lunes, 1 de agosto de 2011

UNO DE AGOSTO

Hoy hace un año que mi ex (emocional y físicamente, legalmente no lo sé aun, como el señor juez no ha dictado la resolución o el acto o como se llame legalmente la sentencia de divorcio pues no sé bien ese aspecto) se fue de casa. Como una efemérides de los periódicos: tal día como hoy, hace un año o diez o cien. También se cumple otra efemérides importante para mí, pero de esa no voy a hablar aquí. Solo sé que ese día fue uno de los peores de mi vida. Así como se lee. No solo estaba asustada por el futuro que se extendía por delante, también estaba dolida, muy dolida. La verdad es que aquel día lo había imaginado de otra manera. Y puede que ese sea, en definitiva, el origen de la mayoría de los problemas de mi vida. La imaginación y los sueños.

Me planteo seriamente si de verdad veo el mundo tal cual es, la realidad como transcurre o me la invento, la recreo (no siempre como me gustaría, ya quisiera), la filtro por esa parte de mí que intenta hacer del mundo algo que pueda entender . Como una especie de Madame Bobary que confunde su realidad con las fantasías de sus ensueños románticos aprendidos de los libros que leía a escondidas en el convento de monjas donde se educó.

Este último fin de semana ha sido de esos de entrar en casa el viernes y no salir hasta el lunes. Que aun no lo he hecho, pero lo haré en breve, en cuanto cierre el portátil. No quiero decir que mi vida siempre sea así. En realidad soy lo suficientemente afortunada para haber ido engarzando un fin de semana tras otro en salidas especiales y bonitas. De las que me gustaría hablar en otro momento, de hecho como no sé hacer otra cosa mejor que esto de escribir me gustaría hacerlo para agradecer a determinadas personas que siempre estén ahí.

Me he dado cuenta en este tiempo que no pienso en el futuro. No pienso más que en un día o dos vista, o tal vez en la siguiente hora o el siguiente minuto. No sé si hago bien, pero la verdad es que no me lo he propuesto de forma consciente. Es así y ya. De todas formas ¿En qué iba a soñar?

Ahora mismo soy emocional y económicamente inestable. Vivo en una pequeña montaña rusa, en la que cada vez es más larga la cuesta de bajada. Y más breve los momentos en que la subo.

Racionalizo los hechos para no morirme de miedo. Para seguir adelante cada día con lo que este dé de sí. Miro a mi alrededor y sé que hay cosas que yo puedo hacer para mejorar mi vida y la de los míos, pero me da una pereza enorme. Un cansancio que creo tiene poco que ver con el veraniego. Quizá si lo repito muchas veces lo consiga: he de poner orden. Orden en mi casa, en mi vida, en mi misma. Dedicar tiempo a esas pequeñas cosas que hacen la vida más fácil y agradable. Total, nadie lo hará por mí.

Estoy sola. Conmigo misma y con mi propia fuerza. Sé que en el mundo habrá gente que estará muchísimo peor que yo. Yo tengo amigos, a mi familia, a los míos. Solo me falta agarrarme a mí misma y ponerme en movimiento.

No me resulta nada fácil. Reprimo los cabreos, reprimo los sueños. Escondo la tristeza, los recuerdos y el deseo. Dejo la pasión a un lado porque la siento culpable y destructiva.

Y escribo cuando la madrugada da para ello. Y a veces, pocas, cuando el día ya ha muerto y el cansancio hace tanta mella en mí que siento como me aplasto dentro de mi misma, como los recuerdos se pelean por salir de su envoltura y el dolor gana este permanente juego del escondite, encontrándome.

Pero sigo aquí y sigo adelante por que no sé que otra cosa más puedo hacer.

viernes, 29 de julio de 2011

AHORA

Se recuesta en la pared frente al espejo. Observa su cara. Los ojos profundos, perdidos en las sombras bajo ellos. El brillo mojado, una arruga de más y en la noche, sola con la luz de la luna, el color de la piel palidece. Los labios se mueven, murmurando un nombre. Hoy ha sabido de él. Su nombre le ha hecho pararse, guardar silencio cuando estaba a punto de salir de la librería. Un amigo, que fue común, de los dos y ya no es nada ha pronunciado su nombre y casi contra su voluntad se ha hecho pequeña y silenciosa, ha vuelto sobre sus pasos y ha fingido ordenar los libros en un estante bajo. Él ha regresado. La misma ciudad… que pocas veces han coincidido en ella. Lo siente en el aire, presionándole el pecho. Él.

Se olvida del amigo que ya no lo es en su prisa por refugiarse en casa. En su nido de paloma herida, de halcón sin garras.

A oscuras se sirve un whisky, en vaso alto y sin hielo. Le quema la garganta mezclado con las lágrimas que no quiere derramar. Busca la vieja canción que le hace sentirse en carne viva.

La voz, madura, llena de la cantante rompe el silencio. Ahondando en la fisura que recorre su ser.

Se va la noche y no me duermo, no te me iras del pensamiento, a veces hablo a los espejos, por eso saben mis secretos…

El espejo le devuelve la imagen llena de recuerdos que esconde en su interior. El vaso tocado por la luna, brilla como sus ojos cuando la miraban.

Viví en la cara oculta de la luna, equivocadamente hasta encontrarte, y cuando más te quiero siento que te pierdo…

Antes de él, el mundo era un páramo. Cercado, cerrado, sin luz. Las mismas cosas, las mismas gentes. Días eternos, repitiéndose a sí mismos. La aceptación callada de una vida sin escape. El matrimonio como cárcel. El deber ciego. Aguantar pese a quién pese y sobre todo si le pesaba a ella. Y él la sacó a la luz y le hizo bailar. La risa. La pasión… la llevó de la mano a la tortura de existir entre la felicidad y el dolor. El amor, una obsidiana clavada en su interior irradiando un fuego que consume el oxígeno de su vida vacía hasta matarla.

… Y cuando más te quiero siento que te pierdo…

Incluso ahora cuando el tiempo ha pasado, sigue amándolo en la rotura de su alma de cristal. Su nombre en el aliento de otro, ese nombre en el que no se atrevía a pensar, ha quebrado el tenso equilibrio, la paz forzada que le permite levantarse cada mañana como si de verdad estuviera viva.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti

Un último sorbo de whisky, el líquido cálido en su boca, deslizándose por su interior. Las manos de él sobre sus pechos, dejando paso a sus labios y a su lengua. Besando, lamiendo las puntas oscuras que se fruncen y endurecen bañadas en su saliva. El dolor dulce y apremiante allí, entre sus piernas, que se abrían, provocativas, anhelantes. El juego de los dedos sobre el vientre, fingiendo dudar de su camino. La curvatura tierna del cuello cuando su boca se abría buscando el aire que él devoraba. El sonido áspero de la respiración en el pecho, sus dientes cerrándose contra las puntas delicadas, deseosas, doloridas. Y él, hundiéndose por fin en el centro mojado…

Se va la noche y no me duermo, y los segundos son tan lentos, entre los celos y el deseo, hago mil cosas que no debo, tiro una piedra contra tu ventana, dejo un mensaje por no dar la cara, le prendo fuego a lo que era nuestra cama…

La noche, la suya se hace eterna. Abandona el vaso en la mesilla, la ropa en el suelo al lado de la cama, desliza en ella su cuerpo desnudo. La casa llena de los acordes de la música, la arropa. La voz de la cantante la conduce al centro de su recuerdos, la letra de la canción corta la armadura que protege su razón y las imágenes le asaltan. La voz aún dormida en la madrugada susurrando no te vayas, estrechando el abrazo cuando ella siempre inquieta, en movimiento, trataba de acercarse a la ventana, encender un cigarrillo o solo contemplarle, maravillada de tenerlo a su lado.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti.

Las palabras cortan la armadura que esconde sus pensamientos. Rompen el dique de los recuerdos: su risa, el olor de su piel, el peso de su cuerpo, la dulzura de su abrazo, de esos besos pequeños cayendo a miles sobre sus labios…alarga la mano y sujeta entre los dedos el teléfono, testigo y cuerda de sus encuentros y desencuentros. Marca un número al que no tiene el valor de llamar. En sus oídos resuenan de nuevo las palabras airadas. Hirientes como soldados en una guerra sucia. Luchando cuerpo a cuerpo con la ternura y el deseo. De él aprendió que amar con locura no siempre es suficiente.

Aunque me encontrara un ángel, dudaré, si me hará volar tan alto como tú.

Desde que ambos se fueron, desde que rompieron su vínculo contra las rocas de la desconfianza y el dolor, no ha encontrado a nadie que le haga subir tan alto, cruzar el cielo, mirar las nubes, amar los amaneceres. No ha sentido el vértigo de abandonarse por completo a esa montaña rusa, vertiginosa, con el alma desnuda, y el deseo puro, ardiente, calentándole el cuerpo.


Se va la noche y no me duermo, y los segundos son tan lentos, entre los celos y el deseo, hago mil cosas que no debo, tiro una piedra contra tu ventana, dejo un mensaje por no dar la cara, le prendo fuego a lo que era nuestra cama.

Una luz gris empieza a iluminar la ventana, los ojos secos y arenosos contemplan como la noche termina, escucha los latidos de su corazón enlazados con la música. Siente el peso del teléfono en su mano. Con cuidado borra el número que ha marcado. Lo deja en la mesita. No, no volverá a llamar, a dejar mensajes que lo atraigan. No se entregará de nuevo.

Ahora, ahora, ahora, pesan tanto los recuerdos de las noches que he pasado junto a ti, ya no se vivir contigo ni sin ti.

Ahora, ahora, ahora...

Ahora, ahora, ahora...

Aunque me encontrara un ángel, dudare, si me hará volar tan alto como tú

Al otro lado del cristal ha empezado a llover. Comienza un nuevo día −piensa, mientras escucha los últimos acordes de la canción− Uno más, sin él.

martes, 12 de julio de 2011

ANDRÉS O LA BÚSQUEDA DE UN SUEÑO

Andrés es alto, muy alto, un poco flojo y algo descolorido. El pelo castaño tirando a rubio, la piel de un blanco desganado. Hay que mirar más de una vez sus ojos marrones encastrados en la cara delgada, sobre todo entre semana, para poder ver esos chispazos de vida que a veces sin que él se de cuenta los atraviesan, convirtiéndolos en joyas. Casi nadie lo hace.

Hoy (y no me preguntes porqué precisamente hoy y no otro día, quizá le falten unas horas para cumplir los treinta y cinco o puede que la semana pasada lo despidieran de su trabajo, mortalmente aburrido, en una empresa de seguros o tal vez porqué su madre le llamó anoche para decirle que no se preocupe por nada, que su habitación, la de siempre ya está preparada) no ha dormido. Cuando se acostó, como siempre pronto y sólo, después de que su madre colgara el teléfono y él como buen hijo la escuchara sin interrumpirla durante más de media hora, empezó a pensar dando vueltas y revueltas en la cama, que él lo que necesitaba realmente era licuarse en semen e introducirse de nuevo en un útero para volver a nacer. Preferiblemente en el útero de otra madre. Volver a nacer con un mundo nuevo y limpio por descubrir. Por supuesto que no es una idea original, seguro que todos lo hemos pensado alguna vez y Andrés más de una o dos o tres o mil, incluso llegó a escribir un cuento con esa idea, porqué Andrés escribe o más bien quiere escribir las miles de ideas que rondan su mente.

