domingo, 25 de septiembre de 2011

Irreflexión

Sigo llorando aunque no quiera y este día de otoño se llene de luz. Sigo sintiendo. Y no es más fácil ahora que hace unos meses.
La perdida es irreparable, las dudas arrojan sombras, destruyen sueños. Las palabras rompen la fe.La ausencia de actos mina la confianza. Los deseos se evaporan al calor de los miedos. Las verdades a medias no hacen más que ahogarnos. La pasión se quiebra y todo se baña de la misma oscuridad heladora.

El tiempo duele y mata. El conocimiento seca. Y la tristeza es la reina del invierno eterno.

Juegos de papel y lágrimas. Nubes despegando con forma de barco sobre el amanecer rosado en el mar. Olas tersas que casi no rozan la superficie que mantiene una placidez engañosa. Muerte a la deriva, ensangrentados rosas que no llegaron a florecer.

Extraños puertos que no son refugio del viento que esconden las naves en sus velas trágicas y desgarradas. Miserables harapos de lo que una vez fue una tela orgullosa, una bandera flameando al viento, apresada en un mástil que busca recuperar su dignidad.

Sombras y penumbras que juegan a ser luz, a reír ante un sol imposible. Corruptas en su esencia más oscura.

Lunas de juguete, crueles y mentirosas arrastrando tras de si el manto de la verdad. Presas de la alegría insana del loco que se complace en desarmar aquello que ama.

Sin dientes ni garras que el cazador luce como pruebas de su proeza, el animal se esconde en su cubil. Sueña agitado y temeroso en las largas noches de antaño, cuando dueño de la noche caminaba hasta el claro, para bañarse en la luz blanca de la luna, sobre sus patas mullidas, sintiendo la elasticidad del suelo en las uñas escondidas, abriendo las fauces a los aromas de la vegetación dormida, la rastro de los diminutos animales en sus madrigueras, al perfume nutritivo y cálido de la tierra. Felicidad salvaje y fiera de sumergirse en el agua cristalina a la luz cada día nueva del amanecer.
Sueña y se agita entre las estrechas paredes de su cubil sabiéndose ya atado al sol ardiente. Sin poder ser ya, nunca más, el compañero de la noche.

Extraño despertar

Soñaba con la chica que me había servido gran parte de los cubatas la noche anterior: una morenita de enormes pechos envueltos en un suéter azul, tan fino y pegado a su esbelta figura que dejaba poco a la imaginación. Ella, la de verdad, que protegida tras la barra repartía sonrisas tentadoras junto con las bebidas no había respondido para nada a mis intentos más repetidos y más insistentes cuantos más cubatas, de ligármela estaba justo en esos momentos sentada sobre mí acercando su boquita pintada de rosa a la mía. Cierto que yo trataba de ignorar un doloroso pinchazo que atravesaba con furia mi cabeza a intervalos más o menos regulares y frecuentes. La nena separaba los labios apetecibles y su lengua inusualmente larga y goteante se acercaba a la mía que la esperaba seca y áspera para beber de ella. Se inclinó y sentí el peso de esos pechos admirados en el tórax. Un peso contundente que me oprimía los pulmones. La lengua, juguetona me lamía las mejillas, la barbilla, el cuello… hasta que acercándose a mi oído emitió con la boca bien abierta un sonido agudo, cada vez más insistente. Traté de decirle que callara o bien silenciarla con mi boca, ambas cosas sin resultado. Bueno, resultados si hubo: empezó a combinar ese sonido con ladridos perrunos histéricos. Sus tetas saltaban sobre mi pecho, duras como pezuñas, clavándose con fuerza en mi estómago y en mis costillas. Joder con la nena y sus saltos, van a despertarme pensé. Y lo hicieron para mi desolación a un mundo de sonidos caóticos. Mi perro ladraba histérico y me babeaba la cara. Una alarma antiaérea berreante, dolorosa, inundaba la casa. Mi pobre cabeza y hasta mi estómago daban fe de ello. Me levanté de la cama como pude empujando al cabrón del perro, que en un alarde de entusiasmo al ver conseguido su objetivo de arrancarme del sueño se desgañitaba junto a mi oído.
Me quedé de pie, balanceándome inestable. Una vez en esa posición mi vejiga decidió despertarse también, exigiendo además que la condujera al lugar más próximo donde aliviarse. Traté de correr para encontrarme inmediatamente en el suelo. Una bala canina me había golpeado en las piernas, las dos, sí, en cuanto me puse en movimiento. Desde el suelo escuché sus uñas en el pasillo, los ladridos convertidos ya en aullidos que acompañaban alegremente al agudo sonido que reconocí como el timbre de la puerta. Con la vejiga y la cabeza a punto de estallar, el corazón de camino a mi boca con el contenido de mi estómago haciéndole compañía, gateé hasta la cómoda donde me sujete para recuperar una vacilante verticalidad.
Mi cerebro torturado decidió que debía hacer callar al perro y al timbre. Actúo en consecuencia arrastrando mis pies descalzos tras él. El suelo del pasillo se convirtió en una amenaza ondulante. Tuve la sensación de que si no me andaba con ojo pronto se levantaría para golpearme en la cara. Extendí ambos brazos como un equilibrista de circo y apoyé las manos en la pared, sintiendo como una tortura el áspero gotelé de piso viejo, arañándolas.
−Joder, Bepo −dije− ¡Calla ya!

Mi voz me asustó. Tenía a Sabina en la garganta después de cantar eso de las quinientas noches…quinientas veces seguidas.
Los timbrazos seguían insistiendo para cuando llegué a la puerta. Alcancé a Bepo con una patada en el lomo que le hizo ir a esconderse en un rincón y a mirarme con mala leche. Ya me ocuparía de él más tarde, lo primero era lo primero.
Abrí la puerta, más bien me sostuve en ella y di dos pasos hacia atrás antes de levantar la vista y quedarme boquiabierto, horrorizado, espeluznado.

Un tío en pantalón corto, con el pelo negro disparado en todas las direcciones, sin afeitar, amarillo y con los ojos rojos abiertos de par en par, hasta el punto de parecer que iban a caérsele de la cara me miraba desde el otro lado del umbral. Le enmarcaba una luz remota, espectral que de ningún modo correspondía a mi siempre oscuro rellano. Una voz cavernosa pareció salir de un punto indeterminado, que no de la boca del hombre que permanecía inmóvil y abierta.
−Oíga, amigo…

En ese momento me di cuenta de que algo iba mal, muy mal. La voz que correspondía con el tipo no podía ser la que había escuchado, no. Debería ser la de Sabina, pues el tipo era… era… Yo. El hombre pareció saltar hacia delante. No caminar. Saltar hacia mí. ¡Yo mismo me abalanzaba contra mí!

Asustado como nunca en mi vida cerré la puerta de golpe. Al portazo le siguió un espectacular sonido de cristales rotos y gritos. Muchos gritos.
−¡Hijo p…! ¡Será cabrón el tío! ¡Me cago en sus muertos! Mira que joder el espejo con la puerta. ¿Estás loco? Pa’haberme matao. Abre, cabrón, que te mato.

Mierda ¿Qué día era hoy? ¿Lunes? Joder, pensé, sintiendo una humedad caliente extendiéndose por mi entrepierna. El espejo de cuerpo entero que había encargado para el baño…

lunes, 19 de septiembre de 2011

Un fin de semana como tantos otros. Sus momentos buenos, momentos de llorar, momentos de perder el tiempo, momentos de conversar y hasta momentos de soledad.

La semana pasada se fue en una especie de frenesí de bancos, llamadas de la secretaria del despacho de la abogada, de intentar no pensar más allá que en el paso siguiente.

Así que para no variar estaba cansada y cada acción requería un esfuerzo de voluntad. Recuerdo que el viernes a medio día miraba casi con desesperación la cantidad de cosas que debería hacer el finde. Solución: repartí las que pude y las que no pude las he dejado para esta semana.

Como la soledad me acompaña casi siempre aún estando rodeada de gente la mayor parte del tiempo he reflexionado sobre una cantidad indeterminada de cosas. Sobre el amor y la falta de amor. La amistad. La familia. Y en la muerte.

Me encuentro estos días con ella (la muerte) muy a menudo en mis pensamientos. No con tristeza, ni amargura, ni desesperación. No en el suicidio. Solo en la muerte como único destino cierto que todos sabemos. Quizá porque relacione el final de un ciclo con el final del gran ciclo de nuestra vida. Pienso en la muerte primero como irremediable y después como algo que realmente no tiene tanta importancia. Si pudiéramos elevarnos hasta alguna cima desde la que ver el transcurso del tiempo podríamos situar quizá la vida y la muerte en su justa perspectiva.

Me cuesta escribir lo que siento porque temo que parecerá una locura más y es posible que lo sea. Pero me pregunto una vez establecido el concepto de igualdad de todos ante la muerte, la certeza de que ha de llegar, que no es posible evitarla ¿Por qué causa tanto miedo, tanta angustia? Desde la cima de la que hablaba antes, si un ser contemplara el presente, el pasado y el futuro de un solo vistazo probablemente ni siquiera se daría cuenta de la lucha contracorriente para evitarla el mayor tiempo posible a la que nos entregamos todos.

¿Qué es tan importante en nuestras vidas que no podamos dejarlo atrás? Si lo piensas bien, lo único importante son las personas que amamos y que nos aman y estás compartirán nuestro destino. En su momento.

Así que vuelvo a preguntarme ¿Qué es lo que nos da tanto miedo de nuestra propia muerte? Y la respuesta me llega de mi propia infancia. De una niña intentando dormir y pensando en el más allá (quizá me habían hablado de la muerte, aunque creo que fue más bien sobre la creencia en la reencarnación). Me angustiaba entonces la idea de perderme a mí misma. La conciencia del yo. No me consolaba la idea de vivir muchas vidas si para ello debía olvidarme de quien era.

Ahora casi que consuelo a esa niña que sigue existiendo en mi interior diciéndole que no es tan importante. Tanto si todo acaba en un fundido en negro, como si hay otras vidas que vivir o un cielo esperando se perderá el yo junto con el recuerdo de que existió. Las alegrías, las penas, el dolor y hasta el amor morirán también. Y si no hay recuerdos del yo, no sobrevivirá tampoco la angustia de la perdida.

martes, 13 de septiembre de 2011

El traje nuevo

Decía Séneca que es muy difícil ser siempre el mismo hombre. Yo no quiero corregir le la plana, Dios me libre. Pero añadiría que casi tanto como ser siempre la misma mujer.
Estos días para no variar estoy subida a la montaña rusa de mis emociones. Llegó el tan ansiado parto de la sentencia. En algún aspecto decepcionante, en otros liberador.

Con está sentencia se cierra un largo periodo de mi vida. Es como el dobladillo de una prenda terminada. No está cosido muy fino, las puntadas son desiguales, el ancho de la doblez está así así. Y alguna que otra vez la aguja ha pinchado con fuerza a esta (o sea yo) que la viste. De hecho, se ha cosido sobre mí. En mi piel y más adentro.

La que decidió que era hora de tomar las tijeras y cortar la tela vieja para hacerse un nuevo vestido fui yo. En el proceso he descubierto que las tijeras forman callos entre los dedos y que por mucho cuidado que pongas con la aguja acabas con las yemas llenas de heridas.

