignoras el ordenador que tantos sueños a medias contiene, y lo acomodas para que se refleje bien en el espejo.

Ahora siento que el mando lo tienes tú. Te sientas en el sillón y me ordenas que me acerque: me pides que me siente en tu regazo, que me mire en el espejo. Siento tu cuerpo bajo y alrededor del mío. Me reclino tímida, apoyando la espalda en tu pecho. Miró al espejo, la tela que me cubre tan delicada, con la humedad transparenta mi piel. Son tus manos las que desatan el flojo nudo de la cinta. Con tus ojos clavados en los míos a través del espejo abres la prenda, apartándola grácil hacía los costados de mi cuerpo, tomas mis piernas con tus manos y las dejas caer a cada lado de las tuyas. Me siento vulnerable. Expuesta a tus miradas y deseos.

Mírate ―tu voz susurrada llega a mis oídos― cuéntame...

Mi piel aún esta húmeda. Me miro en el espejo y casi no reconozco a la mujer que esta ahí, abandonada a tus deseos. Pretendes conocer todos mis secretos. Veo esos ojos en los que hay un brillo no usual, la transpiración que empieza a aparecer sobre el labio superior, la postura un tanto forzada del cuello, el pelo que comienza a ondularse un poco, oscuro, sobre el blanco de la bata.

Recorro la extensión de mi pecho hasta el nacimiento de mis senos. Tus manos cogen las mías y con suavidad me muestras como quieres que me toque, empezando desde la clavícula, acariciando esos huesos firmes bajo la piel, deslizo bajo tu mirada las puntas de los dedos en el hueco, repasando los entrantes y salientes, meto la mano bajo la bata hasta llegar al hombro, lo siento redondo bajo mi mano.

Con suavidad, vuelvo hacía mi cuello, acaricio sus costados, la tierna carne bajo la mandíbula, bajo por la columna del cuello hasta encontrarme con el nacimiento de los senos. Utilizo las dos manos, la sensible punta de los dedos, el contacto firme de las palmas. Poco a poco aumento la presión, rodeo mis pechos con firmeza, los aprieto hasta sentir un punto de dolor. Los ofrezco a tu mirada tomándolos de la suave zona inferior.

Ahora mi sexo parece convertirse en líquido, late con cada caricia a mis pechos, con cada presión... Deslizo mis dedos trazando un camino sobre mi estómago. Son tus manos las que abren aún más mis piernas. Flexiono una rodilla, forzando la abertura al máximo. Nunca me había mirado así, un destello de humedad baña mi sexo.

Son tus manos las que imagino abriendo los labios de mi sexo, dejando ver el rosado interior. Subes hasta su vértice y me muestras el clítoris apenas visible. Cierro los ojos. Con esa imagen en mi retina, un jadeo me sube por el pecho, y salta casi explosivo al aire. Deslizo mi mano hasta mi coño, ya no aguanto mas...

Introduzco un dedo en mi vagina, la exploro con suavidad, siento como se contrae. Humedezco el dedo en mis fluidos y acarició con delicadeza mi clítoris, despacio dejando que las sensaciones se sucedan. Que me inunden. Mil imágenes recreadas cruzan mi mente. De ellas, solo una: la de tus ojos fijos en mis manos mientras me masturbo hace acelerar mi respiración.

Mis dedos resbaladizos por mis propios jugos se deslizan con rapidez sobre mi clítoris. Deseo... deseo... Ya no quiero solo imaginar tu mirada. Quiero sentir tus manos levantando mi bata, cogiéndome de las caderas. Notar tu polla contra mi culo buscando el camino… ¡Joder! Quiero sentirte dentro llenándome, distendiendo la carne de mi vagina, avanzando entre la presión de mis músculos internos, llegando hasta mi útero. Estoy a punto de explotar.


De súbito no puedo contenerme más. Me inclino sobre la silla buscando la presión del borde. Me muevo con abandono salvaje alimentando las llamas que se han despertado en mi cuerpo. Este calor que consume hasta el aire de mis pulmones, haciendo que jadee entre sollozos. Mis dedos vuelan, abandonados a su ritmo cada vez más insistente y rápido. El resplandor estalla por fin, oleajes de placer se abaten sobre mi cuerpo uno tras otro. Dejándome débil y temblorosa acurrucada en la silla.

Abro los ojos y me sorprendo en el espejo. ¿Quién es esa mujer con los muslos aún abiertos, la mano en su sexo, el pelo enmarañado sobre la cara? No me reconozco, me da vergüenza mirarme y aún así me observo para grabar todos los detalles en mi memoria. Es lo único que me has pedido: que te cuente la imagen que aparecía en el espejo después de masturbarme. Empiezo a pensar que este juego puede ser peligroso.

FIN

viernes, 7 de agosto de 2009

LA VISITA

Ayer fue un día largo. Comenzó cuando Chelo, una amiga de la infancia vino a visitarme. Tal como es ella, demasiado temprano, demasiado animada, demasiado pendiente de mí. Hablando sin parar, siguiéndome por todas partes mientras yo trataba de poner algo de orden en el caos que es habitualmente mi casa. Me seguía de la mesa del comedor a la cocina, pasando por el pasillo, con un incesante chorro de palabras que yo asimilaba más mal que bien. No dormí demasiado la noche anterior y Laura acababa de despertarme un momento antes de que Chelo llamara. Así que sin mi café mañanero y a pelo (esto es un decir porque pelos, pelos... los de la cabeza) escuché un torrente de palabras, las más repetidas: Trabajo, casa, marido, comidas, estoy bien, estoy muy bien, piscina y la ganadora: dinero, dinero, dinero... cálculos económicos de quien pone a la cabeza de la vida la seguridad financiera.

Pongo la cafetera al fuego. Cojo la escoba, sigue detrás de mí. "Me pones nerviosa" le digo. "Siéntate en alguna parte y calla un poco, coño" pienso que no digo. No se me dan bien las relaciones humanas antes del primer café, pero aún sé guardar un poco de compostura y por eso callo. Y porque pienso, ¿suelto la bomba ahora o mientras tomamos el café? Veo que Laura aún no se ha marchado a clase y decido esperar. ¿Qué bomba voy a soltar? Bueno, la mayoría de los que me conocen, lo sabe, ella no. Todavía. Escucho que la puerta se cierra. Laura se ha marchado. El café aún no está listo. Es igual, me giro hacia Chelo con la escoba en la mano. Lo suelto de golpe. Me voy a separar. Se queda muda. Le señalo uno de los carteles que desde hace unos días adornan los balcones de casa. Vendemos el piso. Preguntas, preguntas, preguntas... ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?... Respondo lo mejor que puedo, tampoco puedo hablar mucho. No lloro, ni siquiera siento ganas de hacerlo. Recuerdo un tiempo en que no hubiera podido parar de hacerlo.

En mi casa las paredes oyen. Decidimos tomar el café. Me pide un cortadito con la leche fría. Sirvo el café. Lo tomo y acabo de ordenar sofás, barrer y fregar el suelo donde está más pegajoso. A alguien se le ha debido caer algo.

Mientras Chelo me mira:

"¿Estás... más rellena? me dice. Con esas mismas palabras que me hacen sentir un pavo de navidad, un pollo relleno con bacon y queso, un... Mierda, es única para animar.

"No creo" balbuceo. "Uso la misma ropa que el año pasado cuando nos vimos". Renacen mis inseguridades. Joder, a sandía toda la semana (es patético, pero en otro momento de mi vida también hubiera sentido ganas de llorar por esto).

Se termina el café. Me ducho. Me visto. Blusa nueva, blanca con dibujitos morados, de la que no estoy segura y pienso: "Coño, esta es brutalmente sincera, que me de su opinión". Pregunto (inseguridades) me responde: "Sí, estás igual, la blusa te queda bien" y un "vámonos ya, que se hace tarde".