A las tres de la madrugada con cinco horas a cuestas de pensar no aguanta más en la cama. Se levanta y como un loco recorre el piso de alquiler. Sus libros, su ropa, su portátil (con una colección de cuentos terminados y sin terminar, de ideas sin germinar, de planes noveleros, de análisis solitarios, de vida íntima no vivida que dejó se ser real hace mucho), sus CDs (pelis y música), todo pulcro y ordenado: Los libros por autor y alfabéticamente, las películas por géneros, la música por estados de ánimo, la ropa limpia, planchada, bien colgada o doblada según el caso. Clasificada en los armarios por: ropa de diario; para el trabajo, para correr, para el ocio. Ropa de fin de semana: para estar en casa, para correr (se repite, sí, pero parece que no es la misma), para salir… es lo único que marca el espacio como suyo. Nunca pensó en colocar unas figuritas aquí o allá, ni una planta, ni siquiera una bonita lámina enmarcada en las paredes. Su madre sí, incluso llegó a regalarle un par de gatos de loza que él guardó en un cajón y olvidó a propósito.

Decía, antes de disgregarme, que Andrés cansado de su cama se levantó y recorrió su piso (suyo mientras pagara, claro) medio enloquecido. Ya me dirás, se quitó el pijama gris indefinido, uno de los regalos de su madre, que ni los lavados meticulosos habían conseguido darle un color más atractivo, y se quedó en calzoncillos (imagen un tanto penosa: el cuerpo larguirucho, demasiado delgado, demasiado blanco que empeoró cuando en otro arrebato se quitó también el calzoncillo) saltó sobre el sofá, este no era feo, solo Camel, resbalando cuando los cojines cayeron al suelo. Que sí, que estuvo a punto de cumplir sus deseos y pasar a mejor vida, al darse en la sien con la esquina de la mesa pequeña, con cantos metálicos en la que cenaba la mayor parte de las noches, con bandeja y servilleta de tela, claro, delante del televisor. Aquello le hizo recuperar la compostura, lo suficiente para darse cuenta de que tenía la piel de gallina y un frío espantoso. A fin de cuentas y aunque no lo he dicho antes, era una noche de noviembre y no tenía calefacción. Buscó el pijama y se lo puso (no, el calzoncillo no). Miró a la calle pegado a la ventana, colocando las manos a cada lado de su cara como pantallas para evitar que la luz de la sala, a sus espaldas le estropeara la visión de la noche. Estuvo así un buen rato, él no lo midió y yo no estaba allí. Y eso que la vista no era demasiado atrayente. Bloques y bloques de pisos hasta donde alcanzaba la vista, tramos de calzada en las que circulaba algún coche perdido de tanto en tanto. Quizá fuera la danza de los semáforos, misteriosamente bella en la noche por lo que tiene de inútil: del rojo al verde, del verde al amarillo, repitiéndose una y otra vez sin protagonistas ni testigos excepto algún loco como Andrés. Tiendo a pensar que no, que él no vio los bloques, ni los escasos coches, ni reparó en los semáforos. Cuando dejó la ventana (los cantos de las manos ya habían pasado de blanco a azulados) los ojos de Andrés chisporroteaban como las joyas que he dicho antes que parecían (de vez en cuando y poco entre semana). Cierto que era viernes camino del sábado o mejor dicho, ya bien entrada la madrugada del sábado, pero no creo que ningún otro fin de semana le brillaran así. Es más, nunca le habían brillado así: febriles, ansiosos. Ahora y aunque sus movimientos se habían vuelto tranquilos y mesurados parecía mucho más loco que antes.

Caminó hacía el armario. Uno de esos empotrados, no demasiado grande, en los que el suelo, es el suelo, vamos que lleva baldosas donde suelen depositarse los zapatos y sí, Andrés tenía una perfecta doble hilera de cajas alargadas con rótulos en los que podía leerse: mocasines marrones (viejos), mocasines marrones (seminuevos), mocasines marrones (nuevos), deportivos: blancos (para correr), negros (deportivos casual)… Asombroso ¿Verdad? No hace falta que describa el resto del armario, pero lo haré de todas formas: una estantería baja con suéteres de pico azul marino, marrón y gris, una barra con camisas casi todas blancas, aunque hacía el final hay una negra y otra rosa, perchas para pantalones donde estos cuelgan de los bajos repitiendo la combinación de colores de los jerséis y sobre todo ello un altillo con cajas diversas. Andrés sin mirar, estiró el brazo y palpó en una esquina de ese altillo un bulto indefinido. Cuando retiró la mano ¡¿Quién lo diría?! Estaba llena de polvo. Una amplia y hermosa sonrisa cruzó su rostro, casi partiéndolo en dos. Y allí mismo, delante del armario, Andrés confirmó lo que hasta ahora venía yo diciendo: estaba perdiendo la cabeza. Bajó con los dedos las comisuras de la boca, que estaban altísimas, frunció el ceño, cerró los ojos, hizo un gran esfuerzo y una gran y solitaria lágrima se deslizó lacrimal abajo por la mejilla izquierda, la recogió con un dedo, rió hasta rodar por el suelo.

Desde el armario las pulcras hileras de cajas, los jerséis, los pantalones parecían reprocharle su comportamiento. Se sentó en el suelo y los miró. Un pliegue siniestro se formó en su frente, las prendas temblaron. Se alzó y con un solo movimiento tiró las cajas al suelo, siguió con las prendas de ropa, primero una a una y luego a montones hasta dejar el armario vacío. Corrió a la cocina. Volvió con enormes bolsas de esas negras de cubo de basura. Y allí enclaustró la ropa. Después cargado con el rollo de las bolsas recorrió la casa. Las llenó. Todos los libros, todos los CDs… su vida de los últimos años. Las alineó junto a la puerta del piso. Un bonito rosario de bolsas negras contra la pared blanca del vestíbulo. Se rió de si mismo al contemplarlas, ni en medio del caos deja de ser primoroso e impecable.

Se pregunta que ha de hacer con todo lo que hay en las bolsas, con su vida. Y de nuevo sonrió (le dolían ya la mandíbula de sonreír, esta noche lo ha hecho más que nunca en su vida). De la cocina recogió tres grandes cajas de plástico, de esas que tienen en las fruterías (las trajo su madre llenas de fruta y verdura con la cantinela de: “hijo, me parece que no comes lo bastante sano ¿No ves los anuncios de la tele? Cinco piezas de fruta al día, y mucha verdura…” claro que no las tres cajas de una vez, más bien cada vez que le daba la manía de que vivir solo no era bueno para el niño). Bajó a la calle con ellas y las bolsas, le costó tres viajes en ascensor y veinte minutos plasmar su idea. Apiló las bolsas detrás de él y las cajas, como mesas improvisadas delante. En la pared a su espalda, un cartel que decía: “Mi vida en oferta por renovación de existencia, preguntar precios. Todo es negociable.”

Así que la imagen que se encontraron sus vecinos (sólo conocía a la vieja que vivía en su rellano, que le hacía mal gesto cuando se cruzaban y él llevaba del brazo, de la mano o simplemente al lado a una de las pocas chicas que habían alegrado, entristecido, complicado su vida sexual o sentimental) y los inocentes viandantes que transitaban por su calle esa mañana de sábado (sobre las nueve serían) era la de un hombre entrando ya en la madurez, con un pijama gris, zapatillas deportivas (ocurrencia de última hora, así como el abrigo, grande y negro que sacó de una de las bolsas, seguía siendo noviembre y hacía frío). Fue sorprendente el éxito de su iniciativa, cierto que no pedía mucho por cada prenda e incluso regateaba a la baja con sus compradores el precio de los suéteres, pantalones, zapatos… y llegó a regalar libros a las pocas jovencitas guapas que se cruzaron delante del tenderete. A un par de policías que detuvieron su coche patrulla y bajaron a preguntarle no sé que historia de permisos de venta en vía pública les regaló una colección completa de CDs: las mejores bandas de películas de la historia. Y dos libros de poesía. La cara de los policías mientras se alejaban con las manos llenas y murmurando “Bueno… no se quede mucho rato y no interfiera el paso de viandantes por la vía pública, a la vez que miraban con extrañeza el título de los libros, hizo que la cara de Andrés resplandeciera con una alegría socarrona e infantil sacando a la luz una belleza extraña, que fluía de dentro hacía fuera, convirtiéndolo durante unos minutos en el hombre más hermoso que se haya contemplado nunca.

Al cabo de unas horas, no muchas, sobre la una, en la acera no quedaban más que las tres cajas con algunas prendas que nadie quiso, un par de libros (pobres) despreciados por todos: un Joyce y un Quijote, un Poe que él se había resistido a última hora a vender, escondiéndolo debajo del batiburrillo de prendas, libros y CDs en que se habían convertido sus otrora bien ordenadas posesiones y un montón de bolsas negras vacías. Incluso sobre las doce había vendido su abrigo, quedándose en pijama.

Soltó los libros que nadie quiso en el parque de enfrente, uno sobre un banco y el otro cerca de una fuente con la esperanza de que fueran adoptados, dejó las cajas con un par de pantalones cortos, dos jerséis de pico y un par de camisas cerca del contenedor de basura, plegó las bolsas negras e hizo algo sorprendente.

Cerró los ojos, tomó aire, los abrió y sin mirar a su alrededor enrojeciendo hasta la raíz del cabello empezó a desnudarse: la sudadera del pijama gris feo no le supuso mayor problema, aunque permitió que todo aquél que pasara por la calle en ese momento comprobara que se puede enrojecer más abajo del cuello e incluso ponerse prácticamente púrpura y sudar a pesar del vientecito helado que corría a esa hora y en aquella calle, cuando además se quitó el pantalón, quedándose en puras y desnudas pelotas (recuerdo que no se volvió a poner los calzoncillos en su momento). Con una tranquilidad a todas luces forzada, encogido de vergüenza, dobló con cuidado las prendas y las dejó justo encima de de los jerséis de pico. Después sintiendo en la piel clavarse las miradas sonrientes, escandalizadas hasta de estupor de las buenas gentes que tuvieron la suerte o la desgracia de estar cerca en ese momento (e ignorando el frío que ya era difícil en su situación y que además consiguió el dudoso beneficio de que una parte de su cuerpo se encogiera pudorosa y congelada) se irguió en toda su estatura, anduvo con pasos mesurados hasta el portal y tomó el ascensor hasta su casa. Una vez allí, tomó aire, llevando el oxígeno de su loca valentía hasta el centro mismo de su ser y más fuerte que nunca tomó una manta con la que abrigarse, se preparó un café, pan tostado del día anterior, unos huevos rotos, dos cortadas de bacon y se fue a la mesa del comedor, abrió su portátil y redactó tres cartas en él y una a mano.

Recogió platos y vasos, los lavó cuidadosamente. Respiró hondo. Sacó del armario lo único que quedaba en él. Limpió el polvo de lo que parecía ser una enorme mochila llena de bultos extraños que palpó con amor… y se situó frente al espejo. Con lentitud se dedicó a su transformación. Con mimo sacó una a una las prendas que le esperaban allí. Las había ido reuniendo poco a poco; compradas en mercadillos, recogidas de la calle, siempre a hurtadillas, intentando no enterarse del porqué ni el para qué, diciéndose a si mismo que eran bonitas o raras. Después estudió su cara, trabajó en ella, ocultándola al mismo tiempo que la convertía en una obra de arte llamativa y casi hermosa. Le faltaba práctica aún.

Más tarde dobló la manta y la guardó, casi el último acto que haría desde su yo antiguo.