Espero limpiar bien la sangre de mi vestido nuevo (el agua oxigenada hace maravillas para limpiarla si la sangre está fresca, pero quizá no funcione tanto si ya penetró en la tela y se secó) pero sea como sea, quede prístino o de mercadillo de segunda mano es mío.

No recuerdo como pensé que iba a sentirme. De momento se ha aflojado una tensión continua que soportaba sin darme cuenta. Como si en mis muñecas, mis pies, mis hombros, mi cuello me hubiera dejado olvidadas pesas de musculación veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año y ahora por fin me las hubieran quitado.

Quizá es que mis músculos necesiten aprender a relajarse, a descansar y a moverse en su nueva situación.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El Taxi

Es justo que dedique este relato a Ginés Vera, escritor (autor del libro de relatos de intriga El hechizo de la mujer dragón, colaborador en el libro de microrrelatos Cuentagotas) y sobre todo amigo por permitirme jugar con su relato El doble. Este relato me ha permitido volver a encontrar la parte lúdica y divertida de escribir. Gracias.


Lo vi. Para mí inconfundible. He visto tantas veces sus películas… La primera la alquiló mi novio una noche para ponernos a tono. No es que yo lo necesite demasiado. Me enciendo enseguida. Un beso, una caricia o un susurro más subiditos de lo normal me ponen a cien o a cien mil, depende. Eso hace que mi novio en algunas ocasiones me diga:

−¡Joder, nena! ¡Voy a tener que pensármelo antes de tocarte!

Yo me río y le acaricio ahí donde más le gusta. A veces funciona, a veces no. Así que más bien creo que alquila esas pelis para ponerse a tono él. A partir de esa primera película que nos excitó y cumplió con su cometido yo desarrollé una especie de obsesión con el protagonista. Me encantaba su cara y su cuerpo, la forma de moverse, como manejaba a las actrices: arriba, abajo, de lado, subiéndolas y bajándolas de su cuerpo con una facilidad pasmosa. Y sobre todo adoraba su gran, enorme, tenso, duro miembro. Lo podía imaginar aterciopelado y suave entre mis manos (obviamente las dos). Ligeramente salado en mi boca.

Llegó a tanto mi… afición que compré todas sus películas por Internet.

Verle en la acera tan cerca y tan distante de mí me volvió loca. Di gracias al sátiro de mi jefe y a que aquella mañana tenía que recoger en el aeropuerto a unos clientes importantes y muy, muy adinerados del bufete. A Don Raúl le gusta que en esas ocasiones mi apariencia sea elegantemente sexual (claro que no lo ha dicho así, pero me mira con aprobación y murmura algo que yo prefiero no escuchar). Así que elegí una blusa fina y suave con un profundo escote en uve y una falda con un largo justo para preservar el buen gusto pero que cuando me sentaba tenía tendencia a deslizarse hacia arriba hasta descubrir buena parte de mis muslos.

Cuando levantó la mano para parar un taxi avancé unos pasos hasta situarme a su altura. Fingí tropezar con su mano en el aire. Aproveché su confusión para invitarle a compartir el taxi mientras me deslizaba en el interior del vehículo. Un poco vacilante se sentó a mi lado.

−Al aeropuerto, por favor −me apresuré a ordenar al taxista que me miraba con una sonrisa desde el espejo.

Inicié una conversación rápida intentando aparentar una calma que no sentía. Estaba nerviosa, caliente. “Te he reconocido, dije, he visto todas tus películas”. Aproveché para acercarme un poco más a él. “No te preocupes, no soy de esas que se dejan impresionar”. No me respondió, así que me incliné y le susurré al oído: Las veo a solas… aunque a veces también con mi novio, ya sabes, para entonarnos…

Seguía sin hablarme y creí haber metido la pata al mencionar a mi novio. Busqué sus ojos inquieta. Me tranquilicé al no encontrarlos. Estaban fijos en mi escote. Bueno, fijos no. Se alternaban con mis piernas. Las crucé despacio y allí estaban. Me llevé una mano al corazón y de nuevo volvían a estar en mis pechos.

Me excitó tanto que un hombre que había estado con mujeres de cuerpos y experiencias digamos… excepcionales me mirara así que me lancé.

−Siempre he sentido curiosidad por saber…

Por fin elevó la mirada por encima de mi cuello aunque no alcanzó mis ojos. Se detuvieron en los labios que humedecí despacio con la lengua.

−¿Os tomáis algo para las escenas especiales o usáis dobles?

Sus ojos que no aguantaron el tiempo suficiente en mi cara, cayeron de nuevo por mi escote.

No me había tocado, ni hablado, pero me miraba de tal manera que tuve la sensación de estar siendo sobada, amasada, penetrada por aquellos dos focos calientes, intensos.

O quizá cuatro, pensé, al echar un vistazo al taxista. Había modificado el ángulo del espejo para ver... ¿Mi escote? No me importó. Con él a mi lado me sentí la protagonista de nuestra propia película. Le hablé de nuevo, juguetona: No me lo vas a decir ¿Verdad? Me mordí el labio. Levanté mis caderas introduje mis manos bajo la falda arrastrándola aún más muslos arriba y enganché los pulgares en las cintas del tanga. Sin apresurarme lo deslicé hasta que quedó enganchado en el tacón de mi sandalia. Me incliné a recogerlas permitiendo con el movimiento que se abriera aún más el escote. Me incorporé mostrándoselo al guardarlo en mi bolso. Tomé su mano y la coloqué en mi muslo, casi rozando la orilla de la falda. Me desabroché el botón superior de mi blusa dejando a mis pechos mostrarse tan ansiosos como yo.

No había movido la mano. Pero yo la sentía en mi piel cálida y tan inmóvil que me estaba volviendo loca. Sentía calor en todo mi cuerpo y punzadas anhelantes justo allí, donde la necesidad palpitaba. “He pensado −jadeé en su oído− que voy a pedirte un… autógrafo”.

No resistí más. Miré al espejo retrovisor ¿No había cambiado el ángulo de nuevo? Sin tiempo ni espacio en mi mente para pensar en posibles accidentes me acomodé sobre él. Una rodilla hundiéndose en el asiento afelpado a cada lado de sus caderas. Mi lengua en su boca. Una de mis manos entre los dos. Al bajar la cremallera surgió como un muñeco sorpresa de su caja.

Y sí, sorpresa fue. Definitivamente las pelis porno también son ficción. “Un doble −pensé.” ¿Pero que puede hacer una chica en una situación así? Disfrutarla. Su sexo estaba duro y erecto. El tamaño, si no extra, satisfactorio y yo… ya lo tenía entre mis muslos.

Sus manos habían cobrado vida (¡Ya era hora!) y me apretaban contra él. La boca se perdía codiciosa entre mis pechos. El taxista casi nos jaleaba. Me dejé caer sobre su miembro, ensartándome en él. Eché la cabeza hacia atrás. Gocé del movimiento de sus caderas cortos y duros e imaginé que una cámara seguía nuestros movimientos. Primeros planos de nuestras caras, primeros planos de su boca en mis pechos, en mi cuello y una dificilísima pero excitante imagen de nuestra unión. Esas ideas me hicieron sentir tan… mi piel pareció afinarse hasta sentir el menor roce, sus dedos sujetándome, la tela vaquera de su pantalón rugosa contra mis piernas abiertas. Mis caderas encontraron su propio ritmo, mi sexo envolvía el suyo, apretándolo dentro de mi cuerpo, mi humedad nos mojaba a ambos. Se aceleró su respiración, gimiendo contra mi pecho, mordiéndolo. Me corrí un momento antes de que él lo hiciera. Nos quedamos así. Quietos, encajados uno en el otro. Sosteniéndonos mientras nos recuperábamos. Después me senté a su lado bajándome la falda. Miré por la ventanilla, faltaba poco para llegar al aeropuerto. Él aún no había hablado. El taxista carraspeo: “Ya casi estamos”. No contesté, su voz sonó ronca y dura en mis oídos. La experiencia había sido estimulante. Para ser más parecida a mis fantasías eróticas, las que había tenido cientos de veces sola en su cama o incluso con su novio cuando cerraba los ojos había faltado…

−Señorita, el aeropuerto −me dijo zumbón el taxista.

Lo ignoré. Abrí la puerta arreglándome mejor la blusa y la falda. Los clientes debían estar esperándome. Él extendió su mano hacia mí. ¿Qué querría? ¿Pensaría que iba a contarlo por ahí? Le sonreí, abrí mi bolso y saqué el tanga. Se lo dí como recuerdo.

−Toma, un recuerdo. Tranquilo, no se lo contaré a nadie.

Antes de marcharme, me giré y le envié un beso y le dije:

–Aunque hubiera preferido coincidir con tu doble.


viernes, 26 de agosto de 2011

El tren de las cinco y media

Me he levantado un poco más tarde que otros días. Por el procedimiento de ir dándole al aplazar la alarma del móvil. Nueve largos y cortos minutos cada vez. ¿Por qué nueve y no diez? No tengo ni idea, pero funciona así.
Me he levantado a tiempo para escuchar desde la cocina el paso del tren. De sentir la melancolía en el estómago, que siempre me produce su fugacidad. De pie, delante del microondas esperando que se calentara el café que sobró ayer he pensado en como esa sensación se agudiza cuando entro a una estación de trenes o de autobuses. Los sonidos, los olores, las gentes que esperan, que corren, el ajetreo de las maletas y esa mirada de ya no estoy aquí de los que parten. Los paneles que anuncian las salidas y las llegadas me causan una desazón profunda. Quizá mi alma nació viajera y yo me las he apañado para atarla en tierra.

También he pensado en la brevedad, en el paso del tiempo, en la muerte. He recordado los pocos viajes largos que he hecho en tren o en bus. Desde el asiento del tren inmóvil en el movimiento he sentido anhelo por cada pueblo dormido, por cada casa solitaria, por cada ventana iluminada en la madrugada. Por recorrer caminos ignorados, por detenerme en ese puente, por... vivir, imagino, por vivirlo todo. Ser el que viaja y el que se queda, el que está de paso y el que permanece.

Y ahora, aquí, junto a la ventana, contemplando el cielo ya teñido de rosa, con puntos dorados, azul añil y blanco pienso que si fuéramos por un momento capaces de alejarnos de nuestras vidas, de subir unos peldaños por encima y contemplar lo que somos en el transcurso de la historia, del mundo. De ver la brevedad de todo aquello que tenemos y sentimos. Si fuéramos capaces de darnos cuenta del suspiro que somos en el tiempo ¿Qué sería de nuestros anhelos, nuestras angustias, nuestros miedos, nuestros deseos, nuestra felicidad?

domingo, 21 de agosto de 2011

De orgullo, dignidades y otras cosas

Siempre he dicho que mis sensaciones se refugian en mi estómago. Suena feo, pero es así. Y más apasionado si digo en mis entrañas. También es verdad y es posible que incluso quede peor. Quizá por eso llevo toda la semana con pequeños dolores de estómago que han ido en aumento. Y ahora escribo con él. Ese dolor como si un pequeño hijo de puta estuviera clavándome un punzón en la boca del estómago.