Decidimos pasear por la playa. Dos kilómetros y medio hasta el puerto. Cinco entre la ida y la vuelta que nos llevan dos horas, porque hablamos más que andamos. ¿Por qué tiene que pararse para escucharme? ¿Si anda se le cierran los oídos? dudas existenciales.

Repasamos todos los detalles de mi matrimonio. Insiste en preguntar que es lo peor de todo. Que me llevó a esta decisión. No sé que responder. Detalle a detalle son pequeñas cosas. Muchísimas pequeñas cosas. Y en conjunto llego a la conclusión de que se acabó la paciencia, Eros se fue y se llevo la venda, se acabó el amor. Más por un proceso personal mío que por cambios en él. Me dice una cosa que me sorprende. Cuando hablamos hace unos días por teléfono y la medio avisé de que habían cambios importantes se imaginó que me había echado un amante. Lo definió como algo mío pero que no afectaría a mi relación de pareja. Incomprensible. ¿Si me echo un amante no afecta a mi relación?

Cambio de tercio: me cuenta sus andanzas. Sus ligues de bus. Sus salidas de cada sábado a la discoteca "Golden". Discoteca de viejos (con todos mis respetos y de ambos géneros) y desesperados donde las allá Eso sí, por la tarde y solo hora y media. Sola. Con permiso a regañadientes de su marido que tiene aficiones de Colombaire (estos tíos que hacen competiciones con palomas o palomos o lo que sea) y los fines de semana se los pasa enredado con concursos y demás.

Para no cansar, dos horas de charla dan para mucho. Unos detalles que me hacen gracia: ¿Por qué a los maridos de algunas amigas en general y al de Chelo en particular, no les hago demasiada gracia? ¿Por qué Chelo si es tan feliz en su matrimonio y se siente tan bien con él, no dejó de repetirme exactamente eso durante toda la mañana? ¿En qué sentimiento íntimo se siente amenazada por mi decisión? ¿Qué conclusión se sacaría de la frase de Chelo: Ya sabes que nunca he estado enamorada de Fran (su marido) pero que lo quiero mucho? Y el remate: Entonces... ¿Algún sábado te vendrás conmigo a la discoteca?

La movida de la noche en el cumpleaños de mi hermana... la dejo para otro ratito.

domingo, 2 de agosto de 2009

LA FERIA.

Ejercicio: Tiempo.

El niño corre colina abajo. La vista clavada en la pequeña multitud del llano. Luces, sonidos, olores llegan hasta él. “La feria, la feria”, piensa para si. Se gira solo una vez. Saluda a su hermano Manuel, que lo mira desde la cima de la colina junto con su novia. El niño siente tintinear en su bolsillo las fichas que le ha regalado su hermano por su cumpleaños. Va por primera vez sólo a la feria. Media hora, le ha dicho Manuel poniéndole su propio reloj en la muñeca.

Corre sintiendo el aire en la cara, se precipita hacia el ruido, el color. Se hace uno con ellos. Jadeante se detiene. Mira a su alrededor. La montaña rusa, el pulpo, los coches, la casa del terror, la noria… tan alta. La gente pasa por su lado, siente su calor, escucha sus risas sin entender nada, sólo mira. Ve al hombre que de pie junto a la montaña rusa, anuncia el comienzo de un nuevo viaje. Corre con su ficha en la mano, y se la entrega mientras sube de un salto al carro. Lo mira y sonríe. Le late el corazón, cada vez más aprisa. Está solo. El hombre se inclina y le ajusta la barra de seguridad. Indiferente le pregunta si va solo. Va hasta el siguiente carro, sin esperar su respuesta. El hubiera querido gritarle que es la primera vez que sube solo, pero que eso que le muerde el estómago no es miedo, es la emoción de saber que pronto va a volar. Qué nadie le agarrará de la mano, que nadie le pedirá que se este quieto, que nadie sabrá excepto él si se asustó o no. Se sienta muy derecho, guarda las dos fichas que le quedan en el bolsillo, mira el reloj, la guja corre y ya han pasado más de diez minutos desde que se despidió de su hermano. Mira a su alrededor y ve como un niño le señala, y comenta algo a su madre que lo tiene sujeto por los hombros; ve a ese hombre que aguarda solo a que el feriante le busque un carro; le asalta el olor dulce del puesto de algodón de azúcar. Golpea el suelo con los pies, quiere partir ya. Delante de él los raíles suben vertiginosamente hacia el cielo, para luego descender. Intenta imaginar que sentirá. De pronto su carro vibra, él vibra y todo se pone en movimiento. Lento, como arrastrando el peso de un elefante se desliza el carro por su camino metálico: empieza a subir, se pone vertical y llega a la cumbre de la montaña artificial. Se detiene el tiempo mientras mira hacia abajo y ve perderse el carril en el vacío. Las manos sujetas con fuerza a la barra empiezan a sudar y su boca se abre en un grito silencioso. Y cae vertiginoso aproximándose al suelo, por un momento cierra los ojos, para volverlos a abrir enseguida. No quiere perderse nada. Y vuelve a subir esta vez más rápido, siente el viento en la cara. El carro parece despegarse de los raíles. Y por un instante vuela. Libre.
Fin.

Soledad

Escrito hace unos meses en el taller de escritura creativa.
Ejercicio sobre el espacio.


Magdalena estaba apoyada contra la ventana de la espaciosa habitación del hotel. Contemplaba la calle, qué cuatro pisos más abajo estaba llena de esa vida y luz, que a ella le faltaba. Daba la espalda a la puerta, los sofás, la cama. Elegantes funcionales incluso bellos objetos que no tenían vida aún. Hasta que él no llegara. Había dejado encendida una lámpara que reposaba sobre una de las mesillas al lado de esa cama, que los esperaba a ambos para hacerlos reales. Sus ojos vigilaban la entrada al Hotel y de vez en cuando se perdían en la gente que pasaba, algunos solos, apresurados, otros se sentaban en las terrazas de los cafés, parejas jóvenes caminaban abrazados, tomados de la mano, hablaban, reían, se besaban…Se fijó en una determinada: ella tendría su edad y avanzaban pegados hombro con hombro, en algunos momentos, él enfatizaba lo que estuviera diciéndole tomándole del brazo, y ella giraba la cara hacia él y le hacia algún comentario. Magdalena se abrazó así misma, con los puños apretados, esforzándose en mirarlos hasta que se perdieron al final de la calle.

La luz de la tarde iba muriendo. El anochecer bajaba por los edificios del otro lado de la calle. En la habitación las sombras crecían en las paredes y la lámpara iba cobrando protagonismo aún a sus espaldas, envolviéndolo todo en su luz fría y sucia. Y ella seguía aguardando la llegada de él para alejar las sombras de su cuerpo.

Ayer: Depilación.

Ayer: Primer día de vacaciones. Cita para depilarme a las diez y media. Llego puntual, como siempre. Con el tiempo es una de mis pocas manías. La jefa no está, pero no me preocupa, la chica que siempre me depila está en la puerta. Una señora de la calle: pantalones a cuadros, camiseta con dibujos extraños, pelo rubio descolorido mantiene una conversación con ella. Insiste en saber de quien es un coche rojo aparcado en la cera de enfrente, vamos, en la calzada. Tiene una ventana abierta y a la buena señora le preocupa que sea un coche bomba de los etarras. Es cierto que hay mucha policía desde los atentados de estos días, controlando Valencia. Nadie conoce el dueño del coche. La mujer se marcha, imagino que a seguir con sus indagaciones. La chica, jovencísima, delgadísima, palidísima y todos los ísimas más que se os ocurran, me saluda:
"Buenos días, May. Pasa y espera un momento, que estoy terminando un servicio"

Pasó. Me quedo pensando. ¿Un servicio? Las putas deben hablar igual de los clientes. Sí, tengo la mente sucia y estoy de vacaciones ¿Qué pasa? Me siento en una silla roja. No sé donde dejar el bolso y el libro que llevo entre las manos. Así que bolso al suelo. Joder, no, que dicen que se va el dinero y eso me faltaba. Bolso al regazo, libro abierto. Una novela sobre un abogado que desea investigar la muerte de Poe. De momento no está mal, aunque no me engancha como me gustaría. Diez minutos de espera. Todo el mundo no es tan puntual como yo. Lo sé. Me resigno a ser siempre quien espere.
Ya, sale una señora. No podría describirla, sencillamente no le presté atención.
La chica: "Acompáñame, May"
He ido multitud de veces, así que no puedo perderme, aún así le acompaño. Pasillo largo, zona pedicura manicura. Habitación-sala de tortura con su camilla, el papel nuevo y limpio extendido sobre ella. La máquina de la cera sobre una mesa al fondo. No suelo mirarla, así que poco puedo describir. Pero podéis imaginar. Una grande con un botón rojo encendido, otra algo más pequeña. Aparatitos para la cera fría, que no suelen usar conmigo.