Tomó cada prenda con reverencia, cerrando los ojos, musitando unas palabras que ni él recuerda, sintiendo la llamada en cada pieza de ropa. Besó con unción la camiseta a rayas rojas y blancas que iría pegada a su piel, la camisa negra, los tirantes sangre, el lazo, el pantalón a cuadros con enormes bolsillos, la chaqueta de parches multicolores, el preciado bombín, pequeño y negro que solo adquirió su verdadero sentido en aquella liturgia multicolor, coronando su cabeza inclinada sobre el pecho. Inspiró, llenándose los pulmones, calmando el pulso que le latía loco en las muñecas y el cuello. Levantó la cabeza y abrió los ojos a su imagen. La alegría pura es un baile de luces naciendo allá en el fondo de las pupilas, se desprende en las arrugas inevitables de los ojos, que los hacen alzarse como la comisura de una boca sonriente. Se desprende de la piel en oleadas, brilla en los dientes, resplandece en el ángulo erguido del cuello, libre dentro de la atadura floja del lazo negro que, en este caso, lo embellece. Irradia en cada movimiento del cuerpo rodeándolo como una aureola. Así se veía Andrés cuando se colocó la mochila, pesada, en el hombro. Pesada porqué contenía los útiles de su vida, la que será su vida a partir de ahora: un ligero saco de dormir, calcetines de repuesto, un rollo de papel de estraza donde empezar a convertir las palabras en imágenes, rotuladores de colores, una taza de lata, un plato de metal… los sueños y los cuentos, ligeros, van fuera de la mochila, juegan ya en su cabeza, bailando de la mano gigantes, caperuzas rojas y verdes e incluso azules, enanos felices, princesas sin príncipes y príncipes sin caballo ni reinos, retorcidas ancianas y nudosos magos en compañía de seres aún sin forma que giran y giran en la danza loca de su nacimiento.

Al fin, Andrés, tomó el portátil (guardándolo en su funda con cuidado, porqué ciertas cosas nunca cambiarán) donde acumuló antiguos sueños, la carta manuscrita y dejó sobre la mesa los tres sobres mecanografiados: A su jefe, a sus padres y a su casera. Antes de salir, ante el espejo del vestíbulo se acomodó una gran nariz roja de payaso.

¿Qué cómo sé yo todo esto? Un sábado a última hora de la tarde, de una tarde muy fría de noviembre el timbre de mi puerta me interrumpió mientras escribía. Contrariada, volqué sobre las teclas las últimas frases que cruzaban mi mente antes de ir a ver quién partía así el silencio de la casa.

Tras la mirilla no había nadie. En el suelo una bolsa de lona, cuadrada con un recuadro blanco encima. Abrí la puerta casi con precaución, era extraño y miré a lo largo del rellano, como si alguien se pudiera ocultar en ese espacio sin rincones. Tomé el recuadro; un sobre sin sellos, con mi nombre escrito a mano. Repase con los dedos las esquinas de la bolsa y adiviné por la forma y el tacto de lo que se trataba. ¿Un portátil? Incrédula tiré de la cremallera. Pues sí, asomaba la forma inconfundible, plana y cuadrada, en un tono gris del aparato. Me incorporé deprisa, con la irrealidad comiéndome los talones y corrí hacia la calle, abrí la puerta del portal. Allá en la esquina, distinguí un revoloteo de colores y un bombín girándola. ¿Qué…? Recordé de pronto allí de pie la puerta abierta de casa, y yo sin llaves. Entré de nuevo, repasando el sobre con los ojos. Mi nombre en una letra firme que creí reconocer. Cuando algo me supera me tomo las cosas con calma. Así que tomé el portátil estrechándolo contra mi pecho, entre en casa, cerré la puerta y lo deposité junto al mío, abierto encima de la mesa. Me senté y con cuidado abrí la carta:

“Querida amiga. Ahora ya más amiga y menos querida (sonríe, por favor). Imagino tu cara de perplejidad al recibir mi portátil, desde él nos hemos comunicado tantas veces y de tan diversas maneras que aunque no lo hayas visto nunca ha sido un enlace de sueños entre ambos. No es un regalo, ni un préstamo. Te lo dejo en custodia porque no hay sitio para él en mi mochila, unos lápices y una libreta lo sustituyen, son más livianos y ocupan menos. En él encontrarás relatos, cuentos, historias, ideas… de ello te regalo la lista de ideas para posibles historias, los cuentos inacabados y la colección de apuntes que he ido recogiendo a lo largo de los años de soñar. De mi trabajo acabado, tal vez un día te escriba para que −ya que es imposible que los quemes− los borres o puede que aparezca en tu puerta, con traje y corbata para reclamártelos. De los vestigios de mi vida secreta y privada que queden en él no te pido que no husmees, te conozco y sé que será una tentación irresistible, pero sí que se queden en secretos hasta entre tú y yo.

Sé que sigues estando perpleja y que te preguntarás a que viene esto y porqué no he hablado contigo, de hecho imagino tu mano alargándose para tomar el móvil, no lo hagas, no voy a cogerlo. Entre otras cosas, no lo llevo conmigo. No la lío más y sigo adelante antes de que mueras de curiosidad (no es literal, pero sé que ya estás tentada a ir al final de la carta, aunque no lo harás: nunca te ha gustado adelantarte al final de la historia). Aún después de tanto tiempo sin vernos y sin saber del otro he llegado a la conclusión de que eres una de las pocas personas (quizá la única) en mi mundo de conocidos que entenderá y si no, aceptará el vuelco que he dado a mi vida (también es cierto que no te doy opción a que trates de convencerme de lo contrario). A partir de hoy he dejado todo atrás: familia, trabajo, casa, amigos, las novias que he tenido y todo lo que conformaba mi historia. Ya no soy Andrés: el oficinista con sueños de escritor neurótico. Ahora, seré Andrés el Payaso: trotamundos, Cuentacuentos, buhonero… Puedo ver como se abren tus ojos asombrados. ¿Andrés? ¿Mi Andrés el de las dudas y los miedos? Y llegado a este punto también te veo sonreír: Andrés, el de los cuentos, los chistes malos, el que hace reír noches enteras a puro disparate encadenado. ¿Asientes?”

Además de la visión que de si mismo me daba Andrés, pensé también en mi Andrés tímido y reservado. Que usaba la palabra como un escudo protector. Tan hábil que era capaz de hablar un día entero sin contarte nada acerca de él. Del Andrés al que había que leer entre líneas, del Andrés temeroso de ser herido… y aceptando serlo ya por adelantado. Me sentía algo más que perpleja y asombrada, estaba conmovida hasta el punto de que las palabras de la carta se tornaban borrosas. Parpadeé varias veces, hasta que conseguí una visión clara. Me contaba con detalle los sucesos desde la noche anterior, haciéndome llorar y reír por momentos. Imaginarlo saltando en el sofá o en pijama en la calle voceando su vida entera y vendiéndola a piezas por un euro o dos o tres… me emocioné al pensarlo deshaciéndose por completo de su vida anterior quedándose desnudo ante un contenedor de basura, gesto que el tildaba de ridículo en su carta pero que a mí me parecía semejante al de un caballero cubriéndose de armadura y yelmo antes de una batalla

“Tranquila, que llevo repartido por los bolsillos las ganancias obtenidas esta mañana pero no tengo intención de usarlo más que para tomar un tren que me lleve a iniciar mi nueva vida, pagar una comida o quizá una cama, si las cosas van muy mal.

Seré un juglar medieval con nariz de payaso. Un cuenta cuentos en las fiestas grandes de los pueblos, un payaso, un saltimbanqui en las tranquilas pedanías, contaré mis historias en las aldeas…un mimo en las aceras de las grandes ciudades: una monedita y me muevo…”

Ya ha pasado casi dos años desde que Andrés se marchó. Cuando las preocupaciones y los trabajos diarios me hunden y roban mis fuerzas pienso en él. Lo imagino por los caminos, cargado con su mochila, la cabeza repleta de cuentos e historias, con unas monedas en el bolsillo, esperando llegar al próximo pueblo donde se detendrá en la plaza, llamará a niños y ancianos, a madres que pasen con sus bolsas cada vez más ligeras de la compra, a las personas que en la barra del bar matan el tiempo que un trabajo inexistente debería llenar y durante un par de horas a cambio de la “voluntad” les hará olvidar las penas para llevarlos a un lugar imaginario donde los sueños pueden hacerse realidad.

En este tiempo he recibido algunas llamadas, a veces eufóricas, a veces peticiones de auxilio en forma de giros (cuarenta, cincuenta euros, nunca más) que me han sido devueltos en los momentos más inesperados, puede ser al día siguiente, a la semana o al mes. Los remite desde lugares con nombres que a veces conozco bien y otras ni siquiera los he oído nombrar. Pero siempre, siempre su voz esta llena de un gozo profundo y sereno que yo jamás he sentido.

sábado, 2 de julio de 2011

CRÓNICA

Día: sábado. Hora aproximada: 01.45. Acto: comida de nostalgia. Protagonistas: Dos. Antiguos alumnos del instituto B... .Tiempo que llevaban sin verse: Ufff... la friolera de... no lo digo, desde un par de años después de salir del Instituto. Duración de la comida: Pues podían haber merendado también.

Una extrañeza, yo creo que lógica, viaja con ella. Con él no lo sé, no tengo datos. Se pregunta si después de tantos años tendrán algo de que hablar más allá de las preguntas corteses y las respuestas más corteses aún. Durante un par de días (cuando se concretó la propuesta de verse para charlar) ha pescado del pasado un montón de recuerdos. Las largas caminatas de regreso a casa desde el Instituto, cuando la necesidad de pesetas frescas en el bolsillo pesaba más que la comodidad de un autobús, llenas de palabras, risas, chismes varios de compañeros, charlas de doble sentido (Eh, de aquellos lodos surgieron estos polvos), un aprendizaje de algunos aspectos de la vida (lo que tiene que él fuera unos años mayor que ella) en definitiva lo que llena una amistad libre, cuasi adolescente entre compañeros de curso (varios cursos, de acuerdo).
También varios rostros, nombres, hechos medio olvidados de por aquél entonces. Emilio, Juanjo, Arturo, Cesar, Amparo, Sefa, Mª José (la lesb. todo un choque para mí en esos años)... Y se ha preguntado si es posible recuperar la complicidad de entonces. Difícil, piensa. Pero va, puntual, como siempre. Llega la primera al sitio de encuentro: Sal y Pimienta, y como ahora, entre las muchas cosas que en su vida han cambiado, le gusta la cerveza, pide una caña, en la terraza, claro, para encender un cigarro también.

Él llega, más puntual aún que ella, puesto que ha sido exacto y ella se ha adelantado unos minutos.
Primer punto de conversación:
El lugar de encuentro no es el lugar donde van a comer. Ella lo ignoraba. Esperan la cerveza. Y una coca cola. Él le reprocha el hábito de fumar. Eso sí es una cosa que deberías dejar. Y ella pregunta: ¿Esto sí? ¿Y qué es lo que no debería abandonar?
Las frases algo entrecortadas de estos compañeros-amigos-desconocidos, vuelan hacía los no presentes: los compañeros con los que él continúa viéndose. Segundo reproche: desapareciste. Ella no sabe que decir. Efectivamente la vida se la tragó (Y aquí alguno pensará que debe haberle sentado mal a la vida, puesto que la ha escupido de nuevo).

Aparecen los nombres en los que ella ya ha pensado-recordado y algunos que estaban olvidados, pero eso más tarde, en un restaurante brasileño-italiano. Ante unos entrantes deliciosos, un entrecot para él, lasaña para ella, agua y cerveza (adivina: sí, para ella). Le ha recordado a la otra MªJosé la roja, a Paco, a Tárrega, a Pablo el de los porros, al otro Emilio, que en este transcurso de tiempo ha sufrido peor suerte que nosotros, murió. Algunos profesores: Torres, la Vaquer, Núñez, Lledó, Martínez, Esperanza, Inmaculada... Tantas personas. De la famosa frase del Emilio que es más de ellos soltó un día, uno de aquellos días de antaño, a ella: "Tú no eres una mujer, eres un compañero."

Del viaje de fin de curso, de la noche que se recorrieron Palma para acabar en la habitación de los chicos en el motel pared con pared con el profesor. Solos, incluso diría que inocentemente solos, hasta que los otros llegaron y la habitación se llenó de más risas, de comida, de movimiento.