Reflexiono sobre conversaciones que he tenido estos días y sobre las que no he tenido. Sobre el respeto que uno o en este caso, una ha de tenerse. Y como influye en los demás.

Respeto, orgullo, amor propio, dignidad. ¿Los tengo? ¿No los tengo? ¿Qué son realmente?

Son palabras, eso es evidente para cualquiera. Palabras, letras, sonidos. Sentimientos, códigos, deseos, cultura, formas de conducta. Conceptos. ¿Cuanto variarán de unos a otros? ¿Todos tenemos el mismo de cada una de esas palabras? ¿Cuánto valen? ¿Se ganan de alguna manera? ¿Si tienes determinados comportamientos te dan puntos y en un momento dado alguien aparece con un título? Ha alcanzado los puntos necesarios: Usted es digno. Merecedor del respeto de los otros.
A partir de ahora nadie tiene permiso para tomarle el pelo, engañarlo, insultarlo o despreciarlo. Si eso sucede esta usted autorizado por contrato a actuar en consecuencia. Se le sugiere diferentes posibilidades: Silencio ofendido pero digno. Alejamiento de la persona o grupo que ha demostrado su falta de respeto, aquí se puede añadir alguna de las frases que se le ocurran sobre la dignidad, por ejemplo:" si no me respetas no hablaré contigo", "esto no es digno de ti/mí". Uso de la violencia controlada para fomentar el respeto, por supuesto dependiendo de su sexo, edad y situación histórica. Puede desde lanzar un guante y retar a duelo hasta cometer un crimen pasional si se encuentra con unos cuernos impuestos que le jodan además el orgullo, el amor propio, la honra y a su mujer.

O quizá todos estos conceptos se puedan englobar en ese termino que ya lleva unos años de moda: La autoestima. El porque yo lo valgo (para algo deben servir los anuncios además de fomentar el consumismo). Pero... ¿Qué puede significar exactamente? ¿Y qué límites tiene? ¿Cuánto tengo que quererme? ¿Más o menos que a los demás? ¿Quererme a mí misma para querer a los demás? Cuanto puedo avanzar en ese camino hasta que alguien salte y me diga: eres una egoista, tu yo es lo que más quieres. Tú primero y después los demás. Y si pensamos un poco nos damos cuenta de que hay una enorme cantidad de literatura que valora justamente lo contrario: la entrega, la anulación de uno mismo por el bien de otros. La madre abnegada que sacrifica su tiempo, su identidad, sus deseos para entregarlo a sus hijos, el marido o novio o amante que lo da todo de si mismo por la mujer que ama, hasta la vida, héroes que mueren entregando su vida para salvar a un perfecto desconocido. La mujer que entrega su honra, su dignidad y su orgullo a cambio de un amor ciego y apasionado.

No puedo contestarme aún a todo esto. Conozco mi propio orgullo ¿o es amor propio? Sé más de mis debilidades que de mis puntos fuertes ¿o es esto falso orgullo? Deseo encontrar mi dignidad ¿O es miedo a vivir?

Intento ser coherente conmigo misma ¿O no es más que autojustificación?

Creo que, por lo menos durante un tiempo, dejaré que sigan siendo mis entrañas o mi estómago los que sientan que me hace daño y que me hace sentir bien. Se peleará con mi mente, mi parte más racional y seguirán (ambas partes) creando el caos, a momentos, dentro de mí. Si fuera absolutamente redicha diría algo como: no soy yo quien se recrea en la oscuridad, es la oscuridad quien lo hace en mí. Pero como no lo soy, no lo digo. Intento avanzar en la claridad y el orden pero no lo hago muy bien.








sábado, 13 de agosto de 2011

Sábado

Escribo, sí. Desde mi soledad y con unas copas de cava en el cuerpo. Escribo en mi cama, con la casa vacía. Por no gritar. Por no hacer lo que no debo. Escribo con las lágrimas. Escribo conmigo.
Hoy no hay nada más. Pensamientos, ideas, deseos.
Escribo por no hacer una locura. Para seguir sienta lo que sienta. Maldito exhibicionismo mío. Pero no me importa, por lo menos no hoy.

Escribo porque no olvido el tono de tu voz, ni tus abrazos. Escribo porque las alternativas que se me ocurren por la mañana no habrán sido una buena idea.

Escribo porque soy. El último sorbo de cava en la copa, aún queda en la botella. La he dejado fuera para no extender la tentación a una entera.

No sé porque beben los que beben siempre. No quita el dolor, ni siquiera lo disimula. Al contrario crece, me llena, me desespera.

En realidad no sé ser mala al estilo May. Ni siquiera sé que es eso. Mi bestia, la que me come por dentro no tiene más lenguaje que la desesperación.

No es tan interesante como parece desde fuera. Preguntadle a Heathcliff o a Catherine. ¿Les mereció la pena? ¿Para qué? ¿Por qué? Siempre me ha encantado esa historia, emocionado. Ya no.

¿Olvidaría en la barra de un bar? ¿Con alguien que no me importe nada? Se me ocurren dos o tres lugares. No se vive desde siempre en una ciudad sin saberlos. ¿Y luego qué? Quizá debería probarlo. O no. Seguro que empezaría a analizar todo aquello y acabaría asqueada. No de la fauna autóctona del local. Solo de mí.

Quizá sea mejor quedarme con mi mente, mi mundo de fantasía, mi mano y mi cuerpo. Para no variar.

Y aún mejor: No beber un sábado por la noche sola en casa.

viernes, 12 de agosto de 2011

El vino.

¿Alguna vez has tomado un vino fresquito, en apariencia suave, con ese sabor que se te queda en el paladar, que recorre tu cuerpo, se te sube a la cabeza, te da calor, emite chispas, te embriaga y te hace sentirte ligero y atrevido? ¿Qué te promete y te seduce como una cálida noche de verano? Tomas de más sin poder evitarlo, sin darte cuenta. Corre garganta abajo y a cada sorbo quieres más.
Alargas la noche casi hasta la madrugada. Cuando te metes en la cama y apagas la luz empiezas a pensar que quizá te has emborrachado más de lo que creías, todo da vueltas incluido tú hasta que consigues una posición relativamente cómoda y el cansancio junto con el alcohol te vence y duermes... Suena el despertador, dos horas o tres después. Y gimes, tienes los ojos arenosos, te duele el estómago y la cabeza te late anunciando una intensa migraña. Tienes que levantarte, no hay otra. Ha empezado tu día real. Te espera tu trabajo, tus responsabilidades y tu vida. Así que no tienes más remedio que arrastrarte a la ducha, prepararte café muy cargado y echar mano (una mano no muy firme) al cajón de las medicinas. Sabiendo que pagarás las consecuencias y que quizá no sea solo durante unas horas.

Amas esa chispeante embriaguez que te aligera la mente y el alma. Pero te dices a ti mismo: no más. Buscas la calma, el silencio y la paz hasta que pasen los peores efectos. Y te repites de nuevo: no más.

Existen personas como ese vino. Añoras su sabor y lo que te hacen sentir. Y causan tantos estragos en ti como el día siguiente de una borrachera.

Es muy temprano y he dormido poco. El día será largo. Ya he tomado la mitad de mi café cargado. Pronto buscaré un Ibuprofeno para aliviar mi dolor de cabeza.


miércoles, 3 de agosto de 2011

Debería estar durmiendo. Estos días son largos y cansados. Salir de casa cuando aún es de noche, cuando ni siquiera ha empezado a clarear, caminar a solas, siempre deprisa por las calles iluminadas por la luz triste de las farolas hasta la parada del bus, que cosa sorprendente tiene un bar abierto justo al lado (madrugan casi, solo casi, más que yo) con las únicas personas que veo a esas horas y en este lugar. Espero algunos minutos, pocos porque ya afino más la hora, a que aparezca el 2, ya tres días con el mismo conductor, con cara de amargado o dormido o peor ambas cosas y observar mientras como corre el amanecer para prestarme algo de de la luz que más tarde regalará con generosidad, una luz borrosa y gris la de estos amaneceres, ni rosados ni azules quizá porque desde allí no veo el mar, con cuatro nubes más grises todavía, que yo creo que sienten lástima por mí y por eso se muestran así para acompañarme.

Como puedo elegir asiento escojo mi favorito, justo detrás del conductor. Hago el viaje a medias con el MP3 y un libro. Intento no pensar en otros momentos, en esa misma línea de bus. Abro el libro, leo. Pero no puedo evitar quedarme embobada mirando el puerto. El kiosko allí mismo, al lado de la parada, el bar Calabuig, más tarde las torres de la avenida Francia y aún después la larga avenida de Marqués del Turia. Estos días observo también los edificios clásicos o mejor antiguos que la bordean. Trato de imaginarlos por dentro, ahora y en su pasado para un proyecto que tengo entre manos (no ahora, no esta semana, pero me empapo de las fachadas e imagino). Y acabo bajando frente a nuevo centro cuando ya la luz lo muestra todo. Y cruzo la calle, tomo un café para volver a descruzarla y esperar en la parada al bus que recorre los pueblos cercanos a la capital. Y luego, después de unas horas, el camino inverso, este a pleno sol, con un calor rabioso y agotada ya hasta los huesos. Sí, debería estar durmiendo ya.

Durante todas estas horas de soledad pienso en todo y en nada. A veces me duelen las muelas porque debo pasar toda la noche apretando los dientes. Hoy me dolía la cabeza y me he tomado un ibuprofeno sin agua. Pero aún así pienso, siento, guardo. Me cuento historias en las que ya no creo. Rehago diálogos que ya están muertos. Mantengo conversaciones con ausentes y lo peor de lo peor: converso conmigo misma.

A la vez, también observo: a la joven con tacones y vestido, rizos rubios, tamaño Barbie pero que más bien parece una muñequita de esas de comunión con ropa de diario. A gente de diversas nacionalidades y tonos que van acercándose a la parada casi todos con una pequeña bolsa en la mano, que debe contener su ropa de diario y que más tarde veré bajar en paradas cercanas a urbanizaciones entre diversos pueblos y caminar por esos curiosos caminos de cemento, con rampas y escaleras que suben a los diversos niveles de las carreteras. El señor mayor que sube cada día con un cubo de plantas aromáticas y al que me dan ganas de pedirle unas ramitas de romero para llevarlas conmigo. Observo como cambian los colores: del negro al gris, del gris al blanco, del blanco al azul y de ahí al dorado de ese sol temprano que adoro. Observo el movimiento del tráfico, lento, como con sueño al principio para de pronto acelerarse vibrante anunciando lo que será más tarde. Y pienso con algo de nostalgia que ya no es un agosto de los de antes, de calles vacías, carreteras sin tráfico, de ciudad como un sueño olvidado y polvoriento de una siesta de verano.