La chica que me dice "vete preparando, ahora vuelvo”.
De acuerdo. Me quito la blusa. Me quito los vaqueros. Primera duda: ¿Me quito ya las bragas o me espero a que ella venga? Decisión: Me las quito. Me tumbo en la camilla solo con el sujetador. En este sitio jamás me han dado esos tanguitas de papel, cosa que casi agradezco, son feísimos. Más ridículos que cualquier desnudez. La chica tarda. Yo pienso. Me sale escribir una nota sobre el momento y la redacto mentalmente (parecida a esta, pero irrecuperable). Me pregunto que hacer con los brazos, las manos. ¿Las pongo púdicamente sobre mi sexo desnudo? ¿Levanto los brazos sobre mi cabeza? Pruebo las dos posturas. No, decido dejarlos a lo largo del cuerpo, descansando en la camilla. Hoy no ha tenido la precaución de apagar las luces y poner música relajante. Lástima, me siento más expuesta así, con la luz brillante encima de mi cuerpo. Espero. Escucho. La chica está cobrando a la señora, se detiene a hablar con una compañera, de pronto suena el teléfono, contesta. Y yo sigo pensando. Se podría iniciar un relato que diera a confusiones empezado con el "Vete preparando que ahora vuelvo" y el quitarme la ropa, juego con la idea. Espero.
Por fin llega. Se inclina sobre mí: "Entonces ¿Medias piernas, axilas e ingles?" Contesto: "Como siempre. Todo." Ella: "Ya, ya sé. Ingles brasileñas..." Nena -interrumpo- Todo. Las ingles y lo que no y la cara"
"Empecemos por las ingles" dice ella. Así que me abre de piernas que parezco la rana de Andrade. Estira, empuja y se va. Vuelve con la paleta llena de cera, soplando para que enfríe algo más rápido. El primer golpe de calor entre mis piernas. El primer tirón. Duele, pero mucho, cierro los ojos. Apoya la mano firmemente ahí donde acabo de nombrar. Y dice: "Ya". Mentira, va a por más cera. La noto cabreada. Me preocupa (está tocando partes sensibles). Inicio una conversación. Me habla de su cuñada, su suegra, su pareja y de cierto viaje a cargar unos muebles viejos que ha de hacer y que no le hace ninguna gracia. Mientras vuelve a repetir la operación, por arriba, por abajo, por los lados, por dentro... "Estos son los más difíciles" dice. Ya te digo. Difíciles y que más duelen y que más expuesta te sientes. Mientras pone la cera continua con sus quejas sobre su cuñada, la semana de trabajo con la jefa enferma, el dolor de hombros y brazo que tiene, vuelve a las quejas sobre su cuñada que se ha escaqueado de la carga de muebles. Tira. El dolor es intenso. La cera se lleva vello y no sé si algo más. Se apresura a poner una mano calmante sobre... ¡Coño! (nunca mejor dicho) Tengo que hacer que se olvide de sus problemas o acabaré mal hoy. Recuerdo conversaciones anteriores. Su novio y ella son almas gemelas. Se lo recuerdo sutilmente. Sonrisa. Me habla de su novio... Termina la "faena" en sitio tan delicada y pasa a las piernas.... Ufff!! Menos mal. He perdido pelo pero no piel.

Y termino. Aún pensé más cosas. Mi mente es incapaz de parar, pero eso... será para otro día.

viernes, 31 de julio de 2009

EJERCICIO 30º "LA PARADA"

Ejercicio de estilo. Dos personas debatiendo sobre un tema, una forma de ver la vida... La dificultad: hacer a la vez un ejercicio de estilo, cada uno de los personajes ha de pertenecer a una esfera distinta de la sociedad y debe notarse claramente a través del diálogo, de su forma de hablar, de las descripciones...

—Jo, Goyo. Miraaa. Para, para. Jo, es superguay —Cuca gritó levantando las manos—. Mira essse chico. Jo, que fashion queda con su sombrero de paja y todo. ¿Y esos pantalones rotos de algodón?
— ¡Oh, sssí! Está super chulo ¿Qué hace? ¿Ess·nn labrador?
—Sí, será, pero mi papi los llama, o sea, dice que se llaman operarios del campo. Papa me lo dijo cuando estuvimos en la finca del padre de Borja ¿Sabess? En Andalucía. Es superchula, con tanta plantita y hierbas y unos animales muy grandes… torosss. ¿Me entiendes?
—Pero… ¿Qué haces, Cuca? ¿Vas a bajar?
Ssssssí, me gustaría hablar con ese operario tan super.

Hello… hola, buenos díasss —La voz de Cuca, un tanto nasal dejó resbalar las palabras cansinamente hasta el final de la frase.

—El muchacho que estaba inclinado sobre la tierra recién arada, se incorporó.
—Hola, buenos días.
La contestación correcta y educada dejó un momento sin ideas a Cuca.

—Esto… ¡Qué campo más super! ¿Es tuyo?
—Bueno… No, yo trabajo para…
— ¡Ah! ¡Qué mono! Mira, Goyo, es un empleado operario.