Más tarde y con el café en otra terraza hablan de sus vidas actuales, de sus trabajos, de las circunstancias, de bodas, de divorcios, de solterías y de vidas de monje. Él insiste en que la crió. Y de hecho la conmueve cuando la incluye entre sus amigos de siempre, los mejores, los de toda la vida.
De soledades, de sexo, de putas, de fútbol, de hombres y de mujeres, de clichés, de antiguas borracheras y de rescates caballerosos: la acompañó a casa, en autobús, una noche en la que ella practicaba con su reciente descubrimiento: el alcohol, dejándola en la puerta, como se hacía antes. Él cuenta que ella insistía en que no hacía falta, que ella podía ir sola y remata la jugada: si casi no podías andar, no hubieras llegado a casa. Ella ríe porqué recuerda y además ese rasgo continúa siendo suyo: no las borracheras, el yo puedo sola.

Y la tarde está llena de sol, de aire, de licor de fruta con hielo, café y té. Se alarga y tras las palabras de ambos se nota la vida que ya han vivido: "es que yo ya soy muy mayor" dice él Las experiencias y las amarguras, los fracasos, la desesperanza, de los miedos enterrados en indiferencias o en valentías, quizá simplemente como un sabor casi oculto, sazonando parte de la conversación.

Y llegan las siete, hay obligaciones que atender, cada cual las suyas y se acompañan un poco más: una rápida visita al banco, un paseo hasta las paradas del bus. Un adiós, un mándame un mensaje si no tienes saldo, cuando quieras y organizamos otra cosita. Una despedida rápida, sin un apretón de manos, ni un abrazo, ni dos besos. Dos viejos amigos separándose hasta otro día, otro momento.

martes, 28 de junio de 2011

CRUCE

Hace tanto calor aún recién duchada con agua fría, escribiendo desde la cama solo con la toalla...! Me duelen los dedos y empiezo a sudar de nuevo. Es el inicio de un verano en el que las vacaciones no se darán y sufriré, imagino, el constante acoso de la temperatura.

Dicen que se habla del tiempo cuando no se tiene o no se sabe que decir. Es probable. Yo no sé como empezar después de tanto tiempo de no escribir sobre mí. Intentaré hacer a un lado el tiempo.

Encontrarse con el pasado de cara una mañana a las ocho y veinte es, como poco, desconcertante. Esto me paso a mí hace casi un mes. Un día desconcertante de cojones. Era martes, había dormido poco y llorado algo más. Bajo del bus, más muerta que viva, con el persistente latido de una migraña tratada con ibuprofeno que no conseguía quitarme de encima. Anduve dos, tres pasos y de golpe reconozco una cara que viene hacia mí. Evidentemente él también lo hace y me pregunta vacilante "¿C... ? "No me han llamado así desde el instituto. Y no, no lo había visto prácticamente desde entonces, más que en un par de cenas hace siglos de esas de compañeros que creen que seguirán viéndose así el resto de su vida, pero que pocas veces sucede.

"¿Cómo te va?" me pregunta. En ese momento no sé que contestar y mi cara debe reflejar que peor imposible. Aún así me las arreglo para sonreír. "Podría irme peor".
Ya, ya sé que no es una respuesta muy correcta, ni muy política, ni siquiera original. Pero no tenía ni fuerza ni ganas para más. De hecho caigo en la cuenta de que a pesar de haber pasado cuatro años en las mismas aulas y, d. os de estos (los últimos) siendo casi uña y carne, no estaba segura de su nombre. Siempre lo llamé por aquél entonces por el apellido (Sí, de este si me acuerdo bien).

La conversación fue breve, ambos teníamos prisa. El resto fue más o menos: "¿Qué haces por aquí? Y a ver si quedamos y nos ponemos al día."

En ese momento, incluso durante esa semana no registré realmente el hecho en mi mente. Aunque permanecía allí, escondido en mi mente. Y de pronto me encontré recordando mis dieciséis, diecisiete, dieciocho... La persona que era, lo que soñaba, las esperanzas, las ilusiones con todo el futuro limpio por delante. Recordé el inocente abandono, las risas, las intensidades de aquellos años, incluso el dolor tan puro, tan exquisito por ser tan nuevo. Ahora, hasta el dolor tiene un componente de cansancio. De reconocimiento. De nuevo está aquí, cercándome el alma y la vida.
Me di cuenta de que mi situación, salvando las distancias no ha cambiado tanto. Una familia ante la que responder, tiránica en ocasiones, escasez de fondos, reglas y normas que no entendía entonces y ahora tampoco pero que he aprendido a simular que sí, miedos que actúan como jaulas que me encierran en la pesadilla de un mundo que aún lucho por entender... ¿Qué ha cambiado entonces en realidad? Hay una pizca más de amargura en mis pensamientos y en mi alma, mis sueños son menos libres, mis esperanzas más limitadas.


Pronto empezará Julio. Mi mes de nacimiento. Hoy, hace justo cinco meses de mi contencioso de divorcio. Sin auto de resolución a la vista. Pero ese es otro tema.

miércoles, 15 de junio de 2011

DEGLUCIÓN

Se levantó de la silla. La habitación giró en torno a él, cada vez más rápido. Levantó las manos intentando defenderse del extraño fenómeno y las lanzó como garras hacía delante. No hubo caso, puesto que no encontró a que sujetarse. Para cuando la luz y el color empezaron a fundirse en negro como un plano de película, sus piernas se doblaron y cayó con fuerza al suelo. No llegó a sentir dolor alguno. Su conciencia ya no estaba allí. El suelo se onduló alrededor de su cuerpo, se ablandó, maleable, ajustándose a su figura inmóvil y con una especie de suspiro gástrico empezó a absorberlo. El glup absurdo incomprensible que emergía del suelo no lo escuchó nadie. El chapoteo de la trituración y la absorción tampoco. En escasos segundos, la figura masculina dejó de existir. El suelo se recompuso. La habitación cerrada abrió su puerta y la siguiente figura, esta vez femenina entró pisando con cuidado. Caminó lentamente hasta el único mueble de la habitación: la silla. Miró el suelo, brillante, espejado, casi resbaladizo y tomó asiento. Un inaudible gemido de placer hizo estremecer el aire de la habitación.

domingo, 12 de junio de 2011

DOÑA LUISA

Levantarse por la mañana ya no era un asunto sencillo. No podía hacerlo sola. La distancia entre el borde de la cama y el suelo había crecido tanto como los años que estaba a punto de cumplir. Noventa. Todos sonríen cuando lo dicen: El cumpleaños de mama, de la abuela… noventa, abuela y estás como una rosa. Ella sonríe de puro compromiso. A ella noventa le suena a muerte, le pesan, le duelen. Noventa… uno tras otro como lápidas en un cementerio viejo. Cree recordar que leyó esa frase en algún libro, pero no está segura. Nunca está ya segura de nada. Ni de quienes son esos que le sonríen, ni de esa mujer que a veces es su hija y otras una desconocida en la que no sabe leer los rasgos de la niña que crió. La mayor parte de las ocasiones siente miedo. Miedo a estar sola, miedo a no estarlo, miedo a vivir y miedo a morirse. Pero sobre todo siente dolor. En la rodilla, en las piernas, en los brazos, dentro de ella. Este último es indefinible, difuso y la llena de arriba abajo. Debe ser el dolor de las células que se arrugan y se marchitan.

Hoy tampoco es sencillo levantarse. Llega una persona nueva, distinta. Aparece en el marco de la puerta y avanza como una sombra en la semioscuridad de la habitación. Despacio se acerca a la cama. ¿Quién será? Fuerza los ojos para reconocerla. Ojos que ya no son lo que eran, necesitan gafas que no llevan en ese momento. La voz también es distinta, aunque mantiene ese mismo tono de falsa jovialidad o más bien, ese tono de hablar a los niños pequeños que se les pone a todos cuando se dirigen a ella. La persona la besa y la desconcierta aún más. La coge entre sus brazos. Un remedo de abrazo para ayudarla a incorporarse. Su mundo se estrecha de nuevo en rutinas definidas: al servicio a mear, a la cocina a desayunar, al sillón junto a la ventana, en la sala. Conoce la vista. Es una constante desde hace años.
La nueva persona trastea por su casa. Se mete en las habitaciones, entra y sale como si le asistiera derecho a ello. Así que ella se mantiene anclada a su sillón y a su vista: el edificio antiguo de la iglesia, enorme y clásica justo bajo la ventana, al otro lado de la carretera y al jardín cerrado por unas bonitas rejas negras, que ya solo se abren en las horas de misa. Un poco más allá, se alza la torre de un falso palacio construido para una Exposición ocurrida hace tantos años, que ni siquiera ella había nacido, pero que la lleva directamente a una soleada mañana de su niñez, cogida de la mano de su padre; ¿Llevaba tirabuzones, un lazo en el pelo y un vestido blanco? Sí, ese recuerdo está nítido en su mente, junto con el brillo de la medalla de la virgen, regalo de la primera comunión. Sobre los edificios el cielo, hoy azul, que llena el horizonte.

Acaricia el brazo del sillón y se pregunta que sucederá a continuación. La persona se sienta a su lado. Le habla y no acaba de entender. Algunas palabras sueltas atraviesan la nube espesa que envuelve esta mañana su cabeza. Viernes, hermana, hijo, Luis… empieza a recordar. Es cierto. Que cabeza la suya o más bien que poca cabeza le queda ya. La conoce. El viernes vino con la otra, aquella a la que tomó tanto cariño. Se ha ido y le ha dejado a esta de repuesto. Así es la vida de los viejos. Palmea la mano de la desconocida, se arrulla con el sonido de su voz. Se pierde en las brumas de su cabeza, se adormece para despertar con un sobresalto: ¡hace mucho que no oye a sus niños! ¿Qué estarán haciendo? Aguza el oído ¿No son esas sus risas? Suenan lejanas y como amortiguadas. Se levanta despacio hasta quedar erguida, tambaleante delante del sillón. Cogiéndose a los muebles trata de superar la repentina debilidad de sus piernas ¿Habrá estado enferma? Aparta ese pensamiento de su cabeza, necesita ver a sus niños, saber que están haciendo, tiene la sensación −horrible− de que hace mucho que no los ve. Se asoma a las habitaciones, no puede encontrarlos. Una fuerte opresión en el pecho, le duele la rodilla, cuando se inclina a mirar bajo las camas. “A veces se esconden ahí” tendrá que decírselo a su marido cuando vuelva a casa para que los regañe seriamente, a ella le toman el pelo. ¿Por qué le dolerán tanto las piernas? Una mano amable se posa en su brazo. “¿Qué le ocurre Doña Luisa? ¿Me buscaba?”. Doña Luisa es ella, lo sabe pero ¿Quién es esa mujer? La busca en su mente y no puede encontrarla. Aún así un nudo dentro de ella se afloja, no está sola. Trata de explicarle que no encuentra a sus hijos, pero las palabras se pierden en el camino desde su cabeza a su boca. Dice: “Los niños, los niños…” Odia ese balbuceo débil que sale de su boca, quiere gritar hasta que los niños salgan de su escondite y ella pueda reñirlos y abrazarlos… como antes.