En esos largos momentos tengo tiempo hasta de sentirme extraña a todo: a la noche, al cielo, al amanecer, al verano, a la gente y sobre todo, a mí misma.

lunes, 1 de agosto de 2011

UNO DE AGOSTO

Hoy hace un año que mi ex (emocional y físicamente, legalmente no lo sé aun, como el señor juez no ha dictado la resolución o el acto o como se llame legalmente la sentencia de divorcio pues no sé bien ese aspecto) se fue de casa. Como una efemérides de los periódicos: tal día como hoy, hace un año o diez o cien. También se cumple otra efemérides importante para mí, pero de esa no voy a hablar aquí. Solo sé que ese día fue uno de los peores de mi vida. Así como se lee. No solo estaba asustada por el futuro que se extendía por delante, también estaba dolida, muy dolida. La verdad es que aquel día lo había imaginado de otra manera. Y puede que ese sea, en definitiva, el origen de la mayoría de los problemas de mi vida. La imaginación y los sueños.

Me planteo seriamente si de verdad veo el mundo tal cual es, la realidad como transcurre o me la invento, la recreo (no siempre como me gustaría, ya quisiera), la filtro por esa parte de mí que intenta hacer del mundo algo que pueda entender . Como una especie de Madame Bobary que confunde su realidad con las fantasías de sus ensueños románticos aprendidos de los libros que leía a escondidas en el convento de monjas donde se educó.

Este último fin de semana ha sido de esos de entrar en casa el viernes y no salir hasta el lunes. Que aun no lo he hecho, pero lo haré en breve, en cuanto cierre el portátil. No quiero decir que mi vida siempre sea así. En realidad soy lo suficientemente afortunada para haber ido engarzando un fin de semana tras otro en salidas especiales y bonitas. De las que me gustaría hablar en otro momento, de hecho como no sé hacer otra cosa mejor que esto de escribir me gustaría hacerlo para agradecer a determinadas personas que siempre estén ahí.

Me he dado cuenta en este tiempo que no pienso en el futuro. No pienso más que en un día o dos vista, o tal vez en la siguiente hora o el siguiente minuto. No sé si hago bien, pero la verdad es que no me lo he propuesto de forma consciente. Es así y ya. De todas formas ¿En qué iba a soñar?

Ahora mismo soy emocional y económicamente inestable. Vivo en una pequeña montaña rusa, en la que cada vez es más larga la cuesta de bajada. Y más breve los momentos en que la subo.

Racionalizo los hechos para no morirme de miedo. Para seguir adelante cada día con lo que este dé de sí. Miro a mi alrededor y sé que hay cosas que yo puedo hacer para mejorar mi vida y la de los míos, pero me da una pereza enorme. Un cansancio que creo tiene poco que ver con el veraniego. Quizá si lo repito muchas veces lo consiga: he de poner orden. Orden en mi casa, en mi vida, en mi misma. Dedicar tiempo a esas pequeñas cosas que hacen la vida más fácil y agradable. Total, nadie lo hará por mí.

Estoy sola. Conmigo misma y con mi propia fuerza. Sé que en el mundo habrá gente que estará muchísimo peor que yo. Yo tengo amigos, a mi familia, a los míos. Solo me falta agarrarme a mí misma y ponerme en movimiento.

No me resulta nada fácil. Reprimo los cabreos, reprimo los sueños. Escondo la tristeza, los recuerdos y el deseo. Dejo la pasión a un lado porque la siento culpable y destructiva.

Y escribo cuando la madrugada da para ello. Y a veces, pocas, cuando el día ya ha muerto y el cansancio hace tanta mella en mí que siento como me aplasto dentro de mi misma, como los recuerdos se pelean por salir de su envoltura y el dolor gana este permanente juego del escondite, encontrándome.

Pero sigo aquí y sigo adelante por que no sé que otra cosa más puedo hacer.

viernes, 29 de julio de 2011

AHORA

Se recuesta en la pared frente al espejo. Observa su cara. Los ojos profundos, perdidos en las sombras bajo ellos. El brillo mojado, una arruga de más y en la noche, sola con la luz de la luna, el color de la piel palidece. Los labios se mueven, murmurando un nombre. Hoy ha sabido de él. Su nombre le ha hecho pararse, guardar silencio cuando estaba a punto de salir de la librería. Un amigo, que fue común, de los dos y ya no es nada ha pronunciado su nombre y casi contra su voluntad se ha hecho pequeña y silenciosa, ha vuelto sobre sus pasos y ha fingido ordenar los libros en un estante bajo. Él ha regresado. La misma ciudad… que pocas veces han coincidido en ella. Lo siente en el aire, presionándole el pecho. Él.

Se olvida del amigo que ya no lo es en su prisa por refugiarse en casa. En su nido de paloma herida, de halcón sin garras.

A oscuras se sirve un whisky, en vaso alto y sin hielo. Le quema la garganta mezclado con las lágrimas que no quiere derramar. Busca la vieja canción que le hace sentirse en carne viva.

La voz, madura, llena de la cantante rompe el silencio. Ahondando en la fisura que recorre su ser.

Se va la noche y no me duermo, no te me iras del pensamiento, a veces hablo a los espejos, por eso saben mis secretos…

El espejo le devuelve la imagen llena de recuerdos que esconde en su interior. El vaso tocado por la luna, brilla como sus ojos cuando la miraban.

Viví en la cara oculta de la luna, equivocadamente hasta encontrarte, y cuando más te quiero siento que te pierdo…

Antes de él, el mundo era un páramo. Cercado, cerrado, sin luz. Las mismas cosas, las mismas gentes. Días eternos, repitiéndose a sí mismos. La aceptación callada de una vida sin escape. El matrimonio como cárcel. El deber ciego. Aguantar pese a quién pese y sobre todo si le pesaba a ella. Y él la sacó a la luz y le hizo bailar. La risa. La pasión… la llevó de la mano a la tortura de existir entre la felicidad y el dolor. El amor, una obsidiana clavada en su interior irradiando un fuego que consume el oxígeno de su vida vacía hasta matarla.

… Y cuando más te quiero siento que te pierdo…

Incluso ahora cuando el tiempo ha pasado, sigue amándolo en la rotura de su alma de cristal. Su nombre en el aliento de otro, ese nombre en el que no se atrevía a pensar, ha quebrado el tenso equilibrio, la paz forzada que le permite levantarse cada mañana como si de verdad estuviera viva.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti

Un último sorbo de whisky, el líquido cálido en su boca, deslizándose por su interior. Las manos de él sobre sus pechos, dejando paso a sus labios y a su lengua. Besando, lamiendo las puntas oscuras que se fruncen y endurecen bañadas en su saliva. El dolor dulce y apremiante allí, entre sus piernas, que se abrían, provocativas, anhelantes. El juego de los dedos sobre el vientre, fingiendo dudar de su camino. La curvatura tierna del cuello cuando su boca se abría buscando el aire que él devoraba. El sonido áspero de la respiración en el pecho, sus dientes cerrándose contra las puntas delicadas, deseosas, doloridas. Y él, hundiéndose por fin en el centro mojado…

Se va la noche y no me duermo, y los segundos son tan lentos, entre los celos y el deseo, hago mil cosas que no debo, tiro una piedra contra tu ventana, dejo un mensaje por no dar la cara, le prendo fuego a lo que era nuestra cama…

La noche, la suya se hace eterna. Abandona el vaso en la mesilla, la ropa en el suelo al lado de la cama, desliza en ella su cuerpo desnudo. La casa llena de los acordes de la música, la arropa. La voz de la cantante la conduce al centro de su recuerdos, la letra de la canción corta la armadura que protege su razón y las imágenes le asaltan. La voz aún dormida en la madrugada susurrando no te vayas, estrechando el abrazo cuando ella siempre inquieta, en movimiento, trataba de acercarse a la ventana, encender un cigarrillo o solo contemplarle, maravillada de tenerlo a su lado.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti.

Las palabras cortan la armadura que esconde sus pensamientos. Rompen el dique de los recuerdos: su risa, el olor de su piel, el peso de su cuerpo, la dulzura de su abrazo, de esos besos pequeños cayendo a miles sobre sus labios…alarga la mano y sujeta entre los dedos el teléfono, testigo y cuerda de sus encuentros y desencuentros. Marca un número al que no tiene el valor de llamar. En sus oídos resuenan de nuevo las palabras airadas. Hirientes como soldados en una guerra sucia. Luchando cuerpo a cuerpo con la ternura y el deseo. De él aprendió que amar con locura no siempre es suficiente.

Aunque me encontrara un ángel, dudaré, si me hará volar tan alto como tú.

Desde que ambos se fueron, desde que rompieron su vínculo contra las rocas de la desconfianza y el dolor, no ha encontrado a nadie que le haga subir tan alto, cruzar el cielo, mirar las nubes, amar los amaneceres. No ha sentido el vértigo de abandonarse por completo a esa montaña rusa, vertiginosa, con el alma desnuda, y el deseo puro, ardiente, calentándole el cuerpo.


Se va la noche y no me duermo, y los segundos son tan lentos, entre los celos y el deseo, hago mil cosas que no debo, tiro una piedra contra tu ventana, dejo un mensaje por no dar la cara, le prendo fuego a lo que era nuestra cama.

Una luz gris empieza a iluminar la ventana, los ojos secos y arenosos contemplan como la noche termina, escucha los latidos de su corazón enlazados con la música. Siente el peso del teléfono en su mano. Con cuidado borra el número que ha marcado. Lo deja en la mesita. No, no volverá a llamar, a dejar mensajes que lo atraigan. No se entregará de nuevo.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti.

Ahora, ahora, ahora...

Ahora, ahora, ahora...

Aunque me encontrara un ángel, dudare, si me hará volar tan alto como tú

Al otro lado del cristal ha empezado a llover. Comienza un nuevo día −piensa, mientras escucha los últimos acordes de la canción− Uno más, sin él.

martes, 12 de julio de 2011

ANDRÉS O LA BÚSQUEDA DE UN SUEÑO

Andrés es alto, muy alto, un poco flojo y algo descolorido. El pelo castaño tirando a rubio, la piel de un blanco desganado. Hay que mirar más de una vez sus ojos marrones encastrados en la cara delgada, sobre todo entre semana, para poder ver esos chispazos de vida que a veces sin que él se de cuenta los atraviesan, convirtiéndolos en joyas. Casi nadie lo hace.

Hoy (y no me preguntes porqué precisamente hoy y no otro día, quizá le falten unas horas para cumplir los treinta y cinco o puede que la semana pasada lo despidieran de su trabajo, mortalmente aburrido, en una empresa de seguros o tal vez porqué su madre le llamó anoche para decirle que no se preocupe por nada, que su habitación, la de siempre ya está preparada) no ha dormido. Cuando se acostó, como siempre pronto y sólo, después de que su madre colgara el teléfono y él como buen hijo la escuchara sin interrumpirla durante más de media hora, empezó a pensar dando vueltas y revueltas en la cama, que él lo que necesitaba realmente era licuarse en semen e introducirse de nuevo en un útero para volver a nacer. Preferiblemente en el útero de otra madre. Volver a nacer con un mundo nuevo y limpio por descubrir. Por supuesto que no es una idea original, seguro que todos lo hemos pensado alguna vez y Andrés más de una o dos o tres o mil, incluso llegó a escribir un cuento con esa idea, porqué Andrés escribe o más bien quiere escribir las miles de ideas que rondan su mente.