Goyo, cabeceó asintiendo sin salir del coche. Se arregló el Lacoste que llevaba en los hombros echando una ojeada al joven labrador. “Bah, pensó. Essta Cuca esta loca. Pararse a hablar con labradores muertos de hambre”
—O sea y tú, ¿Cómo te llamas? —Cuca se apartó el pelo de la cara, echándose la melena rubia y lisa hacía atrás.
—Andrés.
La voz del muchacho ocultaba una sonrisa mientras miraba a aquellos dos especimenes urbanos, no acababa de entender que quería esa niña con sus zapatitos de tacón, la falda blanca y negra y ese top ceñido al cuerpo en negro. Pero cualquier diversión que interrumpiera sus solitarios paseos por las tierras de su abuelo era bienvenida. Se había comprometido a pasar el verano en los campos antes de marcharse a Estados Unidos a completar sus estudios de Ingeniería agrónoma y hacer un estudio sobre el terreno de la mejor aplicación posible que darle a esas tierras. Hacía tiempo que el trabajo en el campo ya no resultaba rentable y tanto él como su abuelo pensaban que debían encontrar la forma de conservar y expandir el negocio familiar y dar una solución a sus empleados y a las familias que dependían de ello.
—Y ¿Trabajas aquí tú solo? No tenéis de esos… Inmigrantes —Se giró hacia Goyo que miraba impaciente el rolex de su muñeca—. Esos que dicen que vienen a hacer el trabajo que los de aquí no quieren… ¿Me entiendes? Esos de los que hablan en la tele y que papi dice que hay que tener mano dura.
—Verás, guapa. Sí, Tenemos inmigrantes trabajando con nosotros. Desde hace algunos años ya. Se han instalado en el pueblo y han traído a sus familias —Andrés pensó en Atu, el primer africano que contrató su abuelo. Ya hace más de veinte años. Y que ha hecho su vida entre el pequeño pueblo cercano y el trabajo en las tierras. A Atu, le siguieron Ebo, Foluke, Gamba, Hasani, Mogomu, Mbita, Nangila, Nikusubila, Nkosana, Ochieng, Olafemi, Olujimi, Osagboro, Suhuba, Wamukota… Tantos ya. Algunos siguen trabajando para el abuelo. Otros desaparecieron en busca de otras vidas que vivir. Pero todos tienen historias detrás que aquella niñata no entendería.
—Y te dejan a ti ssolo para trabajar? O sea que son todos unos vagos como dice papa…
— ¿Cómo dices? —El enfado empieza a despertarse en Andrés.
—Yo… O sea… Cómo estásss solo aquí… ¿Me entiendes?
—No sé si te has dado cuenta, Piluca, cuca, mamen o como coño te llames… Pero hoy es domingo y los domingos la gente descansa. Sean inmigrantes o no. Ahora que a la gente como tú debe darle igual que sea lunes o domingo… Para lo que hace…
—¿Holas? Pero tú ¿Qué te has creído? —La voz de Cuca se eleva y por un momento la languidez que acompaña a su persona se sacude— Yo también trabajo y estudio ¿Sabes?
—¿Sí? A ver si adivino en que trabajas. ¿Trabajas en un despacho con tu papi? que te da palmaditas de vez en cuando y te dice que lista es mi niña. O puede que con un amigo de papa, al que le hace un favor, porque hay que proteger a los cachorros de la realidad.
Cuca enrojece. Andrés ha acertado a la primera. Trabaja unas horas en el despacho de Marcos, el abogado de su padre que se ha ofrecido a “guiarla” en el mundo laboral, mientras termina la carrera.
—Eres mega desagradable, o sea, super antipático. Yooo no tengo la culpa de que seas un pobre ¿Sabessss? —el acento nasal en la voz de Cuca adquirió un tono desagradable. Las palabras parecían morir al caer de su boca, y las vocales, arrastrarse interminables en un sube y baja de la entonación, enfatizándolas― Si mi papa tiene razón… O sea que los pobress, nos envidiáis porque… porque…
―¿Envidiaros? ¿A vosotros? Dudo mucho que los “pobres” que dices tú piensen mucho en vosotros. Los pobres trabajan para llegar a fin de mes. En todo caso envidiarían vuestra tranquilidad económica, pero no vuestra estupidez. Al menos, no la tuya, bonita. Y si tuvieras algo de conciencia, te avergonzarías de vivir como vives mientras tanta gente se muere de hambre.

Andrés intenta dar por zanjado el tema y alejarse. La pija esta, a pesar de su carita de muñeca y sus ojos azules le esta amargando la mañana del domingo. Sin embargo ella, alarga la mano como si quisiera tomarle del brazo, antes de retirarla como si solo rozarle le diera asco.

Túuúuú no sabes de lo que hablasss. No eres más que un ignorante ¿me entiendes? O sea, supermega ignorante. Papa dice que somos ricos porque somos más hábiles y más inteligentes y nos lo merecemos. Los que no pueden hacer dinero, es porque son más tontos y torpes que nosotros y sobre todo, que no quieren trabajar duro. O sea, que es como eso de Darwin…. ¿Entiendes? Y que por eso…, vamos que ahora todos tienen la oportunidad de hacerse rico y que si no lo hacen es porque no saben o no quieren.
―¡Lo que me faltaba por oír! La teoría de que competimos en igualdad de condiciones de los imbéciles como tu padre y la gente de su clase ¿Eh? Mira niña, no sabes nada del mundo, al menos nada del mundo que hay fuera de tu “maravillosa” clase social.
―Pues es verdad ¿Sabesss? Ya no est’mos en la edad media y a ser pobre y a seguir así ¿Sabes? Así que el que es pobre es porque quiere o porque no es bastante listo…
―Así que según tú padre y tú ¿La hija de Atu estaba en igualdad de condiciones que tú? Esa niña murió con su madre, ahogada, cuando trataban de reunirse con Atu. Ni siquiera llegaron a ver estas tierras. Atu no pudo volver a verlas, ni enterrarlas según su tradición, porque cuando se enteró ya estaban en una fosa sin nombre, enterradas por las autoridades. ¿Quién te crees que eres? ¿Has pensado en el valor que se necesita para meterse en una patera? ¿Has visto alguna? Son tan frágiles y el fondo tan plano que te preguntas como nadie puede pensar en hacer una travesía desde ninguna parte. ¿Has pensado alguna vez en eso? ¿En las penalidades que tienen que soportar esas gentes solo para llegar hasta una de esas embarcaciones de mierda? ¿Por qué crees que lo hacen? ¿Porque han nacido como tú, en una clínica privada, con mama maquillada y un camisón de lujo y papa (si es que está) grabando el acontecimiento? ¿Por qué crecen entre el lujoso piso de Salamanca y el chalet en la sierra?
Andrés iba acercándose a Cuca. Hablaba con las manos, con el cuerpo. Su pensamiento recorría la larga lista de trabajadores africanos que había conocido toda su vida. Sus penalidades, su hambre, su tristeza lejos de su tierra, de su gente. Recordaba sus caras cuando seguían las noticias sobre la llegada de pateras a las costas españolas, casi siempre saldadas con muertos. Sus muertos.
Cuca, cada vez más asustada de ese hombre, había dejado de escucharle mientras retrocedía hasta el coche que le aguardaba, con los ojos clavados en Andrés. En ese momento Goyo, que había seguido aburrido la conversación salió del coche y tomó a Cuca del brazo.
Vamosss, Cuca, darling, Sube. Ya te dije que con estos campesinos no se puede hablar. Y llegaremos super tarde a la fiesta de Mamen.
―Jo… sssí, este palurdo da miedo. No le entiendo.
Andrés se dio cuenta de lo mucho que se había alterado. Respiró hondo. Se apartó de la muchacha un par de pasos, antes de volver a hablar.

―Sí, eso es, Cuca, “darling”. Sube al coche, que llegáis tarde. Tarde a todo. Y olvida lo que este “palurdo” te ha dicho. Sigue durmiendo tranquila por las noches. Sigue viviendo a costa de papa en tu mundo “ideal” y no vuelvas nunca más a pararte para hablar con un “pobre”. De todas formas seguirías sin entender nada.

Cuca subió al coche sin mirarlo seguida de Goyo que arrancó casi de inmediato. Durante unos kilómetros escuchó la charla insulsa de su compañero. Sentía el cerebro lleno de pensamientos extraños. Imágenes apenas entrevistas en televisión de mujeres de piel oscura aferradas a niños pequeños. De ahogados, hinchados, deformados por el tiempo pasado en el agua, tan solo un puñado de apretados rizos mojados con apariencia de vida… Miró sin ver el paisaje que recorría el coche antes de preguntar:
―Goyo, tu crees que lo que decía ese chico…
―Cuca, cariño ¿Aún piensas en ese? No se puede hablar con uno de esossss… Son pobres siempre encontrarán motivos para quejarse.
Fin.

sábado, 11 de julio de 2009

Las máscaras...