…Como antes. Deja caer la cabeza sobre el pecho. Algo no va bien y lo sabe. El antes se ha ido, ¿O no? Se siente reconfortada por el brazo cálido que la sujeta y se apoya contra él, las piernas empiezan a cansarse. Se deja guiar por esa mujer desconocida y vuelve a reconocer en su voz ese tono especial que todos parecen utilizar con ella desde hace algún tiempo, como si quisieran tranquilizar a un niño o un animal asustadizo. De nuevo en el sillón, junto a la ventana, la vista tranquilizadora de la iglesia, las copas de los árboles, el cielo azul brillante a medias cubierto de nubes blancas. ¿Cuántos años ha cumplido ya? ¿Noventa? Siente una caricia lenta y repetida sobre la mano que descansa en el reposabrazos. ¿Quién es esta desconocida? Habla y habla mientras cierra la mano sobre la suya. Al menos no está sola. Siempre es de agradecer cuando se es tan mayor. La bruma vuelve a cubrir su mente, se sumerge en el ligero limbo que no es sueño, ni recuerdo, ni consciencia… Al cabo de un tiempo, los ecos de unos pasos infantiles fantasmales corriendo por la casa resuenan en su cerebro: “mis niños, mis bebes… ¿Dónde están?

viernes, 15 de octubre de 2010

EL FIN

Después del caos se creó el silencio.
En el principio del fin, los sonidos fueron los dueños del todo. La dulce melodía de la lluvia suave cayendo sobre la hierba, las flores, los árboles. En la tierra oscura y fértil. Sobre los animales, en la inocencia salvaje de su paraíso, las patas dobladas bajo su cuerpo, las cabezas bajas, la piel lustrosa y brillante. Caían sobre el pequeño pájaro cantor que momentos antes elevaba sus trinos alegres a la mañana gris y que ahora se refugiaba, bajo las hojas verdes del árbol que le sostenía, escuchando con la cabeza ladeada el repiqueteo suave de las gotas, casi como si quisiera aprender el ritmo para incorporarlo a sus cantos. La casi imperceptible nota del color rompiendo en el mundo: rojos, verdes, azules, marrones, blancos fulgurando a través de la humedad de las gotas, la esperanza en el mañana. La confianza en que el sol de nuevo saldría, cantaba en el tranquilo latido de los corazones que aguardaban embebiéndose de las ligeras gotas de agua.
Más tarde apareció el viento, lleno de ira, asustando al mundo y los seres que lo habitaban con su fragor. Las nubes corrieron por el cielo, persiguiéndose. Colisionando. Los truenos marcaron el ritmo cada vez más rápido, más fuerte. Las nubes se partieron y el agua mansa se convirtió en torrente que vino a sumarse al ruido seco de las ramas partiéndose más abajo, desgajándose de árboles, al de hojas arrojadas a los prados, a hierba arrancada, a flores muriendo. Pezuñas, patas golpeando la tierra, que temblaba ante la furia de su terror. Gritos de agonía. Huesos rotos. Lamentos desesperados de seres ahogándose, Las respiraciones acalladas abruptamente por una rama, una roca… armas del viento cercenando vidas.

El cuerpo frágil del pájaro arrastrado cientos de kilómetros por el aire. Su último canto: los violentos acordes del viento en sus plumas muertas, el imperceptible sonido de su cuerpo al caer contra el suelo. Sinfonía de muerte y dolor. Majestuosa y bella en su desolación.
Y cerca del final la música cambió: sonidos profundos, hervores lentos, explosiones salvajes actuaron de contrapunto sincopado cuando la corteza del planeta no resistió las fuerzas que empujaban desde su interior. Una profunda violencia se desató. La fuerza poderosa del núcleo escapándose, corriendo tumultuosa por las vías abiertas hasta la superficie. Lentas y enfebrecidas en el momento de abrirse camino donde nunca los hubo La ira al rojo vivo, surgiendo al exterior, siseando, estallando en miles de lenguas luminosas, convirtiéndose en ríos de fuego compitiendo con la embravecida tormenta. Devorando a su paso los restos destrozados de un mundo que ya no existiría más.

Las voces animales acalladas, los millones de latidos detenidos apenas varió el volumen de la marcha salvaje entre el cielo y la tierra entregándose a la destrucción. El “tempo” se hizo eterno, en un creccendo enervante quebrando por un fragmento de eternidad, el compás silencioso del universo.

Para cuando el último estertor nació desde el rincón más oculto de la tierra, el viento había amainado, la lluvia volvía a caer en leves chispas de agua, que no llegaban a tocar el suelo, enormes nubes de vapor se alzaban a su encuentro absorbiendo su caída entre siseos y estallidos. El vertiginoso avance de la marea de magma ardiente, consumía voraz los azules, los ocres, los verdes… el crepitar angustioso de las últimas ramas convertidas en humo negro intentando escapar del desastre. Elevándose suplicante hacia el cielo, atrapado sin misericordia en las enormes masas de agua gaseosa enfebrecidas, furiosas, arrojadas a la atmósfera.
El tácito, preciso y frágil equilibrio entre las fuerzas externas e internas se rompió. Un vibrato profundo hizo temblar la tierra en un largo estremecimiento. Miles de explosiones se encadenaron rápidamente unas a otras en el núcleo líquido. El tono grave subió hasta convertirse en un grito agudo, inaudible que corrió libre, desenfrenado desde el centro a la superficie, de ahí a la atmósfera hasta extenderse por el universo, que pareció contener el aliento, a la espera del movimiento último. Cuando este se produjo y la tierra se partió en millones de fragmentos lanzados al espacio, el eco silencioso se propagó perturbando la música de las esferas durante eones.

Y al fin, cesó también esa perturbación de las estrellas. Hasta que de la tierra solo quedó el silencio de la no existencia. En su lugar, una nube de minúsculas partículas de polvo brillante suspendida en el vacío negro. Y el silencio se adueñó de todo. Oscuro, frío, pacífico silencio sin recuerdos convulsos, ni angustias ni dolor. No quedaba nada para recordar, ni para amar. Los patéticos restos fueron consumidos atraídos como polvo por otras gravedades, otros planetas. Se posaron lentamente como arenas de desiertos, como fondo de mares nacientes. Y la nada, la infinita, grácil y perfecta nada ocupó el límite del ser.

sábado, 9 de octubre de 2010

EPITAFIO

“Duerme, mi amor. Duerme, ni niña. El tiempo pasará sobre ti. El polvo se posará en el suelo de tu estancia, sobre el espejo en que te miras, sobre el peine que ordena tu pelo. Acariciará tu piel, guardará tus ojos cerrados, sellará tu boca. Cuando tus heridas estén sanadas, cuando ya no haya nada que temer, quizá puedas despertar. No tengas miedo. Húndete en el silencio del sueño. No sufras más.”

Ella, la innombrable entonó su melodía para mí. Y su canto aplacó mi dolor. Calmó la mente. Detuvo el torbellino de mi alma. Abracé a la muerte con una sonrisa serena.
—Me despido de ti, sol del este que me baña cada día, ya no tendrás que hacerlo más.
—Me despido de ti, luna que tantas noches me has visto llorar. Ya no te rezaré más.
—Me despido de ti, pasión que no volveré a sentir.
—Te digo adiós, deseo que consume mi sexo, insatisfecho para siempre.
—A ti, a quién tanto quise, te llevo conmigo encerrado en la memoria, en lo que haya en mí de imperecedero. Tan cerca, siempre tan lejos. Los eclipses, el único tiempo permitido a los amantes celestes fueron tan escasos…
—Los amigos que estuvieron a mi lado, seguirán ahí, aquellos que se perdieron en el tiempo viven en el recuerdo.
—Adiós al café de mi madrugada, a mi taza, que echará de menos el contacto de mis manos, calentándose, el roce de mis labios en el borde.
—Adiós a todo aquello que no llegué a realizar. Solo guardaran mi memoria mis actos. Lo que hice, mis sueños viajarán a mi lado.

No me olvides. Cuando me encuentren dormida en el regazo frío de la mañana. Cuando la noticia vuele a ti, llórame. Grita, maldice. Después, haz memoria de mis besos, mis abrazos, mis te quiero y mis lágrimas. Del olor de mi piel y mis palabras, mis sonrisas y la forma en que me abrazaba a ti. Guárdalas, mi amor. Y si después de esta vida, hubiera otra en la que los errores no nos hicieran tanto daño, no se paguen tan caro, volvamos a buscarnos. Quizá nos encontremos al comienzo, nuevos y antiguos. Con el frescor en la mirada de los amaneceres, con el alma sabia de la noche. Si nuestros ojos no se reconocen, nuestras pieles se atraerán. Si las voces no son las mismas, el eco de tu risa me conducirá hasta ti.

Quiéreme aún cuando camine en las sombras. En otros brazos. En el amor de otra. Quiéreme aunque te duela. Quiéreme siempre, allí, en el fondo de tu alma. Déjame vivir en ti.

ELLAS

Somos putas viejas. Cansadas zorras que ya no importan, que no pertenecen a nadie. Sobreviviendo a cambio de la dignidad y el orgullo.
Aves sin plumas. Seres exóticos sin jaula.
Coños ajados, desnudos y expuestos. Medias rotas, tacones de aguja jodiendo el alma.

Putas sin decoro. El destino colgado de una bragueta sin nombre.

Perdidas en la noche, ojos asustados pintados de negro.
Venas rotas en muñecas marcadas.
El amanecer gris, áspero de una noche otoñal borrando los dulces recuerdos del radiante sol de agosto.
Manos ardientes, corazón helado y hambre en las entrañas.
Putas sin nombre, de sexo exhausto y corrompido.

Vanas, sucias. Tristes ecos vacíos.

Somos nosotras. Las rameras muertas. Abandonadas al fin por el tiempo:

Las esperanzas y las ilusiones

lunes, 30 de agosto de 2010

ESPERO

Tengo que confesarte que he sido infiel. Tú mejor que nadie sabes como soy. No lo esperaba y no lo busqué, pero no pude resistirme a su mirada. Tú que me conoces tan bien, entenderás que quiero decir. Me miró… Cómo me miró. Los ojos, sí y después los pechos para volver a encontrarse con mis ojos. Yo, contuve la respiración y ahí estaba, la lenta sonrisa abriéndose en su cara, el brillo sensual de sus ojos. Ese destello de humor pícaro como invitándome a jugar, a hacer travesuras. Bajé la mirada, tu sabes que me pongo tantas barreras que es casi imposible llegar a mí, si no tienes un mapa. Tú lo hiciste ¿Recuerdas? Cómo si siempre hubieras sabido la forma de llegar hasta mí. Bebí un sorbo de mi copa y sonreí a las chicas. Estas cenas nuestras suelen ser divertidas y una forma de poneros a caldo a vosotros. Toda chica necesita desahogarse de las pequeñas trastadas que nos hacéis y compararos para sentir que el nuestro no es tan “malo”. Yo no suelo participar en este juego más que como oyente. La mayoría se queja del sexo, de estar cansadas, de no tener nunca ganas, de… no disfrutan del sexo. Así que yo me calló y no hablo de nuestras noches, de nuestros juegos, de los días de sofá y terraza o aquellos en los que exploramos nuevos lugares donde follar. De hecho no menciono la palabra follar. Ya sabes que pensarían.
No pude remediarlo. Volví a mirar. Y allí estaba él, con una cerveza en la mano y el cigarro en los labios. Levantó la copa cuando nuestros ojos se cruzaron, me humedecí los labios, nerviosa y su mirada se intensificó, no hubo sonrisa esta vez. Solo el deseo oscuro, ese que me hace perder la cabeza, vibrando en su expresión. Se me contrajo el estómago. Lo sentí golpeando mis pechos, mi piel, mi sexo.
Jugué distraída con la comida, casi no hablé, ni siquiera cuando las cosas se pusieron jugosas y Martina intentó incluirme en la conversación, sabedora de mis comentarios escandalosos y con ganas de que picara a más de una que juega a ser Dios con sus sentencias sobre homosexuales, sobre la vida y lo que está bien o mal. Ya sabes quienes son y como salto ante ellas. Como me divierte argumentar hasta dejarlas sin palabras y con el cabreo subido. Pero esta vez, era mucho más consciente de la presencia en la barra. Sin mirarlo podía decir las veces que se llevó el vaso a la boca. Esa boca que ya deseaba sobre mi piel. Cuantas me miraba, peor, como me miraba. No comí casi, pero bebí demasiado. Me conoces y sabes lo que hacen los nervios en mí. Cada vez que alzaba la cabeza podía observarlo. Le… buscaba, fascinada. Una de las veces al extender la mano hacia mi copa, pendiente de él, sabiendo que seguiría su trayectoria hasta mis labios, la tiré. El arroyuelo de vino tinto armó un pequeño alboroto en la mesa. Todas se levantaron de un salto, protegiendo los modelitos que llevaban para la ocasión, empapando con servilletas el líquido. No sé quien exclamó: “alegría” y tomó gotas de vino que me colocó en el cuello, como perfume. Las sentí deslizarse hasta mi escote, entre mis pechos. Imaginé su lengua siguiendo el sabor topacio. Jadeé. Un calor húmedo había tomado posesión de mi sexo, de mi mente. Incapaz de soportarlo más me levanté, les dije a las chicas que no me encontraba bien: calor, dolor de cabeza… qué sé yo, lo primero que pasó por mi mente. Cogí mi bolso y la chaqueta, antes de dirigirme al baño. No le miré. Ante el espejo vi mi cara. Las mejillas de un rosa subido, los ojos brillantes, los labios húmedos. Me encerré en el pequeño cubículo y apreté mi frente húmeda contra los azulejos. Volvería a casa, decidí. Seguro que estabas allí, tumbado en el sofá, con alguna de tus películas favoritas en la televisión. En la penumbra, descalzo y casi desnudo. Te quiero tanto. Tú lo sabes. Te anhelé allí, en ese baño, abrazándome por detrás, pegándome a ti. Bajé la mano despacio por mi cuerpo. La blusa casi transparente, la falda negra, la subí entre mis muslos hasta alcanzar mi sexo ya mojado. Mi mente me traicionó y fueron sus ojos y no los tuyos los que imaginé mirándome. Su cuerpo el que se pegaba a mí, su respiración la que acariciaba mi cuello. Casi asustada dejé caer la falda y salí, abrí el grifo y me mojé la cara, la nuca, en un intento de calmar mi cuerpo. Volví a la mesa para despedirme de las chicas. No pude evitar buscarlo. Sentí una aguda punzada de decepción inesperada al no encontrarlo. ¿Se había ido? Mientras salía del restaurante me convencí de que era lo mejor. Dejar de pensar en ese desconocido y recordarte a ti. Tú sabes que te amo.
Bajé de la acera, buscando la luz verde de un taxi entre el tráfico que fluía en la carretera. Estaba a punto de cruzar entre dos coches aparcados para hacerme visible al futuro taxi, cuando un “Hola” a mi espalda, me detuvo. Justo en ese punto la oscuridad era más consistente. Lejos de la luz que emitía el cartel del restaurante y las farolas cercanas. Supe que era él. Que esa voz no podía ser más que la suya. Me quedé quieta, paralizada. “Hola” repitió justo en mi oído, su cuerpo junto al mío. No giré la cabeza, no dije nada, pero debió notar mi respiración jadeante. Cómo hubieras hecho tú, sus brazos rodearon mi cintura, pegándome a él. Yo me amoldé, sin pensarlo. Desde los hombros a las caderas, sintiendo el roce de sus pantalones en mis piernas. Sentí su miembro duro, apoyado en mi trasero… no me mires así. Usaré nuestro lenguaje. Sentí su polla contra mi culo. Dura y, hasta me pareció sentir su calor, a pesar de sus pantalones, de mi falda y la chaqueta. Él rió contra la piel sensible de mi cuello y yo me estremecí. Intenté de verdad pensar en ti, en nuestro sofá, en nuestra cama. Pero sus manos subieron hasta abarcar mis pechos, apretándolos con fuerza y se me escaparon los pensamientos junto con un jadeo delator. El vértigo líquido del deseo humedeció mi boca, calentó mi piel. Cerré los ojos cuando una de sus manos bajó, deslizándose por la ropa, hasta la orilla de mi falda. Acarició mis piernas, subiendo por ellas, dejándome expuesta a la noche, sin que me diera cuenta o me importara. Tú me conoces y sabes que ni siquiera lo pensé. Apreté mis caderas, mi culo, contra su sexo, cuando su mano llegó a mis bragas presionando entre mis piernas. “Ven —áspero, apremiante— vamos a mi casa, está cerca de aquí. Necesito estar dentro de ti.” Su mano buscó la mía. La noté húmeda y supe que era de mí. En ese instante, un torrente de imágenes se volcó tras mis párpados cerrados. Tus dedos entre mi lengua y la tuya, lamiendo mi sabor. Tus manos, aferradas a las mías, cuando de rodillas sobre la cama, siento el roce de tus piernas en la piel sensible del interior de mis muslos, bien abiertos para ti, tu polla dura enraizada en mi centro, te cabalgo sin poder dejar de mirarte y, tus jadeos estremecen mi piel y mi alma, tu deseo corre caliente en mi sangre. alimenta el fuego que crece en mis entrañas, hambriento de ti. Cuando elevas tus caderas intentando meterte entero dentro de mí y mi sexo se pega a ti, te aprieta, te absorbe, anhelando cada vez tenerte en mi interior para siempre. Recordé tu boca en la mía amándome después de amarme. Mimando mis labios, mi piel y mi alma. Desgranando un te quiero detrás de otro en cada beso, en cada caricia. El placer profundo de estar en tus brazos mientras nuestras respiraciones van calmándose poco a poco, después de querernos tanto. Que no existe otro lugar en el mundo como el círculo que forman para mí tu pecho y tus brazos.
Abrí los ojos. “No —murmuré junto a la boca del desconocido.” Me solté de su mano y avancé un par de pasos. La luz verde de un taxi se detuvo en cuanto alcé la mano. No miré atrás.
Y ahora estoy aquí, delante de ti. Confesándome. Sí, te he sido infiel por un momento. Sé que sabes que te amo. Intento encontrar tus ojos y me los robas, sentado en el sofá, con la cara entre las manos. Me arrodillo entre tus piernas y apoyo la cabeza en tu regazo. Espero… Deseo sentir tus manos en mi pelo, consolándome como siempre, aún sabiendo que quizá es pedir demasiado. Espero… el silencio se abre como un abismo entre tú y yo. Espero las palabras que tiendan un puente sobre él. Espero…

Miedo

Lo recojo como título de está comunicación indirecta. Sí, tengo miedo. No un miedo oscuro a que pasará mañana. Que será de mí o que no.

Empiezo a aceptar que la intensidad tiene poco que hacer en el mundo externo. Se ha quedado prendida de nosotros y no va más allá.
Los cristales rotos hacen daño, me decían anoche. Y es verdad, pero el dolor intenso del corte te recuerda que estás vivo. El calor de la sangre que se derrama el grado de locura que necesitamos para vivir.

Aún recojo más. No sé si lo que no te mata te hace más fuerte. Ni sé cuan fuerte quiero ser. Vivir bajo la sombra del “tú eres fuerte”, acaba aplastándote. Bajo ella se espera que aceptes casi cualquier cosa y salgas adelante. No te da opción a cansarte, ni a dejar caer el peso de cuando en cuando. Te lleva a negar la necesidad de acurrucarte por una vez desnuda de banalidades y pretensiones, temblando de miedo y de frío. De añorar la mano que te de calor, el abrazo que te sostenga.

Pero sí, dentro de unas horas, cuando de nuevo los momentos oscuros pasen, fingiré que todo va bien, que no siento miedo. Haré ver que nada me sucede, que no siento este dolor, que sigo intacta. Sonreiré y volveré a ocuparme de los asuntos prácticos. Sonreiré mientras hago cuentas mezquinas que nos permitan vivir otro mes. Volveré a decir cuando me pregunten como estoy, que bien, que estoy bien. Una respuesta absurda a una pegunta absurda. Cuando solo tú puedes saber hasta que punto no lo estoy.
Y sigo adelante y me muerdo las ganas de hacerme pequeña contra ti.

sábado, 28 de agosto de 2010

MIcro.

Hoy cumplía quince años. Desde hace diez estamos solos. Él y yo. Su padre no lo soportó. Nunca ha sonreído, caminado, hablado, besado. No puede verme y solo algunas veces sigue mi voz. Hace un mes mis dedos tropezaron con un pequeño nódulo. En mi pecho. Todo mi dolor en un pequeño bulto duro. Pruebas. Diagnóstico.

"Aún puede presentar batalla. Hay esperanza, dicen los médicos."

Quince años hace que murieron los sueños, diez la esperanza. Le cambio los pañales, le doy su comida acunándolo como a un bebe ―es un bebe ciego y mudo― en la cuna de mis brazos. La cuchilla nueva, en el ángulo de la bañera. Sostendré su cabeza contra mi pecho. El agua caliente y el corte en las muñecas. Vertical, para no causarle un dolor más. No morirá solo. Nunca ha estado solo. Después, cuando ya palidezca y sus labios se amoraten, le seguiré yo.

Madrugada

Hoy he escuchado una canción. No recuerdo si la conocía o no. Me ha hecho pensar en una conversación que tuve una vez. También me ha hecho pensar otras cosas.
Las letras de las canciones son pequeños relatos si están bien construidas. Que llegan o no al alma dependiendo del momento en que estés. Despiertan sentimientos o es incluso posible que cuenten una historia tan nuestra que nos de la sensación de que alguien nos ha espiado.
La música tiene poder. Más que las palabras. Llega mucho más profundo, sin mediaciones. El lazo es más visceral. Mueve el cuerpo en ocasiones, en otras es el corazón el que queda atrapado.

Una temporada hubo una de ellas que llegó en cierta manera a obsesionarme, hace muy poco la volví a ver en un lugar especial. A destiempo los dos sentimos lo mismo con esta canción, de la que no recuerdo haber hablado y que me acompañó en tantos momentos. La canción es de Amaral. No quedan días de verano.

Ahora en esta madrugada escucho a Ana Belén. No sé porque te quiero, se titula.
Pienso en otros amaneceres. Los echaré siempre de menos. Pienso en una vista encuadrada en una ventana. Tejados en la oscuridad. Pienso en una tarde buscando formas en las nubes.
Imagino un coche, cruzando a casi 200 el bypass. Tan cerca y tan lejos. Por un segundo corro contigo en esta madrugada de calor espantoso.

domingo, 15 de agosto de 2010

Experimento

La cuatro ya de la madrugada. Hoy no acabo de despertarme como era mi costumbre, mi disciplina. Es algo más normal para muchos (o tal vez no) aún no me he acostado. He llegado hacia las tres y Lucía, la niña me riñe.
El día ha sido extremádamente largo.No me quejo, me apetece escribir. Decir que vi esta semana el mar gris, le faltaba esa chispa de azul que lo hubiera convertido en la imagen de mi color favorito. Una vez tuve una pequeña maceta de ese color, que yo misma pinté. No recuerdo que se hizo de ella, supongo que se rompió, como tantas otras cosas, como los sueños y los deseos.
Hablaba del mar, perdonarme la dispersión. Estaba salvaje: gris,con el toque amarronado de la arena mojada y sucia. La espuma golpeando, salpicando, gritando contra la orilla. ¿Reflejo de mi misma o del cielo que repetía el tono del mar? Pequeñas gotas de lluvia en mi brazo, en mi pecho. Escuchando a medias una conversación entre los susurros de mi mente. No, no creo estar volviéndome loca (algunos dirán que ya tengo mi punto)ni los susurros me ordenaban hacer cosas extrañas y malévolas o eso creo. Circulaban tan libres por mi mente que no llegaba a alcanzarlos. Puede que ya estén cansados de ser desmenuzados por mí. Hacen bien, yo también me canso de ellos.

Hoy escribo en plan experimento: bajo los influjos de dos cervezas con la cena en el Wok (con Anita, siempre incondicional) y el whisky del Caribian.

No cuento todo lo que pasa por mi cabeza. No ha sido tanto el alcohol como para eso. Aún retengo entre mis dedos, entre mis dientes, entre mis labios aquello que gritaría. Lo guardo, lo defiendo de miradas ajenas y si se convierte en misterio sin resolver, en novela sin final, en cuento sin desenlace pues que así sea. Y si alguien piensa que me hago la interesante... está en su derecho de tirarme tomates desde la primera línea de butacas.