A las tres de la madrugada con cinco horas a cuestas de pensar no aguanta más en la cama. Se levanta y como un loco recorre el piso de alquiler. Sus libros, su ropa, su portátil (con una colección de cuentos terminados y sin terminar, de ideas sin germinar, de planes noveleros, de análisis solitarios, de vida íntima no vivida que dejó se ser real hace mucho), sus CDs (pelis y música), todo pulcro y ordenado: Los libros por autor y alfabéticamente, las películas por géneros, la música por estados de ánimo, la ropa limpia, planchada, bien colgada o doblada según el caso. Clasificada en los armarios por: ropa de diario; para el trabajo, para correr, para el ocio. Ropa de fin de semana: para estar en casa, para correr (se repite, sí, pero parece que no es la misma), para salir… es lo único que marca el espacio como suyo. Nunca pensó en colocar unas figuritas aquí o allá, ni una planta, ni siquiera una bonita lámina enmarcada en las paredes. Su madre sí, incluso llegó a regalarle un par de gatos de loza que él guardó en un cajón y olvidó a propósito.

Decía, antes de disgregarme, que Andrés cansado de su cama se levantó y recorrió su piso (suyo mientras pagara, claro) medio enloquecido. Ya me dirás, se quitó el pijama gris indefinido, uno de los regalos de su madre, que ni los lavados meticulosos habían conseguido darle un color más atractivo, y se quedó en calzoncillos (imagen un tanto penosa: el cuerpo larguirucho, demasiado delgado, demasiado blanco que empeoró cuando en otro arrebato se quitó también el calzoncillo) saltó sobre el sofá, este no era feo, solo Camel, resbalando cuando los cojines cayeron al suelo. Que sí, que estuvo a punto de cumplir sus deseos y pasar a mejor vida, al darse en la sien con la esquina de la mesa pequeña, con cantos metálicos en la que cenaba la mayor parte de las noches, con bandeja y servilleta de tela, claro, delante del televisor. Aquello le hizo recuperar la compostura, lo suficiente para darse cuenta de que tenía la piel de gallina y un frío espantoso. A fin de cuentas y aunque no lo he dicho antes, era una noche de noviembre y no tenía calefacción. Buscó el pijama y se lo puso (no, el calzoncillo no). Miró a la calle pegado a la ventana, colocando las manos a cada lado de su cara como pantallas para evitar que la luz de la sala, a sus espaldas le estropeara la visión de la noche. Estuvo así un buen rato, él no lo midió y yo no estaba allí. Y eso que la vista no era demasiado atrayente. Bloques y bloques de pisos hasta donde alcanzaba la vista, tramos de calzada en las que circulaba algún coche perdido de tanto en tanto. Quizá fuera la danza de los semáforos, misteriosamente bella en la noche por lo que tiene de inútil: del rojo al verde, del verde al amarillo, repitiéndose una y otra vez sin protagonistas ni testigos excepto algún loco como Andrés. Tiendo a pensar que no, que él no vio los bloques, ni los escasos coches, ni reparó en los semáforos. Cuando dejó la ventana (los cantos de las manos ya habían pasado de blanco a azulados) los ojos de Andrés chisporroteaban como las joyas que he dicho antes que parecían (de vez en cuando y poco entre semana). Cierto que era viernes camino del sábado o mejor dicho, ya bien entrada la madrugada del sábado, pero no creo que ningún otro fin de semana le brillaran así. Es más, nunca le habían brillado así: febriles, ansiosos. Ahora y aunque sus movimientos se habían vuelto tranquilos y mesurados parecía mucho más loco que antes.

Caminó hacía el armario. Uno de esos empotrados, no demasiado grande, en los que el suelo, es el suelo, vamos que lleva baldosas donde suelen depositarse los zapatos y sí, Andrés tenía una perfecta doble hilera de cajas alargadas con rótulos en los que podía leerse: mocasines marrones (viejos), mocasines marrones (seminuevos), mocasines marrones (nuevos), deportivos: blancos (para correr), negros (deportivos casual)… Asombroso ¿Verdad? No hace falta que describa el resto del armario, pero lo haré de todas formas: una estantería baja con suéteres de pico azul marino, marrón y gris, una barra con camisas casi todas blancas, aunque hacía el final hay una negra y otra rosa, perchas para pantalones donde estos cuelgan de los bajos repitiendo la combinación de colores de los jerséis y sobre todo ello un altillo con cajas diversas. Andrés sin mirar, estiró el brazo y palpó en una esquina de ese altillo un bulto indefinido. Cuando retiró la mano ¡¿Quién lo diría?! Estaba llena de polvo. Una amplia y hermosa sonrisa cruzó su rostro, casi partiéndolo en dos. Y allí mismo, delante del armario, Andrés confirmó lo que hasta ahora venía yo diciendo: estaba perdiendo la cabeza. Bajó con los dedos las comisuras de la boca, que estaban altísimas, frunció el ceño, cerró los ojos, hizo un gran esfuerzo y una gran y solitaria lágrima se deslizó lacrimal abajo por la mejilla izquierda, la recogió con un dedo, rió hasta rodar por el suelo.

Desde el armario las pulcras hileras de cajas, los jerséis, los pantalones parecían reprocharle su comportamiento. Se sentó en el suelo y los miró. Un pliegue siniestro se formó en su frente, las prendas temblaron. Se alzó y con un solo movimiento tiró las cajas al suelo, siguió con las prendas de ropa, primero una a una y luego a montones hasta dejar el armario vacío. Corrió a la cocina. Volvió con enormes bolsas de esas negras de cubo de basura. Y allí enclaustró la ropa. Después cargado con el rollo de las bolsas recorrió la casa. Las llenó. Todos los libros, todos los CDs… su vida de los últimos años. Las alineó junto a la puerta del piso. Un bonito rosario de bolsas negras contra la pared blanca del vestíbulo. Se rió de si mismo al contemplarlas, ni en medio del caos deja de ser primoroso e impecable.

Se pregunta que ha de hacer con todo lo que hay en las bolsas, con su vida. Y de nuevo sonrió (le dolían ya la mandíbula de sonreír, esta noche lo ha hecho más que nunca en su vida). De la cocina recogió tres grandes cajas de plástico, de esas que tienen en las fruterías (las trajo su madre llenas de fruta y verdura con la cantinela de: “hijo, me parece que no comes lo bastante sano ¿No ves los anuncios de la tele? Cinco piezas de fruta al día, y mucha verdura…” claro que no las tres cajas de una vez, más bien cada vez que le daba la manía de que vivir solo no era bueno para el niño). Bajó a la calle con ellas y las bolsas, le costó tres viajes en ascensor y veinte minutos plasmar su idea. Apiló las bolsas detrás de él y las cajas, como mesas improvisadas delante. En la pared a su espalda, un cartel que decía: “Mi vida en oferta por renovación de existencia, preguntar precios. Todo es negociable.”

Así que la imagen que se encontraron sus vecinos (sólo conocía a la vieja que vivía en su rellano, que le hacía mal gesto cuando se cruzaban y él llevaba del brazo, de la mano o simplemente al lado a una de las pocas chicas que habían alegrado, entristecido, complicado su vida sexual o sentimental) y los inocentes viandantes que transitaban por su calle esa mañana de sábado (sobre las nueve serían) era la de un hombre entrando ya en la madurez, con un pijama gris, zapatillas deportivas (ocurrencia de última hora, así como el abrigo, grande y negro que sacó de una de las bolsas, seguía siendo noviembre y hacía frío). Fue sorprendente el éxito de su iniciativa, cierto que no pedía mucho por cada prenda e incluso regateaba a la baja con sus compradores el precio de los suéteres, pantalones, zapatos… y llegó a regalar libros a las pocas jovencitas guapas que se cruzaron delante del tenderete. A un par de policías que detuvieron su coche patrulla y bajaron a preguntarle no sé que historia de permisos de venta en vía pública les regaló una colección completa de CDs: las mejores bandas de películas de la historia. Y dos libros de poesía. La cara de los policías mientras se alejaban con las manos llenas y murmurando “Bueno… no se quede mucho rato y no interfiera el paso de viandantes por la vía pública, a la vez que miraban con extrañeza el título de los libros, hizo que la cara de Andrés resplandeciera con una alegría socarrona e infantil sacando a la luz una belleza extraña, que fluía de dentro hacía fuera, convirtiéndolo durante unos minutos en el hombre más hermoso que se haya contemplado nunca.

Al cabo de unas horas, no muchas, sobre la una, en la acera no quedaban más que las tres cajas con algunas prendas que nadie quiso, un par de libros (pobres) despreciados por todos: un Joyce y un Quijote, un Poe que él se había resistido a última hora a vender, escondiéndolo debajo del batiburrillo de prendas, libros y CDs en que se habían convertido sus otrora bien ordenadas posesiones y un montón de bolsas negras vacías. Incluso sobre las doce había vendido su abrigo, quedándose en pijama.

Soltó los libros que nadie quiso en el parque de enfrente, uno sobre un banco y el otro cerca de una fuente con la esperanza de que fueran adoptados, dejó las cajas con un par de pantalones cortos, dos jerséis de pico y un par de camisas cerca del contenedor de basura, plegó las bolsas negras e hizo algo sorprendente.

Cerró los ojos, tomó aire, los abrió y sin mirar a su alrededor enrojeciendo hasta la raíz del cabello empezó a desnudarse: la sudadera del pijama gris feo no le supuso mayor problema, aunque permitió que todo aquél que pasara por la calle en ese momento comprobara que se puede enrojecer más abajo del cuello e incluso ponerse prácticamente púrpura y sudar a pesar del vientecito helado que corría a esa hora y en aquella calle, cuando además se quitó el pantalón, quedándose en puras y desnudas pelotas (recuerdo que no se volvió a poner los calzoncillos en su momento). Con una tranquilidad a todas luces forzada, encogido de vergüenza, dobló con cuidado las prendas y las dejó justo encima de de los jerséis de pico. Después sintiendo en la piel clavarse las miradas sonrientes, escandalizadas hasta de estupor de las buenas gentes que tuvieron la suerte o la desgracia de estar cerca en ese momento (e ignorando el frío que ya era difícil en su situación y que además consiguió el dudoso beneficio de que una parte de su cuerpo se encogiera pudorosa y congelada) se irguió en toda su estatura, anduvo con pasos mesurados hasta el portal y tomó el ascensor hasta su casa. Una vez allí, tomó aire, llevando el oxígeno de su loca valentía hasta el centro mismo de su ser y más fuerte que nunca tomó una manta con la que abrigarse, se preparó un café, pan tostado del día anterior, unos huevos rotos, dos cortadas de bacon y se fue a la mesa del comedor, abrió su portátil y redactó tres cartas en él y una a mano.

Recogió platos y vasos, los lavó cuidadosamente. Respiró hondo. Sacó del armario lo único que quedaba en él. Limpió el polvo de lo que parecía ser una enorme mochila llena de bultos extraños que palpó con amor… y se situó frente al espejo. Con lentitud se dedicó a su transformación. Con mimo sacó una a una las prendas que le esperaban allí. Las había ido reuniendo poco a poco; compradas en mercadillos, recogidas de la calle, siempre a hurtadillas, intentando no enterarse del porqué ni el para qué, diciéndose a si mismo que eran bonitas o raras. Después estudió su cara, trabajó en ella, ocultándola al mismo tiempo que la convertía en una obra de arte llamativa y casi hermosa. Le faltaba práctica aún.