Aquella noche tuve lo que se llama una cena de amigos. El aburrimiento y el distanciamiento vinieron también a cenar. Es difícil encontrar interesantes temas de conversación centrados en adelantos del móvil, el salario base de los obreros, la diferencia entre el sueldo de un oficial de primera y un peón, el olor a pies y la elección entre tomar una copa a bailar o por el contrario tomar varias bailando. A veces pienso que en cierto sentido puedo ser una esnob, pero cuando repaso la conversación... no se habló de música, excepto para elegir el garito, no se hablo de libros, no se hablo de política, no se profundizo absolutamente en nada. Planté mi sonrisa artificial y hablé de cenas de empresa para la próxima navidad, me armé de paciencia ante el que dijo que unos servían para encofrar otros para hacer regatas y otras para coser y fregar. Y al cabo de un tiempo sin poderlo evitar me deslice a mi propio mundo y pase a un estado contemplativo-observatorio. Me aislé tras mi máscara.Pero lo realmente triste de la velada vino después, cuando acudimos a una discoteca, llamémosla de adultos. Allí las máscaras eran diferentes. Brillantes plumajes de diversos colores cubrían cuerpos y caras ajados y solitarios. Sonrisas fijas, ojos al acecho, suma de soledades.Risas y palabras captadas al azar, luces suaves que aún así no lograban ocultar el paso del tiempo, perfumes empalagosos que hacían sentir bienvenido el humo del cigarrillo. Miradas como manos resbalando por el cuerpo. La soledad tiene aquí un matiz de desesperación que me abruma. ¡Cuantas mujeres solas! Transformadas por mi mente poco caritativa en lobas hambrientas, en ganado venido a menos dispuestas a cualquier cosa para esta noche al menos, por favor, ¡al menos esta noche! paliar el tedio de sus vidas.Como mujer entiendo que bajo esos rostros cuidadosamente maquillados buscan la última oportunidad. El príncipe azul, aún pasado de copas y de vuelta de todo, que las rescate de su soledad.Son princesas, de cabellos tintados, de rostros cuidadosamente pintados, con patas de gallo, arrugas en la piel y el corazón, asomadas precariamente al balcón más alto del frágil castillo de sus vidas.Cuando al fin salgo a la noche, oscura y fría, escucho los comentarios de los que me rodean. Los de ellos que se sintieron halagado por la atención que despertaron en ese grupo de mujeres, los de ellas encantadas del éxito de la noche. Sintiéndose seguras y afortunadas, aún sin haber pensado en ello conscientemente, por no pertenecer al grupo de las princesas sin príncipe.Y yo siento, tú lo sabes, una inmensa tristeza.

Caracolas

He ido a pasear, ando kilómetros por la playa. Me gusta el roce de la arena en mis pies, las salpicaduras del agua, cuando imprudente y amante del mar acabo por llevarlo hasta los muslos. Siempre termino empapada y me encanta. Durante esos largos y kilométricos paseos, pienso en tantas cosas. Y a veces con un poco de suerte, cuando me paro, cuando me siento en una piedra del puerto, cuando fumo un cigarro y dejo que mi vista se pierda, no pienso en nada y mi mente se vacía. De pronto no estoy en ninguna parte. Es una sensación extraña cuando vuelvo de ese no lugar y traigo conmigo una suerte de paz y una maravillada alegría. Ayer vi en la orilla un caparazón de tortuga. Y dos caracolas pequeñísimas. Y la recolectora nata de recuerdos que soy, prefirió dejarlo allí. Están en mi memoria como tantos otros recuerdos.

No había confusión en las huellas de las gentes en la arena, líneas paralelas que el mar se encargaba de llevarse. Cuerpos que no se tocan tendidos al sol. Almas perdidas en el calor azul del día.

lA INICIACIÓN DE NICOLE

Javier acababa de despertar, como de costumbre había dormido hasta tarde, después de una larga noche dedicada a sus libros y escritos, como siempre hacia cuando visitaba la mansión familiar. La verdad es que disfrutaba de ello, pero ya empezaba a echar de menos la agitada vida sexual que llevaba en su cómoda casa de la ciudad. El campo, aunque encantador y lleno de vida, le resultaba poco excitante acostumbrado como estaba a satisfacer todos y cada uno de sus activos y perpetuos deseos sexuales. Unos golpes en la puerta, interrumpieron su habitual paja matutina. Molesto por ello decidió no contestar y continuar con sus placeres solitarios. Pero un segundo golpe y el sonido de la puerta al abrirse, le hicieron incorporarse, olvidando que su majestuoso falo estaba desnudo bajo las sabanas, que resbalaron, hasta formar un montón entorno a su enorme verga. Desde la puerta, la nueva criadita de su madre, habló con su tímida e inocente voz: —Señor, su madre me manda a traerle el desayuno. ¿Puedo pasar? Le contempló como si no la hubiera visto antes. Advirtió las hermosas formas ceñidas por el uniforme obligatorio de la casa para las criadas de salón. Un vestido negro, con escote redondo, un delicado delantalito blanco y una cofia de encaje hábilmente prendida en sus cabellos. Su semi erecto pene reaccionó ante la muchacha convirtiéndose en dura estaca. Con una ligera sonrisa subió la sabana escondiendo tan tremenda tranca. —Pasa, adelante. ¿Qué es lo que traes? —Su mirada libidinosa pareció incomodar a la jovencita, que inclinando la cabeza y enrojeciendo, no pudo por menos que ver el enorme bulto que tapaba la sabana. Entró presurosa con la bandeja; su mirada evitando la cama, dejó esta sobre la mesilla situada al lado de la cama. _La señora me ha mandado que le suba chocolate caliente y tostadas. Y que le diga que salió para misa y que no vendrá a comer, que la han invitado las señoras de la junta de beneficencia y que tardará en volver. La sonrisa de Javier se amplio y adquirió una cualidad lobuna —Así que tu nombre es... —interrumpió la frase, con la esperanza de que ella le mirara al contestar. —Nicole, señor —Como así hizo, momento que Javier aprovechó para levantarse del gran lecho, gloriosamente desnudo. Ella no pudo dejar de admirar ese cuerpo, y la magnifica polla erecta que tenía ante sus ojos. Con delicada y fascinada curiosidad clavo sus ojos en el inflamado apéndice. Javier, con fingida inocencia le preguntó: — ¿Qué pasa, Nicole? ¿No te ha advertido mi madre que me gusta bañarme antes de desayunar? Prepárame el baño y quédate a ayudarme. Horacio mi ayuda de cámara partió ayer a preparar mi casa de la ciudad. Nicole nerviosa no atinó más que a quitar su vista del miembro viril de Javier y aún con la mirada como perdida, se acercó a la chimenea para avivar el fuego, sin preguntarse ni por un instante por que su amo, no llamaba a uno de los criados masculinos de la casa. Javier recostándose indolente en un sillón cerca del fuego, la observaba hacer. Su mirada vagaba por ese culito perfecto, mientras ella arrastraba el baño de asiento cerca de la chimenea. Observo sus idas y venidas con los cubos de agua, admirando sus dulces brazos redondos y sus largas piernas. Se deleito con la visión del inicio de sus senos cuando vertía el agua en la tina, mientras se masajeaba ociosamente la polla. La respiración de Nicole se agitaba por momentos, ligeros signos de excitación que en su inocencia no sabía ocultar la delataban al ojo conocedor de Javier. El suave rubor de sus mejillas, las miradas de soslayo que esos enormes ojos marrones le dedicaban, la dulce hinchazón de sus labios, la película de sudor que bañaba su frágil cuerpo... Todo ello hacía que Javier estuviera más que dispuesto a olvidar donde estaban, y su costumbre de no implicarse con el servicio de su madre. La tentación de complacer a su polla después de este tiempo de descanso, era demasiado intensa para resistirla. Nicole terminó de preparar el baño. En silencio, Javier se levantó del sillón y sin ocultar su desnudez camino hacia la bañera, en la que se sumergió con evidente placer.