La noche ha sido relajada. Charlas tranquilas al amparo de una buena cena. Mojitos con tinte sicalíptico, olor a hierbabuena, azucar en exceso, hielo picado con las manos, lima, alcohol, agua de vichy y un sospechoso líquido rojo en botella pequeña. Sentadas en la barra, sosteniéndola con los codos, sentadas en taburetes, observando el ir y venir de la gente, de la camiseta roja con letras de moda, de las chicas de ojos brillantes, labios húmedos, ropa blanca que sonríen al argentino que detrás de la barra, Mojitea.
El negro de la broma sicalíptica sobre la barra, acerca el taburete a los nuestros. Intuye que en nuestras risas se encuentra él, aunque gracias a los dioses de la música bien alta, no pueda concretar en qué. El whisky (JB) en mi mano, en mis labios, en mi garganta, desciende poco a poco, se escapa del vaso para llenarme. Recuerdos de otra barra, un vaso tirado chispean en mi mente y me lanzó a los brazos del doble sentido, del juego inocente y vuelvo mi mirada a las pantallas, donde un Mikel Jackson más vivo que nunca baila y canta, aunque no sea su música la que hace moverse a la gente en la pista. Debajo de ellas, me hacen notar, bolas navideñas, cadenas alegres del pasado, olvidadas o tal vez tristes despojos abandonados a su suerte.
No hablamos con nadie, excepto el de seguridad, el camarero y ese que me roba el cenicero para limpiarlo, tampoco nos hace falta. Seguimos en medio de la sicalipsis.
Vuelta a casa, transporte público, recuerdos compartidos, elecciones que ya no se pueden cambiar y que han determinado el curso de nuestras vidas. Para finalizar: la Metamorfosis, inspiradas en los encuentros con cucarachas rubias, enormes corriendo por la cera.

Los pensamientos se cruzan, corren, se aceleran. Los recuerdos saltan, las ideas explotan. Sentimientos, emociones, pasiones, pulsaciones siempre a flor de piel. No, nunca seré tibia. Hasta quieta y en silencio me recorren los sueños. Extraña y cansadamente vivos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Dispersión

Es tarde ya y debo ducharme. Bajar a por el pan, comprar tabaco, salir al día gris que agosto nos ha regalado hoy.
Vencer la dejadez que me embarga estos días. La inapetencia en salir de esta casa que nunca quise demasiado y que ahora se ha convertido sin quererlo en más propia que nunca.
Confieso aquí que no sé bien como vivo estos días. Una amalgama de sensaciones llenan mis días. Fragmentos de acciones no terminadas. Ropa en la lavadora que olvido que he puesto y que por tanto se queda sin tender. Recojo a medias una habitación. Me encuentro entre las manos un objeto que no sé bien de donde he cogido donde pertenece. Dispersa es la palabra. Siempre me ha definido pero ahora tiene una clave diferente. Antes mis pensamientos se dispersaban en la curiosidad e interes en multitud de temas. Ahora me lleva al vacío. O el vacío me lleva a la dispersión. Me quedo en blanco, sencillamente es eso. En una conversación, cuando escribo. Siento como si tuviera ese pequeño reloj de arena con el que nos obsequia windows cuando se queda colgado permanentemente en mi cerebro. Probablemente sea así. Tengo el noventa por cien de mi alma, mi corazón y mi mente procesando lo que siento y los hechos que transcurren en mi pobre vida
Ahora sí. Voy a realizar las tareas que propuse en el encabezamiento de la entrada. Eso sí, al menos hoy he conseguido escribir.

Incongruencias.

Lo busca de las pocas formas en que puede. Encontrarlo alivía la tensión que inconsciente pesaba sobre ella. Con los pedazos rotos de sus sueños a cuestas. Necesita saberle.
Hoy piensa mientras le lee, en que sí, merece la pena cerrar los ojos y soñar, aún cuando la realidad le haya golpeado tan duramente que le costará recuperarse.
Piensa en el extraño sueño del amor que no finaliza ni se rompe aún en las ausencias voluntarias, bruscas.

Piensa que si el corazón, que es el primero en resentirse de los golpes es un músculo tan elástico que sigue palpitando escondido mendigando esas pequeñas migas de él. Hambriento de ellas, las atesora cuando las ve. Y ruega que siga dejándolas. Por favor.

No hay odio ni rencor. Pensamientos que vuelan, palabras que ya no se pronuncian. Pequeñas historias que guardar en la mochila, de esas que ya no quiere contar a nadie.

Se arrodillaría y suplicaría por encontar una explicación. Su pobre orgullo maltratado no tiene voz en esto. Es un silencioso despojo que observa con tristeza sus acciones.

Las palabras duras también están a punto de acudir a sus dedos. Pero las silencia. Eso queda entre ambos.

Le sorprenden las lágrimas. Pensaba que no quedarían más.

Siente, como lo hace ella, en las entrañas el peso oscuro del misterio. El dolor en la boca del estómago, intenso.

Se pierde en los sueños felices y se estrella contra el maltrato sin aviso. Palabras como piedras. Palabras como caricias, palabras que viven eternamente. Las dos caras de la moneda.

El cansancio atroz rompe el mundo de los sueños. La mente intenta poner orden tras la destrucción. Se persigue sin descanso. El alma anhela una caricia, un beso. Ese abrazo...

domingo, 1 de agosto de 2010

Díficile ponerle título a un vómito.

He dormido poco. Unas horas en la inconsciencia bendita sin sueños. Oscura y calma. Me he despertado temprano. No tanto como lo hacía. El cansancio, el puto cansancio que siempre llevo encima, las ausencias, las traiciones, las vejaciones, las acusaciones, las torpezas, el dolor, las mentiras, el desprecio hacen mella enestas cosas fragáiles del sueño.
Estoy aquí y escribo porque sí, porque lo necesito, porque me hace falta. Porque siento tanto que no puedo contenerlo dentro de mi piel y tiene que salir y explotar como un grano infectado y su reguero de pus y sangre.
Porque soy a mi pesar y pesar de quien sea, yo. Real. Dolorida, imperfecta, culpable de querer creer.
Desconcertante y confusa ante mi misma.

Con todo esto, esta mañana me ha dado por pensar en las redes, los círculos, los amarres. Esos que existen en mi vida y que no agradezco lo suficiente. Mis amigos, mi familia. La gente a la que le importo. Que comprende y espera, que me tiende una mano, que me escucha. La gente que se limita a decir ante mis rarezas: son cosas de May y siguen ahí. Soy afortunada porque están.

Hoy es un día extraño, importante, difícil. Muchísimo más difícil de lo que yo habría podido imaginar. Pero si algo he aprendido (a costa de golpes, lo reconozco) es que pasará. No seré feliz, conozco bien la diferencia (eso también lo agradezco, cada momento de felicidad es un pequeño milagro que no nos sorprende lo suficiente) pero sobreviviré. Y dentro de algún tiempo, en algún momento en el futuro encontraré cierta calma.
Ahora estoy girando sin orden sin concierto, violentamente en el cono de un huracán. Zarandeada, perdiendo partes de mí en el proceso.

sábado, 3 de julio de 2010

Poesía.

Hoy me he enamorado de un poema. Mi querido Omar, la poesía no es solo el perfume del mundo. La poesía es el alma. A veces el alma sangrante. Me agradeces que plasme mis sentimientos. Sabes que soy sincera. Tú sí lo sabes. Mi alma que cierra en falso las heridas que recibe para continuar viviendo o imitando a la vida no ha podido evitar enamorarse de esa poesía que saca tanto de ella a la luz.

Admiro la poesía escrita desde la experiencia, el alma que ha vivido y que por una misteriosa alquimia se funde con otras almas.Se ofrece y se da. Regala lo que es, con palabras sencillas que envuelven en la magia de los sentimientos que nos hacen ser, que compartimos. Esa sensibilidad especial que nos hace vulnerables y que a la vez nos unen.
Lo mío no es la poesía, aunque sienta ese torrente de emociones que duelen y hieren, que consuelan y sanan.

Gracias a ti, Omar, por entregar tanto de ti, tanta sinceridad, tantos trocitos de tu ser.
Permíteme que cite un poquito de tu poesía aquí, en este sitio virtúal que también es tu casa.

"No creo que vengas
o para serme sincero
sé que no vendrás
y por tanto
no beberé de tus ojos
ni me inundaré de tu risa
mucho menos
podré abrazarte eternamente.
Pamplinas la eternidad
timo de enamorados.
Es solo un momento
un espejismo en cualquier desierto..."

De fútbol y otras cosas

Hace ya calor a estas horas de la mañana. Sábado, tres de julio. Parece ser que hoy se juega un partido ¿importante? No tengo idea, tengo que reconocer que lo único que sé de este mundial es esos anuncios del niño recibiendo como la fuerza vital de los animales africanos. Tampoco siento necesidad de saber más. Excepto tal vez, como fenómeno sociológico y no estoy por la labor de investigar el tema.
Sé que hay futboleros de vocación. Siguen cada uno de los partidos que echen en cualquier cadena de televisión y casi a cualquier hora en la que esten en casa y sé que los hay solo de ocasión. El que solo ve el mundial o los partidos de su equipo o competiciones importantes ¿Cómo sé estas cosas? Podría ser por observación. Si lo pienso bien comozco por lo menos a uno de cada especie, lo más probable es que a más. Pero no, no es por eso. Este conocimiento, puesto así, en palabras se lo debo a un conductor de los autobuses amarillos que hacen la linea de Alboraya. Tuvo a bien explicármelo un día de la semana pasada cuando yo volvía del curso de enfermedades físicas.
Es mucho más interesante que una simple pregunta desencadenará semejante explicación. Esta claro que en un autobus de la EMT, esta no se hubiera producido. Pero vamos, me enteré de que lo que al conductor de verdad le gustaba eran los toros (ave maría purísima, dios nos coja confesados) que no se perdía ninguna retransmisión de corridas en la tele (sí, lo reconozco, tuve que mirar por la ventanilla hasta controlar mis músculos faciales y no mostrar una sonrisa sicalíptica, íbamos solos en el bus y no era plan de pensar en corridas de otro tipo) y asistía siempre que podía a la plaza de toros. Pero según él, no, no le gustaba el fútbol. No se perdía un partido de baloncesto, ni una corrida, ni una carrera de coches. Pero no le gustaba el fútbol. Me voy por las ramas. La pregunta-comentario fue: Qué poca gente hay por las calles, se nota que hoy juega España ¿No?. Suficiente para una conversación de un cuarto de hora, que es lo que dura el trayecto.

Coño, no sé de dónde ha salido esta exposición, pero seguro que yo venía a hablar de otra cosa.