Más tarde dobló la manta y la guardó, casi el último acto que haría desde su yo antiguo.

Tomó cada prenda con reverencia, cerrando los ojos, musitando unas palabras que ni él recuerda, sintiendo la llamada en cada pieza de ropa. Besó con unción la camiseta a rayas rojas y blancas que iría pegada a su piel, la camisa negra, los tirantes sangre, el lazo, el pantalón a cuadros con enormes bolsillos, la chaqueta de parches multicolores, el preciado bombín, pequeño y negro que solo adquirió su verdadero sentido en aquella liturgia multicolor, coronando su cabeza inclinada sobre el pecho. Inspiró, llenándose los pulmones, calmando el pulso que le latía loco en las muñecas y el cuello. Levantó la cabeza y abrió los ojos a su imagen. La alegría pura es un baile de luces naciendo allá en el fondo de las pupilas, se desprende en las arrugas inevitables de los ojos, que los hacen alzarse como la comisura de una boca sonriente. Se desprende de la piel en oleadas, brilla en los dientes, resplandece en el ángulo erguido del cuello, libre dentro de la atadura floja del lazo negro que, en este caso, lo embellece. Irradia en cada movimiento del cuerpo rodeándolo como una aureola. Así se veía Andrés cuando se colocó la mochila, pesada, en el hombro. Pesada porqué contenía los útiles de su vida, la que será su vida a partir de ahora: un ligero saco de dormir, calcetines de repuesto, un rollo de papel de estraza donde empezar a convertir las palabras en imágenes, rotuladores de colores, una taza de lata, un plato de metal… los sueños y los cuentos, ligeros, van fuera de la mochila, juegan ya en su cabeza, bailando de la mano gigantes, caperuzas rojas y verdes e incluso azules, enanos felices, princesas sin príncipes y príncipes sin caballo ni reinos, retorcidas ancianas y nudosos magos en compañía de seres aún sin forma que giran y giran en la danza loca de su nacimiento.

Al fin, Andrés, tomó el portátil (guardándolo en su funda con cuidado, porqué ciertas cosas nunca cambiarán) donde acumuló antiguos sueños, la carta manuscrita y dejó sobre la mesa los tres sobres mecanografiados: A su jefe, a sus padres y a su casera. Antes de salir, ante el espejo del vestíbulo se acomodó una gran nariz roja de payaso.

¿Qué cómo sé yo todo esto? Un sábado a última hora de la tarde, de una tarde muy fría de noviembre el timbre de mi puerta me interrumpió mientras escribía. Contrariada, volqué sobre las teclas las últimas frases que cruzaban mi mente antes de ir a ver quién partía así el silencio de la casa.

Tras la mirilla no había nadie. En el suelo una bolsa de lona, cuadrada con un recuadro blanco encima. Abrí la puerta casi con precaución, era extraño y miré a lo largo del rellano, como si alguien se pudiera ocultar en ese espacio sin rincones. Tomé el recuadro; un sobre sin sellos, con mi nombre escrito a mano. Repase con los dedos las esquinas de la bolsa y adiviné por la forma y el tacto de lo que se trataba. ¿Un portátil? Incrédula tiré de la cremallera. Pues sí, asomaba la forma inconfundible, plana y cuadrada, en un tono gris del aparato. Me incorporé deprisa, con la irrealidad comiéndome los talones y corrí hacia la calle, abrí la puerta del portal. Allá en la esquina, distinguí un revoloteo de colores y un bombín girándola. ¿Qué…? Recordé de pronto allí de pie la puerta abierta de casa, y yo sin llaves. Entré de nuevo, repasando el sobre con los ojos. Mi nombre en una letra firme que creí reconocer. Cuando algo me supera me tomo las cosas con calma. Así que tomé el portátil estrechándolo contra mi pecho, entre en casa, cerré la puerta y lo deposité junto al mío, abierto encima de la mesa. Me senté y con cuidado abrí la carta:

“Querida amiga. Ahora ya más amiga y menos querida (sonríe, por favor). Imagino tu cara de perplejidad al recibir mi portátil, desde él nos hemos comunicado tantas veces y de tan diversas maneras que aunque no lo hayas visto nunca ha sido un enlace de sueños entre ambos. No es un regalo, ni un préstamo. Te lo dejo en custodia porque no hay sitio para él en mi mochila, unos lápices y una libreta lo sustituyen, son más livianos y ocupan menos. En él encontrarás relatos, cuentos, historias, ideas… de ello te regalo la lista de ideas para posibles historias, los cuentos inacabados y la colección de apuntes que he ido recogiendo a lo largo de los años de soñar. De mi trabajo acabado, tal vez un día te escriba para que −ya que es imposible que los quemes− los borres o puede que aparezca en tu puerta, con traje y corbata para reclamártelos. De los vestigios de mi vida secreta y privada que queden en él no te pido que no husmees, te conozco y sé que será una tentación irresistible, pero sí que se queden en secretos hasta entre tú y yo.

Sé que sigues estando perpleja y que te preguntarás a que viene esto y porqué no he hablado contigo, de hecho imagino tu mano alargándose para tomar el móvil, no lo hagas, no voy a cogerlo. Entre otras cosas, no lo llevo conmigo. No la lío más y sigo adelante antes de que mueras de curiosidad (no es literal, pero sé que ya estás tentada a ir al final de la carta, aunque no lo harás: nunca te ha gustado adelantarte al final de la historia). Aún después de tanto tiempo sin vernos y sin saber del otro he llegado a la conclusión de que eres una de las pocas personas (quizá la única) en mi mundo de conocidos que entenderá y si no, aceptará el vuelco que he dado a mi vida (también es cierto que no te doy opción a que trates de convencerme de lo contrario). A partir de hoy he dejado todo atrás: familia, trabajo, casa, amigos, las novias que he tenido y todo lo que conformaba mi historia. Ya no soy Andrés: el oficinista con sueños de escritor neurótico. Ahora, seré Andrés el Payaso: trotamundos, Cuentacuentos, buhonero… Puedo ver como se abren tus ojos asombrados. ¿Andrés? ¿Mi Andrés el de las dudas y los miedos? Y llegado a este punto también te veo sonreír: Andrés, el de los cuentos, los chistes malos, el que hace reír noches enteras a puro disparate encadenado. ¿Asientes?”

Además de la visión que de si mismo me daba Andrés, pensé también en mi Andrés tímido y reservado. Que usaba la palabra como un escudo protector. Tan hábil que era capaz de hablar un día entero sin contarte nada acerca de él. Del Andrés al que había que leer entre líneas, del Andrés temeroso de ser herido… y aceptando serlo ya por adelantado. Me sentía algo más que perpleja y asombrada, estaba conmovida hasta el punto de que las palabras de la carta se tornaban borrosas. Parpadeé varias veces, hasta que conseguí una visión clara. Me contaba con detalle los sucesos desde la noche anterior, haciéndome llorar y reír por momentos. Imaginarlo saltando en el sofá o en pijama en la calle voceando su vida entera y vendiéndola a piezas por un euro o dos o tres… me emocioné al pensarlo deshaciéndose por completo de su vida anterior quedándose desnudo ante un contenedor de basura, gesto que el tildaba de ridículo en su carta pero que a mí me parecía semejante al de un caballero cubriéndose de armadura y yelmo antes de una batalla

“Tranquila, que llevo repartido por los bolsillos las ganancias obtenidas esta mañana pero no tengo intención de usarlo más que para tomar un tren que me lleve a iniciar mi nueva vida, pagar una comida o quizá una cama, si las cosas van muy mal.

Seré un juglar medieval con nariz de payaso. Un cuenta cuentos en las fiestas grandes de los pueblos, un payaso, un saltimbanqui en las tranquilas pedanías, contaré mis historias en las aldeas…un mimo en las aceras de las grandes ciudades: una monedita y me muevo…”

Ya ha pasado casi dos años desde que Andrés se marchó. Cuando las preocupaciones y los trabajos diarios me hunden y roban mis fuerzas pienso en él. Lo imagino por los caminos, cargado con su mochila, la cabeza repleta de cuentos e historias, con unas monedas en el bolsillo, esperando llegar al próximo pueblo donde se detendrá en la plaza, llamará a niños y ancianos, a madres que pasen con sus bolsas cada vez más ligeras de la compra, a las personas que en la barra del bar matan el tiempo que un trabajo inexistente debería llenar y durante un par de horas a cambio de la “voluntad” les hará olvidar las penas para llevarlos a un lugar imaginario donde los sueños pueden hacerse realidad.

En este tiempo he recibido algunas llamadas, a veces eufóricas, a veces peticiones de auxilio en forma de giros (cuarenta, cincuenta euros, nunca más) que me han sido devueltos en los momentos más inesperados, puede ser al día siguiente, a la semana o al mes. Los remite desde lugares con nombres que a veces conozco bien y otras ni siquiera los he oído nombrar. Pero siempre, siempre su voz esta llena de un gozo profundo y sereno que yo jamás he sentido.

sábado, 2 de julio de 2011

CRÓNICA

Día: sábado. Hora aproximada: 01.45. Acto: comida de nostalgia. Protagonistas: Dos. Antiguos alumnos del instituto B... .Tiempo que llevaban sin verse: Ufff... la friolera de... no lo digo, desde un par de años después de salir del Instituto. Duración de la comida: Pues podían haber merendado también.

Una extrañeza, yo creo que lógica, viaja con ella. Con él no lo sé, no tengo datos. Se pregunta si después de tantos años tendrán algo de que hablar más allá de las preguntas corteses y las respuestas más corteses aún. Durante un par de días (cuando se concretó la propuesta de verse para charlar) ha pescado del pasado un montón de recuerdos. Las largas caminatas de regreso a casa desde el Instituto, cuando la necesidad de pesetas frescas en el bolsillo pesaba más que la comodidad de un autobús, llenas de palabras, risas, chismes varios de compañeros, charlas de doble sentido (Eh, de aquellos lodos surgieron estos polvos), un aprendizaje de algunos aspectos de la vida (lo que tiene que él fuera unos años mayor que ella) en definitiva lo que llena una amistad libre, cuasi adolescente entre compañeros de curso (varios cursos, de acuerdo).
También varios rostros, nombres, hechos medio olvidados de por aquél entonces. Emilio, Juanjo, Arturo, Cesar, Amparo, Sefa, Mª José (la lesb. todo un choque para mí en esos años)... Y se ha preguntado si es posible recuperar la complicidad de entonces. Difícil, piensa. Pero va, puntual, como siempre. Llega la primera al sitio de encuentro: Sal y Pimienta, y como ahora, entre las muchas cosas que en su vida han cambiado, le gusta la cerveza, pide una caña, en la terraza, claro, para encender un cigarro también.

Él llega, más puntual aún que ella, puesto que ha sido exacto y ella se ha adelantado unos minutos.
Primer punto de conversación:
El lugar de encuentro no es el lugar donde van a comer. Ella lo ignoraba. Esperan la cerveza. Y una coca cola. Él le reprocha el hábito de fumar. Eso sí es una cosa que deberías dejar. Y ella pregunta: ¿Esto sí? ¿Y qué es lo que no debería abandonar?
Las frases algo entrecortadas de estos compañeros-amigos-desconocidos, vuelan hacía los no presentes: los compañeros con los que él continúa viéndose. Segundo reproche: desapareciste. Ella no sabe que decir. Efectivamente la vida se la tragó (Y aquí alguno pensará que debe haberle sentado mal a la vida, puesto que la ha escupido de nuevo).