—Nicole, tendrás que quitarte el uniforme para ayudarme, ¿No desearás que se moje? Sé que mi señora madre es muy estricta en el mantenimiento de la limpieza de estos. Nicole reconociendo que tenía razón, se quito cautelosa el delantal y el vestido quedándose con una púdica y blanca enagua de algodón, cerrada hasta el nacimiento de los pechos con diminutos lazos azules. Una muestra de coquetería poco común entre la gente de servicio y que le habían costado sus escasos ahorros. La desnudez de los brazos y hombros de la muchacha transformaron el ambiente de la recamara, la semipenumbra pareció envolverla y la luz de las llamas saco destellos de oro en su piel morena. Inconsciente de su propia sensualidad se acercó a Javier, y en absoluto silencio tomó la esponja y la sumergió en el agua. Con movimientos lentos, la posó sobre su espalda, dejando correr el líquido tibio. Despacio, una y otra vez, mientras sus ojos seguían el agua deslizándose por el cuerpo del hombre, una sensación hipnótica, somnolienta la invadió. Notaba que sus manos, sus brazos, su cuerpo se licuaba. Javier quitó de su mano la esponja, dejándola caer en el suelo. Tomó su mano y la llevó a la parte de su cuerpo que reclamaba atención urgente. Muy suavemente, sin romper la cualidad onírica que el momento había tomado, la dejó sobre su miembro, y ella con curiosidad casi infantil, recorrió ese duro hierro recubierto del más fino satén, con su diminuta mano, exploró desde la base, la raíz fuerte y poderosa, subiendo por el falo, recorriendo cada vena, cada minúscula porción de piel, hasta la cabeza poderosamente erguida, de un palpitante rojo amoratado. Una y otra vez subió y bajó su mano por aquella verga, que no alcanzaba a rodear con sus deditos. Javier, en silencioso éxtasis, la dejó hacer hasta que ya no pudo más y el anhelo de acariciar a la dulce jovencita, hizo que se levantara del baño, y en un sólo movimiento, tomándola en brazos, la condujera hasta el sillón donde la sentó sobre su regazo. Múltiples besos cayeron sobre la cara de Nicole. Las manos mojadas de Javier trazaban caminos en la enagua de algodón, que dejaba transparentar, al mojarse, el moreno cuerpo de la muchacha. Nicole se encontraba en otro mundo, un mundo de sensaciones que jamás había experimentado, sentía la boca de su señor, en sus mejillas, en su frente, en su cuello como pequeñas brasas ardientes. Las manos que recorrían su cuerpo creaban a su paso necesidades desconocidas. Javier excitado por su inocente entrega, adivinando en ella un ser afín, se convirtió en un maestro paciente. Reprimió su exigente naturaleza, para despertar en ella su intensa sexualidad latente. Amoroso besó sus labios, amó con su lengua la de ella. Recorrió una y otra vez el interior de su boca, haciéndola estremecer, retorcerse sobre él. Cada vez el deseo de ella era más urgente. Su cuerpo se tensaba bajo las manos de él, sus pezones presionaban el algodón. Sus manos, hasta ese momento, abandonadas, cobraron vida. La necesidad de tocar fue apremiante, deslizó las manos por el pecho de él, por su cuello, sintió la redondez de su cabeza, los mechones mojados se le enredaron entre los dedos. La respuesta de Javier fue inmediata, su boca bajó hasta los pezones que lo reclamaban, sus dedos expertos soltaron lazos. Una mano acarició la piel desnuda de los pechos de Nicole, y la otra se perdió entre sus muslos. Nicole abrió entregada sus piernas, deseando y temiendo que su amo tomará ese lugar secreto que le habían enseñado a despreciar. Su conciencia velada, intento resistirse, pero la extraña ansiedad que la embargaba, el doloroso placer que sentía al notar el miembro duro de él presionando su sexo a través de la fina tela que los separaba, venció toda objeción antes de que llegará a producirse. Los largos dedos de Javier, treparon por sus muslos hasta el sexo de la doncella. Al advertir lo mojado que estaba, sonrió contra el pecho de Nicole. —Mi dulce niña, ya casi estas preparada —la voz apasionada y líquida baño los sentidos de Nicole. Un escalofrío bajo por su columna, la piel se erizo. Y gimió sin poderlo evitar. —Mi señor, ¿qué es esto que me esta sucediendo? ¿Este calor que recorre mis venas, que deja mis miembros sin fuerza, que hace que todo mi cuerpo reclame sus manos y su boca? Siento como si algo en mi interior fuera a romperse en mil pedazos —una respiración larga y entrecortada como un sollozo se le escapo del pecho. —Esto, mi amor, es pasión, placer, la fuente de la vida. La pasión es un regalo de los dioses. Y en ti, mi querida Nicole, lo han derramado con generosidad. Déjate conducir por mí, y te entregaré su fruto. Levantándose del sillón, la puso en pie a su lado, le deslizó los tirantes de la enagua, haciéndolos resbalar despacio por sus brazos, besando sus hombros, su pecho, su ombligo. Acompañó la caída de la prenda al suelo, arrodillándose ante ella. Sus manos firmes acariciaron sus nalgas, mientras sus labios se demoraban en su vientre dorado. Jugando con su lengua, acariciando, lamiendo, bajo hasta el obscuro sexo de Nicole. Sus manos se afianzaron en la cadera de ella, y por fin su lengua encontró el clítoris de Nicole, excitado y duro esperándolo. Nicole, con el primer contacto de su lengua en su sexo gritó y sus manos se aferraron con fuerza a los hombros de él. Sus piernas temblaron y se abrieron buscando el toque húmedo de la boca de su amo. Javier se sintió pleno de su olor y su sabor. Presionando con fuerza sus caderas la hizo arrodillarse a su lado y la beso en plena boca, dándole a saborear sus propios jugos. La tendió sobre la mullida alfombra que cubría el suelo y abriendo bien las piernas de Nicole con sus manos, empezó a darle placer. Era un experto en ello. Jugaba con su boca y su lengua abrasando el sexo de la muchacha. Lamiendo sus labios con lentitud, introduciendo la lengua en su vagina, una y otra vez. Nicole jadeante, susurraba palabras sin apenas sentido, sus tobillos se cruzaron sobre la espalda de Javier por voluntad propia. Las manos volaron hacia la cabeza de su amante, presionándola contra su anhelante coño. Javier centró los ataques de su lengua en su clítoris lamiendo una y otra vez, mientras uno de sus dedos se deslizaba dentro de aquella vagina, aún inexplorada. La gran cantidad de fluidos que mojaban el canal de Nicole, le permitieron entrar sin dificultad Nicole perdiendo la conciencia de sí misma ante el doble asalto, levanto las caderas enterrando el dedo más profundamente en su sexo. Javier, empezó a meterlo y a sacarlo rítmicamente, un poco más hondo cada vez mientras que las caderas de ella salían a su encuentro cuando se retiraba. Era una delicia de criatura con esa pasión innata tan arrasadora. Javier ardía, deseaba clavar su polla en ese coño tan prieto y caliente, pero la estrechez del mismo y su deseo de que ella llegara al delicioso orgasmo que intuía, le hicieron contenerse aún. Introdujo otro dedo en la vagina de Nicole cada vez más dilatada y mojada. Empujó con decisión ambos hasta llegar a la fina telilla que anunciaba que él era el primero en conocer las delicias de ese dulce coño. Apenas lo tanteo. Siguió lamiendo el clítoris de Nicole metiendo y sacando sus dedos, hasta que las contracciones de la vagina, y una gran cantidad del fluido néctar sobre su lengua, anunciaron el orgasmo de Nicole. En ese enloquecedor instante hundió los dedos con decisión, hasta el fondo de su vagina desgarrando la tela de la virginidad. Nicole perdida en su primer orgasmo casi no percibió el ligero dolor que le ocasionó la desaparición de su único bien de muchacha pobre. Javier se incorporó sobre el cuerpo de ella. Contemplar la cara de Nicole sumida en su primer contacto con el placer le hizo perder el control y acomodándose entre sus piernas abiertas, bañó su polla con los fluidos de ella, penetrándola de un solo empujón. Sintió la vaina obscura y húmeda dilatarse para admitirlo en su interior. Nicole gritó, jadeante y agónica, al verse atravesada por tan poderosa verga. Javier, tenso, reprimiendo el deseo animal de moverse dentro de esa funda prieta, se quedó inmóvil por un momento, permitiendo que Nicole se acostumbrara a la invasión. Miró los ojos de la mujer, serió, contenido, esperando que ella le diera la señal para continuar. Y obtuvo su recompensa: los rasgos contraídos de Nicole se relajaron, el placer empezó de nuevo a adueñarse de su cara, cuando su vagina se acostumbró al tamaño de él. Empezó a moverse dentro de ella, lento, pleno, poderoso, llenándola y retirándose, en oleadas largas y placenteras. Metiéndola entera, hasta el fondo de su vagina y sacándola lentamente hasta dejar solo la cabeza de la verga en la entrada, dilatándola, enfundado en su calor líquido. Tratando de prolongar el placer que le desbordaba. En Nicole el deseo se volvió un punto incandescente en su estómago, se expandió de nuevo por sus venas, se concentró donde se unían los cuerpos. Elevó sus caderas, cruzó sus piernas sobre la cintura de Javier. Sentía el cuerpo del amo golpeando su clítoris en cada arremetida. Como los testículos le golpeaban cada vez que entraba en su cuerpo y se sentía plena, llena de su polla. Y empezó a mover sus caderas, a elevarlas a su encuentro, a sentir dolor de ausencia cuando él se retiraba. La fricción era enloquecedora. Se abandonó por completo. Javier al sentir el embate de sus caderas, aceleró el ritmo, aumentó la fuerza de la penetración. Salvaje, arremetió contra ella con todas sus fuerzas, solo para ser recibido con la misma pasión. Una y otra vez, sus movimientos aumentaban, más fuerte, más rápido. El segundo orgasmo de Nicole baño su polla y ya no pudo retenerse, se corrió como nunca en su vida, con un grito se tensó sobre ella, la penetró profundamente dejando que su leche la inundara. Durante un momento permanecieron inmóviles, entrelazados, casi sin respirar. Después, Javier la libero de su peso, se tendió a su lado y la abrazó. Se adormeció pensando que necesitaba una nueva criada en su casa de la ciudad.