Acuática

La playa, el mar, la arena, el paseo, las rocas, el puerto... vuelven a formar parte de mi vida. Casi cada día tomo contacto con el agua. El mar me trae recuerdos, me pone melancólica, incluso me ha visto llorar en su orilla. Pero también serenidad, a veces. Ayer trajo juego. Volví a ser una niña entre niños. A cavar en la arena, a enterrar a Vicente, junto con Lucía. Dibujar figuras. Rebozarme entera de arena. Arena húmeda, cálida contra mi piel. Fue ayer tarde. Como siempre no me apetecía mucho, me cuesta hacer el esfuerzo de salir de la apatía. Hubiera dado de nuevo un largo paseo por la orilla, como suelo hacer estos días. Hasta el puerto, ida y vuelta, cinco kilómetros de pies mojados, olas y radio. Pero no, bajé con Lucía y Vicente. El mar estaba tranquilo, calmado. Una enorme piscina que jugaba a sorprender con olas mansas. Nadé y jugué dentro del mar. Perseguí a Lucía, me transformé en tiburón, canté canciones de mi infancia como les cantaba cuando eran pequeños. El agua superficial templada del calor del sol durante todo el día. El estremecimiento de frío bajo la superficie. El sol bajando al oeste, creando caminos dorados, brillantes en las aguas verdes. La casi soledad rota por algunos paseantes, corredores y un par de familias que seguína disfrutando de la larga tarde como nosotros. Tumbarme en la toalla, el libro enorme que me llevo a la playa, medio abandonado. La brisa, el sonido, el olor.
Me sentí de nuevo marina y lunática.

miércoles, 30 de junio de 2010

DUREZA DE ESPACIO

Los límites impuestos por los sentimientos, los sentidos, las impresiones, las experiencias. Empujados, estirados hasta más allá de lo vivido. Soñado, pues. Así es la vida. Rompes barreras para toparte con otras nuevas. Surgen del interior o impuestas. ¿Qué separa al hombre que vive en la calle del que cada día camina de su hogar a la oficina? Es probable que solo el tiempo.
El tiempo es otra frontera. Tiene fin, aunque haya momentos eternos y otros demasiado breves para ser contados.
¿La dispersión es otro límite? Sí, perseguir las ideas que se escapan, desgasta. Son como niñas alocadas jugando al no me pillas. Huyen en cuanto me aproximo, me dejan verlas cuando corren por mi mente. Frente al papel se esconden. Y yo me pregunto: ¿Por qué no? Su libertad está en juego y su vida sin limitaciones se niega a entregarse a las pautas de la escritura. Sujeto y predicado. Verbos concordantes, imágenes originales. Adjetivos, artículos y pronombres que buscan su camino y se repiten tomando el protagonismo. Creando y recreando el juego cacofónico.
Escribo desde esta pequeña habitación, cuatro paredes. Puerta cerrada de madera al resto de la casa. Puertas de cristal abiertas al día, ya claro. Dos, tres relatos por terminar. Dos micro cuentos lanzados a la aventura de un concurso. Pensamientos cruzados, lecturas y sensación de extrañamiento. Yo soy una extraña ante mi misma.
Confesiones a medias, limitadas por el cansancio, la prudencia.
Revuelvo entre mis escritos. ¿Quién puso esas letras en mis dedos? Conocían las reglas. Jugaban a ser conmigo una historia. El inicio: una propuesta al lector, un guiño. Él o ella, los que se disponen a leer o escuchar saben que les voy a contar una mentira. Pero están dispuestos a creérsela, a hacerla real con la condición de que la cuente bien. Les emocione, les entretenga, les conmueva. Ese sería el límite real para el que escribe. Y para eso has de darle a la historia parte de tu vida. Ha de ser tu obsesión. Pero tampoco podemos tomarnos demasiado en serio. Si pierde su parte lúdica, se transforma en algo sesudo y serio que “tienes” que hacer, una mañana nos levantaremos pensando: ¿Qué hago yo aquí a las cuatro de la madrugada?

― ¿Para que sirven los concursos en este momento? Para centrarnos, Gin ―respondo a una pregunta no lanzada por un amigo, de alguna manera consiguen sacarte de la rutina al lanzarte un desafío. Aunque también en ellos te encuentres con otros límites.

domingo, 30 de mayo de 2010

Leer con precaución

Deseo, soledad, miedo, vivir, sentir, aislamiento, dolor, frustración, miedo, miedo, miedo, miedo. Seguir adelante, destrozar, empezar, comenzar, retomar, andar, adelantar, seguir, doblegar, olvidar, olvidar, olvidar. Siempre preguntas. Una tras otra. Sin respuestas, obsesivas, irreales, apremiantes, ansiosas. Calma, respiración, aceptación, consentimiento. Olvido.
Sombras que conducen a la oscuridad, ocultos a la luz clara de la mañana. Viven consumiendo almas inocentes, ignorantes, ausentes, inanes. Chupadores voraces de vida ajena. Macabros espectadores de su propio espectáculo. Necesitando más y más dolor para sentirse vibrantes.
Ofrendas, sacrificios, holocaustos, víctimas ensangrentadas servidas en pedazos rotos, desgarrados, arrancados. Miembro a miembro devorados por sus bocas insaciables. Generando detritus infectados de humillación y desamparo.
Carcajadas feroces ante el espectáculo dantesco de la vida dejada tras de sí. La no vida. Satisfechos, pantagruélicos en su apetito desnudo de emociones que no sienten, que no pueden sentir. Cruelmente divertidos ante el espectáculo de la miseria humana que dejan a su paso. Dioses por derecho a si mismos concedidos, concebidos. Privados de la empatía, capacidad de amar, de sentir. Invulnerables, inasequibles. No-humanos.
Partogenésicos alucinados. Adictos que buscan, devoran, destruyen aquello que nunca poseerán: Alma.
Caóticos, aberrantes, estrafalarios seres que crean su propia inmortalidad convertidos en fantasmas que husmean entre la podredumbre humana. Se revuelcan llenos de gozo entre la miseria y aflicción.
Finalmente satisfechos de crear un mundo a su medida: Limitado, ignorante. Sin amaneceres, sin luna, sin alegría, sin fe. Simple y sucio. Triste círculo devorador de si mismo.

sábado, 29 de mayo de 2010

Sin título

Hoy, esta mañana, he releído parte de... ¿Cómo llamarlo? ¿Anotaciones? ¿Pensamientos? Supongo que son diarios puesto que van fechados. Son explosiones y vómitos de aquellos días en que solo tenía el blanco para explotar y explorar y ex... demasiadas palabras comenzadas en ex. En ellos hablo de sentimientos, sensaciones. No paro de darle vueltas al molino de mi vida. De la dicotomía en la que vivía. Entre esa vorágine de autocompasión y dolor algunos datos de aquella vida mía se deslizan y recuerdo de nuevo el cansancio brutal de trabajar meses sin interrupción, sin días de descanso, en dos sitios a la vez. Recuerdo el trabajo en el restaurante, mi particular "cuarta dimensión" En aquel entonces no tenía tiempo ni de ser. Y aún así la soledad intensa gotea en cada palabra que utilizo.

Lo bueno de estos diarios es que me hacen entender el proceso que me ha traído hasta aquí.
Leer desde esta lejanía temporal que me levantaba(casi como ahora)para volcar sobre el Word el alma rota, cuando mi vida era una larga y eterna sucesión de horas de trabajo, me hace repensar lo mucho que significa para mí, lo mucho que necesito escribir.
Ayer leí: La pluma es la lengua del alma.
Una pequeña muestra:
Lunes 8/diciembre/2008
Trato de escribir sobre la soledad, el miedo, el dolor como una terapia exploratoria de lo que siento. Estoy cansada de los no sé, de la indecisión, de la duda. Trato de expandirme, de crecer. No quiero volver a los viejos temas, aunque estén ahí. Incorruptos pero no vivos. Puede que sea eso lo que tiene mi alma. No los dejo pudrirse, deshacerse después de muertos. Tengo que vivir y sentir los gusanos agujereando las vivencias ya muertas y no conservarlos en frascos que se llenan de polvo en los estantes de mi mente, listos para que en cualquier momento los tome, los limpie, los abrace contra mi pecho y les de una vida ficticia, imaginaria que si alguna vez tuvieron ya no anida en ellos.

Esos recuerdos de las malas y las buenas acciones. Esas culpas que recorren mi camino detrás de mí, a mi lado, ante mí. Ese dolor eterno de lo no acabado. De lo que esta muerto sin haber nacido. He de cavar, sí, remover la tierra de mi alma, hacerla fértil. Intentar que la muerte como figura para los sentimientos pasados sea el abono que me haga crecer. Qué me permita dar curso y forma a mis sentimientos, a mi vocación y a mi vida. No sé si tengo que retroceder, aclarar algunas cosas, retomar otras.

viernes, 21 de mayo de 2010

Conversación de abogados

Estoy sentada en un amplio sillón de cuero negro. El de los clientes. De la abogada me separa una mesa amplia, cargada de papeles en carpetas amarillas. Informes, supongo. Abre el mío y revisa con rapidez los puntos básicos mientras me informa que el (la) abogado de la otra parte (él) no se ha puesto en contacto. “¿Ahora qué hacemos? Pregunta.” Suena el teléfono, con la mirada me pide disculpas y atiende. Otro abogado, otro caso, otra aflicción. Aún en medio de mis propios problemas personales me interesa la conversación. Sigo sin pestañear, sin ocultar mi curiosidad (la verdad es que nunca me doy cuenta hasta después de que tal vez no debería mostrar ese interés excesivo por los hechos que al fin y al cabo no me atañen ¿mente de escritora? Buena justificación en todo caso).
Se saludan cordialmente. Aparta mi informe y abre otro. Repasa algunos datos económicos, de propiedades: entre ellos apunta dos matriculas de coche y los modelos. Requiere el importe de algunas deudas que el marido (futuro ex) ha contraído: “Son bienes gananciales, he de saberlo para ver que corresponde a cada uno”. Me entero de lo que cobran los dos: 2.500 euros él, 900 ella. Algo más hay bajo el fondo o tal vez no tienen hijos porque pide mi abogada una pensión (ahora deduzco que será la compensatoria para la mujer) de 300 a 350 euros. Él sujeto (futuro ex-marido, que no el abogado) no debe estar de acuerdo. Mi abogada ríe y dice: “Estos son todos iguales”. Con tono más serio: Vamos a pedir 350. Siguen manteniendo una charla informal, comparando datos, cifras… con una tranquilidad y un colegueo que me hace pensar, por contraste, en como estarán viviendo la situación la pareja a punto de convertirse en ex-pareja. Cómo y de qué manera se habrán echado los trastos hasta llegar a este momento y como se los continúan echando a través de estos simpáticos abogados. Mi abogada hace anotaciones en un folio, un DINA 4 para más información. Con un bolígrafo rojo completa las previas que ya estaban en la hoja. En azul. Un solo folio, con guiones que separan una condición de otra, una petición de otra, un dato de otro. Con mucho espacio en blanco entre ellos. Es decir, ni siquiera un folio lleno de letra menuda y apretada. No. Los renglones bailan con holgura en la página. Y eso, señores, es todo lo que quedará de dos personas que creyeron amarse. El resumen de sus posesiones, del reparto de sus vidas.
Se despiden amigablemente, volverán a hablar del tema y generaran muchos más papeles que irán a unirse al escuálido folio y la carpeta amarilla. Serán documentos oficiales, con la firma, creo, de procuradores y jueces. Pero la disección (vivisección en este caso) y el esqueleto del fin de lo que fue o se creyó amor ya está hecho.
Y ahora sí, la abogada se gira hacía mí. Detrás de ella, la ventana es un cuadro de paisaje urbano del centro de la ciudad. Atrae hacía sí otra carpeta amarilla, la abre y me mira. “Continuemos ―me dice.”

miércoles, 19 de mayo de 2010

Infinito

Sigo viviendo. De una forma extraña. Como si estuviera en medio de una competición cuyas reglas no sé. Ni siquiera sé quién las impone. Ya no busco descubrir al otro en mí. Aunque es probable que siempre haya sido lo contrario: descubrirme yo en el otro. ¿No es siempre así? Tratamos incansablemente de reconocernos en otros ojos. Ya no. Yo no. Ahora no.
Anoche pensaba en Infinito. La palabra. Lo que me hace sentir y lo que imagino. La primera definición que da la Rae me hace caer en él:
1. adj. Que no tiene ni puede tener fin ni término.
Cuando era una niña, por la noche, cerraba los ojos e intentaba averiguar que había en mi interior. Como era yo. Era como estar al borde de un precipicio de oscuridad. Sentía vértigo. Sabía, sentía que la negrura era infinita. Cualquier cosa, cualquier sentimiento cabían en ella. No era capaz de situarme en ese espacio interior, esa constelación, universo sin puntos de luz. No había arriba ni abajo. Solo una caída libre sin nada a lo que poder sujetarte. Y cree las palabras y los sueños en vela. Para poder atarme a algo. Para sentir la finitud.