Aparecen los nombres en los que ella ya ha pensado-recordado y algunos que estaban olvidados, pero eso más tarde, en un restaurante brasileño-italiano. Ante unos entrantes deliciosos, un entrecot para él, lasaña para ella, agua y cerveza (adivina: sí, para ella). Le ha recordado a la otra MªJosé la roja, a Paco, a Tárrega, a Pablo el de los porros, al otro Emilio, que en este transcurso de tiempo ha sufrido peor suerte que nosotros, murió. Algunos profesores: Torres, la Vaquer, Núñez, Lledó, Martínez, Esperanza, Inmaculada... Tantas personas. De la famosa frase del Emilio que es más de ellos soltó un día, uno de aquellos días de antaño, a ella: "Tú no eres una mujer, eres un compañero."

Del viaje de fin de curso, de la noche que se recorrieron Palma para acabar en la habitación de los chicos en el motel pared con pared con el profesor. Solos, incluso diría que inocentemente solos, hasta que los otros llegaron y la habitación se llenó de más risas, de comida, de movimiento.

Más tarde y con el café en otra terraza hablan de sus vidas actuales, de sus trabajos, de las circunstancias, de bodas, de divorcios, de solterías y de vidas de monje. Él insiste en que la crió. Y de hecho la conmueve cuando la incluye entre sus amigos de siempre, los mejores, los de toda la vida.
De soledades, de sexo, de putas, de fútbol, de hombres y de mujeres, de clichés, de antiguas borracheras y de rescates caballerosos: la acompañó a casa, en autobús, una noche en la que ella practicaba con su reciente descubrimiento: el alcohol, dejándola en la puerta, como se hacía antes. Él cuenta que ella insistía en que no hacía falta, que ella podía ir sola y remata la jugada: si casi no podías andar, no hubieras llegado a casa. Ella ríe porqué recuerda y además ese rasgo continúa siendo suyo: no las borracheras, el yo puedo sola.

Y la tarde está llena de sol, de aire, de licor de fruta con hielo, café y té. Se alarga y tras las palabras de ambos se nota la vida que ya han vivido: "es que yo ya soy muy mayor" dice él Las experiencias y las amarguras, los fracasos, la desesperanza, de los miedos enterrados en indiferencias o en valentías, quizá simplemente como un sabor casi oculto, sazonando parte de la conversación.

Y llegan las siete, hay obligaciones que atender, cada cual las suyas y se acompañan un poco más: una rápida visita al banco, un paseo hasta las paradas del bus. Un adiós, un mándame un mensaje si no tienes saldo, cuando quieras y organizamos otra cosita. Una despedida rápida, sin un apretón de manos, ni un abrazo, ni dos besos. Dos viejos amigos separándose hasta otro día, otro momento.

martes, 28 de junio de 2011

CRUCE

Hace tanto calor aún recién duchada con agua fría, escribiendo desde la cama solo con la toalla...! Me duelen los dedos y empiezo a sudar de nuevo. Es el inicio de un verano en el que las vacaciones no se darán y sufriré, imagino, el constante acoso de la temperatura.

Dicen que se habla del tiempo cuando no se tiene o no se sabe que decir. Es probable. Yo no sé como empezar después de tanto tiempo de no escribir sobre mí. Intentaré hacer a un lado el tiempo.

Encontrarse con el pasado de cara una mañana a las ocho y veinte es, como poco, desconcertante. Esto me paso a mí hace casi un mes. Un día desconcertante de cojones. Era martes, había dormido poco y llorado algo más. Bajo del bus, más muerta que viva, con el persistente latido de una migraña tratada con ibuprofeno que no conseguía quitarme de encima. Anduve dos, tres pasos y de golpe reconozco una cara que viene hacia mí. Evidentemente él también lo hace y me pregunta vacilante "¿C... ? "No me han llamado así desde el instituto. Y no, no lo había visto prácticamente desde entonces, más que en un par de cenas hace siglos de esas de compañeros que creen que seguirán viéndose así el resto de su vida, pero que pocas veces sucede.

"¿Cómo te va?" me pregunta. En ese momento no sé que contestar y mi cara debe reflejar que peor imposible. Aún así me las arreglo para sonreír. "Podría irme peor".
Ya, ya sé que no es una respuesta muy correcta, ni muy política, ni siquiera original. Pero no tenía ni fuerza ni ganas para más. De hecho caigo en la cuenta de que a pesar de haber pasado cuatro años en las mismas aulas y, d. os de estos (los últimos) siendo casi uña y carne, no estaba segura de su nombre. Siempre lo llamé por aquél entonces por el apellido (Sí, de este si me acuerdo bien).

La conversación fue breve, ambos teníamos prisa. El resto fue más o menos: "¿Qué haces por aquí? Y a ver si quedamos y nos ponemos al día."

En ese momento, incluso durante esa semana no registré realmente el hecho en mi mente. Aunque permanecía allí, escondido en mi mente. Y de pronto me encontré recordando mis dieciséis, diecisiete, dieciocho... La persona que era, lo que soñaba, las esperanzas, las ilusiones con todo el futuro limpio por delante. Recordé el inocente abandono, las risas, las intensidades de aquellos años, incluso el dolor tan puro, tan exquisito por ser tan nuevo. Ahora, hasta el dolor tiene un componente de cansancio. De reconocimiento. De nuevo está aquí, cercándome el alma y la vida.
Me di cuenta de que mi situación, salvando las distancias no ha cambiado tanto. Una familia ante la que responder, tiránica en ocasiones, escasez de fondos, reglas y normas que no entendía entonces y ahora tampoco pero que he aprendido a simular que sí, miedos que actúan como jaulas que me encierran en la pesadilla de un mundo que aún lucho por entender... ¿Qué ha cambiado entonces en realidad? Hay una pizca más de amargura en mis pensamientos y en mi alma, mis sueños son menos libres, mis esperanzas más limitadas.


Pronto empezará Julio. Mi mes de nacimiento. Hoy, hace justo cinco meses de mi contencioso de divorcio. Sin auto de resolución a la vista. Pero ese es otro tema.

miércoles, 15 de junio de 2011

DEGLUCIÓN

Se levantó de la silla. La habitación giró en torno a él, cada vez más rápido. Levantó las manos intentando defenderse del extraño fenómeno y las lanzó como garras hacía delante. No hubo caso, puesto que no encontró a que sujetarse. Para cuando la luz y el color empezaron a fundirse en negro como un plano de película, sus piernas se doblaron y cayó con fuerza al suelo. No llegó a sentir dolor alguno. Su conciencia ya no estaba allí. El suelo se onduló alrededor de su cuerpo, se ablandó, maleable, ajustándose a su figura inmóvil y con una especie de suspiro gástrico empezó a absorberlo. El glup absurdo incomprensible que emergía del suelo no lo escuchó nadie. El chapoteo de la trituración y la absorción tampoco. En escasos segundos, la figura masculina dejó de existir. El suelo se recompuso. La habitación cerrada abrió su puerta y la siguiente figura, esta vez femenina entró pisando con cuidado. Caminó lentamente hasta el único mueble de la habitación: la silla. Miró el suelo, brillante, espejado, casi resbaladizo y tomó asiento. Un inaudible gemido de placer hizo estremecer el aire de la habitación.

domingo, 12 de junio de 2011

DOÑA LUISA

Levantarse por la mañana ya no era un asunto sencillo. No podía hacerlo sola. La distancia entre el borde de la cama y el suelo había crecido tanto como los años que estaba a punto de cumplir. Noventa. Todos sonríen cuando lo dicen: El cumpleaños de mama, de la abuela… noventa, abuela y estás como una rosa. Ella sonríe de puro compromiso. A ella noventa le suena a muerte, le pesan, le duelen. Noventa… uno tras otro como lápidas en un cementerio viejo. Cree recordar que leyó esa frase en algún libro, pero no está segura. Nunca está ya segura de nada. Ni de quienes son esos que le sonríen, ni de esa mujer que a veces es su hija y otras una desconocida en la que no sabe leer los rasgos de la niña que crió. La mayor parte de las ocasiones siente miedo. Miedo a estar sola, miedo a no estarlo, miedo a vivir y miedo a morirse. Pero sobre todo siente dolor. En la rodilla, en las piernas, en los brazos, dentro de ella. Este último es indefinible, difuso y la llena de arriba abajo. Debe ser el dolor de las células que se arrugan y se marchitan.

Hoy tampoco es sencillo levantarse. Llega una persona nueva, distinta. Aparece en el marco de la puerta y avanza como una sombra en la semioscuridad de la habitación. Despacio se acerca a la cama. ¿Quién será? Fuerza los ojos para reconocerla. Ojos que ya no son lo que eran, necesitan gafas que no llevan en ese momento. La voz también es distinta, aunque mantiene ese mismo tono de falsa jovialidad o más bien, ese tono de hablar a los niños pequeños que se les pone a todos cuando se dirigen a ella. La persona la besa y la desconcierta aún más. La coge entre sus brazos. Un remedo de abrazo para ayudarla a incorporarse. Su mundo se estrecha de nuevo en rutinas definidas: al servicio a mear, a la cocina a desayunar, al sillón junto a la ventana, en la sala. Conoce la vista. Es una constante desde hace años.
La nueva persona trastea por su casa. Se mete en las habitaciones, entra y sale como si le asistiera derecho a ello. Así que ella se mantiene anclada a su sillón y a su vista: el edificio antiguo de la iglesia, enorme y clásica justo bajo la ventana, al otro lado de la carretera y al jardín cerrado por unas bonitas rejas negras, que ya solo se abren en las horas de misa. Un poco más allá, se alza la torre de un falso palacio construido para una Exposición ocurrida hace tantos años, que ni siquiera ella había nacido, pero que la lleva directamente a una soleada mañana de su niñez, cogida de la mano de su padre; ¿Llevaba tirabuzones, un lazo en el pelo y un vestido blanco? Sí, ese recuerdo está nítido en su mente, junto con el brillo de la medalla de la virgen, regalo de la primera comunión. Sobre los edificios el cielo, hoy azul, que llena el horizonte.