Nada

Qué tristeza del alma sola, abandonada. Muriéndose cada día un poco más por dentro. Ausente. Mecánicos los movimientos, los actos. Deseos mojados en actos solitarios. La mirada apagada, la sonrisa muerta y el cansancio en el cuerpo.

Una tarde de abril

La mujer del vestido blanco recoge agua en el río mientras el viajero rubio pasea una tarde de abril.
Diana es joven, morena. El cabello cae rizado sobre su espalda; ojos castaños, grandes, pensativos.
Los pómulos altos, la nariz proporcionada, labios llenos, bien perfilados, el inferior un poco mas lleno que el superior. El cuello delgado, los hombros erguidos. La figura plena, de pechos grandes, cintura estrecha, caderas hermosas. El vestido se balancea, susurra contra sus piernas. Los brazos redondos y tiernos se llenan con un cántaro de barro, a la antigua usanza para recoger agua del río con la que lavarse el cabello, tal como le enseñó su madre.
El viajero se para a mirarla. Sus ojos verdes, brillantes, le resiguen la figura. Admira la figura de la mujer, su cara que adivina más que ve. Su postura al borde del río es una estampa antigua, llena de encanto.
Mira a su alrededor: el verde apagado de las plantas, los pocos arboles que siguen la orilla del río, el agua lenta y placida. Escucha los sonidos: murmullos de aves, insectos, del ligero viento.
La mujer siente su mirada. Levanta la cara, curiosa, hacia el desconocido: Una sonrisa ilumina el rostro serio. No habla, vuelve de nuevo la vista al cántaro, y el viajero respondiendo a su sonrisa sigue el camino.
Un puente guía sus pasos, y se inclina sobre él para ver como el agua, coge bríos, sobre las piedras del fondo, remolinos de espuma blanca golpean los pilares.
Su mente se pierde en lo que contempla, tal vez recuerde otro lugar, un sentimiento medio olvidado, un momento lejano en su historia.
Unos pasos resuenan sobre el puente, despertándolo de su ensueño, levanta su rubia cabeza y mira. La mujer con el cántaro en la cadera, camina con gracia hacia él. Ahora su rostro claramente visible muestra una curiosa timidez. El viajero saluda:
—Hola —Su mano se alza hacia ella, sus ojos sonríen.
—Hola —contesta ella. Su voz algo ronca, dulce.

Pasa a su lado los ojos bajos. Una pequeña curva en los labios. Cuando pone el pie en el camino, se gira. Le mira, descubre los ojos de él clavados en ella. Con un rubor y una sonrisa, huye sendero abajo.
Él la sigue despacio camino al pueblo que ya se divisa. Piensa en la mujer mientras avanza, le recuerda un amor de otros tiempos —así debía ser ella—, piensa, antes de que la vida convirtiera su mirada en turbia y seductora. Antes de aprender a dañar. El sufrimiento medio olvidado vuelve a rozar su alma. Con decisión borra esos pensamientos. Se acabó. Una sonrisa cruza sus labios. Tal vez deba parar en este pueblo unos días. Esta cansado de viajar.

martes, 30 de junio de 2009

LIBERTAD (Inclasificable)

Lo escribí con 17 años. Tan sólo he modificado algunas comas y puntos, los guiones de diálogo y poco más. He procurado respetarlo, con sus repeticiones y seguro que con sus errores de estructura y gramática.


LIBERTAD

En algún lugar de la tierra, en un hermoso jardín, nació una flor. Una flor chiquita, de bonitos colores, que parecían querer competir con los más bellos colores del arco iris. Las demás flores se alegraron de su nacimiento y decidieron celebrarlo, ya que la hermosura de la joven flor les había conmovido. De nombre le pusieron Irisada.

Así, la joven flor empezó a crecer, rodeada de la admiración de todo el jardín. Crecía feliz, y alegre, hasta que un día, entró en el jardín un gorrión. Este entretuvo a las flores, contándoles maravillosas historias de tierras lejanas y bellas como el mismo sol. Les contaba de hermosos países cubiertos siempre por blancos copos de algodón, donde la noche era más bella, más pura. Donde sus habitantes siempre tenían la nariz roja a causa del frío. “un frío mas frío que el que hace aquí en invierno” dijo el gorrión. También les contó de países tan cálidos que las flores, sus hermanas, se revestían de colores tan vivos que cuando reflejaban el sol, cegaban.

Irisada escuchaba atentamente, con su linda boquita abierta los bellos cantos del gorrión. Cuando este se marchó, Irisada paso los días en el jardín, siempre soñando y suspirando por los bellos países que tan bien cantó el gorrión y, entre suspiro y suspiro caían lágrimas de ansiedad. Día a día, la flor se esforzaba en pensar qué podía hacer para escapar de aquel maravilloso jardín que antes era su vida y ahora era su cárcel.

Preguntó al viento por la forma de marchar: Y éste, que tan bien la quería, le dijo:

―Pequeña ¿Por qué quieres dejar tu casa y tus raíces? Sin ellas no podrías vivir.

Irisada, contrariada por las palabras del cálido viento, exclamó:

— ¡Odio mis raíces que me mantienen atada a la tierra! Quiero volar y ser libre, conocer las maravillas de tierras lejanas: Quisiera volar contigo y tus hermanos, dejarme llevar por las nubes y caer en cualquier lugar que me guste, no quiero estar más en este jardín!

—Pero, Irisada... yo, que he viajado por el mundo, te puedo decir que no hay jardín más hermoso que este.
—Prefiero mil veces marchar, que ver día tras día las bellezas de este jardín.- sollozó Irisada.

El viento cálido, muy apenado le dijo que él no podía hacer nada, que no sabía como podía liberarse Irisada de sus jóvenes raíces.
La salud de la joven Irisada era día tras día más débil y escasa. En su febril imaginación había viajado 20 veces a la China, había dado 30 vueltas al mundo, más... ¡Ay! cuando volvía a la realidad, un dolor agudo atravesaba su frágil cuerpo.
Hasta que un día, una vieja flor que estaba a su lado, dijo:

—Irisada, Irisada, ¿qué te ocurre? Te encuentro débil y pálida.

Irisada con el suspiro característico en ella desde que marchó el gorrión, le contestó:

— ¡Oh, Vieja Amaya! Quiero marchar, dejar mis raíces, y VIVIR, vivir realmente, poder contar cosas cuando llegue a vieja, poder narrar multitud de sucesos que me hayan ocurrido en una vida larga y azarosa ¡Pero nunca podré desencadenarme de mis raíces! —acabó pesarosa.