Acaricia el brazo del sillón y se pregunta que sucederá a continuación. La persona se sienta a su lado. Le habla y no acaba de entender. Algunas palabras sueltas atraviesan la nube espesa que envuelve esta mañana su cabeza. Viernes, hermana, hijo, Luis… empieza a recordar. Es cierto. Que cabeza la suya o más bien que poca cabeza le queda ya. La conoce. El viernes vino con la otra, aquella a la que tomó tanto cariño. Se ha ido y le ha dejado a esta de repuesto. Así es la vida de los viejos. Palmea la mano de la desconocida, se arrulla con el sonido de su voz. Se pierde en las brumas de su cabeza, se adormece para despertar con un sobresalto: ¡hace mucho que no oye a sus niños! ¿Qué estarán haciendo? Aguza el oído ¿No son esas sus risas? Suenan lejanas y como amortiguadas. Se levanta despacio hasta quedar erguida, tambaleante delante del sillón. Cogiéndose a los muebles trata de superar la repentina debilidad de sus piernas ¿Habrá estado enferma? Aparta ese pensamiento de su cabeza, necesita ver a sus niños, saber que están haciendo, tiene la sensación −horrible− de que hace mucho que no los ve. Se asoma a las habitaciones, no puede encontrarlos. Una fuerte opresión en el pecho, le duele la rodilla, cuando se inclina a mirar bajo las camas. “A veces se esconden ahí” tendrá que decírselo a su marido cuando vuelva a casa para que los regañe seriamente, a ella le toman el pelo. ¿Por qué le dolerán tanto las piernas? Una mano amable se posa en su brazo. “¿Qué le ocurre Doña Luisa? ¿Me buscaba?”. Doña Luisa es ella, lo sabe pero ¿Quién es esa mujer? La busca en su mente y no puede encontrarla. Aún así un nudo dentro de ella se afloja, no está sola. Trata de explicarle que no encuentra a sus hijos, pero las palabras se pierden en el camino desde su cabeza a su boca. Dice: “Los niños, los niños…” Odia ese balbuceo débil que sale de su boca, quiere gritar hasta que los niños salgan de su escondite y ella pueda reñirlos y abrazarlos… como antes.

…Como antes. Deja caer la cabeza sobre el pecho. Algo no va bien y lo sabe. El antes se ha ido, ¿O no? Se siente reconfortada por el brazo cálido que la sujeta y se apoya contra él, las piernas empiezan a cansarse. Se deja guiar por esa mujer desconocida y vuelve a reconocer en su voz ese tono especial que todos parecen utilizar con ella desde hace algún tiempo, como si quisieran tranquilizar a un niño o un animal asustadizo. De nuevo en el sillón, junto a la ventana, la vista tranquilizadora de la iglesia, las copas de los árboles, el cielo azul brillante a medias cubierto de nubes blancas. ¿Cuántos años ha cumplido ya? ¿Noventa? Siente una caricia lenta y repetida sobre la mano que descansa en el reposabrazos. ¿Quién es esta desconocida? Habla y habla mientras cierra la mano sobre la suya. Al menos no está sola. Siempre es de agradecer cuando se es tan mayor. La bruma vuelve a cubrir su mente, se sumerge en el ligero limbo que no es sueño, ni recuerdo, ni consciencia… Al cabo de un tiempo, los ecos de unos pasos infantiles fantasmales corriendo por la casa resuenan en su cerebro: “mis niños, mis bebes… ¿Dónde están?

viernes, 15 de octubre de 2010

EL FIN

Después del caos se creó el silencio.
En el principio del fin, los sonidos fueron los dueños del todo. La dulce melodía de la lluvia suave cayendo sobre la hierba, las flores, los árboles. En la tierra oscura y fértil. Sobre los animales, en la inocencia salvaje de su paraíso, las patas dobladas bajo su cuerpo, las cabezas bajas, la piel lustrosa y brillante. Caían sobre el pequeño pájaro cantor que momentos antes elevaba sus trinos alegres a la mañana gris y que ahora se refugiaba, bajo las hojas verdes del árbol que le sostenía, escuchando con la cabeza ladeada el repiqueteo suave de las gotas, casi como si quisiera aprender el ritmo para incorporarlo a sus cantos. La casi imperceptible nota del color rompiendo en el mundo: rojos, verdes, azules, marrones, blancos fulgurando a través de la humedad de las gotas, la esperanza en el mañana. La confianza en que el sol de nuevo saldría, cantaba en el tranquilo latido de los corazones que aguardaban embebiéndose de las ligeras gotas de agua.
Más tarde apareció el viento, lleno de ira, asustando al mundo y los seres que lo habitaban con su fragor. Las nubes corrieron por el cielo, persiguiéndose. Colisionando. Los truenos marcaron el ritmo cada vez más rápido, más fuerte. Las nubes se partieron y el agua mansa se convirtió en torrente que vino a sumarse al ruido seco de las ramas partiéndose más abajo, desgajándose de árboles, al de hojas arrojadas a los prados, a hierba arrancada, a flores muriendo. Pezuñas, patas golpeando la tierra, que temblaba ante la furia de su terror. Gritos de agonía. Huesos rotos. Lamentos desesperados de seres ahogándose, Las respiraciones acalladas abruptamente por una rama, una roca… armas del viento cercenando vidas.

El cuerpo frágil del pájaro arrastrado cientos de kilómetros por el aire. Su último canto: los violentos acordes del viento en sus plumas muertas, el imperceptible sonido de su cuerpo al caer contra el suelo. Sinfonía de muerte y dolor. Majestuosa y bella en su desolación.
Y cerca del final la música cambió: sonidos profundos, hervores lentos, explosiones salvajes actuaron de contrapunto sincopado cuando la corteza del planeta no resistió las fuerzas que empujaban desde su interior. Una profunda violencia se desató. La fuerza poderosa del núcleo escapándose, corriendo tumultuosa por las vías abiertas hasta la superficie. Lentas y enfebrecidas en el momento de abrirse camino donde nunca los hubo La ira al rojo vivo, surgiendo al exterior, siseando, estallando en miles de lenguas luminosas, convirtiéndose en ríos de fuego compitiendo con la embravecida tormenta. Devorando a su paso los restos destrozados de un mundo que ya no existiría más.

Las voces animales acalladas, los millones de latidos detenidos apenas varió el volumen de la marcha salvaje entre el cielo y la tierra entregándose a la destrucción. El “tempo” se hizo eterno, en un creccendo enervante quebrando por un fragmento de eternidad, el compás silencioso del universo.

Para cuando el último estertor nació desde el rincón más oculto de la tierra, el viento había amainado, la lluvia volvía a caer en leves chispas de agua, que no llegaban a tocar el suelo, enormes nubes de vapor se alzaban a su encuentro absorbiendo su caída entre siseos y estallidos. El vertiginoso avance de la marea de magma ardiente, consumía voraz los azules, los ocres, los verdes… el crepitar angustioso de las últimas ramas convertidas en humo negro intentando escapar del desastre. Elevándose suplicante hacia el cielo, atrapado sin misericordia en las enormes masas de agua gaseosa enfebrecidas, furiosas, arrojadas a la atmósfera.
El tácito, preciso y frágil equilibrio entre las fuerzas externas e internas se rompió. Un vibrato profundo hizo temblar la tierra en un largo estremecimiento. Miles de explosiones se encadenaron rápidamente unas a otras en el núcleo líquido. El tono grave subió hasta convertirse en un grito agudo, inaudible que corrió libre, desenfrenado desde el centro a la superficie, de ahí a la atmósfera hasta extenderse por el universo, que pareció contener el aliento, a la espera del movimiento último. Cuando este se produjo y la tierra se partió en millones de fragmentos lanzados al espacio, el eco silencioso se propagó perturbando la música de las esferas durante eones.

Y al fin, cesó también esa perturbación de las estrellas. Hasta que de la tierra solo quedó el silencio de la no existencia. En su lugar, una nube de minúsculas partículas de polvo brillante suspendida en el vacío negro. Y el silencio se adueñó de todo. Oscuro, frío, pacífico silencio sin recuerdos convulsos, ni angustias ni dolor. No quedaba nada para recordar, ni para amar. Los patéticos restos fueron consumidos atraídos como polvo por otras gravedades, otros planetas. Se posaron lentamente como arenas de desiertos, como fondo de mares nacientes. Y la nada, la infinita, grácil y perfecta nada ocupó el límite del ser.

sábado, 9 de octubre de 2010

EPITAFIO

“Duerme, mi amor. Duerme, ni niña. El tiempo pasará sobre ti. El polvo se posará en el suelo de tu estancia, sobre el espejo en que te miras, sobre el peine que ordena tu pelo. Acariciará tu piel, guardará tus ojos cerrados, sellará tu boca. Cuando tus heridas estén sanadas, cuando ya no haya nada que temer, quizá puedas despertar. No tengas miedo. Húndete en el silencio del sueño. No sufras más.”

Ella, la innombrable entonó su melodía para mí. Y su canto aplacó mi dolor. Calmó la mente. Detuvo el torbellino de mi alma. Abracé a la muerte con una sonrisa serena.
—Me despido de ti, sol del este que me baña cada día, ya no tendrás que hacerlo más.
—Me despido de ti, luna que tantas noches me has visto llorar. Ya no te rezaré más.
—Me despido de ti, pasión que no volveré a sentir.
—Te digo adiós, deseo que consume mi sexo, insatisfecho para siempre.
—A ti, a quién tanto quise, te llevo conmigo encerrado en la memoria, en lo que haya en mí de imperecedero. Tan cerca, siempre tan lejos. Los eclipses, el único tiempo permitido a los amantes celestes fueron tan escasos…
—Los amigos que estuvieron a mi lado, seguirán ahí, aquellos que se perdieron en el tiempo viven en el recuerdo.
—Adiós al café de mi madrugada, a mi taza, que echará de menos el contacto de mis manos, calentándose, el roce de mis labios en el borde.
—Adiós a todo aquello que no llegué a realizar. Solo guardaran mi memoria mis actos. Lo que hice, mis sueños viajarán a mi lado.

No me olvides. Cuando me encuentren dormida en el regazo frío de la mañana. Cuando la noticia vuele a ti, llórame. Grita, maldice. Después, haz memoria de mis besos, mis abrazos, mis te quiero y mis lágrimas. Del olor de mi piel y mis palabras, mis sonrisas y la forma en que me abrazaba a ti. Guárdalas, mi amor. Y si después de esta vida, hubiera otra en la que los errores no nos hicieran tanto daño, no se paguen tan caro, volvamos a buscarnos. Quizá nos encontremos al comienzo, nuevos y antiguos. Con el frescor en la mirada de los amaneceres, con el alma sabia de la noche. Si nuestros ojos no se reconocen, nuestras pieles se atraerán. Si las voces no son las mismas, el eco de tu risa me conducirá hasta ti.

Quiéreme aún cuando camine en las sombras. En otros brazos. En el amor de otra. Quiéreme aunque te duela. Quiéreme siempre, allí, en el fondo de tu alma. Déjame vivir en ti.

ELLAS

Somos putas viejas. Cansadas zorras que ya no importan, que no pertenecen a nadie. Sobreviviendo a cambio de la dignidad y el orgullo.
Aves sin plumas. Seres exóticos sin jaula.
Coños ajados, desnudos y expuestos. Medias rotas, tacones de aguja jodiendo el alma.

Putas sin decoro. El destino colgado de una bragueta sin nombre.

Perdidas en la noche, ojos asustados pintados de negro.
Venas rotas en muñecas marcadas.
El amanecer gris, áspero de una noche otoñal borrando los dulces recuerdos del radiante sol de agosto.
Manos ardientes, corazón helado y hambre en las entrañas.
Putas sin nombre, de sexo exhausto y corrompido.

Vanas, sucias. Tristes ecos vacíos.

Somos nosotras. Las rameras muertas. Abandonadas al fin por el tiempo:

Las esperanzas y las ilusiones