La vieja Amaya se quedó un momento pensativa, y luego preguntó:

—Irisada ¿deseas la libertad?
—Sí, mucho, tanto como mi vida
—Y —continuó Amaya— tu deseo ¿hasta dónde llega?
—Hasta el infinito— contestó Irisada

— La vieja Amaya la miró detenidamente y siguió con sus cuestiones:

¿Qué? Irisada, dime, ¿qué sacrificarías por la libertad?
—Todo cuanto soy.
—¿Incluso tu vida?
—¡Mi vida! Creo… ¡Sí! Incluso ella daría por tener mi libertad. Por poder volar. Sentir el aire golpeándome el rostro, sintiendo correr en mis venas la velocidad.
—Bien —dijo Amaya— tal vez tenga una solución, pero has de pensar bien antes de escogerla, por que no es segura, y por un sueño sacrificas tu vida.

Irisada, silenciosa, mira un momento al cielo azul brillante, al sol con sus cálidos colores, sus rayos que tanto le gustaban porque rozaban sus pétalos con la suavidad de una caricia, y escuchó una voz interior que le decía: “estás ciega, enfréntate con la realidad, ¿sacrificarás tu vida por una quimera, por algo que tal vez nunca consigas? Imagina dejar de estar protegida, dejar a tus hermanas que tanto te quieren tal vez por nada...”

Sin embargo, su corazón le gritaba: “¿Vas a estar así toda tu vida, viviendo sin vivir, despertando todos los días en el mismo sitio, con todas las limitaciones que tiene tu forma vegetal? ¿No es preferible la muerte? ¡Irisada, libérate! ¡Libérate de estas tus raíces, de este mundo siempre igual, monótono, rompe los moldes y las ordenes preestablecidas!”

—¡Sí!, sí, estoy conforme, dime cual es la solución, vieja Amaya —dijo apremiante.

—Bien, dentro de tres noches habrá una gran tormenta, igual que todos los años. Tú eres joven, y aún no has visto ninguna. Son terribles y extrañas, llenas de fuerza, ruido y fuego. Fascina a cuantos la miran, provocando un deseo caótico de destrucción y vida.

—Pero, Amaya, ¿qué importancia tiene la tormenta en mi deseo de libertad? —interrumpió con impaciencia la pequeña Irisada.

—Déjame acabar. Esa tormenta que se repite en la misma fecha desde hace siglos, se dice que desde que empeñaron a florecer las flores del jardín. Tiene una leyenda. Una leyenda muy antigua. En ella se dice que el ser que por un ideal se deje incinerar, logrará lo que desea, pero teniendo en cuenta que en ese acto se puede encontrar la vida o la muerte.


Aquellos tres días le parecieron a Irisada siglos, se preguntaba durante todas las horas del día si ocurriría un milagro y sobre todo qué sucedería. ¿Qué significaban las palabras de la vieja Amaya? ¿Qué pasaría durante y después de la tormenta?
Sin embargo, todo llega, y el tercer día amaneció. Los rayos del sol no tenían su habitual fuerza y calor, las nubes ya no eran azules, ni blancas, sino de un gris sucio, cada vez más oscuras según iba pasando el día.
Por fin llegó la noche, una noche oscura. En el firmamento no había ni una sola estrella, la luna no había salido, tal vez por miedo a la gran tormenta que se avecinaba. De pronto, el cielo pareció partirse en dos, y de ambas partes empezaron a caer grandes masas de agua que amenazaban con inundar todo el jardín. Irisada sentía con fuerza el golpeteo de las gotas de agua en sus pétalos y, por un momento, temió morir ahogada. Llegaron los relámpagos seguidos de los truenos. Para Irisada aquello era enloquecedor. Por un instante se arrepintió de sus deseos, tenía miedo, verdadero miedo. Hasta que, tomando una decisión, levantó su preciosa carita mojada al cielo de esa noche horrible y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Noche oscura, truenos y relámpagos, haced conmigo lo que queráis, pero convertidme en un ser libre!

Nada más pronunciar estas palabras un gran rayo rasgó las telas de la noche. Cuando el brillo de este se apagó, en el lugar donde había estado Irisada, se observaba una pequeña hoguera. Irisada había sido incinerada. ¿Qué sucedería ahora?
Al cabo de un momento en la pequeña hoguera, surgió una gran llama de colores bellísimos. Esta se separó de la hoguera y llegó al cielo, donde se convirtió en un pájaro de una belleza poderosa y salvaje.
Sus alas eran fuertes y ligeras. Sus plumas de vivos colores, eran largas y suaves. Su pico parecía poder encontrar comida en los sitios más difíciles. Su vuelo, majestuoso.

Era Irisada, sí, que había conseguido su sueño.

Fin.

domingo, 28 de junio de 2009

Diálogo (Ejercicio)

Mía le miró de reojo desde la cama. Repantigado en ese enorme sillón le sonreía burlón.

―Deja de mirarme así, Javier. Me pones nerviosa.
―Me gustas nerviosa ―susurró juguetón.
― ¡Joder! Te estoy hablando en serio. ¿Qué coño quieres de mí?
―Poca cosa, la verdad.

Esa frase, breve, le dolió. Él lo supo al instante. Se guardó la sonrisa en la voz.

―No te pongas sensible. Haces un drama de cualquier cosa. Sólo estaba pensando que me gusta verte así.
―Así… ¿Cómo? ¿Mosqueada?
―Bueno… si vas a enfadarte, también me gustaría verlo. Pero no, lo que me gusta es verte vulnerable, insegura, pendiente de mí.

Le miró sorprendida. ¡Qué cabrón! Ya ni siquiera pensó. Manoteó por la cama hasta encontrar la camiseta que se acababa de quitar. Avergonzada de estar desnuda mientras el continuaba vestido. Se la puso a tirones violentos. Oyó su risa suave. Él le lanzó sin fuerza una prenda a la cara. Las bragas.

―Te harán falta, si piensas salir de estampida. El rubor nació en su estómago y trepó vertiginoso a la cara.
―Mierda ―masqulló, girándose de espaldas a él. Lágrimas de furia y humillación ardían en sus mejillas. Apretó las bragas en la mano― ¿Por qué?

Escuchó su risa suave. El crujido del sillón, los pasos amortiguados por la alfombra. Tensa esperó inmóvil mientras el se aproximaba. Los botas sucias aparecieron ante sus ojos Las piernas enfundadas en los desgastados vaqueros. El bulto obsceno frente a la cara. Se negó a subir la mirada. A que viera las lágrimas.

—Me pone caliente ―la voz la mojó desde arriba. Densa, sucia― Chúpamela.
—No —Apartó la cara―. Me voy. Esta vez para siempre.

Javier dio un paso más, forzándola a abrir las piernas. Obligando a sus pies descalzos a apartarse ante la amenaza de las botas pesadas.
—Hazlo. Ahora ―El dedo índice deslizándose lento por la mandíbula hasta su boca.

Mía abrió los labios, mojando el dedo de Javier con su saliva. Lamiéndolo…Introduciéndolo en la humedad cálida tras la barrera de sus dientes.Javier gritó, arrancando bruscamente el dedo de su boca. Apartándose de Mía.

—¿Estás loca? Me has mordido.
―He dicho que no. Se acabó. Estoy cansada de tus juegos ―rodaron por su lengua manchada de sangre las palabras. Despacio, dejándolas caer una a una.

El corazón se le rompió mientras su espíritu se recomponía.

―Ahora sí que la has cagado, estúpida. Vete. Sal de mi vida. Para siempre.

Mía acabó de vestirse. Mirándolo. Por fin después de tanto tiempo, mirándolo de verdad. Con los ojos libres de él.

―Adios, Javier.

Se detuvo un momento antes de salir de la habitación de hotel. Una más, en sus casi cinco años de relación. Y abandonó allí, junto a él, su amor.

Fin